Capítulo 48
Mical
No todo poder es ilimitado y existe un equilibrio que controla a todas las criaturas vivas, transformándolas en seres susceptibles de morir. Todo para que no exista nada, en ningún lugar, que no pueda morir.
Alguien emite un grito profundo. Solo tengo tiempo de percibir que no es Lucifer, que aún está aquí conmigo, sino…
uno de los generales. No puedo girarme, no puedo…
Soy arrojada contra el suelo; la fuerza del impacto me hace perder el aliento hasta que me recupero con rapidez, solo para ver a Lucifer golpeando con furia al Enevoado que me alcanzó.
— Uno de los generales… — comento.
Nilo asiente y me extiende la mano. La tomo y me pongo de pie, sin preocuparme por limpiar la suciedad fétida que empapa mi ropa bajo la armadura, después de infiltrarse por las pequeñas uniones que sostienen una pieza con otra.
— No tenemos forma de ayudarlo ahora.
Evalúo la oleada de seres abominables, corriendo enloquecidos, lanzando demonios por los aires, arrastrando soldados como si no fueran nada y engullendo almas, volviéndose aún más fuertes a medida que reducen nuestras fuerzas a un cúmulo de insignificancia.
Hundo la lanza en el suelo y uso gran parte de mi poder en una ola de fuego que se extiende por al menos la mitad de la horda.
Crepita, amenaza, mientras los sonidos angustiantes de las criaturas me golpean.
Intentan dividirse, pero el fuego es más rápido e impide que se multipliquen.
Cuando caen, los cuerpos chamuscados irradian el olor repugnante del azufre.
Se esparce por el aire, mientras la ceniza vuela y llena la llanura.
Fue un gran ataque. Y aun así, no surtió mucho efecto, pienso desanimada al ver miles, quizá cientos de miles, descender la colina, algunos corriendo a cuatro patas para llegar más rápido.
Si lo intento otra vez, puedo disminuir mi poder hasta liberar al rey antes de tiempo.
Antes de descubrir la verdad. Al mismo tiempo, no tendré margen si permito que los Enevoados se alimenten de más almas.
Lo que inevitablemente ocurre, ya que con la salida de un nuevo escuadrón, gran parte de mi legión es exterminada.
Los enemigos parecen saber dónde están las salidas del ejército; se divierten, convirtiendo a muchos demonios en alimento.
Miles.
Decenas de miles.
— Es inútil — murmura Nilo.
— El traidor sabe dónde están las salidas y los orientó.
Es un general, como sospechaba. El traidor es un general, porque solo los generales conocen todas las entradas al refugio subterráneo y por dónde escaparía el ejército. Lo cual se confirma cuando uno de los tenientes, encargado de mantenernos informados, corre hacia mí y dice:
— También están en el subterráneo. Consiguieron acceder por la entrada de la Tierra Perdida.
— ¿Cuántos hemos perdido?
— Más de la mitad del ejército, mi señora.
Te lo advertí, Mical.
Esa voz maldita sigue riendo y riendo y riendo, mientras me concentro en cómo combatir algo así.
— Envía a los que quedan a subir, consigue atraer a la mayor parte de los Enevoados al salón principal de interacción y vuela las instalaciones.
— Pero, señora…
— Haz lo que ordené.
Parece reacio, pero corre hacia el acceso principal, justo donde Belphegor se encuentra, luchando contra dos decenas de monstruos. En cuanto los liquida, el informante le transmite mi plan y noto al general mirándome con gesto dubitativo.
Le hago un pequeño gesto. Él responde y desaparece.
Sé muy bien lo que puede ocurrir y entiendo la preocupación de ambos. Pero ya estamos lo bastante jodidos como para no jugar con todas las armas que tenemos.
— Corremos el riesgo de ser engullidos por la tierra.
— Sí, lo sé.
— Entonces, ¿por qué ordenaste que hicieran eso?
— Porque alguien lo va a impedir.
— ¿Quién? — Nilo me mira durante unos segundos antes de entender. — Ah, claro.
