Epílogo
Tres semanas después
Lo primero que notó Sofía fue el taburete vacío.
Lo cual era ridículo, porque Olivia no se sentaba en ese taburete desde hacía veintitrés días.
No es que Sofía estuviera contando.
Vale.
Sí estaba contando.
Un poco.
Quizá más que un poco.
El caso es que el taburete llevaba vacío tres semanas y, aun así, cada tarde, sobre las cinco, los ojos se le iban hacia él automáticamente.
La fuerza de la costumbre.
Por desgracia.
The Sandbar estaba lleno.
La clientela del resort había cambiado dos veces desde que Olivia se marchó. Nuevos turistas, nuevas conversaciones, nuevos números de teléfono garabateados en servilletas. Gente nueva que intentaba —sin éxito— ligar con la camarera.
La vida había seguido su curso, tal como debía.
Lo cual, la verdad, era un poco desconsiderado.
Sofía cortaba limas.
Preparaba bebidas.
Sonreía.
Reía.
Trabajaba.
Y de vez en cuando, se pillaba pensando en qué hora sería en Boston.
Y enseguida se enfadaba consigo misma.
Porque ese no era un pensamiento normal.
Al menos, eso esperaba.
—Lo estás haciendo otra vez.
Sofía levantó la vista.
Mía, una de las camareras, llevaba una bandeja de margaritas.
—¿Haciendo qué?
—Mirar hacia la puerta.
—No es verdad.
—Que sí.
Mía sonrió.
—Escríbele y ya.
A Sofía casi se le cae una lima.
—No vamos a hablar de esto.
—Eres imposible.
—Ya lo sé.
La camarera puso los ojos en blanco y se fue.
Traidora.
Todos y cada uno de los empleados de The Sandbar se habían convertido en traidores.
La situación era agotadora.
La verdad era que Olivia sí le había escrito.
Dos veces, al principio.
El primer mensaje llegó el día después de que volviera a Boston.
Llegué a casa.
Simple.
Inocuo.
Peligroso.
Sofía se lo quedó mirando cinco minutos antes de contestar.
La conversación que siguió duró tres horas.
El segundo mensaje llegó cuatro días después.
Luego otro.
Y otro.
Sin darse cuenta, escribirse se había convertido en parte de su rutina.
Buenos días. Buenas noches. Fotos. Historias. Chistes. Memes. Una memorable discusión de quince minutos sobre si un perrito caliente contaba técnicamente como sándwich.
Olivia estaba equivocada.
Obviamente.
Pero escribirse no era lo mismo que estar aquí.
Ese era el problema.
Ni de lejos.
Empezó a llegar la gente del atardecer.
Arrancó oficialmente la hora del vermú.
La música flotaba por la terraza y el océano brillaba bajo el sol de media tarde.
Un día más.
Un turno más.
Otro...
La voz familiar le llegó antes de que su cerebro la registrara del todo.
—Ese cartel es horrible.
Sofía se quedó paralizada.
Por completo.
El cuchillo en su mano dejó de moverse.
El mundo dejó de moverse.
Despacio, muy despacio, levantó la vista.
Olivia estaba en la entrada.
Gafas de sol.
Camisa de lino blanca.
Esa sonrisa.
La que Sofía llevaba tres semanas sin ver en persona.
Por un segundo de locura total, Sofía se preguntó si estaría alucinando.
Entonces Olivia arqueó una ceja.
—Hola.
La lima se le escurrió de los dedos.
Un cliente se rio.
Alguien cerca aplaudió.
Sofía los ignoró a todos.
—Se supone que estás en Boston.
Olivia sonrió.
—Estaba.
—Ayer.
—También.
Ninguna se movió.
Ninguna parecía capaz de hacerlo.
El momento se alargó.
Entonces Sofía rodeó la barra.
Rápido.
Muy rápido.
Y de pronto Olivia se estaba riendo mientras Sofía la abrazaba.
El abrazo casi las tira a las dos al suelo.
A ninguna le importó.
Ni un poco.
Cuando finalmente se separaron, Olivia seguía sonriendo.
Sofía no estaba del todo segura de estar respirando bien.
—Estás aquí.
—Sí.
—De verdad.
—Que yo sepa, sí.
La sonrisa se ensanchó.
Dios.
Había echado de menos esa sonrisa.
Lo había echado de menos todo, mucho más de lo que había querido admitir.
—¿Qué haces aquí?
Olivia respiró hondo.
Por primera vez desde que había llegado, parecía nerviosa.
Nerviosa de verdad.
Eso captó de inmediato la atención de Sofía.
—Vale —dijo Sofía—. Ahora sí que me preocupo.
Olivia se rio y metió la mano en el bolso.
Apareció un papel doblado.
Se lo entregó.
Sofía frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—Léelo.
Desdobló el papel.
Sus ojos recorrieron la página.
Luego la recorrieron de nuevo.
Y una tercera vez, porque su cerebro parecía haber dejado de funcionar.
—¿Qué...?
Olivia se removió ligeramente.
Una sonrisa nerviosa asomó en la comisura de sus labios.
—He pedido el teletrabajo.
Sofía se quedó mirándola.
—De prueba —añadió Olivia—. Por ahora.
Sofía volvió a mirar el papel.
Luego a ella.
—Puedo trabajar desde cualquier sitio.
Durante un segundo, las palabras apenas calaron.
Luego lo hicieron.
De golpe.
—¿Qué has hecho? —dijo Sofía.
—Échale la culpa a los cócteles.
Sofía se rio y se cubrió la cara de inmediato.
Porque de repente estaba a punto de llorar.
Lo cual era inaceptable.
Completamente inaceptable.
Y más en público.
—Te odio.
—No, qué va.
La respuesta llegó al instante.
Cómoda.
Segura.
Y, para más inri, acertada.
El sol se hundía en el horizonte.
La música flotaba en el aire de la tarde y el océano rompía sin cesar contra la orilla.
Durante un momento, ninguna habló.
Ninguna lo necesitaba.
Finalmente, Sofía miró hacia la pizarra junto a la entrada.
Luego volvió a mirar a Olivia.
Una sonrisa se extendió lentamente por su rostro.
—Oh.
Olivia la miró con suspicacia al instante.
—¿Qué?
Sofía cogió un rotulador.
—Esto.
Antes de que Olivia pudiera detenerla, Sofía tachó el mensaje del día.
Luego escribió algo nuevo.
Despacio.
Con cuidado.
Cuando se apartó, Olivia lo leyó.
HAPPY HOUR
PARA DOS
Durante un momento, ninguna habló.
Luego Olivia se rio.
Sofía se rio.
Y esta vez, cuando se besaron, ninguna de las dos pensaba en vuelos.
Ni en Boston.
Ni en la distancia.
Solo en que, por una vez, ninguna de las dos tenía intención de despedirse.