1. Donde arde el silencio
El mundo ya no era el mismo desde que abandonaron el Bastión. Cada sombra parecía más densa. Incluso el aire, húmedo, olía a advertencia. Quizá no era el mundo el que cambiaba.
Serenya montaba en medio del grupo, envuelta en su capa, con el corazón latiéndole en la garganta y la certeza de que algo —algo invisible, pero constante— los seguía. No era el camino lo que la estaba rompiendo. Era saber que, al final, no podría sostenerlos a los dos.
La niebla lo cubría todo, pero en tierras Umbrae la sombra no obedecía a la luz. Se alargaba más de lo que debía, trepaba por los troncos y se enredaba en los cascos de los caballos. Incluso los ruidos se apagaban antes de propagarse.
Llevaban cuatro días de viaje y no habían cruzado un solo pueblo. Ni se atrevían. El grupo que avanzaba por esos bosques era una aberración: Sangreth y Umbrae marchando juntos, guiando a una mujer a la que muchos querían muerta y otros ni siquiera sabían nombrar.
La tensión se leía en los cuerpos. Los Umbrae comían separados de los Sangreth, incluso cuando la fogata era una sola.
Se sentaban de espaldas, con las manos cerca de las armas.
Los Sangreth murmuraban en su lengua cuando los Umbrae pasaban cerca y estos respondían con miradas que harían temblar a cualquiera menos a ellos.
No era solo odio. Eran juramentos rotos, nombres que nadie volvía a pronunciar. La guerra no había terminado. Solo se había disfrazado de tregua.
Caelan lo sabía. Y no dormía.
El Umbrae caminaba entre ambos bandos como un puente a punto de romperse. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, todos escuchaban. Ajustaba rutas, imponía turnos de guardia. Era el único que cruzaba palabras con Lioran y Ezryn.
Serenya lo observaba desde la distancia. Y sentía en él la misma preocupación que en el príncipe carmesí, pero de otro tipo.
En ese camino, perdido a los ojos de los dioses, Ezryn era la grieta, no ella.
A Serenya, los Umbrae la miraban con desconfianza.
A él… simplemente no lo miraban ni le dirigían la palabra.
Solo lo toleraban porque Caelan lo había permitido.
Su presencia era una provocación. Un insulto a sus muertos.
Ezryn cabalgaba ensimismado. A veces con los ojos entrecerrados, como si no recorriera el bosque, sino un recuerdo que no se atrevía a nombrar. Por momentos se inclinaba sobre su montura y hablaba en voz baja con Lioran, la única persona en la que confiaba plenamente.
—Siempre serás un insensato —le dijo Lioran, con una media sonrisa cansada—. Pero sigues esperando que ella vea en ti lo que ocultas a todos.
Sus ojos se posaban constantemente sobre Serenya, pero ni una sola vez dejó que sus pasos la alcanzaran.
Ella sentía el odio Umbrae crecer con cada tramo del camino. Cada vez que alguien dejaba caer su nombre con filo en la lengua. Había hecho algo tan terrible que nadie se atrevía a decirlo en voz alta.
La reina ya no estaba con ellos. Había partido dos días antes, acompañada por Kyrion y un puñado de centinelas fieles, para preparar el terreno en Virelia. O para alejarse antes de que la tensión se convirtiera en guerra.
Aquel día, la marcha se abría y se cerraba con torpeza alrededor de la carreta, como si ni los cuerpos ni el camino consiguieran ya sostener una forma común.
Caelan había cambiado la ruta dos veces desde que cruzaron la frontera Umbrae, evitando pueblos y pasos vigilados.
Nadie discutía sus decisiones en voz alta.
Todos sabían —aunque nadie lo nombrara— que ese camino no llevaba solo a Varethia. También los arrastraba hacia aquello que la profecía seguía reclamando.
Caelan seguía marcando el rumbo sin titubear. Serenya, aunque a veces se rezagaba o se perdía en sí misma, terminaba siempre volviendo a ese frente.
Más atrás, Ezryn avanzaba junto a Lioran con esa forma extraña de estar presente y ausente a la vez, como si una parte de él siguiera cabalgando por otro lugar. Montaba un alazán en lugar de a Fara. Su compañera se había quedado en el Bastión, aún sin fuerzas para ese viaje.
Serenya a veces lo veía al amanecer, acariciando la empuñadura de su espada como si fuera una promesa rota. En sus ojos no había estrategia ni ambición. Solo ausencia.
Detrás de ellos, la carreta crujía a cada bache del sendero.
Dentro iban Vaelith, Theneira y Mirel. Serenya se acercaba a ellas cuando el grupo hacía alto, compartían agua y algunas frutas secas.
Mirel le sonreía y le acomodaba el cabello.
Y Vaelith, aunque aún la medía a veces, ya no tenía filo en la mirada.
Había entre ellas un entendimiento silencioso.
—Si pasamos por Darven, lo matan antes de que toque el suelo —murmuró un Umbrae.
—No deberíamos estar escoltándolo por estos caminos. Es una burla.
—Nuestro príncipe pretende sostener la paz con sangre en los dientes.
Serenya fingió no oír.
—El desvío por el paso de Relyn es por la carreta… no por él —murmuró, sin pensar.
Uno de los guardias la miró de reojo.
—Sí, claro.
No insistió. Tampoco apartó la mirada.
Entre Ezryn, Caelan y Serenya, había una distancia que no era distancia. Caelan era la sombra que protegía sin pedirlo. Ezryn, la llama que consumía sin tocar. Y ella… el epicentro, la mujer marcada por la profecía. Quien tendría que decidir qué tipo de mundo merecía sobrevivir.
