Capítulo 57
Nilo
No todo final es feliz. Algunos consisten apenas en una red de continuaciones.
Acaricio la cabeza de uno de los perros, etéreo, vigilando los mínimos movimientos de la mujer tendida en la cama.
El pelaje suave de ambos podría incluso dar la falsa impresión de que son animales de compañía convencionales…
Un error que pocos demonios suelen cometer antes de ser brutalmente atacados por las criaturas, que no destacan precisamente por su paciencia.
Con sus colmillos torcidos, compuestos por cuatro hileras, en bocas que se dilatan cuando están a punto de devorar, son letales.
Verdaderas bestias de pelaje negro, ojos amarillos y seis patas.
Las orejas están cubiertas de espinas y entran en acción cuando se sienten amenazados.
Su tamaño es, de por sí, aterrador, ya que, cuando se irritan, pueden triplicarlo, transformándose en fieras incontrolables.
Ni siquiera el señor del infierno es capaz de contenerlos cuando se enfurecen.
Criaturas increíbles, sin duda.
Deslumbrantes en su fealdad.
Pero muy, muy apegadas a quien las alimenta.
Tanto, que con el más leve movimiento de la mujer en la cama, alzan las orejas, manteniéndose en alerta, esperando el momento en que despierte para saltar sobre su regazo, como solían hacer.
Mical se gira y queda frente a mí. Sus pechos están descubiertos y me hacen salivar.
Pero se lo perdono, considerando que pasamos los últimos diez nox follando como locos en celo, preocupados únicamente por reducir a algo insignificante el tiempo que pasamos separados.
Aun así, incluso después de tanto sexo, no consigo dejar de seguir cada una de sus curvas, entumecido, deseante, ardiendo en una fiebre que me consume.
Abre los ojos y me sorprende en la evaluación obscena.
Sonrío al escuchar lo que dice:
—¿Hasta cuándo vas a seguir mirándome?
Con eso, se ve obligada a cubrirse hasta el cuello cuando las dos bestias se lanzan hacia ella y comienzan a lamerle el rostro, intentando aplacar la nostalgia que sintieron por su señora.
Prácticamente aplastan a Mical en su afán por demostrar el cariño que le profesan.
Creo que son las mejores criaturas del Territorio Infernal; si no las mejores, las más leales, sin duda.
Toda la cama se estremece, apenas soportando su peso.
Desde los enormes doseles que se elevan hasta el techo alto y abovedado, de trazos oscurecidos, hasta las sólidas bases de piedra.
Todo se vuelve caótico, mientras babean sobre las sábanas color vino, con bordes tan negros como la ausencia de luz.
El olor de la alegría de los perros me obliga a cubrirme la nariz al acercarme al colchón.
Necesitan un baño.
Al igual que Mical y yo.
—Ya lo sé, ya lo sé —tranquilizo a los perros, que se quejan y gimotean como los terrestres, desbordados de entusiasmo.
Vuelvo a pasear la mano por sus pelajes, riendo cuando Mical derriba a uno de ellos solo para acariciarle el vientre cálido y mullido.
Y esa escena hace que todo valga la pena.
Incluso aquello que no debería.
Porque, joder, que se vaya todo a la mierda.
Estamos juntos, de verdad.
—Creímos que habíais muerto —comenta Azazel, sin parecer demasiado afectado por la idea.
Cabrón.
—Sí, eso creímos —añade Moa.
—¿Y por eso pensaron que era de buen gusto montar un caos en el infierno?
Preferimos no enumerar lo que los generales han estado haciendo, o acabaré matando a cada uno de ellos lentamente y me quedaré sin demonios capacitados para el cargo.
—Solo fueron fiestas —Azazel intenta defenderse de nuevo.
—Interminables —remarca Mical, con las manos apoyadas en el respaldo del trono y la corona sobre la cabeza.
La corona de señora del infierno, el lugar que siempre fue suyo.
Observo la pieza, hecha de un metal tan negro como el de nuestras armaduras, realzado por un leve brillo plateado.
Es tan imponente que transmite una idea absoluta de poder, de algo incontestable, ya que el metal fue brutalmente esculpido en los confines del infierno, con puntas grandes y pequeñas que recuerdan a múltiples lanzas.
Con ella sobre la cabeza, el fuego que rodea el trono forma una fina capa en cada hendidura de la corona, volviéndola algo mutable, que con el tiempo se transforma en otro diseño, como si tuviera vida. Una pieza eternamente moldeada y perfeccionada.
—Pero por lo demás todo está bien —se apresura a justificarse Belphegor.
