Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 69. El círculo de mujeres
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69. El círculo de mujeres

Caminaron juntos por el sendero que bajaba entre los árboles. Lioran iba a su lado, sin apurar el paso. La acompañaba como solo él sabía hacerlo: atento, firme, sin pedirle que explicara nada.

—Está sellado —dijo al cabo de un rato, sin mirarla. Avanzó unos pasos más antes de añadir—: Y aun así, no es eso lo que te duele.

Serenya respiró hondo.

—No.

Lioran asintió, como si esa sola palabra fuera suficiente.

La casa apareció en medio de la espesura del bosque, baja, contenida, con el fuego encendido antes de ser vista. No parecía territorio de nadie, más bien un lugar que había aprendido a no imponerse. Desde dentro llegaban voces. El golpe suave de algo apoyado sobre la madera. El sonido del fuego.

Su amigo se detuvo y le sonrió.

En la cocina, Mirel y Vaelith estaban junto al fuego. Theneira ocupaba un banco contra la pared, una pierna recogida, observando con atención relajada. Nadie se sobresaltó al verla. El espacio ya estaba vivo.

En la sala contigua, la mesa estaba puesta sin ceremonia. Pan aún tibio. Copas limpias. Una olla humeando despacio.

Serenya sintió una presión leve bajo el esternón. Un pulso atento, contenido. El vínculo, reconociendo.

Ezryn estaba en el umbral. No había entrado ni iba a hacerlo. Medía el espacio con el cuerpo, preciso, consciente del límite.

La alcanzó por dentro.

—Estás sostenida.

Nada más.

Serenya alzó la vista y sus ojos se encontraron antes de que él partiese.

Lioran tampoco se quedó. Cerró la puerta tras él con cuidado. Antes de salir, Elarin apareció a su lado. Serenya los vio alejarse por el sendero: ella apoyada en él, los dedos entrelazados sin pensarlo.

Ese gesto simple le aflojó algo en el pecho.

El aire cambió.

Mirel fue la primera en moverse. Se acercó y le tomó las manos con firmeza, como había hecho otras veces, cuando todavía no sabía cómo nombrar lo que le pasaba.

—Estás a salvo —dijo, sin dramatismo.

Vaelith, en un movimiento muy poco habitual en ella, empujó un banco con el pie.

—Siéntate antes de que se te doblen las piernas.

Serenya obedeció.

Fue Theneira quien rompió la tensión. Alzó la copa, mirándola de arriba abajo con descaro amistoso.

—Por cierto, tienes la cara de alguien que no durmió… —Sonrió, ladeando la cabeza—. Y no precisamente por insomnio.

Hubo un segundo de silencio. Luego, Mirel resopló. Vaelith negó con la cabeza, divertida. Serenya se tapó la cara.

—Cállate —la retó, sin convicción.

La risa fue breve, real. Lo justo para que el aire entrara.

—Bueno —continuó Theneira—, solo digo que si vamos a hablar de cosas importantes, mejor hacerlo con algo caliente en el estómago.

Sirvió el guiso sin esperar permiso.

—Come —añadió Vaelith—. Y cuéntanos todo.

Serenya tomó la cuchara. El primer bocado fue torpe. El segundo pasó mejor. El tercero la hizo respirar de verdad.

Durante un rato, hablaron de cosas pequeñas. De una anécdota vieja. De un comentario ácido de Vaelith sobre el consejo que pronto se reuniría en el Bastión. De cómo Mirel había quemado pan esa mañana y lo había negado con dignidad.

El cuerpo empezó a soltarse sin que nadie lo señalara.

—Sabía lo que hacía —confesó Serenya. Alzó la vista, sin disculpa—. Sabía lo que implicaba. Era lo correcto.

Mirel la observó un segundo más.

—¿Para el mundo… o para ti?

—Para mí —respondió sin dudar—. Y eso también cuenta.

Su amiga le acarició la mano suavemente, con el cuidado de una madre.

—Las cosas que importan no llegan cuando las entiendes, sino cuando puedes sostenerlas.

Serenya asintió.

—Y aun así… duele.

—Claro que duele —respondió Vaelith—. Si no doliera, nos preocuparía.

Theneira apoyó el codo sobre la mesa.

—Además, nadie aquí cree que haya sido fácil. Si alguien lo creyera, yo misma le tiraría la copa por la cabeza.

Serenya sonrió, cansada, pero real.

—No sé cómo se sigue adelante ahora.

Pragmática, Vaelith se encogió de hombros.

—No pienses tan lejos. Sigue.

Mirel apoyó una mano cálida en su espalda.

—Y mañana vemos.

Mirándola con una media sonrisa, Vaelith continuó—: Vale. Y ahora que ya sobrevivimos a la parte profunda… ¿El cuerpo quedó conforme, o va a protestar mañana?

Serenya negó con la cabeza, sonriendo.

—El cuerpo no se queja.

—Entonces, brindemos por eso —dijo Theneira, levantando su copa—. Las decisiones difíciles deberían venir siempre con alguna compensación .

Las copas chocaron suavemente. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue compartido. El fuego marcó el ritmo. Afuera, el mundo seguía sin pedir permiso. Cuando la olla quedó casi vacía, Vaelith fue la primera en levantarse.

—El mundo no se va a quedar quieto... Descansa.

Las mujeres se dispersaron en silencio.

Theneira fue la última en hacerlo. Se detuvo junto a la mesa y apoyó la mano sobre la madera tibia. La retiró despacio. Luego, se fue.

La puerta se cerró.

Serenya se quedó sentada un momento más. El vínculo seguía ahí, vivo, respetuoso. Y por primera vez desde el estanque, el peso no cayó solo sobre ella. Sabía dónde apoyarlo… por un momento.