Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 40. La vigilia y el temblor #2
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40. La vigilia y el temblor #2

La voz se le quebró. Incluso los instrumentos dejaron de fingir música. La espada ardía con un fulgor oscuro; la punta goteaba como si la noche sangrara desde el acero. Las sombras alrededor de Caelan se agitaban, tensas, obedientes a un instinto que no necesitaba conjuro.

—No entiendo cómo lo has hecho —murmuró, con una mezcla de asombro y respeto—. Solo he visto a una persona moldear la sombra hasta volverla dura, maleable… viva.

Serenya lo miró, el pecho aún alzado por el temblor de la magia.

—¿Quién?

Lazhar rugió, la túnica blanca manchándose de ira y miedo.

—¡Ha roto la veda! ¡Atrapadlo! ¿Cómo ha cruzado la frontera sin que la magia lo sienta?

Ezryn no lo dudó. Desenvainó, y el filo rojo de su espada encendió un círculo entre ambos. Su cuerpo se interpuso entre Caelan y el regente.

Durante un momento, las dos fuerzas del mundo se enfrentaron sin palabras: la disciplina contra el instinto, la lealtad contra el vínculo. Sintió algo moverse, en el límite de la sangre. Una respiración que no era solo suya.

El príncipe Virel no retrocedió. Tenía la espada baja, pero el alma desenvainada. Los guardias lo rodearon, el metal alzándose con nervios temblorosos.

El heredero habló sin girarse.

—Yo me encargaré de esto. Llevad a los prisioneros para que pueda interrogarlos.

Miró de reojo a Serenya; las sombras que ella había invocado seguían erguidas, sólidas. Con un simple movimiento, abrió la puerta. Los guardias atraparon a los atacantes y se los llevaron consigo.

Lazhar frunció el ceño, pero la seguridad en la voz de su hijo lo calmó.

—Fuera de mis muros antes del amanecer. —Su mirada fue una amenaza disfrazada de clemencia.

Ezryn asintió.

—Así será.

El Archiduque se retiró, escoltado por sus consejeros y los murmullos inquietos de los presentes. Cuando su silueta desapareció entre las columnas, solo quedaron ellos.

Serenya dio un paso hacia Caelan.

—Podrías haber muerto.

—Podría —respondió, sin apartar la mirada—. Y no sería la primera vez.

—¿Entonces por qué venir? ¿Cómo lograste siquiera entrar?

Respiró hondo, la espada temblando en su mano.

—Porque una vez tuve que dar un paso y no lo di.

Me quedé quieto. Miré cómo te perdía y no moví el mundo para alcanzarte.

—Levantó la vista, y lo que ardía en sus ojos no era culpa—.

Era un niño. No sabía qué era amar. —Dio un paso hacia ella—.

Ahora sí… Y si el mundo vuelve a abrirse, Serenya, no voy a quedarme al otro lado.

—¿Aunque la grieta te reclame?

—Aunque me trague. —Su voz bajó—. Prefiero arder contigo que respirar sin ti.

Ella contuvo el aliento. La distancia entre ambos se disolvió sin ruido. Alzó una mano —dudó— y la apoyó sobre el pecho de él, justo donde la piel ardía bajo el tejido. El pulso le golpeó la palma: firme, salvaje, humano.

Caelan no se movió. Solo cerró los ojos, como si aquel gesto bastara para cumplir todas las promesas que nunca dijo.

—Vete —susurró ella.

—No puedo dejarte aquí.

—Puedes y lo harás. Es la única manera de que sigas respirando cuando amanezca. —Retiró la mano despacio—. Sabes que estaré a salvo.

Abrió los ojos, la miró como quien reconoce una orden que no quiere obedecer.

—¿Con él?

Serenya le sostuvo la mirada.

—Conmigo.

—Entonces, haz que valga la pena sobrevivir.

Sus dedos se rozaron un segundo. Luego, ella se apartó y el mundo volvió a moverse.

