Inocencia Feroz (La Bratva Rozanov nº 2) 21. Ransome
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21. Ransome

RANSOME

—Ransome Rozanov. ¿De verdad te vas a ir así, escapando?

La voz de Amara me detiene en seco. Estaba a punto de salir por la puerta. Maldita sea.

—No es escapar si es mi casa —le digo, metiendo la mano en el bolsillo del pantalón y mirándola. Amara está tumbada en la cama, cubierta solo con una sábana blanca, con el torso desnudo.

Joder.

Me cuesta muchísimo no arrancarme la ropa y volver a meterme en la cama con ella. Pero no puedo.

—Es tu casa, pero no es tu hogar. Lo entiendo —dice con un puchero, volviendo a acostar la cabeza. Sabe lo que está haciendo.

Retiro la mano y me acerco, mis zapatos de punta resonando contra el suelo duro a cada paso. Me detengo frente a ella y me inclino, apoyando los puños en el colchón, plenamente consciente de que mis dedos rozan su pezón, provocando que jadee sin poder evitarlo.

Ella me mira, expectante. Pero no digo nada.

La atravieso con la mirada y luego la agarro firmemente por la barbilla, levantándo su rostro hacia mí antes de estampar mi boca contra la suya.

Separo sus labios con los míos, mi lengua encuentra la suya, danza con ella, la abraza, la retiene como rehén antes de finalmente soltarla.

Separo mis labios de los suyos y ella jadea, tanto por la intensidad del beso como por la necesidad de aire. Luego la miro sin esbozar ni una pizca de sonrisa.

—No he tenido relaciones sexuales con ella —afirmo.

Y luego me voy caminando.

Solo después de salir de la habitación, sabiendo perfectamente que está en estado de shock, paralizada, esbozo una sonrisa burlona.

El agua caliente de la ducha en forma de lluvia golpea mis hombros tensos con tanta fuerza que parece arrancarme la primera capa de piel. Lo necesito.

Esto es después de desahogarme de la frustración que me causó Amara esta mañana.

Ese beso la dejó sin palabras, logrando mi objetivo, pero también me dejó con unas ganas locas que no se me quitan.

Ahora me estoy cocinando en la ducha hasta que el agua se enfríe, porque no puedo volver a la cama y tampoco tengo ganas de salir todavía.

Jenica estaba dormida cuando llegué a casa.

O, al menos, eso confirmaron los ronquidos que salían de la puerta entreabierta de su habitación.

Pero sé que no debo suponer que ignora que estuve fuera toda la noche.

Su puerta suele estar cerrada. Probablemente con llave.

Pero nunca entreabierta. Eso me indica que estuvo despierta, preguntándose dónde estaba. Probablemente preguntándose con quién.

Al final tengo que aceptar la realidad. O, en este caso, los ronquidos. Aunque en cuanto salgo de la ducha, me doy cuenta de que no tengo tanta suerte.

—Mira quién decidió aparecer —la voz de Jenica proviene de la puerta del baño, que está completamente abierta.

Rápidamente cojo una toalla del toallero y la sostengo delante de mí.

—Jesús. ¿Qué quieres? —le espeto.

Jenica está ahí de pie, con la cadera ligeramente ladeada, los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa en la cara lavada. Me sorprende que esté dispuesta a estar sin maquillaje delante de mí. Aunque, la verdad, yo tampoco le estoy ocultando mucho ahora mismo.

—Nada —dice mientras sus ojos recorren las partes expuestas de mi anatomía, que ahora mismo es casi toda—. Solo me preguntaba por qué no volviste a casa anoche.

—¿Qué te dije sobre vigilarme? —gruño mientras me envuelvo la toalla alrededor de la cintura—. No te incumbe dónde estaba.

—¿Y qué te dije sobre hacerme quedar mal?

Niego con la cabeza entre risas al pasar junto a ella.

—La apariencia siempre lo ha sido todo para ti —murmuro.

—La apariencia es importante en nuestro mundo. En nuestra posición. Pensé que lo sabrías, teniendo en cuenta tu estatus. No podemos mantener a Tristan a raya para siempre.

Se muerde los labios en el mismo instante en que pronuncia esas palabras.

Me giro lentamente para mirarla.

—Así que sí sabes dónde se esconde tu primo.

—No. Pero sé que no se quedará escondido para siempre. Sobre todo si le damos más motivos. Y que vayas por ahí con una mujer embarazada no le va a sentar nada bien.

—No creo que le importes tanto como crees —le grito desde el vestidor mientras busco ropa de trabajo—. Sangre o no.

—¿Crees que no lo sé? —espeta, apareciendo de repente en la puerta. Se ve que la privacidad no es una opción—. A Tristan solo le importa la sangre derramada. Pero esto no tiene que ver con él. Se trata de que no me respetas.

Jesucristo, joder. Ahí vamos de nuevo.

—Te pongo un anillo en el dedo. Mantengo las apariencias en público. Te dejo hacer lo que quieras en mi casa —enumero.

—Mientras tanto, la madre de tu hijo tiene vía libre en tu otra casa. Por no hablar del resto de tu vida. Lo mínimo que podrías hacer es fingir que de verdad te importo.

Termino de vestirme y me quedo de pie frente a ella.

—Nuestro matrimonio es contractual. En realidad, ninguno de los dos quería esto.

Jenica traga con dificultad.

