Impius Capítulo 44
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Capítulo 44

Lyra

Jamás habrá explicación para lo que sucede como debería ocurrir.

Algunos nox antes

Cayendo.

Desplomándome.

En caída libre.

Agito los brazos, inútilmente. Intentando aferrarme a algo que no existe.

Mis dedos se cierran en torno al aire, que zumba en mis oídos.

Mientras escucho a la criatura detrás de mí, casi alcanzándome, intentando controlarme, intentando devorarme, quizá una mezcla de ambas cosas.

Puedo jurar que siento su aliento raspar mi nuca, erizando mi piel y provocándome una oleada nauseabunda de pavor.

— ¡No escaparás esta vez! ¡Conseguiré lo que quiero! — ruge la bestia, los escalones vibrando con la fuerza de su voz. — ¡No huyas, será peor! Mucho, mucho peor, reina.

Resuena, se repite y llena cada maldito rincón de este lugar condenado.

Mis pensamientos están vacíos, como si no esperara gran cosa. Como si no hubiera una luz al final del túnel. Y, sinceramente, no recuerdo haberme sentido así antes.

Impotente.

A merced de lo desconocido.

El frío aterrador juega conmigo, con el hecho de que no sé qué esperar, de que cuando llegue el suelo no quedará nada, ni una mísera súplica final.

Y más escalones. Escaleras interminables, como si el mundo estuviera repleto de ellas, que parten de la nada y no conducen a ningún lugar. ¿Cuál es el propósito de que exista esta mierda? Si es que existe alguno.

La voz continúa propagándose y los escalofríos nacen y mueren sin cesar, hundiéndome en el pánico absoluto.

No soy capaz de cuantificar cuánto tiempo experimento la caída, pero en determinado momento veo un resplandor dorado en lo que parece ser el fondo. Del color perfecto del oro. Tan dorado que ilumina los escalones.

Cuanto más me acerco, mayor es la sensación de que tendré todas las respuestas, a preguntas que me destruirán.

El calor aumenta y mi piel es besada por los rayos solares, haciéndome cerrar los ojos por instantes, mientras siento todo mi cuerpo transformarse, desintegrarse, igual que ocurrió en la tierra, cuando fui arrastrada por un libro y me vi en el infierno, cara a cara con el diablo.

¿Será mi salvación?

No tengo manera de saberlo, ni de evitarlo, ya que caigo tan rápido que el objeto se vuelve cada vez más visible.

Tras unos segundos, capto con claridad de qué se trata.

Es el libro, la maldita porquería del mismo libro que inició todo.

Y una vez más, me está llevando lejos, a algún lugar del que no sé qué esperar.

Puta mierda.

Como si no bastara con estar cayendo —huyendo— de un monstruo que no sé qué es.

Aún tendré que lidiar con este libro de mierda enviándome a lugares distintos y llenos de misterios.

Todo empezó con él, o yo estaría en mi casa, leyendo alguna novela deliciosa, preparando una publicidad decente, si no hubiera sido arrojada al corazón del Territorio Infernal.

Y ahora, seré llevada de “donde no tengo la menor idea” a uno que puede ser mucho peor.

Otra vez no... por favor.

Otra vez no... por favor.

Repito mentalmente, una plegaria, como si el libro pudiera oírme. Pobrecita de mí. La desesperación hace cosas extrañas en nuestra mente, la convierte en un caos lloriqueante.

En cuanto alcanzo el objeto mágico, me arrastra de verdad y ya no estoy entre escaleras, sino en un lugar totalmente iluminado. Un lugar que ya he visto. Un lugar en el que... viví.

Volviendo al pasado.

Retrocediendo para comprender el presente.

Vaya trampa.

Fuimos creados al mismo tiempo. Hace miles de años.

Incluso antes de que el mundo existiera tal como es. Antes de que el paraíso se convirtiera en un lugar tan venerado. Antes de que existiera la necesidad de otros. Y recuerdo que Lucifer fue, en realidad, el primer ser que vi. Sus ojos me evaluaban y los míos lo miraban de vuelta.

Evaluadores.

Desconfiados.

Curiosos.

Acogedores.

¿Quién eres tú?

¿Quiénes… somos nosotros?

Mi mente resonaba, en silencio. Aún no sabía cómo debía comunicarme, pero allí, contemplando a aquel ser repleto de venas plateadas, con una mirada de un azul frío y rasgos tan perfectamente esculpidos que me provocaban dolor, comprendí, de algún modo, que nuestra conexión sería más fuerte que el cielo y la tierra, que la creación y el equilibrio que debía existir.

Analicé su figura.

Durante minutos tan largos como décadas.

Por un tiempo que desafiaba su propia ley. Caminando tan despacio que parecía inmóvil.

Recuerdo perfectamente, con una exactitud dolorosa, la manera en que sonrió. Estiró los labios y mostró todos los dientes, de forma genuina, salió de su propia esfera de creación, con el borde plateado en un tono casi translúcido, y me tendió la mano, invitándome a dejar la mía.

Tal vez esa sea la razón de este sentimiento conflictivo dentro de mí, como si no pudiera vivir sin él, sin su presencia, sin su humor drásticamente extraño y su manía de intentar protegerme.

