Capítulo 1
Lyra
Y cayó, cayó, cayó.
Su piel fue devorada por el fuego y el corazón, petrificado.
¿Por cuántos personajes literarios puede enamorarse una persona al mismo tiempo?
A veces creo que nunca descubriré la respuesta a esa pregunta. Porque en todos los libros que leo encuentro un amor distinto, uno que reclama su lugar en mi corazón. En determinados casos, uno ocupa el espacio del otro, pero no importa; el hecho es que siempre tengo el pecho ocupado.
Por ilusiones amorosas.
Esperanzas sin sentido.
Y algunos dolores que ni siquiera son míos.
Y deseo…
El deseo de ser la protagonista de una historia parecida, de tener a alguien capaz de hacerlo todo por mí. Desde destruir el mundo hasta recrearlo. Si es con sangre en las manos, ¿cuál es el problema? Eso es lo que un romance dark debe entregar: lealtad y devoción.
Matar no es el problema.
Traicionar, sí.
De cuernos ya basta con los que nos llevamos en la vida real. Así que nada de tramas de infidelidad, ¡por el amor de Dios!
¿Y por qué resalto algo así?
Por el simple hecho de que acabo de tomar entre mis manos un libro que compré hace algunos años, cuyo tema central es precisamente ese.
¡Puaj! Si es para leer e imaginarme en el lugar de la protagonista, que sea con un hombre irreal, por favor.
Un hombre capaz de mantener el pene dentro de los calzoncillos.
En fin, si sigo divagando mientras ordeno mis trastos, nunca terminaré de acomodar esta mudanza. Mejor acelerar y empezar a trabajar, porque ahora mis gastos serán mucho mayores y necesito ingresos para poder cubrirlos.
Suelto un suspiro pesado y termino de desembalar los libros, que con la mudanza fueron amontonados en diversas cajas.
No tienen fin. Apenas termino una, tropiezo con otra y con otra y con otra más.
Ni siquiera me había dado cuenta de que eran tantas, pero ni la inmensa cantidad de cosas por ordenar destruye mi felicidad.
¿Quién hubiera imaginado que podría mudarme pagando todo con el fruto del trabajo que amo hacer?
Al principio dudaba de mí misma, por creerle a las personas que vivían diciendo que eso no me llevaría a ningún lado.
Tanto fue así que llegué a un punto en el que me doy cuenta de que fui ingenua al poner mi felicidad en manos de quienes no me ayudarían en nada.
Solemos cometer ese error cuando no confiamos en nuestras propias decisiones.
Y ese tipo de equivocación no quiero volver a cometerla.
Desde la ventana de mi habitación observo las flores devoradas por el sol.
Es primavera, y la luz se extiende como un manto sobre el césped, haciéndolo brillar en un verde tan vivo y resplandeciente que simplemente sé que embarcarme en esta aventura fue lo correcto.
Vivir en la ciudad es increíble, pero en el campo es inexplicable. La paz que transmite la ausencia de contaminación sonora, el olor a tierra cuando llueve, es algo que solo quienes se permiten vivir así podrían comprender.
Y no sé, se parece mucho al sueño que siempre tuve:
Un lugar en el que pudiera leer con el sonido de la lluvia, mientras observo el horizonte.
Tal vez incluso ver Crepúsculo , en una especie de trance nostálgico.
Puedo imaginar todo eso con solo vislumbrar el paisaje que formará parte de mis días a partir de hoy.
El aroma que impregna el ambiente también ayuda a despejar la mente.
Ya que sobre el escritorio junto a la ventana, un incienso arde tranquilo y mis colgantes —algunos atrapasueños— se mecen con el viento suave.
Ellos vinieron por una razón.
Un único motivo que ya no me sorprende más:
Mis visiones. Mis tormentos.
La angustiante habilidad de sentir vibraciones distintas y poseer una sensibilidad fuera de lo común.
Con solo entrar en un lugar, sé lo que ocurrió allí.
También puedo ver sombras, siluetas, e incluso escuchar sus voces cuando me concentro demasiado.
Incluidas formas y cuerpos que no son humanos.
Una aflicción sin fin en ciudades extremadamente pobladas.
Por eso vine a esta casa antes de alquilarla, para comprobar que no hubiera nada aterrador.
Y por suerte, no. Al menos no el día en que vine.
A veces, estas entidades logran mantenerse ocultas y aparecen conforme pasan los días.
Espero que eso no ocurra en este caso. No es que cambiara algo.
Ya me acostumbré. Son parte de mí y un secreto.
Uno que no me atrevo a contarle ni siquiera a mi madre.
La única persona que lo sabe es mi padre.
Porque él cree en todo aquello que no puede ver.