A veces se alejaba de los dos, solo para ver si podía respirar. No lo conseguía porque cada paso la empujaba hacia algo que no sabía nombrar.
El quinto día, alguien mencionó Varethia. No como un destino. Como una condena.
El viento cambió de dirección. Ninguno supo explicar por qué. La noche cayó temprano. Y con ella, la sospecha.
Serenya se sentó junto al fuego. Ezryn a unos metros. Caelan… desaparecido, pero presente. El calor de la hoguera no le llegaba. No importaba. El fuego chisporroteaba con desgana. Un círculo irregular de piedras lo contenía, pero no lo domaba. Como todo lo demás en ese grupo.
Vaelith apoyaba la espalda contra la carreta, los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos entrecerrados.
Pero la sonrisa ladeada la delataba: estaba escuchando cada palabra que cantaba Theneira, unos pasos más allá, sentada con la lira entre las manos y la voz suave, como si le susurrara al bosque.
Sus dedos temblaban un poco al rasguear, pero la forma en que Vaelith la miraba —como si cada nota fuera un latido—, hacía que nadie osara interrumpirla.
Serenya se acercó en silencio, con un cuenco de sopa entre las manos.
—Pareces menos muerta esta noche —dijo Mirel, sin mirarla.
—¿Gracias? —respondió, frunciendo la nariz.
—Es verdad —añadió Theneira, fingiendo bostezar—. Hoy no tienes cara de «voy a destruir el mundo con mi fuego interior».
—Aún no he cenado —replicó Serenya, con una sonrisa seca.
—¿Y qué tal el postre? —susurró Mirel, alzando una ceja en dirección a donde Ezryn estaba, de espaldas al grupo .
No respondió, pero el rubor le subió desde el pecho hasta las orejas. Y eso fue todo lo que las demás necesitaban.
—¡Te juro que se la come con los ojos! —soltó Mirel—. Si sigue así, se quedará sin aire.
—Ezryn, dices.
—¡Los dos! El príncipe Virel la mira como si la necesitase para respirar. Aunque lo disimula mejor.
—Caelan no mira —dijo Theneira, con una risa baja—. Calcula. Es como si pensara: «¿dónde encaja mejor la daga?»
Vaelith estalló en carcajadas, pero intentó contenerse escondiendo su rostro tras sus manos abiertas.
—Si yo fuese más joven, lo dejaría encajarla donde quisiera —murmuró Mirel, con descaro y media sonrisa torcida.
Serenya no pudo evitarlo. Estalló en una carcajada franca, la primera en mucho tiempo.
—¡Sois insoportables!
—Y tú estás en negación —le dijo Vaelith, meneando la cabeza—. Tú no tienes un problema. Tienes dos.
—No voy a decir lo que acabo de imaginar —agregó Theneira, y la risa volvió a estallar entre las cuatro, lo bastante alto como para que los vigías giraran la cabeza.
En ese momento, Lioran apareció, sin hacer ruido, como siempre. Se agachó, recogió un cubo vacío y lo inspeccionó.
—¿Habláis de dagas? —preguntó con fingida inocencia.
—De longitudes, en realidad —dijo Mirel, sin mirarlo.
—Y de príncipes que se derriten cuando ella pasa —añadió Vaelith, señalando a Serenya con la barbilla.
—¿Yo? —Serenya se llevó una mano al pecho—. ¡Mentira!
—Ajá. Y los Umbrae no sueñan —replicó Mirel.
Lioran se acomodó junto a la carreta, a medio camino entre el grupo y la oscuridad.
—¿Y qué se dice de mí?
—Que hablas poco —dijo Vaelith, con tono neutro—. Pero cuando lo haces, dejas a la gente preguntándose si deberían darte la razón… o golpearte con una piedra.
—No es la primera vez que me lo dicen —respondió él, sin despeinarse.
—Claro. Eso también diría un acertijo —murmuró Vaelith, pero una sonrisa le curvó los labios.
Theneira seguía tocando despacio, observando con la cabeza ladeada. Vaelith le lanzó una mirada por encima del hombro. Fue un segundo, pero en ese gesto había ternura, refugio, raíz.
—Vamos, levántate. Tú también tienes manos —dijo Mirel, arrojándole a Serenya una ramita delgada, que le cayó sobre la pierna sin peso.
Serenya no se movió, porque el cuerpo le dolía de un modo que no se curaba con descanso.
—No hoy —murmuró, sin alzar la vista—. Quiero quedarme aquí.
—¿Para qué? ¿Para seguir mirando cómo te encierras en ti misma? —soltó Mirel, sin dureza, pero sin adornos.
La música seguía flotando. Serenya tragó saliva y, entonces, Lioran se agachó junto a ella, con las manos apoyadas en las rodillas.
—Sé que quieres estar aquí —dijo, sin rodeos—. Con nosotros. Con ellos. —Hizo una pausa breve. Ella no respondió—. Y sé que no puedes.
Serenya alzó la mirada. No buscó defensa. Solo aire.
—No puedo mirarles y no recordar lo que pasó —susurró—. Lo que hicieron. Lo que no hicieron.
Una lechuza ululó en las cercanías.
—No lo permitieron —dijo Lioran.
—Estaban allí.
—Y tú también.
El golpe fue limpio. Serenya sintió cómo algo se tensaba bajo su piel.
—¿Eso es lo que piensas?
—Pienso que nadie supo sostener lo que estaba ocurriendo.