CAPÍTULO 7
El televisor estaba encendido en la sala principal de la comisaría.
Como casi siempre, servía más como ruido de fondo que como algo a lo que alguien prestara verdadera atención.
Los agentes entraban y salían, hablaban por teléfono, revisaban informes o discutían sobre otros casos sin mirar siquiera la pantalla.
Hasta que apareció Daniela. O, mejor dicho, sus padres. Claudia acababa de salir de una reunión cuando la voz quebrada de una mujer la obligó a detenerse.
—Por favor...—decía frente a las cámaras, intentando contener las lágrimas—Solo queremos que nuestra hija vuelva a casa.
La inspectora se quedó quieta. En la pantalla, la madre de Daniela apenas conseguía mantenerse entera. Tenía los ojos hinchados y las manos temblorosas. A su lado, el padre intentaba conservar la compostura, aunque la tensión se le marcaba en cada músculo de la cara.
—Estamos dispuestos a hacer lo que sea necesario—dijo mirando directamente a las cámaras—Si alguien tiene a nuestra hija, que nos dé una prueba de que está bien. Lo único que queremos es que vuelva a casa.
Un murmullo recorrió la sala.
—Pues ya está —comentó uno de los agentes—Blanco y en botella.
—Con el dinero que mueve esa familia, raro sería que no fuera un secuestro.
—Yo también lo veo claro.
Claudia siguió observando la pantalla unos segundos más. Algo seguía sin convencerla. Y cuanto más escuchaba hablar de rescates, menos sentido le encontraba a todo aquello.
—Lo que nos faltaba... —murmuró para sí.
— ¿Has dicho algo?
Claudia levantó la vista hacia él durante un instante antes de restarle importancia con un gesto.
—Nada...
Pero era mentira. Llevaba horas dándole vueltas a la misma idea.
Poco después, la comisaría parecía otra.
La aparición de los padres de Daniela en televisión había provocado el efecto que todos esperaban.
Los teléfonos no dejaban de sonar, varios periodistas aguardaban en la puerta intentando conseguir cualquier declaración y los agentes cruzaban la sala de un lado a otro con nuevos avisos y llamadas entrando casi sin descanso.
Rubén se acercó a la mesa donde el equipo había ido reuniendo toda la información del caso.
Echó un vistazo a las fotografías, a los informes desperdigados y terminó levantando la vista hacia Claudia.
—Ponedme al día. ¿Ha cambiado algo?
Fue Claudia quien respondió.
—Creo que seguimos buscando en la dirección equivocada.
Algunos de los agentes dejaron de revisar los documentos para mirarla. Rubén esperó unos segundos antes de hablar.
— ¿Sigues pensando que no estamos ante un secuestro?
Claudia asintió despacio.
—No es solo una impresión. Hay demasiadas cosas que no encajan.
Uno de los investigadores dejó el bolígrafo sobre la mesa y cruzó los brazos.
—Claudia, una chica desaparece, pertenece a una familia con dinero y los padres salen en televisión ofreciendo lo que haga falta por recuperarla. No parece precisamente una teoría descabellada.
—Precisamente por eso me cuesta creerlo.
El agente frunció el gesto, sin terminar de seguir su razonamiento.
—A ver, explícate.
Claudia dio un paso hacia la mesa y apoyó las manos sobre el tablero, dejando la vista fija en las fotografías de Paula y Daniela.
—Porque es demasiado evidente. Si alguien quisiera un rescate, habría movido ficha mucho antes. Sin embargo, lo único que sabemos es que dos chicas relacionadas entre sí han desaparecido con apenas unas horas de diferencia.
Nadie la interrumpió.
—Anoche Daniela me llamó. Quería contarme algo sobre Paula.
—Eso ya lo sabemos—comentó uno de los agentes.
—No. Sabemos que me llamó. Lo que seguimos sin saber es qué estaba dispuesta a contarme.
Aquella diferencia hizo que varios intercambiaran una rápida mirada.
—Cuando hablamos por teléfono estaba mucho más nerviosa que el día anterior. Se notaba en la voz. Insistió en que no quería decirme nada por teléfono y me pidió que nos viéramos en persona.
Rubén permaneció unos segundos pensativos antes de preguntar:
— ¿Llegó a darte algún motivo?
—Ninguno. Solo repitió que era importante.
—Y pocas horas después desaparece...
Claudia sostuvo su mirada.
—Sí.