Lioran la esperaba junto al arco del jardín, la mirada fija en Caelan hasta que su silueta se deshizo entre las sombras.

—¿Ezryn? —preguntó Serenya, sin detenerse.

—Se ha ido con los prisioneros. Dijo que debía interrogarlos.

—Claro —murmuró ella—. Un arma nunca descansa.

Lioran la observó de reojo.

—Ni quienes la empuñan.

Detrás de ellos apareció Mirel, el paso ligero, el cabello suelto por el viento.

—Las sombras siguen respirando —expuso, sin sorpresa—. Aun cuando tú no las miras.

Serenya apartó la vista. Las jaulas seguían intactas, pero las puertas abiertas.

—Entonces no es solo instinto —murmuró—. Es memoria.

—O linaje —replicó Mirel, suave.

Serenya levantó la cabeza. En la distancia, el cielo aún ardía donde la veda se había roto.

—Sea lo que sea, me pertenece.

Mirel asintió.

—Nadie deshace lo que nace despierto.

Lioran permanecía callado, contemplando el intercambio. Un suave tic en su ceja derecha era lo único que transmitía cierta intranquilidad. Observó a su alrededor antes de hablar.

—¿Confías en mí? —preguntó, extendiendo una mano hacia ella. Serenya la tomó sin vacilar—. Ven. Quiero mostrarte algo.

Su amiga le sonrió.

—Ve con él. Yo volveré a tus aposentos. Si alguien pregunta, diré que necesitabas silencio. —Sus dedos le alisaron el cabello, como si aquel gesto bastara para sellar una coartada.

Serenya asintió.

—Gracias.

—No me las des todavía.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta. Su figura se perdió entre los corredores del ala noble, ligera y precisa, como si el aire mismo la protegiera.

En el jardín, las jaulas de sombra seguían en pie. Vivían.

Serenya observó a Lioran.

—No quiero que nadie nos siga.

Él asintió.

—Haz lo que debas.

Cuando doblaron el primer corredor, Serenya miró a su alrededor.

Las sombras se alzaron suaves, obedientes, extendiéndose por las paredes hasta formar un velo espeso que desdibujó los contornos del corredor.

Cuando abrió los ojos, el pasillo entero parecía distinto: torcido, irreconocible, como si la piedra hubiese olvidado su propia forma.

—Nadie nos verá.

Lioran la observó con respeto.

Caminaron sin ruido. Atravesaron los niveles bajos del palacio, donde los encantamientos dormían y el aire olía a hierro viejo. Las puertas se abrieron sin sonido, una tras otra, hasta alcanzar los muros exteriores.

Allí, la noche los recibió como un secreto compartido.

Las torres del palacio quedaron atrás. La ciudad ante ellos no era la de los mapas, sino la que existía debajo.

El cielo de Noctalis estaba velado por brumas violáceas; los tejados parecían fragmentos de un sueño petrificado. Los faroles aún encendidos ardían con una luz amarilla, cansada.

Nadie los vio salir.

Cruzaron patios silenciosos, callejones donde la piedra sudaba humedad y los ecos morían antes de nacer. Serenya lo notó: la ciudad latía, pero más lento, como si también fingiera dormir.

—¿Adónde me llevas?

—Fuera del mapa —respondió Lioran—. A un lugar donde las lealtades no se juran con sangre.

Avanzaron hasta un arco cubierto de enredaderas secas.

—Por aquí —dijo él.

Detrás del muro no había calle ni pasaje, sino un hueco sin forma, una frontera sin luz.

—¿Qué es esto? —preguntó Serenya.

—El límite de lo visible —respondió Lioran—. Lo que Ezryn nunca quiso que vieras. —La miró sin juicio ni prisa—. A partir de aquí, todo te pertenece.

Serenya tomó aire y dio el primer paso. El aire cambió de textura: más cálido, casi humano. En algún lugar, algo se movió al ritmo de una vida que no era la suya.