35. Ransome
RANSOME
—Querido —dice Jenica en tono de advertencia.
Pero apenas la oigo.
Porque hay un hombre en el bar con Amara y le está sonriendo.
Está muerto. Jodidamente muerto.
Me levanto de la mesa y me zafo del agarre de Jenica. Se oyen murmullos, pero no me importa el chisme que esto pueda generar. Lo único que me importa es que se acabe lo que sea que esté pasando allí, donde está la mujer que de verdad me importa.
—Siéntate, cariño. —Jenica me tira de la manga y me dedica la sonrisa más forzada que su rostro lleno de bótox es capaz de esbozar—. No es el momento de…
La ignoro y me dirijo a grandes zancadas hacia el bar.
—Señor Rozanov —el hombre del traje azul barato se pone de pie, arreglándose la chaqueta—. Es un honor…
—Lárgate —le espeto—. Ahora mismo.
Duda un segundo, lo cual me indica que no es de los míos, porque mi gente sabe que nunca debe hacerme esperar. Luego agarra rápidamente su bebida y desaparece.
Adiós y hasta nunca.
Me siento en su sitio y le grito al camarero que me de un Old Fashioned y un gin tonic quien rápidamente se pone a prepararlos.
En cuanto se va, hablo.
—¿Qué coño crees que estás haciendo?
No estoy mirando a Amara. No soy tan tonto como para que sea tan obvio a qué vengo. La negación plausible lo es todo para mí. Si digo que vengo a buscar unos tragos para mi esposa y para mi, entonces esos son los hechos. Fin de la historia.
—Estoy tomando algo —responde sin mirarme.
—Sabes a qué me refiero —le espeto entre dientes. Pero cuando mis ojos se cruzan con los suyos, Amara bebe con delicadeza la bebida verde con borde salado que pidió.
Se está haciendo la tonta. Y yo no estoy de humor para juegos, ni tontos ni de ningún otro tipo.
—No creo que lo haga.
Me muerdo los labios, porque es lo único que puedo hacer para no parecer un monstruo ahora mismo. Lo peor es que ella lo sabe. Sabe perfectamente que tengo que mantener la calma. También sabe que siento todo lo contrario.
—Dejaste que otro hombre te invitara una copa —le espeto—. Delante de mí.
—Y tú dejaste que otra mujer te besara —replica Amara—. Delante de mí.
Tras un largo y obstinado momento, nuestras miradas se encuentran.
Pero es breve.
—Es mi esposa —digo en voz baja mientras el camarero deja las bebidas frente a mí.
—¿Y yo qué soy? —pregunta Amara, volviéndose hacia mí. Ni siquiera se molesta en disimular. Pero, sinceramente, ahora mismo no me importa. No es que no tengamos permitido hablar.
En cuanto nuestras miradas se cruzan, veo su rostro en forma de corazón, sus ojos color miel, su cabello oscuro, liso y recogido detrás de las orejas, sus labios color ciruela.
Quiero agarrarla. Quiero levantarla contra la barra, abrirle las piernas y mostrarle a ella y a toda la maldita sala lo que es.
Quién es.
A quién pertenece.
Obviamente, no puedo hacerlo. Al menos no ahora.
En vez de eso, le hago señas al camarero.
—Añádele otra medida de bourbon —le digo, señalando mi Old Fashioned.
Él lo mira y luego vuelve a mirarme.
—Ya es doble, señor.
Lo miro fijamente con tanta intensidad que podría derretir el metal de su piercing nasal. Entiendo que es camarero, pero esto no es precisamente un bar de mala muerte. Me propongo despedir a quien lo haya contratado. No tanto por el piercing, sino porque está cuestionando mi pedido.
—Lo sé —gruño.
—Claro. Sí, señor. Disculpe, señor —balbucea mientras agarra la botella y añade una medida de cinco segundos, que es más que una medida normal. Hombre listo.
Mientras me llevo la copa a los labios, Amara vuelve a hablar.
—Todavía no has respondido a mi pregunta.
—Sabes que no puedo responder a eso.
Medio segundo después, Jenica está de pie a mi lado, abriéndose paso entre Amara y yo.
—¿No puedes responder a qué pregunta? —pregunta con una sonrisa que podría matar.
—Solo lo estaba aburriendo con detalles del trabajo —dice Amara y Jenica la mira. Ambas sonríen. Ambas se miran fijamente. Es un típico enfrentamiento y el ambiente se está poniendo demasiado caluroso para mi gusto.
Finalmente, Jenica vuelve a mirarme.
