Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 57. Ritmos
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57. Ritmos

Theneira se despertó antes de lo habitual. No por un ruido, ni por un sueño. El cuerpo decidió que ya no tenía sentido seguir quieto.

La casa estaba en silencio. Vaelith aún dormía. La observó un segundo. Tranquila. Casi aniñada. Reprimió el impulso de despertarla con un beso.

El fuego se mantenía bajo, constante, y el olor del pan del día anterior seguía flotando, indeciso. Theneira se levantó y cruzó la estancia sin prisa, como si siguiera un recorrido ya decidido.

Dejó el manto sobre el respaldo de la silla.

Se detuvo, de pie, mirando alrededor. Luego, fue hacia la mesa.

Colocó dos tazas. Las alineó con cuidado.

Cuando el agua estuvo lista, vertió solo en una.

La otra quedó vacía. No corrigió el gesto.

Simplemente ocurrió así. Se sentó y rodeó la taza con ambas manos sin beber.

Cuando Vaelith apareció, despeinada y todavía a medio camino entre el sueño y la vigilia, Theneira ya estaba allí.

—Has madrugado —dijo Vaelith, bostezando.

—Puede ser.

Vaelith se sentó frente a ella y llenó la segunda taza sin comentarlo. Probó un sorbo.

—Está fuerte.

—Siempre la hago así.

Siguieron hablando.

Comentaron el clima. Un tablón suelto en el cobertizo. Un mensajero que había pasado la tarde anterior preguntando por provisiones. Theneira escuchaba con atención. Asentía cuando correspondía. Intervenía cuando hacía falta.

Rio. Un segundo después que Vaelith.

Cuando Serenya llegó, el saludo fue inmediato. El abrazo breve, conocido. Se acomodaron en la mesa. El pan crujió al partirse. El sonido fue limpio, doméstico.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a Lioran? —preguntó Theneira mientras untaba mantequilla con cuidado—. Ayer mencionaron el oeste.

Serenya respondió sin detenerse a pensar. Vaelith siguió hablando de otra cosa. La conversación avanzó sin tropiezos.

Theneira bebió un sorbo. Luego otro. Dejó la taza a medio vaciar.

Más tarde, cuando se levantaron para ordenar, empezó por la mesa antes de que terminara la comida. Retiró los platos con eficiencia. Lavó uno. Luego otro. Se detuvo con el tercero en la mano, lo observó y lo dejó a un lado.

Tomó otro en su lugar.

—¿Te ayudo? —preguntó Vaelith.

—No hace falta.

Cuando se despidieron, Theneira se quedó junto a la puerta un segundo más. Simplemente allí.

—Cuidaos —dijo.

Serenya y Mirel asintieron, y se fueron.

La casa quedó en silencio otra vez.

Theneira volvió a la mesa. Los platos ya no estaban. La superficie limpia. Se quedó un segundo quieta, como si algo no encajara del todo.

Luego, tomó una taza del estante. La dejó en la mesa. Buscó la otra sin mirar. La colocó al lado, alineándolas con cuidado. Acercó una al fuego y la llenó. La segunda quedó vacía.

No se sentó.

Se quedó de pie.

Esperando.