UNA ÚLTIMA CLASE #10
Gabriela negó con la cabeza.
Esperaba una respuesta extraordinaria.
No la hubo.
—De cómo habla de los demás.
Sonrió.
—Nunca utiliza a las personas para engrandecerse.
Siempre encuentra la manera de hacerlas más grandes a ellas.
Miró a Gabriela con una dulzura inmensa .
—Y cuando alguien es capaz de querer así.....es imposible no querer también a quienes forman parte de su historia.
Gabriela sintió que los ojos volvían a humedecérsele pero aquella noche ya había decidido no luchar contra las lágrimas pues había aprendido que algunas no nacen del dolor.
Y, mientras las dos mujeres regresaban lentamente hacia donde las esperaba Abel, Gabriela tuvo la certeza de que la última lección de aquella noche ya no la estaba aprendiendo de un profesor.
La estaba aprendiendo de una mujer que había entendido que el amor verdadero no compite con el pasado.
Lo abraza.
Y, al abrazarlo.....lo convierte también en parte de su futuro.
Cuando regresaron al mirador, Abel seguía exactamente en el mismo lugar.
No parecía estar esperándolas.
Parecía contemplar la noche como quien ya no necesita pedir respuestas, solo agradecerlas.
Las vio acercarse y sonrió.
No preguntó de qué habían hablado.
No quiso hacerlo.
Hay conversaciones que solo conservan toda su belleza cuando pertenecen a quienes las vivieron.
Idaira se colocó de nuevo a su lado sin decir una palabra.
Sus hombros apenas se rozaban y, sin embargo, Gabriela tuvo la extraña sensación de que nunca había visto a dos personas tan cerca la una de la otra.
Durante unos minutos permanecieron los tres contemplando el mar, el pueblo, el universo.
Abajo, las calles seguían llenas de vida.
Un autobús dobló lentamente una rotonda, una pareja cruzó una plaza cogida de la mano, en un balcón una niña intentaba alcanzar una estrella con el dedo.
Gabriela sonrió.
El mundo seguía ocurriendo y eso le parecía maravilloso.
—¿Sabes qué es lo curioso?, dijo Abel .
Gabriela levantó ligeramente la cabeza.
—Cuando era joven creía que enseñar consistía en tener respuestas.
Hizo una pausa.
—Ahora sé que enseñar consiste en aprender a hacer compañía mientras el otro encuentra las suyas.
Aquella frase quedó suspendida entre los tres.
No necesitaba explicaciones.
Solo tiempo.
Gabriela respiró despacio.
—Creo que ya entiendo por qué nunca respondías inmediatamente a nuestras preguntas.
Abel rio.
—La mayoría de las veces porque tampoco conocía la respuesta.
Los tres rieron.
Idaira negó con una sonrisa.
—Eso no es del todo cierto.
Abel la miró divertido.
—¿Ah, no?
—No.
Tú casi siempre sabías la respuesta, lo que no hacías era robársela a los demás.
El silencio volvió.
Gabriela comprendió que aquella era una de las descripciones más hermosas que había escuchado sobre Abel.
No enseñaba respuestas, protegía descubrimientos.
Abel volvió a mirar el pueblo.
—Hay una última cosa que quiero pediros.
Gabriela sintió que el corazón se aceleraba no por miedo a que la noche terminara sino porque intuía que aquellas palabras permanecerían con ella durante mucho tiempo.
Abel habló muy despacio.
—Dentro de unos años.....cuando la vida vuelva a poneros delante de alguien perdido...
No intentéis decir la frase perfecta .
No existe.
Miró un instante a Gabriela.
Después a Idaira.
—Sentaos a su lado. Escuchad. Permaneced.
A veces la esperanza no llega en forma de consejo, llega en forma de compañía.
Gabriela sintió un estremecimiento pensando en todas las veces que había intentado arreglar el dolor de alguien.
Y comprendió que, quizá, la mayoría de las personas no necesitaban soluciones.
Necesitaban no sentirse solas mientras las encontraban.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Abel metió la mano en el bolsillo de la chaqueta.
Sacó un pequeño papel doblado y lo sostuvo unos segundos entre los dedos para entregárselo después a Gabriela.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Qué es?
Abel sonrió.
—Lo escribí hace mucho tiempo.
Pensé que algún día encontraría a la persona adecuada.
Creo que ese día ha llegado.
Gabriela abrió lentamente el papel.
Solo había una frase.
Una única frase.
Con la letra pausada e inconfundible de Abel.
"El día que dejes de buscar a las personas que perdiste será el día en que descubras que nunca dejaron de caminar contigo."
Gabriela volvió a leerla.
Una vez.
Y otra.
Después levantó la vista.
Las lágrimas regresaron pero ya no eran lágrimas de despedida sino de reconocimiento.
Como si hubiera encontrado las palabras que llevaba buscando desde la muerte de su padre .
Guardó el papel con el mismo cuidado con el que, diez años antes, había guardado el sobre.
No porque quisiera conservar una frase.
Quería recordar cómo se había sentido al leerla.
Abel dio un paso atrás.
Miró a Gabriela.
Luego a Idaira.
Después al cielo.
Y sonrió con una serenidad absoluta.
Gabriela tuvo entonces una intuición inesperada.
Comprendió que aquella noche ya no trataba de despedirse de un profesor. Trataba de aceptar algo mucho más importante.
