Capítulo 46
Mical
Todo caído mantuvo sus alas. No se transformaron ni se modificaron con la sangre ahora demoníaca que corre por sus venas, pero se convirtieron en una especie de recuerdo de lo que podrían haber perdido.
— Por favor, sálvalas — imploro, mientras Nilo me sostiene en brazos, en una lamentación, intentando detener el sangrado con magia—. No sé cómo renaceré ni si volverán conmigo. Por favor, Nilo, cuídalas. — Mi voz es una súplica, un susurro dolorido.
Y lo recuerdo.
Recuerdo mi dolor. El haberlas arrancado de mí. Algo que me partió profundamente. Pude ver en la mirada de Nilo que jamás habría elegido eso por su cuenta. Que fue una respuesta a mi pedido desesperado.
Las alas de un ángel…
Incluso de uno que se convirtió en demonio tras caer, son uno de los bienes más importantes que puede poseer. Forman parte de quien es y componen su poder.
— Gracias por cuidarlas.
Deposito la mano sobre la tela de su camisa de lino, sintiendo el calor vibrar en mi piel.
Nilo la cubre con sus dedos; sus ojos brillantes solo no están más felices porque aún no sabe lo que yo sé y no podrá descubrirlo hasta que esté concluido.
Lucifer suele ser… muy protector conmigo y no puedo arriesgarme.
La elección es mía.
Al final, la elección siempre fue mía.
Y por más que él se culpara erróneamente, creyendo que debía empuñar su propia espada y clavarla en mi corazón, la verdad es que no todo tiene que ocurrir del modo en que nos enseñaron; las circunstancias pueden simplemente cambiar y continuar con el mismo resultado.
Cierro los ojos.
Bajo los párpados, abrazando el vacío de toda la existencia, fijando mi enfoque en lo que está guardado con cariño, a salvo, esperando solo por mí.
Siento una energía tímida, casi preocupada, tocar mi palma. Con los ojos bien cerrados las busco, extiendo la mano, digo que todo está bien, que ya pueden volver conmigo. Somos uno solo; ellas forman parte de mí y yo formo parte de ellas. Son lo más brillante e inenarrable que poseo.
Poco a poco, muy lentamente, responden a mi poder. Por haber permanecido tanto tiempo encerradas, incluso parecen dolidas, tristes, reprimidas. Alas y sus voluntades propias. Aunque no posean conciencia alguna, son mágicas en sus singularidades.
— Están molestas — susurro.
— Imaginé que lo estarían.
Las de Lucifer, por ejemplo, suelen ser más sensibles y se retraen con facilidad cuando personas que no conocen se acercan.
Las mías, en cambio, amaban exhibirse, mostrar a todos el poder que emanaba de ellas, y me parte el corazón que hayan estado solitarias durante tanto tiempo, aun abrazadas al corazón de él, protegiendo al hombre que amo en la misma proporción en que él las protegía.
— Va a doler — advierto.
Para soltar el lazo que establecieron alrededor de su pecho, entrelazándose, rodeando su parte más vital, va a doler mucho. Pues se arraigaron en su corazón, como si cada latido fuera una porción de la más bella música que hayan escuchado jamás.
— ¿Aún no lo lograste?
— Están tan enamoradas de ti como yo — susurro, riendo de la situación.
— Entonces cambiemos la estrategia.
Nilo me atrae hacia sí y me abraza, forzando nuestros cuerpos, aprovechándose del proceso. Besa la coronilla de mi cabeza mientras intento convencer a estas alas teatrales de que me acepten de vuelta. Las siento tocarme, sobre la tela de su ropa. Probando, como si de verdad dudaran de que sea yo.
Bandoleras.
Suspiro y levanto la camisa de lino, procurando ignorar el sonido de la respiración entrecortada de Nilo y el ruido deseoso que escapa de su garganta.
Admiro por un momento el sol cubierto por la luna, nuestro tatuaje de matrimonio.
Brillan con colores opuestos cuando estamos vivos y cerca, como una indicación de que estamos casados.
Este vínculo es diferente en el infierno.
Su lazo es eterno, marcado en el alma, al igual que los tatuajes más sinceros.
Porque no hay voluntad mayor que pasar la eternidad con quien se ama.
Fue precisamente por haber sido el tatuaje la primera prueba de que ya recordaba que me encargué de ocultarlo.
No solo Nilo lo sabría —claro que lo descubrió al instante—, sino que los demás también lo descubrirían, y yo no podría continuar con mi plan.
No sin que el traidor lo supiera.
— Mical… — jadea Nilo.
Estar así de cerca nos afecta a ambos de manera inconmensurable.
Contengo el aire en los pulmones y evito pensar en su aroma amaderado y fresco, flotando a mi alrededor como una catapulta, lanzando bolas de fuego al centro de mis piernas. Pero joder, ¿acaso nunca voy a lograr resistirme a él?
Me concentro en la tarea ardua. Mucho más ardua de lo que imaginé que sería.
Vamos, queridas, no se pongan así.