Pronunciarlo en voz alta hacía que todo sonara todavía más inquietante. Rubén apoyó ambas manos sobre la mesa mientras repasaba mentalmente todo lo que tenían hasta ese momento.
—Eso, por sí solo, sigue sin demostrar que los dos casos estén relacionados.
—Lo sé—respondió Claudia sin perder la calma—Pero tampoco puedo ignorar la secuencia de los hechos.
Señaló primero la fotografía de Paula—Ella intenta denunciar algo dentro de la universidad y desaparece— Después deslizó el dedo hasta la imagen de Daniela—Su mejor amiga parece saber qué estaba ocurriendo, decide hablar con la policía... y desaparece antes de hacerlo.
Esta vez nadie discutió. Las fotografías seguían allí, una junto a la otra, y por primera vez la conexión entre ambas parecía mucho más difícil de pasar por alto. Desde el fondo de la sala alguien rompió el silencio.
—Puede seguir siendo un secuestro.
Claudia asintió con resignación, todo a primera vista parecía eso, pero su intuición era otra.
—Claro que puede. No digo que sea imposible. Lo que digo es que, si lo es, llega en el momento más oportuno para que todos dejemos de mirar hacia la universidad.
Aquellas palabras hicieron que incluso Rubén bajara la vista hacia los expedientes. Permaneció unos segundos observando las dos fotografías antes de volver a levantar la cabeza.
—Entonces dime una cosa... ¿qué crees que está pasando realmente?
Claudia no respondió enseguida. Su mirada volvió a detenerse en los rostros de Paula y Daniela, como si intentara encontrar una respuesta entre aquellas imágenes. Cuando habló, lo hizo con una serenidad que contrastaba con la gravedad de lo que estaba diciendo.
—Creo que Daniela estaba a punto de contar algo que alguien llevaba demasiado tiempo intentando mantener oculto.
Nadie respondió...Las fotografías de Paula y Daniela seguían sobre la mesa, separadas apenas por unos centímetros.
A Claudia cada vez le costaba más creer que todo aquello fueran simples coincidencias.
Empezaba a preguntarse cuántas personas más habían intentado hablar...
sin que nadie llegara nunca a escucharlas.
Hasta ese momento había intentado entender qué unía aquellas dos desapariciones.
Ahora empezaba a hacerse una pregunta mucho más inquietante.
¿A cuántas chicas más habían conseguido silenciar?
CAPÍTULO 8
El aviso llegó a media mañana. Claudia estaba revisando unos informes cuando la radio que se encontraba sobre la mesa cobró vida de repente.
—Central para Unidad de Investigación. Posible hallazgo de un cuerpo. Terreno sin edificar, zona periférica. Se solicita presencia inmediata.
Bastaron aquellas pocas palabras para que se pusiera en pie antes incluso de que terminara la comunicación.
Durante el trayecto apenas habló. Condujo en silencio, observando la ciudad desfilar al otro lado de la ventanilla mientras una sensación incómoda iba creciendo poco a poco en su interior.
Llevaba días preparándose para encontrar respuestas.
Pero no para aquello. Cuando llegó, la zona ya estaba acordonada.
Varios vehículos policiales ocupaban el camino de acceso y los agentes trabajaban alrededor del perímetro intercambiando información en voz baja.
Nadie corría. Nadie levantaba la voz. Siempre ocurría lo mismo.
La muerte tenía una extraña forma de imponer silencio incluso en los lugares donde nunca lo había habido.
Claudia cruzó la cinta policial sin detenerse.
Algunos compañeros se apartaron ligeramente para dejarle paso mientras ella avanzaba por el terreno seco, sorteando la maleza y las piedras que cubrían el descampado.
A cada paso el paisaje se volvía más inhóspito.
No había edificios cercanos, ni caminos transitados, ni nada que justificara la presencia de alguien en aquel lugar.
Era el sitio perfecto para quien quisiera desaparecer sin ser visto.
Y también para quien quisiera que un cuerpo tardara días en ser encontrado.
A unos metros distinguió el grupo de criminalística trabajando alrededor de la víctima.
Sin darse cuenta redujo el paso. Algo se removió dentro de ella.
No era miedo. Era esa sensación que aparecía justo antes de confirmar algo que, en el fondo, llevaba demasiado tiempo temiendo.
Respiró hondo y obligó a sus piernas a seguir avanzando.
Cuando llegó junto al cuerpo, el resto del mundo pareció difuminarse durante unos segundos.
Era Paula. No hacía falta comprobar documentación ni esperar una identificación oficial.