—Cediste a sus ruegos, ¿no? —Mical señala a los demás, cada uno sentado en su silla.
Yo estoy a su lado, como un perro guardián. No es que ella lo necesite.
—Ya no había guerra, ni Enevoados, ni nada parecido. ¿Qué podía hacer?
Mientras hablábamos con Equilibrio, los generales se quedaron con el control del infierno y permitieron que la mayoría de los demonios que participaron en la guerra se alojaran en cualquier rincón, mientras Azazel organizaba fiesta tras fiesta, cuyos problemas vemos hasta hoy…
ya que la Fuente de energía está debilitada, dado que los demonios responsables de los pactos no permanecieron en las encrucijadas, sino de juerga con este grupo de irresponsables.
Con la energía vacilando, varios demonios escaparon a la tierra. A esos los cazarán, uno a uno, y cada vida segada por los monstruos cuya hora aún no había llegado supondrá miles de nox de prisión. Así lo escucho dictar Mical, imperturbable.
Suerte la suya que ella es más benevolente de lo que yo sería.
Sobre todo con Asmodeus, al que le cortaron las alas por traición antes de arrojarlo al foso en el centro del castillo.
Yo habría hecho cosas mucho peores, como arrancarle la piel lentamente, quemar la puta de sus malditas alas delante de él y obligarlo a tragarse las cenizas.
—¿Prisión, en serio? —se queja Érigor.
—¡BASTA! —brama Mical, y el silencio recorre la sala del trono mientras los generales bajan la cabeza—.
Tenéis suerte de que esté siendo misericordiosa.
¿Tenéis idea del caos que provocan los demonios sueltos en el mundo, imbéciles?
—Hasta yo tiemblo ante la concisión con la que habla—.
¡No la tenéis, o daríais las gracias y saldríais por esa puerta sin pronunciar una sola palabra!
Sonrío.
Joder, me estoy excitando.
Es un momento pésimo y, por la forma en que Mical me mira de reojo, sabiendo exactamente lo que me pasa, realmente es un momento pésimo.
Pero ¿cómo controlarlo?
Las demostraciones de poder me provocan reacciones inexplicables. En este caso, la demostración de su poder.
—Nosotros solo…
—Callados. Y salid ahora mismo a cazar a los demonios, o me complaceré en imponer un castigo mucho mayor.
Se callan y salen apresurados, asustados por la seriedad de sus palabras. El último mal acaba de salir cuando ella se vuelve hacia mí y alza una ceja, con los ojos perversamente afilados y una sonrisa ladeada tan descarada que reconozco los mismos pensamientos que me habitan resonando en su mente.
—Tu ira me excitó.
Mical baja la mirada y evalúa el bulto que destaca en mi pantalón. Su lengua humedece el labio inferior y yo aprieto la mandíbula, conteniendo la oleada de furia que se apodera de mis venas y dilata mis pupilas.
Estoy seguro de que percibe el olor y la urgencia de mi deseo.
—¿Sí? —sonríe mordaz—. ¿Cuán excitante fue?
—Mucho —murmuro, ronco.
—¿Los últimos nox no fueron suficientes?
—Ningún tiempo dentro de ti será suficiente.
Mical ríe seductora al echar la cabeza hacia atrás, removiéndose en el trono y regalándome un banquete con el aroma delicioso de su excitación. Igual que yo, está loca por follar aquí y en todos los lugares que aún no hemos tenido ocasión de explorar.
Por eso, sin perder tiempo, me agacho frente a ella y levanto el dobladillo de su vestido hasta que se acumula en la cintura y deja su intimidad a mi disposición.
Admiro los labios grandes y pequeños, rosados, así como el punto túrgido bajo el monte de Venus.
Está tan mojada que reluce, haciéndome abrir y cerrar la boca, ansioso.
Me arrodillo antes de colocar sus piernas abiertas en los apoyabrazos y me lanzo de lleno a su coño.
Mical, completamente abierta para mí de ese modo, casi me hace estallar de deseo. Sobre Impius, paseo la lengua por cada parte de ella, hundiéndola en la hendidura resbaladiza, adorando los sonidos entrecortados que emite.
Abro las alas; ella estira la mano y las toca, haciéndome temblar, creando un placer tan implacable que me devasta, que me destroza las venas. Mi polla triplica su tamaño y bajo la mano derecha para aliviar un poco la presión antes de derretirme allí mismo, ante ella.
—Así, Nilo, tócate mientras me das placer —su susurro me aniquila.
Mical empuja mi cabeza y presiona mis labios contra el centro de su placer, soltando una risa satisfecha. Hago lo que desea… atrapando su clítoris con la boca, chupándolo, mordisqueándolo, provocándola, dejándola al borde del precipicio.