— Si este plan falla, tengo otro. Necesito encontrar respuestas y esta es la única forma.
No me presiona por explicaciones, mientras nuestras armas se ahogan en el enemigo, deslizándose sin impedimento por las masas grises, con un hedor tan fuerte que, en cierto momento, mis fosas nasales simplemente dejan de asimilarlo, habituadas al horror.
— ¿Tramaste situaciones a mis espaldas, esposa?
La forma ácida en que pronuncia la última palabra me provoca un cosquilleo. Es una mezcla de flirteo y provocación que ni siquiera combina con el escenario actual.
— Eres muy emotivo — argumento, lidiando con tres Enevoados.
— Perdona, mi corazón, si perderte tantas veces me volvió desconfiado — responde, matando a otros cinco, lanzándolos por los aires con un simple golpe de espada.
Estamos jadeantes, usando nuestro poder para contener a tantos como podemos y, al mismo tiempo, discutiendo sobre estupideces.
Suelto una risa extraña, medio atragantada, cuando me toman desprevenida y uno aprovecha el momento en que limpio la sangre que resbala por mi frente, por alguna herida idiota.
Nilo lo mata antes de que me alcance.
Está cubierto de los excrementos de otros, empapado en sangre y en la masa gris indefinida. Su olor es terrible y el mío debe de ser muchísimo, muchísimo peor.
Retomo nuestra formación, mi lanza lista para continuar la carnicería.
— Dime si te cansas.
— Mi querido, aunque duraran meses, seguiría con el mismo vigor.
Él ríe, mientras atacamos a los Enevoados que se acercan, sedientos de almas, encontrando solo el final en nuestras hojas y en golpes de los que jamás podrían esquivar.
— ¿Y tú? — vuelvo a hablar cuando guarda silencio, concentrado en su propia matanza. — ¿Me avisarás si te cansas? Si quieres, mi querido señor, hay un banco para descansar tus preciosas piernas, no muy lejos de aquí.
— ¿Ah, sí? — se burla, justo cuando el zumbido de su espada cortando el aire encuentra la carne de dos monstruos.
Flechas nos rodean cuando uno de los escuadrones logra hallar el punto perfecto y la distancia más segura para usar los arcos. Algunos son certeros, alcanzando los núcleos rojos y haciendo que las figuras extrañas y altas se desplomen sin vida.
— Claro. También preparé un banquete, con vino y mucha comida.
— Criatura terrible y astuta. ¿Cómo voy a luchar pensando en comer?
— ¿La comida?
— No, tú.
Carcajeo al girar la lanza y abatir a otras tres figuras irracionales, divirtiéndome con el comentario, hasta que la baba gris se me cuela entre los labios, en el peor momento posible. Contengo las ganas de vomitar por el sabor extraño, medio amargo y jodidamente asqueroso.
— Mejor mantén la boquita cerrada, Reggie.
Reggie.
Oír ese apodo me provoca un escalofrío en el vientre, incluso luchando, incluso con toda mi atención flotando alrededor de la muerte. Reina en latín es Regina , pero él odiaba llamarme así, así que prefería abreviarlo en algo más cariñoso y solo suyo.
No sé por qué, pero escucharlo en este instante, con la maldita luna roja como advertencia sobre nuestras cabezas, no me tranquiliza; al contrario, me sumerge en un profundo estado de pánico.
Noto una oleada de ataque tan poderosa como la primera alzándose sobre nosotros y, por más que quisiéramos permanecer cerca, sé que debemos separarnos o nos distraeremos el uno al otro.
Abro mis alas con rapidez, volando hacia uno de los flancos y atrayendo a gran parte del ejército.
Cualquier cosa sirve para desviarlos y cumplo ese papel antes de que la masa alcance a los demás.
El problema es que no calculo cuántos vendrán realmente hacia mí.
Un error del que me arrepiento de inmediato.
La voz martillea en mi cabeza y aprieto la mandíbula, conteniendo a la criatura, silenciándola en su propia existencia.
