Epílogo
Lyra
Cien nox después
—Serpens, ha llegado el momento, querida.
Desde hace algún tiempo me pregunto cómo podría desvincular el cuerpo de Serpens del castillo que se formó a partir de ella.
Y solo una alternativa me vino a la mente.
Un único lugar en el infierno que alberga mucha más magia de la que cualquiera de nosotros jamás se atrevió a experimentar, de la que cualquiera de nosotros pensó que pudiera existir.
La Fuente de energía.
Veo a la enorme serpiente materializarse frente a mí, una proyección que utiliza gran parte de su propio poder para mantenerse.
—Será rápido, no te preocupes.
¿De verdad crees que funcionará?
—Tiene que funcionar. Voy a sacarte de aquí.
Lo haría todo de nuevo por ti, Estrella de la noche. Tengo una deuda con usted.
—Ya no, Serpens. Cualquier idea que tengas de estar en deuda conmigo no existe.
Y tengo una confesión…
—¿Una confesión? —alzo las cejas, sorprendida por sus palabras.
Tal vez ayudé a corromperlos, sí.
Suelto una carcajada espontánea y sincera.
—Ya lo sabía, criatura tonta.
¿Entonces por qué me ayudaste?
—Porque todavía tenemos elecciones y nadie es culpable por ellas. Del mismo modo que no culpo a nadie por todo lo que he hecho hasta ahora, por todas las vidas que he quitado y por gustarme ser la señora infernal. ¿Por qué debería ser culpable de lo que criaturas con libre albedrío decidieron?
Me culpé durante mucho tiempo.
—Por eso decidiste convertirte en el Castillo, ¿verdad?
Cuando ocurrió la Gran Caída y tanto Lucifer como los demás cayeron, decidí venir con ellos porque ya no tenía nada que hacer allá arriba y porque creo que sí, me sentía culpable.
—La Gran Caída… —su comentario me recuerda lo asombrada que quedé cuando sucedió.
El tiempo en el infierno es diferente.
En el cielo, mucho más.
Es un cálculo algo molesto, incluso, ya que en el infierno un nox equivale a un segundo en la tierra, mientras que en el cielo los días se cuentan como un todo, dado que la luna y el sol aparecen al mismo tiempo, dos astros que convergen.
Por eso Estrella de la mañana y Estrella de la noche.
Fuimos los primeros creados por Él, mientras el Creador descubría cómo transformar su poder en seres que pudieran ayudarlo.
Tanto que incluso alguien tan poderoso podía cometer errores y el mayor fue cuando invirtió nuestros poderes sin siquiera darse cuenta.
Estrella de la mañana, que debía ser tan dorada como el sol, quedó plateada como la luna, y Estrella de la noche, que debía ser plateada y fría, se volvió cálida.
Una confusión que después resultó tan acertada que, en realidad, quizá lo correcto esté escrito de forma equivocada.
En fin, un nox en el infierno corresponde a un segundo terrenal, mientras que un día completo en el cielo corresponde a un año en la tierra.
Así que, cuando caí, pasaron más de treinta y un millones de nox antes de que los demás aparecieran.
Fue un shock, porque ya me había acostumbrado al dolor de la ausencia, a la catástrofe de la soledad, así que cuando miré las regiones infernales y vi a los ángeles desplomarse como estrellas fugaces, simplemente lo supe.
Supe que Él había hecho algo, que había cometido algún error deliberado, solo para encontrarme.
Sentí su presencia.
Y me sentí aliviada por ella.
Aunque no debía.
Vi a querubines caer con sus alas destrozadas y a todos los generales formarse en bolas de fuego, chocando violentamente contra el Territorio infernal.
Esas criaturas sacudieron el infierno tal como era.
Apacible, algo tedioso y muy, muy frío. Gélido en el sentido de no haber nada interesante, nada que hiciera que mis nox pasaran más rápido, aparte de entrenar exhaustivamente y agradecer por poder conjurar la lanza y las alas.
Y cuando Nilo cayó…
Simplemente lo sentí y supe que era él.
No necesité verlo envuelto en un fuego de hielo para tener la certeza. No… lo identifiqué en cuanto cruzó las barreras de poder que protegen el infierno.
Recuerdo haberme lanzado en su dirección, sin tiempo suficiente para impedir que se estrellara contra una de las villas. Y donde cayó, donde su cuerpo golpeó brutalmente el suelo, se formó un enorme cráter que hasta hoy sigue allí.
