Inocencia Feroz (La Bratva Rozanov nº 2) 41. Ransome
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41. Ransome

RANSOME

—No, de ninguna manera —respondo.

Ni siquiera necesito mirar por encima del hombro para saber que Amara se está levantando en señal de protesta.

—¿Y por qué no? —pregunta.

Suspiro, me quito la camisa del trabajo para ponerme ropa deportiva.

Ha sido un largo día. Joder, ha sido una larga semana.

Y, en este momento, lo último que necesito es añadir una fiesta a la mezcla.

Necesito salir a correr y levantar pesas antes de darle un puñetazo a la primera persona que vea.

El camino por el paseo marítimo, cerca de la urbanización, es la medicina perfecta.

Lejos del trabajo, lejos de mi futura exmujer.

—¿Tienes idea de cuánta atención atraería eso? —pregunto mientras me quito la ropa hasta quedarme solo en calzoncillos.

—¿Qué tiene de malo? —pregunta, de pie justo detrás de mí en el enorme vestidor—. Siempre organizas fiestas.

—Fiestas de trabajo. Fiestas a las que no quiero ir. Eventos obligatorios que evitaría si pudiera —respondo bruscamente. De verdad que no tengo ganas de esto. Si quisiera que me regañaran, me iría a casa con Jenica.

—¡Estoy embarazada!

—Lo sé.

La mirada fría de Amara es suficiente para convertirme en piedra, pero no pienso ceder en esto.

—Sería demasiado arriesgado. Entre el bebé, Apex, el calvario de Jenica, el asunto de El Paso y toda la mierda de Chadovich, mi vida tiene un millón de cosas en marcha ahora mismo, y ninguna va en la misma dirección.

Una fiesta con cien personas, que no conozco, un montón de alboroto, mientras todos te miran… ni hablar.

Sé que mis palabras son duras. El labio de Amara comienza a temblar, aunque su expresión sigue siendo de profunda ira.

—No es justo —dice—. Si es por trabajo o por mierda de la Bratva, está permitido.

—Porque es necesario —afirmo.

—¡Y esto también! Es nuestro bebé. Va a necesitar muchas cosas, Ransome.

—Y podemos costearnos comprarlas —le digo.

—Sé que podemos costeárnoslo. Pero lo que no puedo permitirme es estar encerrada. Fingir que esto no está pasando. No es justo para mí ni para nuestro hijo. Debería ser celebrado, no escondido.

—Y lo será. Cuando no corramos peligro. La situación actual es muy delicada. Nadie puede saber que me estoy divorciando. No cuando Tristan sigue por ahí tramando quién sabe qué. Y no cuando estoy bajo tanto estrés.

Amara me mira fijamente por un instante antes de que su expresión se suavice.

—Tienes razón. Debí haber tenido en cuenta el estrés al que estás sometido.

—Sí —respondo mientras busco una camisa. Estoy listo para terminar con esta conversación de una vez por todas.

Pero cuando me doy la vuelta, Amara está de rodillas. Me mira a través de sus pestañas, con los labios fruncidos y los senos abultados por el sujetador deportivo que lleva puesto, porque el embarazo le ha sentado de maravilla.

—¿Qué estás haciendo?

—No debería pedirte cosas cuando llevas tanto peso encima. Debería preguntarte qué puedo hacer por ti. Y puedo hacer… mucho… por ti.

La voz de Amara es aterciopelada mientras desliza su mano sobre mi pene, endureciéndolo casi de inmediato. Me muevo hacia atrás y apoyo las manos en la encimera de mármol en medio del armario.

No me gusta que me manipulen. Pero tampoco voy a pedirle que se levante.

Los ojos de Amara permanecen fijos en los míos mientras mete los dedos dentro de mi ropa interior y me la quita, dejándola caer al suelo. Luego se incorpora hasta ponerse de rodillas y agarra mi pene, acariciando suavemente mi piel con su mano.

Gimo al sentir su pequeña mano rodeando mi miembro mientras su boca se acerca. Lentamente, sus labios se abren y su lengua se desliza seductoramente sobre ellos. Lame mi escroto, el tronco y se detiene justo antes de tocar la punta.

—Maldita provocadora —gruño, pero ella solo sonríe. A menos que la obligue a hacer lo que quiero… cosa que no haré… estoy a su merced.

Su mano se desliza suavemente a lo largo de mi cuerpo una vez.

—Es que me siento muy sola. Y tengo necesidades, ¿sabes?

