Inocencia Feroz (La Bratva Rozanov nº 2) 43. Amara
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43. Amara

AMARA

—Creo que necesitamos más serpentina —dice Electra.

Me cruzo de brazos, mirando al techo del que cuelgan no menos de doscientas serpentinas azules.

—Creo que ya no caben más.

—También creo que el chico de la piscina nos matará si vovemos a pedirle que se suba a la escalera —se ríe mientras vemos a Fabio… ¿o era Rubio? …estirar los hombros en la terraza después de pasarse las últimas cuatro horas pegando tiras de papel azul al techo abovedado de la sala de estar.

Los ojos de Electra recorren el resto de la habitación.

—¿Cómo es vivir en un lugar como este? —pregunta—. Es una mansión. Bueno, en realidad no. Es un castillo.

—¿Quieres saber la verdad? —suspiro—. Es solitario. Es un poco gracioso. El lujo no se disfruta tanto cuando siempre estás solo.

—No estás completamente sola —me acaricia la barriga y hace que el bebé se mueva.

—Lo sé —sonrío, mirando los pequeños bultos que aparecen y desaparecen—. Pero aun así…

—No, lo entiendo. No puede darte mucha compañía mientras ella siga en la escena.

Miro a mi alrededor. Hay muchísimas serpentinas azules y las mesas están cubiertas con manteles blancos y plateados.

Hay bandejas preparadas para la comida que se servirá mañana.

Hay souvenirs con temática infantil y juegos.

Copas de champán para sidra de pera sin alcohol, porque no quiero que nadie beba en una fiesta que es para mí si yo no puedo.

Habrá pastel, regalos, flores y todo lo demás. Y todo para mí. Para mi bebé. Para un embarazo que hasta ahora ha sido un secreto a voces. Algo que me he visto obligada a ocultar, como si debiera avergonzarme.

—¿Qué ocurre?

No es hasta que Electra me pregunta que me doy cuenta de que estoy llorando.

No lloro desconsoladamente ni nada por el estilo. Incluso con las hormonas del embarazo, suelo controlarme bastante bien y no me pongo demasiado histérica.

Pero las lágrimas me corren por las mejillas. Y hasta ahora no me había dado cuenta de lo absurdo que es todo esto.

—¿Quieres saber lo que siento al vivir en una finca? ¿Tener todo al alcance de la mano? ¿Que me compren la comida y la ropa? —digo señalando el lugar—. Es raro.

—¿Raro en qué sentido?

Electra y yo nos sentamos en el sofá. Respiro hondo antes de continuar.

—Sabes, solía sentarme en casa con mis hermanos, viendo a mi papá beber mientras miraba el reloj de la pared.

—Mi papá solía hacer lo mismo —me dice—. Esperando a que comenzara el partido de los Bills.

—Mi papá estaba esperando a que mi mamá volviera.

Pero nunca lo hizo —trago saliva con dificultad—.

Un día le tiró la botella al reloj. Lo tiró de la pared y derramó media botella de cerveza light sobre la guirnalda barata de navidad colgada en la repisa de la chimenea.

Y lo único que podía pensar era: tengo que sacar a estos niños de aquí.

—Y lo hiciste —dice ella.

—Sí. A un lugar perdido en medio de la nada, al otro lado del país.

Mientras tanto, yo estoy aquí viviendo en el barrio más caro de Nueva York, gastando más dinero en sándwiches triangulares que lo que solíamos gastar en la compra semanal para los cuatro.

—se me quiebra la voz. Otra oleada de lágrimas cae—.

Todo por una fiesta de bienvenida para un bebé al que tengo que esconder.

—No por mucho tiempo —dice Electra—. Pronto ya no podrás esconderlo y las cosas serán como son. Tú y tu jefe gruñón y sexy estarán tan absortos en su nuevo bebé que nada más importará —mira a su alrededor—. Hablando de eso, ¿dónde está? ¿No viene esta noche ahora que él y su amada se van separar?

Sonrío con una mezcla de alegría y tristeza.

—Está trabajando, probablemente toda la noche.

—Dios mío. La industria del petróleo y el gas literalmente nunca para, ¿verdad?

Niego con la cabeza.

La Bratva tampoco. Que es donde en realidad está trabajando.

—Lo entiendo —continúa—. Sean también está trabajando.

Cuando le pregunté si iba a venir a la fiesta se enojó muchísimo.

O sea, sé que es una fiesta para un bebé y todo eso, pero pensé que tal vez le gustaría verme.

Últimamente ha estado desaparecido todo el tiempo.

Y cuando me llama, suele estar furioso por algo.

Me giro y la miro.

—¿Como qué? Casi nunca sales con nadie. ¿Por qué podría estar enojado?

Me empieza a preocupar mucho no haber conocido nunca a este chico. Y me preocupa aún más que, cuando habla de él, su rostro parezca perder toda la vitalidad.

—Vino a mi apartamento la otra noche y yo no estaba. Cuando volví, me estaba esperando y… —se interrumpe—. Bueno. Estaba furioso. Se puso a despotricar sobre cómo debería estar siempre ahí cuando me necesita. No en un bar emborrachándome y coqueteando con los camareros.

—¿Eso era lo que estabas haciendo? —pregunto, aunque sé la respuesta.

Electra resopla un poco.

—Claro que no. Ya no salgo. Estaba en la farmacia comprando pastillas para el periodo. Pero a él no le importó.

Me giro hacia mi amiga.

—Electra, de verdad creo que este chico no te conviene.

—No siempre es malo —dice con una sonrisa. Es un cambio radical comparado con cómo hablaba de él hace un momento; casi puedo ver la alarma sonando sobre nuestras cabezas—. Su trabajo a veces lo vuelve un poco loco.

—¿Loco como para hacerte daño?

Ella no dice que sí. Pero tampoco dice que no. Por un momento, no dice absolutamente nada.

—Electra… —susurro—. Ransome es un hombre poderoso. Si necesitas ayuda para que Sean te deje en paz…

—Le tengo miedo —admite de forma errática—. Le conté lo de la fiesta y no le gustó la idea de que estuviera aquí ayudándote, se enfadó y tengo la sensación de que cuando vuelva a casa esta noche va a aparecer e intentar decirme que no puedo venir mañana y…

—Entonces no te vayas —le digo, abrazándola—.

Probablemente Ransome no esté aquí esta noche.

No tienes que irte a casa. Quédate aquí.

Es una urbanización privado. Él no puede entrar.

Y aunque pudiera, este lugar tiene más seguridad que la Casa Blanca —bromeo.

Pero en realidad no bromeo—. Quédate a pasar la noche. Será divertido. Como una pijamada.

Electra asiente y se seca los ojos, haciendo lo posible por sonreír.

—De acuerdo.

—Podemos pedir comida. Lo que quieras. Y ver Crepúsculo.

—Dios, había olvidado cuántas veces hemos visto Crepúsculo… —se ríe y, aunque puedo notar que todavía está nerviosa, se está relajando.

—Me encanta la escena del béisbol —digo y eso nos hace reír a las dos.

Pedimos comida mexicana de un restaurante cercano. Mientras tanto, saco el helado napolitano del congelador. Por suerte, a ella le gusta el de vainilla.

Y mientras estamos sentadas en el sofá discutiendo sobre si somos del bando de Edward o del de Jacob, no puedo evitar sentirme muy inquieta. Todo este asunto de Sean se ha descontrolado. Más que descontrolado. No me importa quién sea ni quién crea que es.

En cuanto le cuente a Ransome sobre él, se irá para siempre.