Impius Capítulo 54 #3
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Capítulo 54 #3

—Quería garantizar su propia existencia, apoderándose del cuerpo de una de las criaturas más fuertes del universo. Ahora puede tener lo que quiera. En cuanto consiga el control del cuerpo de la reina del infierno, nada podrá detenerlo, ni siquiera nosotros.

—¿Y por qué no tomó el de Nilo?

—Mical fue creada primero —responde alguien.

Mis pensamientos se vuelven un torbellino, no por la verdad que ya sé, sino por sentir a Mical alejarse.

—Entonces ella es técnicamente…

—Sí, Lucifer fue creado después para mantener el equilibrio. Por eso, la mayor fuerza es la de ella.

—¿Pero él no fue el primero en despertar?

—Y eso no cambia el orden de cómo ocurrió todo. Porque antes de que el Creador se sintiera solo, solo existía la noche. Por eso, Mical es la Estrella de la noche, ella es la primera, y la Estrella de la mañana es el segundo. Porque primero existió la luna, luego el sol.

Cierro los ojos y deseo que todos desaparezcan, que dejen de decir lo que no va a ocurrir. Mical aún está aquí y no puede oír cuánta poca fe tienen en ella. Y simplemente no lo hará.

Contemplo a los generales, la rabia tan hirviente que se apartan, una actitud sabia al mantenerse distantes, en silencio, absorbiendo la escena.

—¡NO! —La urgencia abandona su pecho al darse cuenta de que está perdiendo la guerra. Entonces se vuelve hacia ellos, no hacia mí, porque sabe que yo jamás podría. Aunque todo dependiera de ello—. ¡Tienen que matarme! Si muero, él morirá conmigo y todos los demás Enevoados también.

Ante la duda que flota en sus semblantes, Mical lo entiende.

Nadie jamás hará eso conmigo aquí. No están locos; yo destruiría a cualquiera que intentara acercarse ahora.

Sus ojos, que ya no tienen color alguno, me buscan en medio de la ceguera y ella los aprieta, mientras las lágrimas caen, lágrimas tan dolorosas como las mías.

—Lúcifer, tienes que hacerlo. Sabes que nosotros no podemos matarla. No de verdad —dice Azazel y, con un gesto, lo hago callar.

Sin responder.

No tengo nada que decir.

Acaricio el rostro de Mical, ya frío, abriendo una sonrisa cargada de amor y disculpa. No puedo matar lo que me hace vivir.

—Está bien, querido. Seguiré siendo tuya. Soy parte de ti, para siempre. Acaba con esta guerra, Lúcifer —intenta empujarme la decisión garganta abajo, una que, por desgracia, no voy a tomar. Aunque lo ordenara. Nada me haría matarla… nada.

Ninguna amenaza.

Ninguna guerra.

Ningún mundo.

Ninguna criatura.

—No, no lo haré —repito, negando con la cabeza, inconforme—. No puedo, no puedo matarte.

—¡Tienes que hacerlo! —dice en voz alta, su voz aliándose con otra, una ronquera terrible entrelazándose con su verdadero tono.

Los generales vuelven a acercarse para intentar convencerme. Los ignoro, sin fuerzas para cualquier otra cosa.

—No puedo. No puedo.

Siento su cuerpo debilitarse, mientras lucha contra el monstruo que ahora la habita. Parece aterrorizada. Sus ojos vidriosos se pierden en algo que ocurre dentro de ella, como si conversara con el alquimista y pudiera sentir lo que quiere, cómo desea proceder.

—¡NO, NO, NO, NO, NO! —grita y sacude el cuerpo en una convulsión tan poderosa que hace nacer fuego a su alrededor y me arrastra con ella.

Los generales se apartan, temiendo que el calor los alcance. A mí, su poder no me hace nada, pero a ellos sí, y descontrolada como está, podría matarlos sin el menor esfuerzo.

—¡HAZLO, LÚCIFER! —Su voz es puro eco, una orden que yo…

No voy a obedecer.

No puedo.

—¡Lúcifer! —Las voces de los generales se imponen.

—¡AHORA, NILO! ¡NO AGUANTARÉ MUCHO MÁS TIEMPO, ÉL LO ESTÁ LOGRANDO… ÉL…!

—No puedo, Mical, simplemente no puedo. Prefiero morir.

Entonces murmura para que tome sus alas, prácticamente me lo suplica, con tanto dolor que no tengo alternativa más que hacer lo que me pide.

Un error.

Porque en cuanto sucede, evitando que el rey consiga controlarla, Mical conjura su propia lanza y, en un gesto tan rápido que no consigo detenerla, pasa la hoja alrededor de su cuello, cortando de lado a lado, mientras la sangre color vino con puntos dorados y vetas grisáceas comienza a brotar sin posibilidad de curación.

No lo suficientemente rápido, debido al arma que utilizó.

La suya. No puede matarse de forma permanente, pero las heridas causadas por la lanza tardan en sanar.