Fue entonces cuando vi la posibilidad de aprovechar el subsuelo de cada región, ya que Estrella de la mañana atravesó cientos de kilómetros y chocó contra algo más sólido, algo que podía ser la base de todo.
Lo recuerdo como si estuviera ocurriendo ahora…
la forma en que volé desesperada hacia su figura inconsciente y cómo vi abrirse sus ojos en un inmenso resplandor plateado en cuanto lo toqué.
—Estoy aquí, Mical —dijo él.
Como si encontrarme fuera parte de él, de lo que es. Y esa sola afirmación fuera suficiente para explicarlo.
Y joder, lo era.
¿Pensando en la caída, Mical?
—Sí. Me pregunto cómo habría sido si él no hubiera caído. Lucifer no debía haberse rebelado, no por mi causa.
¿No viste cómo quedó en el paraíso… atormentado hasta el punto de destruir el lugar, antes de bajar a la tierra y congelar el mundo que el Creador tanto amaba?
Los generales eligieron descender, pero no por él, sino por su causa.
Creo que todos sabían cuán errónea fue la sentencia y prefirieron abandonar el barco a punto de hundirse.
Escuché esa historia, pero nunca de labios de Lucifer. Creo que no quería contar cómo renunció a todo para estar conmigo.
No creo que sea eso.
Serpens responde a mis pensamientos y, incluso después de tanto tiempo, aún no me acostumbro a esa habilidad suya.
—Deberías dejar de leer mi mente, serpiente astuta.
Es divertido. No quiso contar porque no quería alardear.
—¿Cómo lo sabes?
Ella ríe.
—¿Lees los pensamientos de todo el mundo?
De la mayoría.
—Deberías haberme hablado de Asmodeus —la acuso.
Trazo un lazo invisible en mi muñeca y alrededor de la cabeza de Serpens para atravesar el portal en la sala del trono, directo a la Fuente de energía.
No podía, o no se liberaría. Cuando leí sus pensamientos, entendí que ese sería el cambio que por fin lograría librarse del alquimista.
—¿Y si yo hubiera muerto?
Técnicamente moriste.
—Sí, exactamente.
Pero las cosas ocurren como deben, señora.
Entiendo lo que quiere decir y opto por ignorar el hecho de que Serpens sabía quién era el traidor desde el principio, pero eligió ocultarlo por sus propias razones.
Creo que tiene más poder del que me contó, pero ¿quién no ha escondido alguna carta, verdad?
Cuanto más vivimos, más cautelosos nos volvemos.
—¿Lista?
Sí.
Atravieso el portal y siento un tirón en la línea de mi muñeca, como si no quisiera permitir que Serpens pasara.
Es una especie de vínculo entre la sala del trono y esta región, que solo los señores del infierno pueden utilizar; sin embargo, esta es una situación especial y creo que incluso la fuerza que rige este lugar lo entiende, tanto que me permite avanzar con la proyección astral de la serpiente.
En cuanto llegamos ante el Arco, escucho su suspiro detrás de mí.
Pocos seres lo saben, pero la Infernum Luna está ligada a la Fuente de energía y a mí, por eso surgió cuando me decidí. Su lugar correcto es aquí, sobre el Arco, iluminando el diamante de color vino del que mana el líquido que forma parte de la mayoría de los demonios.
Es un paisaje distinto del resto del infierno, donde una luz roja se adhiere a cada recoveco y demuestra que esta región es tan ajena a las demás que posee su propio ecosistema, con plantas carnívoras esparcidas y cientos de rocas formando montañas y cavernas.
Atravieso el Arco repleto de grabados que describen la historia del infierno. Subo los escalones resbaladizos y manchados con el líquido color vino hasta alcanzar el pedestal que abraza el diamante, preparándome para la petición que haré.
Me arrodillo ante la Fuente, sintiendo la vacilación de Serpens detrás de mí. —¿Puedes ayudarnos a liberarla del vínculo con el Castillo?
El diamante no responde; nunca responde. No es algo físico, solo una sensación, y cuando permite, se manifiesta de una manera que podamos sentir.
Una copa surge frente a mí y sé que debo entregársela a Serpens. Es un conocimiento que se impregna en cada gramo de mi ser.
—¿Qué me costará esto?
Sé que tendrá un costo. Siempre lo tiene. Al fin y al cabo, todo es un intercambio.
Una brisa que surge de la nada sacude mi cabello y esparce por mi cuerpo la constatación:
Agradecimiento.