—Ransome, cariño, ¿qué te retiene? Llevo tiempo esperando mi bebida. —mira a Amara mientras hace la pregunta.
—Se equivocaron con mi bebida y tuve que pedir otra —miento. Bueno, no es del todo mentira. La hizo bien, pero una vez aquí, necesitaba algo más fuerte.
—Bueno, parece que el error se ha solucionado —me rodea la cintura con un brazo, creando aún más distancia entre Amara y yo—. Ya podemos volver a la fiesta. A donde pertenecemos.
Aprieto la mandíbula mientras la tensión entre nosotros tres aumenta. Pero Amara se levanta, con una margarita falsa en la mano y nos sonríe. Es doloroso ver lo bien que disimula sus verdaderas emociones. Porque la conozco. Por dentro, está haciendo cualquier cosa menos sonreír.
—Disfruten de la fiesta —dice ella.
—¿A dónde vas? —pregunto con insistencia.
Las cejas de Jenica se arquean sorprendidas. Sé que me va a regañar después, pero me importa un bledo.
—A caminar —responde—. Cuanto más avanzo en el embarazo, más difícil me resulta quedarme quieta.
—Parece que estás a punto de dar a luz —dice Jenica—. Y estoy segura de que es bueno hacer ejercicio. Me imagino lo difícil que será perder el peso ganado durante el embarazo.
Casi estoy esperando que Amara le grite. De hecho, con su historial de peleas, no me sorprendería que le diera una bofetada.
Pero en cambio, su rostro se ilumina de sorpresa.
—¡Oh! Dio una patada —dice mientras se lleva una mano a la barriga. La expresión de Jenica cambia por completo y la sonrisa de Amara se ensancha—. Es una sensación increíble, sentir cómo crece el bebé de alguien dentro tuyo. No hay nada que se le parezca.
Dicho esto, levanta su copa en señal de brindis y se marcha, dejándome a solas con la última mujer con la que querría estar. Es una bofetada elegante y bien ejecutada para ambos y no sé si sentirme enfadado o impresionado.
Por supuesto, Jenica está lo suficientemente enfadada por ambos.
Aprieto la mandíbula mientras la veo alejarse. Durante apenas dos segundos, olvido que Jenica está allí parada.
Pero el lujo de esa ignorancia solo dura hasta que ella vuelve a hablar.
—Qué asco —murmura.
—Completamente —digo y ella se vuelve hacia mí.
—¿Entonces estás de acuerdo?
—Estoy de acuerdo en que tu comportamiento fue repugnante, sí.
Se queda boquiabierta.
—¡Estaba hablando de ella! ¿Cómo se atreve a aparecer aquí?
—Por si lo habías olvidado, ella trabaja para mí.
—¿Cómo podría olvidarlo? Nunca le quitas los ojos de encima. Qué descaro el de esa fulana de venir aquí con ese aspecto —escupe.
Tiene suerte de ser mujer. Por desgracia para mí, incluso habiendo crecido en la Bratva, tenemos una estricta política de no golpear a las mujeres. Si alguien con pene llamara así a Amara, las cosas serían diferentes ahora mismo.
—¿Qué aspecto? —pregunto—. Llevas el mismo vestido.
Llamas asoman en su mirada, intentando incinerarme.
—Embarazada. ¡Está embarazada y lo presume por todos lados!
—De mi hijo —digo en voz lo suficientemente alta como para enfadarla.
Jenica niega con la cabeza lentamente, incrédula.
—En realidad no te importa nada, ¿verdad?
—Lo que no me gusta es cómo la tratas —le digo.
—¿Y cómo quieres que la trate? —espeta—. ¿Quieres que seamos mejores amigas? Porque eso no va a pasar, joder.
—Lo que quiero —le respondo bruscamente— es que dejes de echarle toda la culpa a ella. Puede que seas mi esposa, pero ella es la madre de mi hijo. Y tu comportamiento no es nada mejor para la imagen de nuestra relación que el hecho de que la gente me vea con ella.
—No entiendo cómo puedes compararnos. Ella no es una de nosotros. Y ni todo el dinero del mundo ni todos los cafés que te traiga cambiarán eso. Es de otro mundo, Ransome.
—Tienes razón —le digo—. No son iguales en absoluto.
Ya terminé de hablar. Ya terminé con todo esto.
Pero justo cuando empiezo a alejarme, Jenica me pone la mano en el brazo, aunque no es un gesto íntimo. Es una advertencia.
—No olvides que en cuanto nazca ese bebé, ella se irá. Pero nosotros seguiremos casados.