Sacudo la cabeza, espantando el pensamiento, y me concentro en colocar todos los ejemplares en su lugar, en una estantería antigua que, por suerte, dejaron aquí.
Uno a uno, forman mi rincón de los sueños.
Más temprano, mi amiga y yo trajimos la chaise, las alfombras y todos los objetos de decoración. Y aun cansadas, no podríamos estar más felices. Ordenamos las áreas comunes y ahora cada una se concentra en su habitación, en su propio espacio.
Tan feliz con las infinitas posibilidades, coloco un libro con demasiada fuerza en una de las repisas y eso provoca un chasquido extraño, como si un compartimento rugiera hacia el mundo.
Después de leer tantas fantasías, no logro contener la euforia por descubrir el origen del sonido. Una especie de puertecilla cubre un pequeño fondo falso. En él se encuentra un libro diferente a todo lo que ya vi.
Tomo el ejemplar y soplo el lomo polvoriento, observando el nombre escrito en el lateral.
No logro entenderlo; parece otro idioma, con una combinación extraña de letras.
El mismo patrón se repite en la portada, una incógnita bajo la cantidad de suciedad que se adhiere al material ligeramente rígido.
—¿Qué tipo de libro es este? —murmuro, girándolo e intentando contener el estornudo debido a la cantidad de polvo entre las hojas.
Están amarillentas por el tiempo y, cuando hojeo la contraportada, hago un esfuerzo por despegar las primeras páginas sin partirlas por la mitad.
El tacto es tan áspero por la suciedad que las puntas de mis dedos quedan porosas, con partículas adheridas.
El idioma es desconocido y, por más que parezca una colección aparentemente especial, cuando tomo una foto y la busco en internet no encuentro ninguna coincidencia, ni siquiera en la aplicación de traducción. Es como si las palabras no formaran parte de ningún tipo de comunicación conocida.
—Qué cosa tan extraña…
Me apoyo en la pared, quedando más cómoda para analizarlo.
—¿Qué estás haciendo?
Me sobresalto tanto que llevo la mano al pecho.
¡Joder!
—¿Por qué no tocaste la puerta?
—¡Sí toqué, pero no me oíste!
—¿Y entraste igual?
Mi amiga se encoge de hombros.
—Iba a preguntarte si querías tomar una cerveza. Nada más. No hace falta enfadarse.
La culpa por haber respondido de manera tan arisca me lleva a ignorar la invasión de privacidad. Siempre fue un poco despistada, y es algo que hace sin darse cuenta. No es que sea un defecto; simplemente a mí me gusta mucho estar sola.
Así que, técnicamente, el error fue mío cuando la invité a vivir conmigo. Las cuentas se dividirían a la mitad y ayudaría a las dos. Debí haber pensado mejor en lo que implicaría esa propuesta.
—No, gracias.
—¿Vino?
—¿Tienes tantas ganas así de beber alcohol?
—La mudanza fue agotadora —dice, moviendo los hombros y haciendo una mueca—. Tardamos más de tres horas en llegar y todavía tuvimos que descargar las cosas del camión solas, porque los ayudantes no vinieron.
Contratamos una empresa y al final todo salió mal.
Cosas que nos pasan con demasiada frecuencia.
—Agárralo tú, yo te hago compañía.
Se pasa la mano por el montón de cabello rubio, casi platinado, y la incredulidad flota en sus ojos azules como dos lagunas.
—¿Debería?
No respondo, porque enseguida olvida el tema al ver lo que sostengo. Es lectora como yo —no exactamente de la misma forma, ya que Helena está demasiado preocupada por su investigación sobre algo de biología para el máster como para leer ficción romántica—.
—¿Y eso qué es? —pregunta, sacándome de la divagación—. Nunca lo vi en tu colección antes.
—Lo encontré ahí al fondo.
Señalo el escondite y veo a mi amiga meterse entre la estantería y yo para comprobarlo. Cuando queda satisfecha, me mira como si yo tuviera las respuestas para todas las preguntas que también la atormentan.
—No tiene sentido. Ayer revisé todo mientras limpiaba. Tu madre también puede confirmarlo, no había nada aquí. Nada más que los muebles que dejaron los antiguos inquilinos.
—¿Entiendes mi confusión?
—¡Vaya locura! —comenta, tomando el libro de mi mano y levantándolo a la altura de los ojos—.
¿Será oro, Lyra? —Las lagunas adquieren un brillo de emoción mientras pasa la tela de la camiseta por la portada y el dorado reluce—.
¡Si lo es, estamos hechas! ¡Dios mío, vamos a tasarlo ahora mismo!
Al final de la calle hay una librería de viejo, estoy segura, pasé por delante más temprano cuando fui al mercado.
