10. Ransome
RANSOME
BARON: ¿La encontraste?
El mensaje me llega como por arte de telepatía, en el preciso instante en que salgo de la habitación de Amara.
Se acabó el horario de visitas. Quieren retenerla durante la noche y controlar sus signos vitales. Me alegra y me molesta a la vez. Por un lado, me encantaría arrancarle los tubos de los brazos y subirla a mi avión para que le hagan todas las pruebas en un hospital que conozco y en el que confío.
Pero como no puedo hacer eso, supongo que al menos están tomando las precauciones adecuadas.
RANSOME: Sí.
BARON: ¿Y?
RANSOME: Está embarazada.
BARON: Sin ánimo de ofender, primo, pero ya lo sabíamos.
BARON: ¿Pero es tuyo?
RANSOME: Todavía no lo sé.
Los mensajes son tan repetitivos que me dan ganas de apretar la mandíbula.
No estoy de humor para nada de esto. Una cosa era volver a verla.
Otra cosa muy distinta, verla embarazada.
Confirmar que podría estar esperando a mi hijo desata una tormenta de emociones completamente diferente en mi interior.
La idea de que pueda estar embarazada de otro hombre eleva esa tormenta a categoría cinco.
Necesito saberlo. Y necesito saberlo lo antes posible. Lo que significa que Amara subirá a mi avión en cuanto salga del hospital, le guste o no.
Me duelen los huesos y me duele aún más la cabeza. Creo que probablemente tenga jet lag. Hay una diferencia horaria de dos horas que no me beneficia en absoluto, porque lo único que quiero es que este día termine.
Dicho esto, me armo de valor y me dirijo a la cafetería a tomar un café.
La sola idea me da escalofríos, no solo por el café, sino por la cafetería en general.
Me tranquiliza un poco ver que sirven Starbucks.
Aunque seguramente que con “servir” se refieren a que lo compran a granel en Costco y lo preparan allí.
Mientras doy el primer sorbo, recordándome a mí mismo que solo lo hago por la cafeína y para tener algo en el estómago que no sea ácido, suena mi teléfono.
Es Baron.
—¿Y cuál es el plan? —pregunta en cuanto le contesto.
—Necesito averiguar si me fue infiel —tomo otro sorbo y salgo. Una cosa es tomar un café en un vaso de poliestireno en un hospital. Otra muy distinta es beberlo rodeado de gente enferma, llorando y presa del pánico. Puede que esté en Montana, pero aún tengo mis principios.
—Supongo que ese es el punto de partida obvio —coincide conmigo—. Vale, en el peor de los casos, el niño no es tuyo. ¿Y entonces qué?
Siento que me arde la piel solo de pensarlo.
—Voy a averiguar quién es el cabrón que la tocó y lo arrastraré por la carretera hasta que no sea más que una mancha de grasa de cinco kilómetros.
—¿Ah, eso es todo?
Baron se ríe, pero no bromeo. La idea de que otro hombre se acerque a menos de tres metros de ella con la intención de acostarse con ella me provoca un deseo homicida como nunca antes. Lo cual es mucho decir, considerando algunos de los pecados que he cometido en mi vida adulta.
—Y entonces la descarto para siempre —añado.
—De acuerdo, jefe. ¿Y si el bebé es tuyo?
—Entonces me aseguraré de que tenga todo lo necesario para llevar el embarazo a término y dar a luz al bebé sano y salvo y la arrastraré de vuelta a Nueva York. No puedo permitir que un futuro pakhan Rozanov viva en la maldita Montana. Él tiene un legado que honrar.
—¿Él? —pregunta Baron.
—Sí —digo—. Eso es lo que ella dice, al menos. El bebé es un niño.
—Vaya. Un hijo.
Hijo. La palabra duele. No sé si duele de una forma agradable o desagradable, pero duele de cualquier manera.
—Entonces, si el primer escenario es real… —deja la frase incómodamente inconclusa—. ¿Has pensado en…?
—No lo digas —lo interrumpo, porque sé a dónde quiere llegar con esto.
—Pero hay que tenerlo en cuenta, ¿no? —pregunta Baron—. Quiero decir… Tristan y Amara han sido pillados juntos más de una vez.
—Le voy a pedir que se haga una prueba de paternidad. Hasta entonces, no voy a especular.
—Lo entiendo —dice rápidamente. Luego hay una pausa antes de que salga el siguiente disparo—. Y si el bebé es tuyo, ¿cómo piensas manejarlo? Desde el punto de vista logístico.
—¿Te refieres a que estoy casado con Jenica?
—Bueno, sí. También está el tema de la vivienda. O sea, quieres traer a Amara de vuelta aquí. No estarás pensando en que viva en tu casa, bajo el mismo techo que tu esposa ¿verdad? Sería un reallity desastroso. —Baron se ríe entre dientes—. Dios. Las Amas de Casa de la Bratva. Imagínate.
—Ella no viviría en la misma casa —gruño.
—Es broma. Pero en serio, primo… vendiste el ático. ¿Dónde se va a quedar?
Uno pensaría que mi propio primo me daría algo de crédito. Obviamente lo he pensado todo. Aunque la situación siga siendo complicada.
—Puedo comprarme otro ático, ¿sabes? Y además tengo mi finca.
—¿Así que estarías alternando entre las dos? Madre de tu hijo de día, esposa de noche.
—Deja de llamarla así —le espeto.
Mi mano libre se aprieta contra mi costado. Estoy harto de esta conversación.
—¿A cuál? —pregunta. Baron se ha vuelto más atrevido desde que me convertí en pakhan. No estoy seguro de que me guste. Necesita recordar quién manda.
—Ambas —espeto.
—Lo siento. Solo… ten cuidado, ¿sabes? Estás casado con una Chadovich. Y no se puede confiar en ningún Chadovich, aunque estén hechos más de plástico que de células humanas. Y sus cerebros estén saturados de estadísticas de programas de citas.
—No es tan tonta como crees —murmuro.
—Oh, sé que no lo es. Por eso yo tendría cuidado pase lo que pase. Esto es mucho para manejar.
—Lo sé.
Aquí termina la llamada. No necesito que mi primo me dé sermones sobre la gravedad de mi situación. Sé mejor que nadie lo perjudicial que es todo ahora.
Si Amara realmente está embarazada de mi bebé, mi hijo, entonces se tomarán medidas para asegurar al futuro pakhan. Y si ese es el caso, tendré que asegurarme de que no haya problemas en casa, aunque eso signifique mentirle a Jenica y ocultarle cosas a Amara.
Termino el último sorbo del agua quemada y turbia que me hicieron pasar por café y consulto la cobertura en mi teléfono.
Si quiero solucionar este desastre, voy a necesitar algo más fuerte.