Infinito Por Infinito UNA ÚLTIMA CLASE #6
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UNA ÚLTIMA CLASE #6

—Las mejores palabras casi nunca salen de la cabeza.

Salen de las heridas que hemos conseguido convertir en luz.

Gabriela observó la hoja en blanco.

Durante unos segundos no escribió una sola palabra .

Después recordó a la chica que había sido, la que creía que nunca volvería a reír sin sentirse culpable, la que pensaba que el dolor era un lugar del que nadie podía salir.

Respiró hondo y comenzó.

"No sé quién eres."

"Ni cuándo leerás esto."

"Solo espero llegar a tu vida el día en que más necesites que alguien crea en ti."

Se detuvo.

Sonrió.

Aquellas palabras no iban dirigidas a un desconocido.

También hablaban de ella.

A su alrededor solo se escuchaba el sonido de los bolígrafos deslizándose sobre el papel.

Era un sonido suave, hipnótico, como una lluvia tranquila.

Abel los contemplaba en silencio.

No corregía, no caminaba entre ellos, simplemente estaba allí.

Con la tranquilidad de quien sabe que ya no hace falta enseñar, solo acompañar.

Idaira observó a Abel.

Lo conocía lo suficiente para reconocer aquella expresión, la misma que aparecía cada vez que una emoción conseguía sorprenderlo.

Se acercó despacio sin interrumpir a nadie y rozó apenas su mano.

Él levantó la mirada. No dijeron nada pero sonrieron al mismo tiempo.

Y Gabi, que levantó la vista justo en ese instante, comprendió algo.

El amor no siempre necesita demostraciones. A veces basta con que dos personas sepan exactamente dónde encontrarse en medio del silencio.

Pasaron varios minutos, nadie tuvo prisa.

Cuando el último dejó el bolígrafo sobre la mesa, Abel se levantó y recogió los sobres uno a uno.

No los abrió. Ni siquiera miró los nombres.

Los guardó dentro de la caja de madera.

Después cerró lentamente la tapa.

El sonido fue apenas un susurro .

Pero todos sintieron que acababa de cerrarse un círculo.

—¿Sabéis una cosa?,  preguntó Abel.

—Hace diez años pensé que esta reunión era un regalo para vosotros, sonrió.

—Hoy he descubierto que era un regalo para mí.

Greta negó con la cabeza.

—No.

El regalo ha sido tener un profesor capaz de organizar una reunión diez años después y conseguir que doce adultos escriban cartas a personas que ni siquiera conocen.

Las risas llenaron de nuevo el aula.

Abel también rio.

—Sigo sin saber si eso habla bien de mí... o muy mal de vosotros.

—Un poco de las dos cosas, respondió Greta.

Y todos volvieron a reír.

La emoción necesitaba respirar.

Abel caminó hasta la ventana.

El sol ya estaba desapareciendo.

El cielo comenzaba a teñirse de un azul profundo.

Se quedó mirándolo unos segundos.

Después habló sin girarse.

—Hay una última historia que nunca os conté.

El aula volvió a quedarse en silencio.

—Porque hasta hoy no estaba terminada.

Gabriela sintió un leve estremecimiento.

Abel se volvió lentamente hacia ellos con una emoción distinta en su rostro y, antes de pronunciar una palabra más, buscó la mano de Idaira.

Ella la tomó con la naturalidad de quien lleva mucho tiempo haciéndolo.

Gabriela comprendió que la historia que estaban a punto de escuchar no iba a hablar solo del pasado, iba a explicar cómo, incluso después de perder mucho, la vida puede seguir escribiendo capítulos que uno nunca imaginó.

Y el aula entera, casi sin darse cuenta, contuvo la respiración .

Abel permaneció unos segundos en silencio.

No porque estuviera buscando las palabras, las conocía desde hacía mucho tiempo.

Lo que buscaba era el momento exacto para dejarlas salir.

A veces una verdad pronunciada demasiado pronto llega a los oídos.

Pronunciada en el instante adecuado...llega al corazón.

Acarició con el pulgar la mano de Idaira.

Un gesto tan pequeño que cualquiera habría podido pasarlo por alto.

Gabriela no.

Había aprendido de él que las personas se conocen mucho mejor por los gestos que por los discursos.

—Cuando nos conocimos..., dijo Abel mirando a Idaira.

—Yo estaba convencido de que había partes de mí que ya nunca volverían a despertar.

Sonrió levemente.

—Y ella nunca intentó despertarlas.

Todos guardaban silencio. Idaira también.

No apartó la mirada de él.

—Simplemente caminó a mi lado.

Sin prisa.

Sin exigirme que dejara de echar de menos.

Sin pedirme que olvidara.

Sin intentar ocupar el lugar de nadie.

Gabriela sintió que aquellas palabras encontraban un lugar muy profundo dentro de ella hablando de algo que llevaba años intentando comprender.

Abel continuó.

—Un día le pregunté por qué nunca sentía celos de las personas que seguían viviendo en mis recuerdos.

Idaira bajó la cabeza con una sonrisa tímida como si todavía le diera un poco de vergüenza aquella conversación.

—¿Sabéis qué me respondió?

Nadie habló .

Abel miró a Idaira.

Fue ella quien respondió con una voz tranquila y serena.

—Le dije que las personas que de verdad amamos no compiten entre ellas.

El aula quedó completamente inmóvil.

—Cada una ocupa un lugar distinto.

Y todos esos lugares forman la persona de la que me enamoré.

No querría un Abel al que le faltara una parte de su historia.

Porque entonces.....

ya no sería él.

