CAPÍTULO DIECISEIS #5
En esa reunión rieron muchísimo. Más de lo normal.
Como si todos estuvieran intentando memorizar el momento. Guardar detalles. Gestos. Frases. Pequeñas cosas.
Porque intuían que pronto empezarían a echarlas de menos.
El miércoles Gabriela recibió una videollamada inesperada.
Era la directora internacional de Horizonte.
—Tenemos una propuesta, dijo.
Gabriela sonrió.
Aquella frase empezaba a darle miedo.
—¿Buena o mala?
—Depende de tu tolerancia al estrés.
—Mala, entonces.
La mujer rio.
—Queremos que seas la directora del programa piloto.
El mundo se detuvo entonces.
—¿Qué?
—La líder.
—La responsable.
—La persona que coordinará Horizonte durante el primer año con otros centros.
Gabriela permaneció congelada porque aquello era imposible y real.
Otra vez.
Siempre ocurría igual.
Las cosas importantes siempre parecían imposibles justo antes de convertirse en realidad.
Cuando colgó, tardó varios minutos en reaccionar y después comprendió algo.
Alejandro había tenido razón.
Las asignaturas nunca terminan. Simplemente cambian de nivel.
El jueves llegó demasiado rápido.
Y el viernes aún más.
De repente quedaban cuarenta y ocho horas.
Después treinta y seis.
Después veinticuatro .
Y entonces apareció algo que ninguno esperaba.
Miedo.
No el miedo a la distancia. No el miedo a la despedida.
Algo más profundo. El miedo al cambio.
Porque una vez que Vicente subiera a aquel avión.....Todo sería diferente.
No peor. No mejor. Diferente.
Y las personas solemos tener más miedo a lo desconocido que a lo difícil.
La noche antes del vuelo quedaron solos.
Sin nadie más, sin responsabilidades.
Solo ellos.
Y caminaron durante horas sin rumbo como si intentaran retrasar el tiempo aunque sabían perfectamente que era imposible.
Finalmente llegaron al faro.
El mismo lugar donde tantas veces habían hablado.
El mismo lugar donde tantas veces habían encontrado respuestas.
Se sentaron y contemplaron el inmenso océano por mucho tiempo hasta que Vicente habló.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Que ya no tengo miedo.
Gabriela lo observó sorprendida.
—¿De Canadá?
Vicente negó.
—De perderte.
El corazón se encogió suavemente como una ola.
—¿Y eso?
Vicente observó a lo lejos y respondió:
—Porque antes pensaba que quererte significaba estar cerca.
Una pausa.
—Ahora creo que significa construir algo que merezca la pena aunque estemos lejos.
Las lágrimas aparecieron inmediatamente pues aquellas palabras contenían meses de aprendizaje .
Meses de miedo. Meses de crecimiento. Meses de amor.
Y porque eran verdad, profundamente verdad.
Gabriela apoyó la cabeza sobre su hombro y permanecieron allí escuchando el viento y el sonido de la marea. Sintiendo el peso y la belleza del momento.
Sabían algo. Algo importante.
El día siguiente dolería muchísimo pero también sabían otra cosa.
Que algunas despedidas existen precisamente porque algo ha merecido la pena.
Y aquello...
Aquello había merecido la pena.
Muchísimo.
El aeropuerto siempre había parecido un lugar extraño.
Demasiado alegre para las despedidas. Demasiado triste para los reencuentros.
Como si existiera exactamente entre dos vidas.
Y aquella mañana Gabriela comprendió por qué.
Porque los aeropuertos son lugares donde las personas se convierten en futuro.
Llegaron temprano, mucho más de lo necesario. Ninguno estaba preparado para acercarse al momento final y retrasarlo parecía una estrategia razonable aunque completamente inútil.
Greta llevaba gafas de sol dentro de las instalaciones lo cual habría resultado ridículo en cualquier otro contexto pero todos sabían exactamente por qué lo hacía.
—No pienso llorar, anunció.
—Ya estás llorando, respondió Laia.
—Detalles técnicos.
Las risas aparecieron.
Pequeñas y necesarias.
Vicente empujaba la maleta. La misma que había preparado tres veces y deshecho dos.
Porque ninguna maleta puede contener una vida por mucho que lo intentes .
La llamada de embarque todavía no había llegado y eso les regaló una hora.
Una última hora.
Hablaron de todo y de nada.