Saco las dagas que escondí en la armadura e intento disminuir la fuerza frontal, derribando a once de ellos.
Once. Un número irrisorio, que no hace ni cosquillas a la montaña de seres hambrientos que me ven como el banquete más increíble que degustarán.
Puedo observar a algunos salivando, con una baba negra escapando entre los dientes, cayendo hasta la tierra en una cascada repugnante y depredadora.
Y están cerca.
Muy cerca.
Cada vez más cerca.
Espero a que casi me alcancen para trazar un círculo con la lanza y alzar un muro de poder que los frene.
El choque con la pared invisible hace que cientos sean brutalmente lanzados hacia atrás por la fuerza monumental del impacto.
Sonrío por instantes, mientras arremeto contra los que se amontonan intentando romper la barrera, apuntando al centro de su tórax, sin detenerme, sin siquiera contar cuántos consigo matar.
Con los muros mentales empezando a resquebrajarse, me obligo a romper el escudo de contención y, en cuanto lo perciben, arremeten al mismo tiempo, mientras uso la lanza para intentar apartarlos.
A algunos logro herirlos, pero no matarlos.
Y mientras se lamentan por las heridas, consigo neutralizar a otros y, aunque formen una especie de montaña sobre mí, arañando la armadura, intentando atravesarla, la pieza resiste bien.
Me muevo con ansiedad para huir de las babas que escapan de sus bocas y de los dientes afilados que intentan morderme, detenidos por el asta de la lanza.
Afirmo dedos invisibles alrededor del núcleo dorado, sabiendo que estoy quemando poco a poco mi poder, convirtiéndome en una presa fácil para la criatura que se mueve traicionera, esperando la menor grieta.
Pero no importa.
En algún momento, lo inevitable deberá hacerse presente. Yo simplemente no me rendiré antes de facilitar las cosas a quien quede.
No es propio de mí huir y no lo haré.
Formo una ola de fuego que escapa de mi cuerpo, no tan potente como las otras, pero lo bastante fuerte para liberarme de los seres que arañaban mi armadura e intentaban atravesarla con tanto empeño que la parte superior ya está casi destruida.
Arranco el peto fragmentado y las hombreras que colgaban.
Mi torso queda desprotegido, algo que no me importa mientras remato a los que quedaban; la ferocidad de cada uno de mis golpes asusta a los demás, que empiezan a retroceder, como si vieran el mal vibrando en mis ojos.
En mis gestos.
En mis gruñidos.
Y quizá esté realmente más furiosa de lo habitual, luchando por una venganza, clamando por recuperar lo que me fue arrebatado. Mi derecho a elegir.
¡Sigue así!
La voz anima, comprendiendo que cuanto más cerca estoy del agotamiento, mayores son sus posibilidades de imponerse y convertirme en un simple títere.
Algo que no permitiré.
Simplemente no puedo. No voy a hacerlo.
La tierra vuelve a temblar, pero interrumpen lo que estaba a punto de ocurrir. En ese mismo segundo, mis ojos encuentran los de Nilo en medio de la multitud que se despedaza, en un gesto de reconocimiento.
No habrá explosión.
No todavía.
No mientras el traidor siga actuando.
Barro la llanura, entrecerrando los ojos para encontrar a quien está ausente, pero aparte de Belphegor, que descendió con el teniente, el resto parece demasiado involucrado en la causa, intentando mantenerse con vida mientras los números no juegan a nuestro favor.
¿Belphegor?
Quién sabe.
¿Otro más?
Probablemente.
Seres que van a morir. Pronto, más pronto de lo que jamás podrían suponer.
Mientras me distraigo, varias garras logran destruir la protección de mis piernas y siento cómo se abren paso en la carne, esparciendo ardor por todo mi ser.
Veneno.
Una buena cantidad.
Y por un segundo, solo un segundo, el muro se rompe lo suficiente para que pueda escuchar:
Estoy llegando, reina. Cada vez más cerca.