Gabriela notó cómo se le humedecían los ojos.

No por tristeza.

Por alivio.

Era como si alguien acabara de poner nombre a una verdad que llevaba demasiado tiempo buscando.

Idaira se volvió entonces hacia los antiguos alumnos.

—Durante años escuché hablar de vosotros.

No de vuestras notas.

Ni de vuestros trabajos.

Ni de vuestros éxitos.

Sonrió.

—Escuché hablar de vuestra bondad, de vuestra capacidad para levantaros, de los días en que hicisteis reír a Abel cuando él regresaba preocupado, de las veces que una pregunta vuestra lo obligó a replantearse una clase entera.

Miró a Greta.

—Incluso de las ocasiones en que conseguiste que perdiera el hilo de una explicación.

Greta levantó la mano con una sonrisa orgullosa.

—Esa asignatura siempre se me dio bien.

Las risas recorrieron el círculo.

Idaira rio con ellos pareciendo alguien que llevaba mucho tiempo perteneciendo a aquella historia.

Abel observó la escena.

No dijo nada .

Simplemente dejó que ocurriera comprendiendo que era exactamente así como había imaginado aquel día diez años atrás.

No perfecto. No solemne. Verdadero.

Entonces Gabriela levantó la vista.

Había una pregunta que llevaba demasiado tiempo dentro de ella.

—Abel...

Él la miró.

—¿Nunca tuviste miedo de que todo esto no sirviera para nada?

El aula volvió a quedarse en silencio.

Abel tardó unos segundos en responder.

Después caminó hasta la ventana.

Miró el patio.

Sonrió.

—Todos los días.

Respondió sin girarse.

—Todos los días pensé que quizá ninguna de mis palabras sobreviviría al siguiente examen, al siguiente verano o al siguiente problema.

Se volvió lentamente.

—Hasta que entendí una cosa.

Señaló el círculo.

—Los profesores no sembramos certezas.

Sembramos preguntas.

Y las preguntas tienen una ventaja extraordinaria.

Hizo una pausa.

—Pueden pasar años dormidas....hasta que un día, cuando la vida las necesita.....florecen.

Gabriela bajó la mirada comprendiendo que aquella tarde no había vuelto al instituto para recordar una clase sino porque una pregunta sembrada diez años atrás acababa, por fin, de encontrar respuesta.

Y tuvo la sensación de que la última lección de Abel todavía no había terminado.

Al contrario.

Estaba a punto de pronunciar las palabras que ninguno de ellos olvidaría jamás.

Nadie habló .

La última frase de Abel seguía suspendida en el aire.

Como una campana cuyo eco tarda en desaparecer.

Las preguntas......florecen.

Gabriela comprendió que aquella era exactamente la sensación.

Durante diez años había vivido sin darse cuenta de que muchas de las decisiones más importantes de su vida habían nacido en aquella aula. No porque Abel le hubiera dicho qué hacer sino porque le había enseñado a hacerse las preguntas adecuadas.

Y, cuando uno aprende a preguntar...Ya nunca vuelve a vivir igual.

Abel respiró despacio mirando el reloj de la pared.

Seguía siendo el mismo, el mismo reloj blanco con una pequeña grieta junto al número ocho.

Sonrió.

—¿Sabéis qué pensé el primer día que entré aquí?

Greta sonrió.

—Que te habías equivocado de profesión.

Las risas recorrieron el círculo.

Abel negó con la cabeza.

—No.

Pensé que, si dentro de diez años alguno de vosotros seguía recordando una sola frase de mis clases...

ya habría merecido la pena.

Hizo una pausa.

—Hoy he descubierto que fui poco ambicioso.

Los alumnos se miraron sorprendidos.

Abel sonrió.

—No recordáis frases.

Recordáis momentos.

Y eso es mucho más importante.

Porque las frases se olvidan.

Los momentos.....nos construyen.

Caminó lentamente hasta la pizarra, cogió una tiza y durante unos segundos la sostuvo entre los dedos como si también ella formara parte de aquellos recuerdos.

Después escribió una sola palabra .

GRACIAS

Nada más.

Dejó la tiza.

Se volvió hacia ellos.

—Eso era lo único que quería deciros esta tarde.

Gabriela frunció ligeramente el ceño.

—¿Gracias?

Abel asintió.

—Sí.

Porque durante muchos años pensé que yo había venido aquí para enseñaros.

Sonrió con humildad.

—Y tardé demasiado tiempo en comprender que también vine para aprender a ser mejor persona gracias a vosotros.

—Aprendí que nunca debemos rendirnos con alguien solo porque hoy no pueda ver la esperanza porque quizá solo necesite que otra persona la vea por él durante un tiempo.

Gabriela sintió que una lágrima descendía lentamente por su mejilla.

No la secó.

Aquella lágrima ya no hablaba del pasado, lo hacía de todo lo que había nacido después.

Idaira observaba a Abel en silencio.

Había escuchado muchas veces aquellas historias pero nunca las había visto reflejadas en los rostros de quienes las habían vivido. Comprendió así por qué aquel hombre seguía emocionándose cuando hablaba de sus antiguos alumnos.

Entonces Abel hizo algo inesperado.

Se acercó a la mesa, tomó los sobres que acababan de escribir, los sostuvo unos segundos entre las manos y los puso en una caja que le entregó a  Gabriela.

Ella lo miró sorprendida.

—¿A mí?

Abel asintió.

—Quiero que la guardes tú .

El aula quedó completamente inmóvil.

—Dentro hay doce cartas dirigidas a personas que todavía no saben que un día las leerán.

Sonrió.