Recordaron la primera asignatura. La primera discusión. La estación abandonada. Montreal. La cabra imaginaria de Greta. Y cientos de pequeños momentos que parecían insignificantes cuando ocurrieron pero que ahora brillaban como suelen hacerlo los recuerdos justo antes de convertirse en nostalgia.
Finalmente llegó el aviso. El embarque comenzaba. Y el mundo se volvió silencioso de golpe porque ya estaba allí. El momento que llevaban semanas evitando. El inevitable.
Greta fue la primera en abrazarlo.
Fuerte.
Muchísimo.
—Si te vuelves insoportablemente canadiense...
Una pausa.
Y entonces la voz se rompió por primera vez.
—...te traeré de vuelta por la fuerza.
Vicente comenzó a reír y a llorar al mismo tiempo.
—Trato hecho.
Después fue Laia.
Más tranquila y silenciosa pero igual de emocionada.
—Gracias, susurró.
—¿Por qué?
Laia sonrió.
—Por darme la oportunidad de conocer al chico tímido de la ventana.
Vicente soltó una pequeña carcajada.
Entonces llegó Gabriela y por un instante el aeropuerto desapareció.
Las personas. Los anuncios. Las maletas. Todo.
Solo quedaron ellos dos.
Observándose.
Comprendiendo.
Recordando.
Y durante unos segundos ninguno encontró palabras, algunas emociones son demasiado grandes para el lenguaje.
Finalmente fue Gabriela quien habló.
—¿Sabes qué me da más rabia?
Vicente sonrió.
—¿Qué?
—Que Alejandro habría disfrutado muchísimo de esto.
La sonrisa de Vicente se hizo más amplia, más triste y más hermosa.
—Abel también.
Gabriela asintió porque era completamente verdad y entonces comprendió algo por primera vez.
Alejandro ya no era una ausencia.
Abel tampoco.
Se habían convertido en parte del camino.
En algo que viajaba siempre con ellos.
Y aquella comprensión transformó la tristeza.
No la eliminó pero la transformó.
La convirtió en agradecimiento
Y el agradecimiento pesa muchísimo menos.
Vicente tomó entonces algo de su mochila.
Una libreta pequeña y sencilla.
Idéntica a la de Alejandro, A la de Abel, a la de Horizonte y se la entregó.
—¿Qué es?
—La primera libreta de Canadá.
Gabriela parpadeó confundida.
Vicente sonrió.
—Si Horizonte va a existir...
Una pausa.
—Va a existir en los dos lugares.
Las lágrimas aparecieron inmediatamente al comprender que no estaban despidiéndose.
Estaban construyendo un puente.
Y aquello era otra visión de lo mismo.
Así decidieron sellarlo con un beso y un abrazo que ninguno quería que acabara .
El último aviso resonó por el aeropuerto.
Ya no quedaba tiempo.
De verdad.
Ya no.
Vicente observó a los tres.
A Greta.
A Laia.
A Gabriela.
Y sonrió.
Una sonrisa llena de miedo y de ilusión.
Exactamente como debe ser una sonrisa cuando comienza una nueva vida.
—Nos vemos pronto.
No fue una promesa.
No exactamente.
Fue una decisión.
Y eso era mucho más fuerte.
Después se giró y comenzó a caminar sin mirar atrás, no porque no quisiera sino porque sabía algo.
Las despedidas más difíciles exigen valentía en ambas direcciones.
Gabriela observó cómo desaparecía lentamente hasta perderse entre la multitud.
Y cuando ocurrió sintió algo inesperado.
Muchísimo dolor pero también orgullo. Y esperanza. Y amor.
Porque había comprendido la última lección de aquella etapa.
Amar a alguien no consiste en impedir que se marche.
Consiste en alegrarte de que exista un lugar al que desea ir.
Aunque te duela.
Aunque lo eches de menos.
Aunque nada vuelva a ser exactamente igual.
Especialmente entonces.
Cuando salieron del aeropuerto, el sol comenzaba a ponerse.
Greta caminaba en silencio.
Laia también.
Y Gabriela observó el horizonte .
Ese horizonte.
El que había estado presente desde el principio.
Y sonrió.
Porque por primera vez comprendió algo con absoluta claridad.
Horizonte nunca había sido un lugar.
Ni un proyecto.
Ni siquiera un sueño.
Horizonte era la distancia entre la persona que eres.....y la persona en que estás dispuesto a convertirte.
Y el viaje para cruzarla acababa de comenzar.
"La vida no te pide que retengas a las personas."
"Te pide que las ames mientras caminan."
— Alejandro
"Y que sigas caminando tú también."
— Abel Alonso.