Que algunas personas llegan a nuestra vida para enseñarnos a vivir.....
y otras llegan para demostrarnos, con su propia vida, que aquellas enseñanzas eran verdaderas.
Y Abel había tenido la inmensa fortuna de conocer a las dos.
A Gabriela, como alumna.
Y a Idaira, como compañera de camino.
En ese instante, Gabriela sintió que el círculo, por fin, empezaba a cerrarse.
Gabriela guardó lentamente el papel en el bolsillo de su abrigo.
No dijo nada.
Había descubierto, años atrás, que las palabras más importantes nunca se responden inmediatamente.
Primero se viven.
Después, si hace falta, se pronuncian.
El viento levantó un mechón de su cabello.
Miró otra vez el pueblo.
Las luces seguían encendidas. Exactamente igual que unos minutos antes.
Y, sin embargo, todo era distinto.
No porque hubiera cambiado el paisaje.
Había cambiado ella .
Pensó en la chica que, diez años atrás, había entrado por primera vez en aquella clase.
La recordó sentada junto a la ventana convencida de que el dolor sería para siempre y creyendo que la vida era injusta con ella.
Por primera vez no sintió compasión por aquella adolescente, sintió orgullo porque, incluso rota, nunca dejó de caminar.
Se abrazó con Idaira y con Abel.
Fueron los abrazos de personas que habían comprendido que el cariño no necesita explicaciones.
Cuando se separaron, Idaira le guiñó un ojo.
—Ahora entiendo por qué Abel hablaba tanto de ti.
Gabriela rio.
—Y yo ahora entiendo por qué nunca deja de sonreír cuando te mira.
Idaira bajó el rostro ligeramente avergonzada.
Abel entonces simplemente sonrió.
Aquella sonrisa decía exactamente lo mismo que había dicho en su primera clase diez años atrás.
"Confío en ti."
Y, por primera vez en mucho tiempo, Gabriela descubrió que ya no necesitaba que nadie se lo recordara.
Ella también confiaba en sí misma.
Luego Gabriela empezó a bajar lentamente por el sendero…solo sentía que necesitaba dar unos pasos, escuchar el sonido de las pisadas.
Las palabras habían cumplido su función, ahora les correspondía a los pasos.
Comenzó a descender, la grava crujía bajo sus pies con un sonido suave, casi hipnótico y por primera vez desde que había recibido aquel sobre no tenía la sensación de estar regresando del pasado sino de dirigirse hacia el futuro.
Al llegar al pie de la colina se detuvo, giró lentamente la cabeza y desde allí arriba todavía podía distinguir la silueta del mirador.
Abel seguía allí mirando el horizonte como había hecho tantas veces.
Entonces ocurrió algo muy sencillo .
Abel levantó una mano.
No para despedirse, solo para saludar una última vez.
Gabriela respondió del mismo modo.
No sintió tristeza.
Sintió paz.
Comprendió que las despedidas más bonitas no son aquellas en las que prometemos volver, son aquellas en las que sabemos que, aunque no volvamos, nada de lo vivido dejará de acompañarnos.
Siguió caminando.
Al cruzar la plaza del pueblo, escuchó las risas de unos adolescentes sentados en un banco.
Uno de ellos hablaba demasiado alto.
Otro fingía no escuchar.
Una chica discutía con un amigo mientras intentaba esconder una sonrisa.
Greta habría dicho que era imposible entenderse a esa edad.
Abel habría dicho que precisamente ahí empezaba todo.
Gabriela sonrió para sí.
Por primera vez, las dos frases le parecían compatibles.
Gabriela caminó sin rumbo durante varios minutos.
No tenía prisa por llegar a casa.
Había noches que no pedían un destino, solo pedían tiempo.
Respiraba despacio, como si quisiera grabar aquel instante en algún lugar del que nunca pudiera desaparecer.
Al pasar junto a la plaza volvió a escuchar las risas de los adolescentes.
Ahora eran otros, no los mismos de antes.
Uno discutía con una chica porque insistía en que el futuro estaba decidido. Ella defendía exactamente lo contrario.
Gabriela sonrió.
Hacía diez años, aquella conversación podría haber sido suya.
Estuvo a punto de seguir caminando pero se detuvo sin saber por qué. Se acercó al banco y los cuatro adolescentes levantaron la vista.
Uno de ellos dejó el móvil, otro pareció pensar que iban a llamarles la atención .
Gabriela sonrió.
—Perdonad que os moleste.
Solo quería deciros una cosa.
Los cuatro esperaron.
—No dejéis que nadie os convenza de que ya sabéis quién vais a ser.
Hubo un breve silencio.
Uno de los chicos respondió.
—¿Por qué?
Gabriela sonrió con una mezcla de ternura y nostalgia.
—Porque las mejores personas en las que os convertiréis...todavía ni siquiera las conocéis.
No añadió nada más.
Les deseó buenas noches y continuó caminando.
No llegó a escuchar lo que dijeron después pero tampoco le importó.
Aquellas palabras ya no le pertenecían. Habían empezado su propio camino.
Mientras seguía andando, metió la mano en el bolsillo del abrigo.
Encontró la carta que había escrito con dieciséis años y la frase que Abel le había regalado.
Las sostuvo unos segundos entre las manos para luego volver a guardarlas.
No como quien esconde un recuerdo sino como quien lleva consigo un hogar.
Al llegar a casa dejó las llaves sobre la mesa.
Todo estaba en silencio.
Encendió una pequeña lámpara del salón.