Exploro sediento, ansioso, meto un dedo y la preparo para introducir tres. Su cuerpo tiembla y ella aprieta mi nuca.
—¡Joder, así! —pide, balanceándose sobre mi boca.
Su excitación me empapa la cara mientras hundo la lengua y me ahogo en su sabor, sujetándola con tanta fuerza que mis dedos se clavan en su carne. Me pierdo en sus puntos más sensibles y sonrío al hacerla reaccionar así, al convertirla en un vendaval en busca de libertad.
Chupo el punto hinchado y sigo metiendo los dedos, combinando el ritmo de mi lengua con la velocidad con la que la penetro, sintiendo el apretón de su coño aplastar mis falanges.
¡Joder! Solo… ¡joder! Aumento la intensidad y Mical se frota contra el trono, agarrándose a uno de los apoyos con fuerza mientras se corre, derramándose en mi boca y empapando mis labios con su placer.
Tiene un sabor dulce. Un sabor solo suyo, adictivo.
Le dejo espacio para incorporarse, aún temblorosa, y no permito que se aleje. Libero mi polla y me siento en el trono, tirando de ella de espaldas, haciéndola abrir las piernas y entregarse por completo sobre mi regazo.
Beso sus hombros.
Muerdo su cuello.
Y deposito besos detrás de sus orejas.
—Nilo… —Mical sigue débil por el orgasmo y me aseguro de que lo esté aún más.
Encajo mi polla en su entrada y, sujetándola firmemente por la cintura, la hago subir y bajar sin descanso, manteniéndola presionada contra mí.
Su apretón es aplastante y, joder, puede parecer hasta incorrecto pensarlo, pero me lleva al cielo, al más perfecto de todos.
Mis alas contraídas se presionan contra el respaldo y Mical las busca, tocando las puntas mientras cabalga de espaldas, su coño engulléndome y liberándome con agilidad, haciéndome gruñir y morder su hombro. Hundo los dientes en su carne suave mientras la sostengo y alimento sus movimientos.
Está tan mojada, tan, pero tan mojada, que el sonido de nuestra excitación se derrama por toda la sala en choques y succiones.
Los gemidos entrecortados y los nombres pronunciados como maldiciones por el placer me hacen vibrar al borde del abismo, ansioso por correrme dentro de ella, por follar cada mínima parte de su cuerpo.
Deslizo una mano hasta su coño y lo azoto repetidamente, enviando vibraciones a su interior directamente a mi polla, mientras con el índice provoco su clítoris en círculos lentos y exigentes.
Ella grita.
Gime.
Dice un montón de cosas inconexas.
Y desciende con tanta fuerza que jadeo, perdiendo el aire en los pulmones.
Mical se aparta de mi polla antes del clímax y se gira de frente, abriendo bien las piernas, volviendo a colocarlas en los apoyabrazos antes de descender sin pudor y envolver toda mi polla en su interior caliente y sedoso.
La sujeto por la cintura y marco el ritmo, enloqueciendo cuando sus alas se liberan y forman un manto tras ella, uno que no tardo en acariciar y sentir calentarse bajo mis dedos.
Sus pechos se balancean ante mí mientras sube y baja, llevándome a la locura. Atrapo sus pezones duros con la boca y suelto un sonido endiablado cuando se clava hasta el fondo y se mueve, arqueando la espalda hacia atrás, con el coño tan dilatado y lleno que apenas puede respirar.
Joder.
Los dos perdemos el control y, antes de volver a cambiar de posición, intento contener mi propio poder y creo una barrera entre nosotros y el mundo, para que nada importe más que corrernos.
Alcanzo el clímax al mismo tiempo que ella, mordiendo su pezón y provocando una herida que le encanta, riendo lascivamente y rebotando con más fuerza, sentándose sobre mi polla con tal ímpetu que un sonido animal brota del fondo de mi garganta mientras elevo la cadera y la mantengo en su sitio, empujando, embistiendo, follándola con el núcleo de mi alma.
Hasta quedar exhaustos.
Completamente agotados.
Con los cuerpos doloridos, pero recuperándose rápido.
Con mi polla aún dentro de ella, Mical deja caer la cabeza sobre mi hombro y besa mi cuello, reiniciando el proceso, como si no acabáramos de follar salvajemente.
—Tranquilo, Reggie, tenemos la eternidad.
Ella ríe.
Porque no importa.
Y será un auténtico milagro si la mitad de nuestro tiempo no lo pasamos explorando el cuerpo del otro. Como ahora. Como siempre.