Tiro de la energía. Y esta flota hacia mis dedos, extendiéndose por cada parte de mi cuerpo, adentrándose en todas las terminaciones y alrededor del poder dorado, deslizándose hasta su núcleo. La esfera repleta de magia se expande para recibir a nuestras viejas conocidas.
Recuperando parte de mí. Recuperando aquello que tanto extrañé.
Cuando morí por primera vez, no quise arriesgarlas. Al fin y al cabo, sabíamos que renacería, pero no teníamos noción de si con todos los poderes o solo fragmentos de ellos y… a las alas las amaba lo suficiente como para suplicarle que las salvara.
Mi espalda se calienta y un dolor excruciante se extiende por mi cuerpo, descendiendo y abriendo un trayecto de sangre, huesos, músculos y heridas a lo largo de la columna.
Los vellos se me erizan, ansiosos por la sensación, totalmente alborotados por lo que regresa, por lo que faltaba y ahora ocupará el lugar correcto.
Y las siento, arrastrándose, luego corriendo felices, antes de que estén abiertas de verdad, desplegándose detrás de mí como dos montañas mezcladas de blanco y dorado.
La ráfaga de viento que crean me hace respirar aliviada, soltando todo el aire retenido. Igual que Nilo, que ahora ya no siente dolor. Por su rostro y la mandíbula tensa, debió haber sentido la misma agonía que yo.
— Las amo — susurra Lucifer, recorriendo las plumas con los dedos, explorando donde se unen, formando un conjunto mullido.
Su contacto es tan placentero que contengo un gemido dolorido de añoranza. De la sensación, del calor, de todo. Soy yo. Esta soy yo. De verdad.
Por fin.
Joder, por fin.
— Gracias por mantenerlas a salvo — intento contener la oleada de alegría que me barre y se acumula más y más, casi haciéndome estallar.
— Haría cualquier cosa por ti. Y no fue un sacrificio tan grande; era bueno tener una parte tuya en mí, una parte que me obligaba a seguir adelante.
Las agito, sonriendo para mí misma.
Había pasado tanto, tanto tiempo.
Es la primera vez en milenios que puedo absorber su peso.
Y si no estuviéramos tan cerca de la guerra, sin duda volaría durante meses, solo para volver a sentirme libre y completa.
Un sentimiento que no pensé que aún me perteneciera.
Un sentimiento que parecía tan distante como el tan codiciado final.
Miro a Nilo y sé que quiere preguntar, acorralarme y obligarme a decir qué está ocurriendo, porque el punto de ruptura aún no ha sucedido. Esas cuestiones flotan en sus iris azulados y hago lo posible por ignorarlas.
Abre y cierra la boca. Inclina la cabeza y entrecierra los ojos.
Abre y cierra los labios de nuevo, solo para ser interrumpido —por suerte— cuando la puerta de la sala de reuniones se abre y una profusión de demonios se lanza hacia mí.
Me pongo alerta, todo mi cuerpo gritando por responder, hasta que…
prácticamente me arrancan del suelo entre un caos de brazos y risas calurosas.
— ¡HASTA QUE POR FIN, JODER!
No tengo tiempo de analizar nada, ninguna parte de las instalaciones, ya que la sala de planificación en la que estamos, con una mesa tallada en piedra en el centro, cuyo mapa del subsuelo reluce en un rojo brillante sobre el tablero, se llena de inmediato con cinco cuerpos enormes, con absoluta expectativa por lo que tenga que decir.
Como si hubiera algo que decir.
— Así que nuestra querida señora ha vuelto — bromea Azazel, haciendo una reverencia divertida sin dejar de mirar mis alas—. Y él se las devolvió. — Sus ojos afilados lo comprenden.
En realidad, todos perciben que este ciclo es distinto. Nunca sobreviví lo suficiente como para recuperarlas.
Pongo los ojos en blanco y finjo odiar toda la atención.
— Ya era hora, estaba tardando demasiado. Pensé que habría que empujarte otra vez a la Piscina de los recuerdos y dejarte allí.
Miro mal a Érigor; la irritación desaparece de inmediato al ver su sonrisa. Él y su manía de intentar ocultar lo que siente. Es un verdadero maestro del disimulo, pero ahora no parece lograrlo. Se acerca a mí algo dubitativo y me abraza, mientras escuchamos el gruñido nada paciente de Nilo.
Érigor es una figura complicada, y no en el mal sentido. Simplemente desarrolló sentimientos por quien no debía, por quien lo ve solo como a un hermano.
— Te cambiaría por ella — admite Nilo, sin pestañear—. Si ella cayera y fuera necesario negociar, sería tu alma la que arrojaría allí.
Érigor se aparta de mí y levanta las manos.
— Sí, señor, ya entendí que es cruel y obsesivo. Y que mataría a cualquiera de nosotros. Obviamente.
Belphegor permanece en el rincón, mirándome con desconfianza. Es así desde el principio, el más huraño de todos.
Puedo trazar la personalidad de cada uno con mucha precisión. Asmodeus es preocupado, quiere saberlo todo, todo el tiempo. Con su tamaño imponente, cabello rubio y mirada azul, es tan frío como un bloque de hielo. Es prácticamente un casquete polar con músculos y muy poco cerebro.