Jesucristo…

—Y sé que tú tienes necesidades —continúa mientras me suelta. Luego se quita el sujetador y lo tira a un lado. Sus senos, llenos y deliciosos, rebotan con el movimiento y mis ojos se clavan ahí. Me paralizo por completo mientras trago saliva, absorbiendo la imágen.

Luego, se cubre los senos con las manos y los levanta mientras vuelve a ponerse de rodillas.

Y antes de darme cuenta, está metiendo y sacando mi pene de entre ellos.

—Joder… —grito mientras me masajea con sus senos. Cada vez que la punta sale a la superficie, la chupa, saboreando el líquido preseminal y provocándome hasta el frenesí.

—Ojalá pudiéramos llegar a algún tipo de acuerdo —dice con un puchero mientras su trasero se mueve de arriba abajo, sus senos me acarician y su lengua me provoca.

—Te estás portando muy mal —gruño, aunque me desmoronaría por completo si dejara de hacerlo.

—Tal vez merezca un castigo —dice.

Joder…

Puedo soportar muchas cosas. Puedo pasar semanas, incluso meses, sin sexo. Tengo ese tipo de autocontrol. De hecho, me han sometido a torturas reales y no me he quebrado.

Pero la sumisión de Amara es otra historia completamente distinta. Es mi talón de Aquiles.

Aun así, no me importa ganar un poco de ventaja. Y el orgasmo sería diez veces más explosivo si ella también lo disfrutara.

Mientras Amara se desliza hacia arriba, acaricio sus pezones con los pulgares.

Sabiendo cuánto le gusta, lo sensibles que son.

Sonrío al ver cómo su boca se entreabre y deja escapar un pequeño gemido.

Vuelve a moverse hacia abajo y luego hacia arriba y yo vuelvo a jugar con sus pezones.

Cada vez que lo hace, la recompenso dándole un ligero golpecito con los pulgares.

Se desliza rápidamente, acariciándome con más fuerza y yo la consiento aún más, hasta que se frota contra mí y enloquece.

Finalmente, se aparta, sus labios rodean mi pene y se lo mete casi hasta la garganta.

Continúo provocándola mientras gime, succionando y atragantándose y absorviendo más hasta que yo también gimo.

—Ah, joder —me agarro a la isla otra vez porque si no, voy a caerme encima de ella—. Trakhni menya, detka…

Siento cómo el calor me recorre y me corro en su garganta. Amara traga, tomándome por completo con facilidad antes de volver a arrodillarse. Me sonríe y se limpia el labio con el dedo, lamiéndolo. Luego desliza su dedo por mi pecho desnudo y sudoroso.

—En cuanto al baby shower… —ronronea.

Aprieto la mandíbula, aún intentando recuperar el equilibrio.

—Ya encontraré una solución.

Sonríe y sale del armario contoneándose.

Quiero correr tras ella. Follarla hasta dejarla sin aliento. Pero no puedo. Primero, mi polla, quizás por primera vez, todavía no está lista para una segunda ronda. Segundo, mi teléfono vibra y se está por caer de la isla.

Lo busco a tientas y veo el nombre de Baron parpadeando en la pantalla.

—Sí… —respondo, haciendo todo lo posible por no parecer desaliñado.

—Tenemos problemas, jefe.

Eso es suficiente para que vuelva a la realidad.

—Chert voz’mi, ¿ahora qué? —grito, dejando la camiseta de entrenamiento en el perchero y buscando una camisa negra de botones.

—Tenemos noticias de Tristan.

—¿Lo encontraron?

—Lo encontramos. Pero eso no es todo. ¿Todos esos presos que escaparon de la prisión de máxima seguridad? Están trabajando para él. Ellos y una docena más de tipos que ha sacado de la calle. Tenías razón: está formando un ejército.

Un millón de cosas pasan por mi mente.

¿Sabe lo del divorcio?

¿Le importa la tregua?

Sin embargo, todas las preguntas conducen a la misma respuesta. Estamos hablando de Tristan Chadovich. A él no le importa nada. Ni las treguas. Ni la tradición. Ni siquiera la familia. Quiere venganza y poder. Y no va a detenerse ante nada.

Me visto y me dirijo hacia la puerta para reunirme con Mav, Baron y el resto de los hombres.

Amara tiene la ducha abierta, pero sale envuelta en una toalla.

—¿Qué está pasando? —pregunta.

—No te preocupes por eso.

—Espera, ¿a dónde vas?

Le respondo girándome para mirarla. Luego la beso con fuerza y profundidad, hasta el punto de que pierde el equilibrio cuando me separo.

—No salgas de casa y no le abras la puerta a nadie —le digo antes de marcharme.