Por salvar el infierno.
Cortesía.
—Muchas gracias —digo, llevando la mano libre al corazón.
Luego me giro y contemplo a la serpiente, mirándome con sus ojos amarillos y especulativos. No parece muy animada ante la idea de beber un líquido desconocido, pero cede, abriendo la boca y dejándome gotearlo directamente en sus lenguas bífidas.
Cuando termino, espero un acontecimiento grandioso, algo que demuestre la magia fluyendo por las venas de Serpens.
Sin embargo, es más simple de lo que jamás podría haber imaginado: la proyección astral se vuelve vívida, mientras la serpiente permanece inmóvil, con una neblina color vino acumulándose a su alrededor.
Tímida y como si formara parte del entorno.
Pero no lo es.
Está transformándose, desprendiéndose de la presencia física del Castillo. Este seguirá existiendo, pero Serpens ya no estará atada a él. El lugar no será más que una construcción hueca, que seguirá sirviendo de morada para muchos demonios sin, no obstante, aprisionar a una criatura.
Al principio de todo, cuando ella se ofreció, sabíamos que era la única opción.
Antes, el castillo era una estructura en ruinas, sin ningún tipo de protección.
Pero en aquel momento el alquimista aún no era tan fuerte y permanecía en el bosque, escondido, sin que yo lograra descubrir su ubicación.
Recuerdo que intenté encontrarlo durante miles de nox y, al no hacerlo, imaginé que estaba en algún lugar del que no podría escapar.
Ese fue mi error.
Pero no había nada que hacer.
Entonces ocurrió la Gran Caída y Serpens se convirtió en el castillo, cuando la amenaza comenzó a cernirse sobre los demonios.
Ella entregó su propia existencia a cambio de la de todos.
Por eso, si hay alguien que merece la libertad, es esta criatura.
Una que apenas puede creer lo que está ocurriendo, mientras serpentea a mi alrededor a una velocidad alucinante, como si echara de menos moverse de esa forma.
El color vino que la rodeaba desaparece poco a poco.
Y ella es libre.
Completamente.
—Lo lograste —Nilo aparece en el Arco, observando a Serpens ahora en su forma física, en todo su esplendor.
Sus escamas son de un negro vibrante y sus ojos, amarillo incandescente.
—Eres libre, amiga. Puedes hacer lo que quieras ahora.
Gracias.
Ella agradece y se acerca a mí, rozándose contra mi mano antes de elevarse hacia el cielo, rumbo a una nueva travesía, sabiendo que puede volver siempre que lo desee. Observo su figura alejarse y miro a Nilo, sintiendo algo muy distinto de lo que imaginé que me invadiría.
—Va a explorar todo lo que ha cambiado en el mundo.
Asiento en confirmación.
—Voy a echar de menos a esa serpiente sin sentido común.
—Todos lo haremos.
—¿Y ahora? —pregunto, alzando la mano.
Nilo la toma y se acerca.
—Seguimos.
—Sin fin.
—Nunca lo hubo.
—¿Y Asmodeus?
—Ah, admitió que engañó a Kalliope, haciéndole creer que sería señora del infierno cuando él ocupara tu lugar. Sé que estabas intrigada por la razón de que ella se hubiera acercado a ti.
Por eso Nilo se retrasó para la liberación de Serpens…
estaba torturando a Asmodeus, algo que compartimos.
Cada siete nox, uno de nosotros desciende a los calabozos para infligir aflicción al ser que fue capaz de traicionarnos.
Apuesto a que ya se arrepintió, pero no tendrá la oportunidad de salir de allí nunca más.
Al igual que mi humana del Electio.
Sigue viva. Siendo torturada y curada, pero viva. No creo que merezca una muerte tranquila. Así que la llevé allí y está a unas pocas celdas de Asmodeus. Cuando me canso de uno, paso al otro. Dos criaturas que merecen pudrirse en su propia amargura.
—No tanto.
—De acuerdo. —No me cree.
—¿Y las crónicas?
—Ese libro es astuto, y puedo contar con los dedos las veces que apareció en los últimos milenios. Tal vez espere otra situación de vida o muerte para surgir de repente, lo que espero no sea necesario, obviamente.
—¿Quién sabe?
Me encojo de hombros y miro la Fuente de energía, consciente de que el infierno es todo lo que tenemos.
Consciente de que no podría desear nada más.
Porque ahora, todos los milenios que nos fueron robados ya no importan.
Tenemos una eternidad por delante.