Al principio, todo fue extremadamente tranquilo; no existía nada que no debiera existir, pero incluso en criaturas que supuestamente no podrían albergar nada romántico, creo que existen excepciones.

Tan raras y especiales como un oasis en el desierto.

¿Será por eso que nos miramos así?

¿Será ese el motivo por el que mi corazón late acelerado al contemplar su rostro?

Cuando los humanos me describieron cómo era el “sentir”, nunca imaginé que pudiera ser tan fuerte. Nunca imaginé que no existiera posibilidad de ignorarlo.

— ¿Por qué saliste de ese modo?

Confronto a la Estrella de la Mañana, después de que huyera de uno de nuestros entrenamientos.

No inventé aquella tensión.

Mucho menos el fuego que se apoderó de mi corazón con su cercanía. Y él también sintió el impacto, pues retrocedió, con los ojos fijos al comprender la dimensión de lo que estaba sucediendo. De lo que podría suceder.

Permanece de espaldas a mí, de frente a la inmensa puerta de sus aposentos. Ante él, un lago de agua verde esmeralda se extiende, rodeado por una pradera, con árboles que dan frutos de todos los colores. Un arcoíris perfecto. Lucifer contempla su jardín particular, negándose a girar el cuerpo.

Una punzada de decepción amenaza con abrirse paso en mi pecho.

¿Qué está ocurriendo entre nosotros?

¿Y por qué nunca había reparado en que su lago… tiene el color de mis ojos?

Notar los detalles sutiles de lo que creó para sí… y de los pequeños objetos que yo le di, perfectamente dispuestos como adornos, como si los cuidara mejor de lo que cuidaría un tesoro, me sacude por dentro.

¿Cuán ciega estuve?

— Creo que lo sabes.

— ¿Qué es lo que sé?

Quiero oírselo decir. Creo que ya hemos pasado el punto de sostener la mentira, o de ocultar una verdad a punto de reventar las compuertas y simplemente escapar.

— Lo que está ocurriendo entre nosotros, Mical. No deberíamos sentirnos así. No somos humanos. Somos ángeles. ¿Entiendes que esto va a generar muchos problemas?

— ¿Por qué? Él no dijo que no pudiéramos amar.

En realidad, ¿no es eso lo que debemos hacer desde el principio?

— Estaba implícito que solo podríamos preocuparnos por la creación, por protegerla del mal, de las influencias demoníacas.

— Aún los amamos.

— No, Mical…

— Lucifer, ¿qué tú…?

Dejo de hablar y emito un “oh” al notar lo que quiere decir.

— He pasado las últimas décadas huyendo de la verdad, pero no los amo más que a nada. Te amo a ti. Y haría cualquier cosa, solo por ti. Nada más me importa.

Doy un paso atrás.

El peso de su confesión me aturde.

No porque crea que esté cometiendo un error, sino porque es exactamente la misma forma en que yo me siento.

Lucifer elige este momento para girarse y, en cuanto sus ojos encuentran los míos, el intercambio de sentimientos es tan intenso que sé que será imposible resistir.

No fuimos creados para estar juntos. Yo soy la balanza de Lucifer y él es la mía. Así, cuando uno está herido, el otro puede asumir todo el poder, para que la guerra siempre permanezca equilibrada. Es, en cierto modo, un arma que limita al enemigo y vuelve su tarea mucho peor.

Creador y Equilibrio.

Las dos entidades por encima de nosotros que, como todas las cosas, poseen pesos iguales en la balanza. Entonces… lo que estamos sintiendo desafiará a ambos al mismo tiempo.

— También me amas. Lo sé. No sirve de nada intentar disimularlo. Soy quien mejor te conoce.

Sería inútil mentir.

— ¿Y ahora?

— No sé qué será de nosotros, pero sé que no voy a alejarme de ti. Nunca.

— Lucifer… — gimoteo, previendo catástrofes.

— Si no quieres arriesgarte, está bien para mí. Tener cualquier cosa de ti, poder estar a tu lado, asegurarme de que estés a salvo, es suficiente.

No respondo; simplemente corro hacia él y salto a su regazo, tomándolo desprevenido. Sus manos me sujetan y lo beso, de manera instintiva, como creo que debe ser un beso, con el corazón, dispuesta a cruzar una línea sin retorno.

Un punto sin regreso.

— Él lo sabe — comenta Lucifer al entrar en mi habitación, sin importarle nada, ni siquiera los querubines.

Curiosos en su esencia.

— Lo sé. Me convocó.

— Échame la culpa a mí, di que fui yo quien te sedujo.

— No, no voy a mentir. Él lo sabría.

En un segundo Lucifer está frente a mí, dispuesto a suplicarme que cargue toda la culpa sobre él. Cuando ambos sabemos que yo jamás haría eso. Jamás.

Intento tranquilizarlo.

De una forma u otra, las cosas van a terminar bien. Me aseguraré de ello, aunque tenga que rebelarme contra todo lo que siempre juré proteger. Y ese pensamiento me hace recordar algo, un asunto que quizá necesitemos resolver antes.

— Serpens fue acusada de aliciar a la creación. Sé que no fue ella, no es propio de esa serpiente ordinaria. Así que la mantendré escondida, cueste lo que cueste.

— ¿Cómo vas a esconderla de Él?

Me encojo de hombros.

— Tengo mis medios. Cuando las aguas se calmen, la liberaré.