Se levanta sosteniendo el objeto como si fuera la solución a todos nuestros problemas.
Durante unos pocos segundos dejo que su alegría me envuelva, pero una opresión en el pecho, una angustia poderosa que me hace cerrar el puño en medio del tórax, suplica que la detenga.
Después de todo, ni siquiera podríamos deshacernos del libro, ya que lo encontramos en una casa alquilada. No somos dueñas de nada de lo que ya estaba aquí antes de mudarnos.
—Helena.
Mi amiga me ignora, trazando miles de planes con un dinero que ni siquiera tenemos.
—¿Te imaginas? ¡Podríamos hasta comprar esta casa! No debe ser tan cara y sería genial, no tendríamos que pagar alquiler y…
—¡Helena! —intento llamar su atención.
—¡Vamos a reformarlo todo! Tú puedes tener una biblioteca entera y yo voy a tener mi propio baño, después de convertir mi habitación en una suite y…
—¡HELENA, CÁLLATE, POR EL AMOR DE DIOS!
—¿Qué pasa? —todavía sostiene la sonrisa al preguntar.
—No vamos a tasar ni a vender ese libro.
—¿Y por qué razón? Es imposible que tengas apego sentimental por algo que acabas de encontrar.
Además, parece muy caro y yo apostaría a que es una primera edición.
Mucha gente ya encontró obras de arte raras en casas nuevas y creo que es nuestro turno de ser premiadas. ¡No arruines la experiencia, Lyra!
Pongo los ojos en blanco ante toda la historia. Sé que puede pasar, pero no creo que sea el caso ahora. Ese libro tiene algo que me hace querer encerrarlo y no mostrárselo a nadie.
—Esta casa es alquilada.
—Creo que la dueña ni siquiera sabe de su existencia, o no lo habría dejado atrás.
Tiene un punto.
Sin embargo, soy una persona precavida. Prefiero no arriesgarme. Además, al mirar el libro —desde su lomo dorado, el trabajo del mismo color en la paginación y la tinta que parece revivir a cada segundo— me siento posesiva con él.
Se lo arrebato de las manos a Helena, bruscamente. Ella arquea las cejas, desconfiada por la actitud.
—Primero voy a averiguar de qué trata.
—¡Te di una alternativa! Podemos llevarlo ahora mismo para que el dueño de la librería lo revise.
—No, Helena.
El énfasis provoca un suspiro de pesar en mi amiga, que abre los ojos y sopla un mechón de cabello que cae de forma despreocupada sobre su mejilla.
—Está bien, está bien.
—Por ahora voy a dejarlo aquí. —Lo coloco sobre el escritorio—. En este momento solo necesito ordenar todo y grabar algunos vídeos.
Empiezo a empujarla hacia fuera de la habitación y finjo no notar su resistencia ni los rastros de herida en su expresión.
Cierro la puerta y vuelvo a la organización, sin dejar de lado el presentimiento extraño cada vez que miro el libro y siento el escalofrío devastar mi columna.
Es como si de él irradiara un frío capaz de congelar la felicidad en la habitación. Lo cual solo puede ser una locura; ningún objeto inanimado tendría tal poder, ¿verdad?
Termino todo, dejándolo tan limpio y ordenado que, al desplomarme en la cama con los brazos doloridos y los hombros quejándose, cierro los ojos y podría jurar que veo una especie de niebla dorada extenderse ante mis párpados.
Suena como manos aferrándose a mis pensamientos. Y no se trata de algo creado por mi subconsciente, ya que al fijar la vista en el techo del cuarto veo la misma nube dorada impregnarse en el yeso antiguo, deslizarse por las luces, ocultando parte de la iluminación.
Sigo el recorrido que hace y contengo el sonido de asombro al notar que desaparece en la portada del libro que encontré.
El cambio de densidad de la bruma ocurre cuando alzo la mano y se infiltra entre mis dedos, una especie de roce en el polvo dorado.
La siento.
Realmente siento el calor calentando mis palmas y el brillo extendiéndose por mis brazos, como si yo fuera una conductora del suceso, como si fluyera en mí sin impedimentos.
Estoy leyendo demasiado.
Esa es la conclusión a la que llego.
Leer aviva la creatividad y esto de aquí es ¡creatividad en estado puro!
Parpadeo varias veces y, cuando vuelvo a enfocar la habitación, la niebla ha desaparecido y en su lugar solo permanece el libro.
Sigue llamándome de manera silenciosa, sin que logre explicar cómo.
Es una sensación, una especie de fuerza invisible.
Y para intentar combatirla, lo guardo en el cajón del escritorio por el resto de la noche.
Ignorando por completo el hecho de que tal vez haya encontrado un libro cuya historia es mucho más oscura de lo que podría haber imaginado.