Permanecía tendida sobre la tierra, con el rostro completamente pálido y el cabello extendido alrededor de la cabeza, movido apenas por las ráfagas de viento que atravesaban el descampado.
La misma chica cuya fotografía llevaba observando desde el primer día.
La misma a la que todavía esperaba encontrar con vida...
Claudia apretó los puños con rabia. Había vuelto a llegar tarde.
Permaneció inmóvil unos instantes, dejando que la mirada recorriera la escena con calma.
Lo primero que llamó su atención no fue el cuerpo.
Fue el lugar. No había signos evidentes de forcejeo.
Tampoco ramas partidas, tierra removida ni marcas que hicieran pensar que Paula hubiera luchado por escapar.
Todo resultaba inquietantemente limpio. Demasiado limpio.
Como si aquel descampado no fuera el lugar donde había muerto, sino únicamente el lugar donde alguien había decidido dejarla.
Y esa idea le produjo un escalofrío mucho más intenso que la propia visión del cadáver.
— ¿Qué tenemos? —preguntó sin apartar la vista.
El forense levantó la cabeza un instante antes de volver a su trabajo.
—Todavía es pronto para determinar la hora exacta de la muerte. Necesitaremos la autopsia para confirmarlo, pero hay algo que me llama la atención.
Claudia se volvió hacia él.
— ¿Qué?
—A simple vista no presenta heridas defensivas. Da la impresión de que apenas tuvo oportunidad de reaccionar.
Aquellas palabras hicieron que Claudia volviera a mirar el cuerpo.
No encajaba con una agresión improvisada.
No parecía el resultado de un ataque impulsivo.
Todo transmitía una sensación de control.
Como si quien hubiera hecho aquello hubiera sabido exactamente lo que estaba haciendo.
Rubén llegó hasta donde estaba ella unos segundos después.
Permaneció en silencio observando la escena antes de preguntar en voz baja:
— ¿Ves algo?
Claudia tardó unos instantes en responder.
—Veo demasiadas cosas donde debería no haber ninguna.
Rubén siguió su mirada.
— ¿Qué quieres decir?
Ella señaló discretamente el terreno.
—Mira alrededor. No hay señales de lucha. Tampoco parece que la hayan traído a la fuerza hasta aquí. Todo está demasiado ordenado.
Rubén observó el descampado unos segundos más.
—Podría haberla matado en otro sitio.
—Eso mismo estoy pensando.
El viento volvió a levantar pequeñas nubes de polvo entre la maleza.
Claudia dejó que la vista recorriera una vez más el escenario.
Y entonces ocurrió... No fue un recuerdo nítido.
Fue como una extraña sensación. Otro descampado.
Otro perímetro policial. El mismo silencio.
La misma impotencia... Durante un instante dejó de ver a Paula.
Frente a ella apareció otro cuerpo cubierto por una sábana blanca.
Lucía. Cerró los ojos apenas un segundo.
Lo suficiente para impedir que aquel recuerdo terminara de arrastrarla.
Cuando volvió a abrirlos, Paula seguía allí.
Y comprendió algo que hasta ese momento se había negado a aceptar.
Aquello nunca había sido un secuestro desde el principio.
— ¿En qué piensas? —preguntó Rubén al verla tan seria.
Claudia tardó unos segundos en responder.
—En que quien ha hecho esto no ha dejado el cuerpo aquí por casualidad.
Rubén la observó con atención.
— ¿Crees que quería que lo encontráramos?
Ella asintió muy despacio.
—Sí. Y eso significa que no solo está intentando ocultarse. También quiere controlar la investigación.
El silencio volvió a imponerse entre los dos.
Claudia dirigió una última mirada hacia Paula.
Ya no veía únicamente a una víctima. Veía la primera pieza de un puzle mucho más grande.
Un puzle que, de pronto, empezaba a revelar una imagen mucho más oscura de la que todos habían imaginado.
La esperaba una investigación que acababa de cambiar por completo.
Porque ya no buscaban a una desaparecida. Buscaban a un asesino.
Claudia respiró hondo antes de abandonar el perímetro. El viento volvió a recorrer el descampado, levantando pequeñas nubes de polvo alrededor del cuerpo de Paula. Durante un instante volvió a sentir la misma impotencia que años atrás. Esta vez, sin embargo, había una diferencia.
No iba a detenerse hasta encontrar a quien había hecho aquello. Y estaba dispuesta a remover todo lo que hiciera falta para conseguirlo.