Y su corazón… dejará de latir antes de que se recupere.

Me quedo helado.

Intento arreglar lo ocurrido, intentar que el plateado cosa su piel en puntadas de poder. Y por más irónico que parezca, la maldita magia comienza a volver a mí, a medida que ella se desangra hasta morir.

Qué vida de mierda.

Lo intento, en vano.

Es como si su cuerpo no quisiera ser curado, como si la propia Mical se resistiera y prefiriera morir.

Tanto que se apaga en mis brazos, su piel ya fría, cediendo a una temperatura tan baja como el hielo. Su calor, lentamente sofocado, su vida segada sin piedad.

Ella está muriendo.

Y no tengo nada que hacer.

Renacerá en algún momento, en el mismo cuerpo, con la misma alma, pero aun así me quedaré sin ella durante un tiempo que, con certeza, no soportaré. Nunca estuve sin ella. Nunca.

—Lo sentí, Nilo… lo sentí… y no pude abandonarte, tú tampoco me abandonarías.

Sé de qué habla. Su poder aumentó en medio de la batalla y ella supo automáticamente que el rey de los Enevoados había conseguido llegar hasta mí.

La aprieto contra mi cuerpo y lloro desconsoladamente, incapaz de despedirme. Incapaz de contener la ola de tristeza latente que me consume.

Los brazos de Mical caen a los lados de su cuerpo.

El pavor me devasta y me hace lanzar un alarido.

Ella se fue.

Realmente se fue.

Y el sonido salvaje de dolor que escapa de mi pecho reverbera por todo el infierno y todas las criaturas callan. Guardan silencio, mientras se despiden de su reina.

—Va a renacer, ¿verdad? No puede ser tan terrible.

El terrible hecho es que Asmodeus tenía razón, ella renacería.

Pero jamás imaginamos que su alma estaría atada a la del alquimista y que, cuando ella renaciera, automáticamente, él también lo haría.

Lo que me llevó a una confusión de vidas, una tras otra, hasta lograr hacer la conexión de lo que ocurría para activar al demonio que la había poseído.

Tanto que me sorprendo recordando una en la que, excepcionalmente, ella recordó incluso antes de acabar en el infierno.

—El rey de ellos consiguió fusionarse con mi alma. Tienes que matarme, eres la única persona que puede hacerlo. Si muero a manos de otra persona, el universo activará la balanza y renaceré, tú lo sabes. Estamos destinados a reencontrarnos. Pero si vuelvo, él también vuelve.

—¡Que vuelva, Mical! ¡Joder, que vuelva! No me importa esa mierda.

—¡LÚCIFER! —grita mi nombre—. Préstame atención, tienes que hacerlo o él tomará el control y acabará con todo.

—No puedo… yo no…

—Tengo que morir por tus manos, querido, para acabar con todo. Los Enevoados dejarán de existir —toma mis manos, intentando convencerme—. Te lo suplico, ayúdame a morir siendo yo misma.

—Mical…

Sus rodillas flaquean y la sostengo antes de que caiga al suelo.

—Tienes que matarme, Nilo, ¡ahora!

Su voz cambia y sé que la estoy perdiendo. Pero no puedo, no puedo destruir su alma, no antes de agotar nuestras opciones. Necesito salvar a Mical y encontraré una forma, una manera de cerrar el ciclo y traerla de vuelta conmigo.

—Jamás elegiré a los seres humanos, a las criaturas y al puto cielo por encima de ti, lo siento.

Sus ojos se cierran en el presente y veo el dolor en su rostro.

—No me pidas lo imposible.

A partir de ahí, muertes y más muertes.

Mientras la sostengo, lamentándome, en todas ellas. Sintiendo mi pecho abrirse en dolor y toda mi alma llorar por la pérdida. Constante. Algunas más lentas, otras más rápidas, pero siempre una pérdida demasiado pesada para que pueda soportarla.

Después de entender que necesitaba encerrar sus recuerdos para intentar descubrir alternativas, encontrar patrones, fue cuando todo se volvió peor.

Mucho peor. Porque tras más de veinte renacimientos, todo lo que podía hacer era sostenerla en mis brazos mientras su vida se extinguía.

Tanto que me veía recurriendo a la piscina para revivir todo antes de toda esta mierda, para revivir nuestros momentos en Egipto, donde nada podía separarnos.

Si tuviera la oportunidad de volver atrás en el tiempo y alterar el pasado, jamás habría regresado al paraíso para librar batallas, y habría hecho que ella tampoco lo hiciera. Pero ni siquiera Mical, que posee ese poder, puede cambiar lo que ocurrió; solo puede revivir… jamás modificar.

Y así fue como repetí que la amaba doscientas una veces. Doscientas una malditas veces, mientras la veía morir.

—Te amo.

—Te amo.

—Te amo.

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Hasta que encontremos un final.

Un final... conjunto.