—Así que no soy bienvenida para nada. Entendido.

Joder. No tengo tiempo para esto.

—Tengo que ir a trabajar —digo, mientras me dirijo a la salida.

Pero al abrir la puerta, me llama desde el fondo del vestíbulo.

—No olvides que tenemos una cena a la que ir esta noche.

Me detengo sin darme la vuelta.

—¿Qué cena?

—¿El evento benéfico? —pregunta con un tono lleno de descaro.

—Claro —respondo.

Joder.

Ya es bastante malo tener que jugar a las casitas con ella. Es la compañera de piso más difícil que un hombre podría desear. Por no hablar de que me arruina las citas, aunque hasta ahora he encontrado la manera de sortearlo.

Aun así, no quiero ser estúpido. Sé lo que está en juego, por eso camino sobre la cuerda floja.

Entiendo que a Jenica no le guste cómo se vería todo si se supiera que Amara está aquí y que está embarazada de mi hijo.

Pero lo que no entiendo es su actitud tan brusca.

Si no la conociera, diría que mi esposa siente algo por mí. Lo cual es ridículo.

Cuando llego al trabajo, todo es un caos. La secretaria… ¿Janine? No estoy seguro, también es nueva… anda de un lado a otro intentando hacer cosas que no le corresponden.

—¿Dónde está mi café? —grito al entrar en mi oficina.

—Lo pedí, pero aún no ha llegado, señor —responde ella.

—¿Lo pediste?

—También estoy trabajando en su agenda, señor Rozanov. Pero tengo algunas preguntas…

La interrumpo.

—¿Por qué estás armando mi agenda? No tienes ni idea de mi agenda.

—Porque…

—¿Dónde está mi asistente? —pregunto bruscamente, devanándome los sesos para recordar su nombre. Maggie, Mallory… —Molly. ¿Dónde diablos está Molly?

Janine se me queda mirando fijo. Como si las próximas palabras que salgan de su boca fueran a mandarla a la guillotina.

—Se ha ido.

—¿Se ha ido? —pregunto bruscamente, y ella hace una mueca—. ¿A dónde se fue?

—Usted la despidió, señor.

Cierto. Joder.

—Averigua dónde está mi café. Y luego tráeme una lista de todos los solicitantes registrados para el puesto de asistente. Y no vuelvas a tocar mi agenda.

—Sí, señor —sale corriendo de la habitación, muy nerviosa.

Respiro hondo y exhalo con un suspiro de angustia. Todo está en llamas. Mi vida entera es un gran incendio forestal y yo estoy parado en medio, viendo cómo arde sin control.

Y si hay algo que me irrita, que no soporto, que no voy a tolerar, es perder el control.

Necesito un asistente competente. Uno que me prepare el café correctamente y que me organice la agenda de forma coherente. Uno que no me mire como un ciervo paralizado por las luces de un coche y luego balbucee una respuesta ininteligible a cualquier pregunta que le haga.

Necesito a Amara.

Me horroriza solo pensarlo. Una cosa sería pedirle que volviera después de despedirla y mandarla a ella y a sus hermanos a mudarse de estado.

Otra muy distinta sería que trabajara en su estado.

Necesita concentrarse en el bebé, en asegurarse de no estar estresada.

Lo último que necesita es estar pendiente de mí en todo momento, aunque me encante cuando está a mi servicio.

Por suerte, suena mi teléfono y lo saco del bolsillo incluso antes de mirar quién llama.

—¿Sí?

—Jefe, tenemos un lío entre manos. ¿Estás sentado?

Es Maverick. Debí mirar quién era antes de contestar, porque no estoy de humor para aguantar las tonterías en las que anda metido.

—Déjame adivinar. ¿Te metiste en una pelea en algún bar de los Chadovich y necesitas refuerzos?

—No —dice—. Aunque sí que suena a algo que yo haría.

—¿Perdiste una partida de póker y te quedaste sin dinero porque te lo gastaste todo en un club de striptease la noche anterior? —pregunto, revisando el correo acumulado en mi escritorio. Amara sabría cómo organizarlo. Dejar solo los importantes y ocuparse de los demás.

—Escucha, Ransome. Hubo un problema con uno de los envíos —dice.

Eso logra que me detenga.

—¿Qué clase de problema?

—No estoy del todo seguro. En algún punto de la ruta, en el Medio Oeste, apareció la policia alrededor de algunos de los camiones. El Paso detuvo los envíos en cuanto se supo la noticia.

—¿En qué kilómetro? —ladro.

—Te envié toda la información por mensaje hace un rato. Se libraron de todo, pero, por lo visto, la policía recibió un aviso.

Aprieto la mandíbula.

—¿Les avisaron o les pagaron?

—Yo también pensé lo mismo —dice.

—¿Todavía no hay noticias de él? —no necesito mencionar el nombre de Tristan para que Maverick y cualquier otra persona sepan a quién me refiero.

—No —responde—. Dondequiera que esté ese kusok der’ma, se está escondiendo muy bien. Al menos por ahora.

El ruso de Maverick no es el mejor, pero tiene razón en dos cosas.

Tristan es un pedazo de mierda.

Y lo vamos a encontrar.

Una cosa es joder con mi cabeza. Con mi vida incluso.

Pero ahora está jodiendo con mi dinero.

Dondequiera que esté, ya es hora de que lo saquemos a la luz.