Capítulo 52
Ocaso
Cedric
T odo se apaga.
Ella no.
Sigue aquí: una luz que resplandece en la sombra infinita, más brillante que las estrellas esparcidas por el cielo.
El dolor ya casi ha desaparecido. Se ha disuelto en la nada.
Yo también. Todo mi ser se desvanece, se apaga.
Desaparece.
Pero aún queda algo, algo diminuto. Algo que late en mi pecho, que palpita.
Un pequeño tirón, una luz dorada.
Siento cómo parpadea ese hilo que nace justo detrás de mis costillas y me ata a este mundo. A ella.
Es débil, fino, estirado hasta el límite. Pero sigue aquí.
Ella sigue aquí.
El hilo vacila, pero no se rompe. Todavía no.
Extiendo una mano para acariciarle la mejilla y sentir la suavidad de su piel, aunque esté húmeda por las lágrimas.
Intento aguantar.
No puedo.