infiltrado (Escuadrón Alfa 3) Escuadrón Alfa Confrontación
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Escuadrón Alfa Confrontación

Nadie dijo que unirse al Escuadrón Alfa fuera fácil.

Sean McMillan apoyó ambas manos en el lavabo, con la mirada fija en el espejo. No se miraba realmente; tenía la vista perdida, atravesando su propio reflejo.

Bentley —el brusco exmilitar del SAS responsable de su entrenamiento— se lo había advertido antes de empezar el campamento de instrucción; los demás miembros del escuadrón también habían bromeado y lo habían picado con el tema.

Pero el intenso entrenamiento al que se había sometido no le había supuesto ningún problema. Los desafíos físicos y mentales le habían venido bien. Además, el entrenamiento ya había terminado. Había sobrevivido.

Lo que le carcomía esa mañana —la mayoría de las mañanas, en realidad— era algo mucho más profundo.

¿Había tomado la decisión correcta?

Su carrera en la policía de Kent iba viento en popa. Con poco menos de treinta años, había ascendido a detective. Disfrutaba del trabajo y se le daba bien.

Y desde que se resolvió la cadena de asesinatos cerca del campamento de refugiados metamorfos de Sevenoaks, las cosas se habían descontrolado un poco. Lo habían convertido en una especie de héroe y podía elegir los casos y las asignaciones que quisiera.

Y, sin embargo, lo había dejado todo para unirse al Escuadrón Alfa.

Las justificaciones para esa decisión eran fáciles de enumerar: la oportunidad de hacer algo diferente; de marcar la diferencia a escala nacional; de formar parte de una nueva agencia que contaba con el respaldo de todo un ministerio.

Aun así, nada de eso le convencía del todo; Sean no lograba explicarse por qué estaba realmente allí.

No encajaba.

No era una sensación nueva, por supuesto.

Siempre había cargado con la certeza de que era diferente de algún modo, incluso de pequeño.

Cuando llegó a la pubertad, su padre lo llevó aparte y le explicó algunas cosas sobre lo que significaba ser un metamorfo.

Sobre la importancia de controlar sus impulsos.

De mantener su naturaleza en secreto a toda costa.

Ya era más alto y fuerte que la mayoría de los chicos de su edad, así que nadie se metía con él. Pero tampoco tenía muchos amigos en el instituto. No es que eso le importara.

Sean siempre había estado a gusto consigo mismo. Prefería escuchar a hablar, algo que le había servido bien en su carrera profesional.

Lo que le costaba aceptar era que existía toda esa otra faceta suya que simplemente debía ignorar. Pero lo había superado. Y ahora se enfrentaba a la otra cara de ese dilema.

Y ahí estaba, formando parte de un mundo feliz donde los metamorfos ya no necesitaban esconderse.

Aquel pequeño y sucio secreto que había cargado toda su vida ya no era un secreto.

El equipo estaba compuesto por más metamorfos que humanos, y no les daba vergüenza exhibir sus peculiares talentos de transformación cuando la situación lo requería.

O aunque no lo requiriera. Era como si todo fuera un gran juego para ellos.

Ese había sido el mayor golpe al llegar a la base.

No era raro que uno o más miembros del equipo se transformaran espontáneamente en sus formas animales para salir a correr por el bosque.

Por mucho que lo animaran a unirse, Sean no había sido capaz de hacerlo.

Simplemente le parecía mal dejar salir su lado animal.

Se obligó a salir de aquellos pensamientos inútiles echándose agua fría en la cara. Había que seguir adelante. Había elegido formar parte del escuadrón, así que no iba a permitirse tirar la toalla tan fácilmente. Quizá cuando fuera a su primera misión, todas esas dudas se desvanecerían.