Infinito Por Infinito Epílogo
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Epílogo

(Cinco años después)

Cinco años es una cantidad de tiempo extraña.

Suficiente para cambiar una vida, insuficiente para comprender completamente cómo cambió.

Cinco años después, Horizonte existía en tres países.

España.

Canadá.

Y Portugal.

No era una organización gigantesca. Nunca quiso serlo.

No llenaba estadios, no perseguía récords y precisamente por eso seguía funcionando.

Porque seguía recordando algo.

Las personas primero.

Siempre las personas primero.

La vieja casa junto al mar seguía siendo el corazón de todo.

No el más grande.

No el más moderno.

Pero sí el más importante.

Porque allí seguían ocurriendo las conversaciones.

Las verdaderas.

Las difíciles.

Las que cambian vidas.

Aquella mañana Gabriela caminaba por la terraza mientras observaba llegar a los nuevos participantes.

Veinte jóvenes, veinte historias, veinte futuros distintos.

Y cada vez que los veía llegar recordaba algo.

Ella también había sido una de esas personas.

Una persona buscando respuestas sin saber que lo que realmente necesitaba era encontrar preguntas mejores.

Sonrió porque ahora por fin lo entendía.

Detrás de ella apareció Greta .

Exactamente igual y completamente distinta.

Seguía haciendo bromas imposibles, seguía llegando tarde, seguía comprando cantidades absurdas de comida.

Pero algo había cambiado.

La confianza.

La serenidad.

La forma de ocupar su lugar en el mundo.

—Estás pensando demasiado, dijo.

—Es una acusación muy seria, respondió Gabriela.

—Y completamente cierta.

Las dos comenzaron a reír como siempre.

Porque algunas amistades no envejecen, solo profundizan.

Poco después llegó Laia con una carpeta bajo el brazo.

Por supuesto.

Porque el universo necesitaba ciertos elementos para mantenerse equilibrado.

Y Laia organizando cosas era uno de ellos.

—Tenemos un problema, anunció.

Greta suspiró.

—Ya empezamos.

—Han llegado treinta solicitudes más.

Silencio.

—Eso no es un problema, dijo Gabriela.

—Eso es exactamente el tipo de problema que soñábamos tener.

Laia sonrió y asintió porque era completamente verdad.

Aquella tarde hubo una videollamada como cada viernes.

Canadá apareció en la pantalla y después Vicente.

Cinco años mayor.

Cinco años más sabio.

Cinco años más él mismo.

Y Gabriela sintió exactamente lo mismo que la primera vez que lo vio, solo que ahora sin miedo porque los dos habían aprendido juntos.

La distancia no había sido el desafío. El desafío había sido crecer y seguir eligiéndose mientras crecían.

Y lo habían conseguido .

No perfectamente.

No siempre.

Pero de verdad.

Y eso era mucho más importante.

La reunión terminó al atardecer y cuando todos se marcharon, Gabriela permaneció sola en la terraza.

El mar estaba tranquilo como aquella primera vez y tantas otras veces.

El horizonte se extendía frente a ella inmenso, abierto, lleno de posibilidades.

Y entonces escuchó pasos.

Se giró.

Era una chica. Tendría dieciséis o diecisiete años y parecía nerviosa.

Como si no estuviera segura de pertenecer allí, como si no estuviera segura de muchas cosas.

Gabriela reconoció inmediatamente aquella mirada porque había sido la suya años atrás.

La joven se acercó lentamente y preguntó:

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Gabriela sonrió de manera tranquila, llena de comprensión y gratitud porque de repente lo entendió absolutamente todo.

La chica no era el final de la historia.

Era el principio de otra.

Exactamente igual que ella lo había sido.

Exactamente igual que Alejandro.

Exactamente igual que Abel.

La cadena continuaba.

Y siempre continuaría.

Gabriela señaló la silla vacía frente a ella, la misma donde habían comenzado tantas conversaciones.

Y respondió:

—Claro.

—Las mejores historias suelen empezar así.

La chica sonrió y se sentó.

El sol descendía lentamente sobre el mar .

El horizonte brillaba.

Y una nueva conversación estaba a punto de comenzar.

Otra pregunta.

Otra vida.

Otra posibilidad.

Porque al final...

Nunca fueron las respuestas.

Siempre fueron las personas.