67. Donde no llego
El estanque estaba quieto cuando Serenya llegó.
El agua reflejaba el cielo sin decidirse por un color, lisa como una superficie que no quería ser tocada. Él estaba junto a la orilla, los pies hundidos en la hierba húmeda. No se volvió al oírla. Sus sombras le habían avisado de su llegada, pero él la había sentido mucho antes.
Serenya se detuvo a unos pasos de distancia. El aire era frío, pero no hostil. El silencio no ofrecía refugio.
—No iba a huir —dijo.
Caelan soltó una exhalación breve, casi una risa sin humor.
—Eso ya lo sé.
Se giró. Sus ojos estaban claros, despiertos de más. No había rabia.
—Lo sentí —añadió—. No hiciste nada mal. No te equivoques con eso.
Serenya sostuvo su mirada.
—No iba a disculparme.
Caelan asintió una sola vez, como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.
—Tampoco te lo iba a pedir. —Se sentó en la piedra plana junto al agua, apoyando los antebrazos sobre las rodillas. El cuerpo buscando dónde sostenerse—. Pero no me pidas que me quede aquí fingiendo que no pasó.
El estanque no se movió. El mundo tampoco.
Serenya respiró hondo .
—Elegí vivir entera. No a medias. No en espera.
La mandíbula de Caelan se tensó hasta hacer rechinar sus dientes. Miró al cielo, que en Noctalia siempre tenía ese tenue color burdeos. Se relajó despacio.
—Lo sé. —Bajó la mirada—. Quiero que seas feliz. De verdad. —Alzó los ojos de nuevo—. Y también sé que ahora mismo… no es conmigo.
Las palabras no fueron un golpe. Fueron un corte limpio. Serenya sintió cómo algo se abría dentro de ella. No se rompió, pero ya no estaba entera.
—Yo no dejé de quererte —Serenya se acercó dos pasos, pero se detuvo bruscamente, sin saber cómo actuar. La voz le salió baja, retenida, como si decirlo más alto pudiera romper algo más—. Eso no cambió.
Por un instante, Caelan cerró los ojos.
—Lo sé —respondió. Y cuando los abrió, había algo cansado en su mirada—. Por eso, duele así.
El sonido suave del agua era lo único que podía oírse.
—No te estoy pidiendo explicaciones —La mueca en los labios de Caelan quería ser una sonrisa triste, pero no lo consiguió—. Ni promesas. —Respiró hondo—. Solo estoy aceptando lo que ya no puedo sostener.
Serenya dio un paso hacia él, impulsivamente.
—Caelan…
Él levantó la mano.
—No me sigas ahora. —La miró una última vez—. Si me quedo, voy a empezar a pedir cosas que no te corresponden.
Se volvió hacia el estanque. El agua seguía quieta, como si no tuviera nada que ver con ellos.
—No te voy a odiar por esto. Nunca. —Hizo una pausa breve—. Pero tampoco voy a fingir que no importa. Ni quedarme mirando cómo sigues adelante… sin mí.
El viento levantó una ondulación leve en la superficie del agua. Nada más.
—No era mi herida lo que me asustaba —murmuró, sin volverse—. Era darme cuenta de que aunque me ames… ya no so y el lugar al que vuelves primero.
El silencio que siguió no pidió respuesta. Las sombras se arremolinaron alrededor de Caelan. Una sola se escapó de su contención y le acarició el pelo.
—Lo que siento por ti no cambia porque elijas a otro. Lo único que cambia es lo que hago con eso.
Caelan se alejó por el sendero estrecho entre los árboles, sin mirar atrás.
Ella se quedó en la orilla, frente al agua intacta. No lo siguió, pero su cuerpo dio un paso que no llegó a completarse. El reflejo del cielo seguía allí, entero, indiferente. No lloró. Pero algo en su interior se tensó… y no encontró dónde apoyarse.
Dio un paso atrás y lo sintió.
El vacío fue inmediato. Preciso. Irreversible. Un hueco bajo las costillas. Algo acababa de soltarse.
La respiración le falló un segundo. El frío subió desde la hierba húmeda hasta sus huesos.
Y entendió que algunas decisiones no rompen el mundo.
Solo cambian el lugar desde el que tienes que sostenerlo.