Hora feliz para dos (Temporada de coqueteo 1)
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Happy Hour #1
Lo primero que notó Olivia fue el tatuaje.
No porque hubiera estado mirando a la mujer detrás de la barra. Para nada. Simplemente había echado un vistazo mientras decidía dónde sentarse y fue entonces cuando reparó en el tatuaje.
Eso era diferente.
La tinta negra desaparecía bajo la manga de una camiseta blanca desgastada, serpenteando por un antebrazo tonificado antes de perderse bajo varias pulseras. Olas, quizá. O flores. Desde esa distancia, no alcanzaba a distinguirlo.
No es que lo estuviera intentando.
La mujer alzó la vista de las limas que estaba cortando.
Sus miradas se cruzaron.
Y Olivia comprendió de inmediato por qué la recepcionista había estado sonriendo.
Oh.
Qué inoportuno.
La camarera era guapísima.
No intimidante como las modelos de portada. No esa belleza diseñada para impresionar a distancia.
Peor.
De las que parecen de verdad.
Pelo oscuro recogido en un moño desenfadado. Piel morena y cálida. Una sonrisa que parecía peligrosamente natural.
El tipo de sonrisa de quien se pasa la vida disfrutando.
Lo cual, siendo sinceros, resultaba un poco sospechoso.
La mujer se secó las manos con un trapo y se acercó al extremo de la barra.
Hacia Olivia.
Por desgracia.
Porque Olivia cayó de pronto en varias cosas a la vez: que había estado mirando, que había olvidado decidir qué pedir, y que al parecer era capaz de ponerse nerviosa a los treinta y dos años.
Vergonzoso.
—¿Qué te pongo?
Su voz era cálida y con un punto de diversión, como si ya hubiera notado el breve cortocircuito de Olivia y hubiera decidido no mencionarlo.
Olivia carraspeó.
—Una copa de vino.
La camarera parpadeó.
Luego ladeó la cabeza.
—¿Vino?
La reacción fue tan inmediata que casi la ofendió.
—Una copa de vino, sí.
—¿Aquí?
Olivia echó un vistazo alrededor.
—¿Y dónde si no?
La mujer se rio.
Una risa de verdad.
No de cortesía.
De las que se escapan sin permiso.
Olivia sintió una satisfacción absurda.
—Esto es un bar de cócteles.
—Ya lo veo.
—Tenemos una carta de cócteles premiada.
—Enhorabuena.
—Lo hacemos todo artesanal.
—Qué encantador.
—Y tú quieres vino.
—Eso es.
La camarera la observó un momento antes de sonreír.
—Tienes pinta de beber vino.
Olivia entornó los ojos.
—No estoy segura de que eso sea un cumplido.
—No lo era.
Durante un terrible segundo, Olivia estuvo a punto de reírse.
Se contuvo.
Por los pelos.
La camarera le tendió la mano por encima de la barra.
—Soy Sofía.
El nombre le pegaba demasiado.
—Olivia.
Sofía arqueó las cejas.
—Olivia.
Algo en cómo lo repitió le pareció injusto.
Como si de algún modo hubiera convertido seis letras en un flirteo.
Lo cual era ridículo.
Llevaban hablando menos de un minuto.
Sofía sacó una carta de vinos de debajo de la barra y se la entregó con un dramatismo innecesario.
—Aquí tienes.
Olivia la cogió.
—Gracias.
—De nada.
Ninguna de las dos se movió.
La sonrisa seguía ahí.
Olivia bajó la vista a la carta, sobre todo porque mantener el contacto visual de pronto parecía una habilidad de nivel avanzado.
—¿Alguna recomendación?
—De vino, no.
—De verdad que no te gusta lo que he pedido.
—No me fío de la gente que viene a un chiringuito en México y pide cabernet.
—No he pedido cabernet.
Sofía señaló la carta.
—Estabas a punto.
Olivia bajó la vista.
Pues sí, había estado a punto.
Eso era información que Sofía no debería tener.
—¿Siempre eres tan borde?
—Solo con los turistas.
—Qué tranquilidad.
—Sobrevivirás.
Olivia se sorprendió sonriendo.
Sonriendo de verdad.
No era la sonrisa profesional que usaba en las reuniones. Ni la sonrisa cortés reservada para eventos de networking.
Una sonrisa auténtica.
Sofía se dio cuenta.
La expresión que le cruzó el rostro duró menos de un segundo, pero fue suficiente.
Suficiente para que Olivia de repente se interesara por la carta de cócteles de la que llevaba cinco minutos defendiéndose.
—De acuerdo.
Sofía se enderezó.
—¿De acuerdo?
—Probaré un cóctel.
—Excelente elección.
—No te emociones demasiado.
—Es mi pasatiempo favorito.
Olivia negó con la cabeza.
Sofía apoyó los codos en la barra.
—¿Qué bebes normalmente?
—Café.
—Eso es deprimente.
—Útil.
—¿Qué más?
Olivia se lo pensó.
—Old Fashioned.
—Interesante.
—Pareces sorprendida.
—No pareces de las que beben Old Fashioned.
—¿Y cómo es exactamente alguien que bebe Old Fashioned?
Sofía la estudió abiertamente.
Demasiado abiertamente.
—Un poco más gruñona.
Olivia se rio antes de poder evitarlo.
Sofía sonrió de inmediato, tan satisfecha consigo misma que prácticamente resplandecía.
Y de alguna manera eso hizo que Olivia volviera a reírse.
Esto se estaba convirtiendo en un problema.
Un problema agradable.
Pero definitivamente un problema.
Sofía cogió una coctelera.
—Sé exactamente lo que vas a tomar.
Esas palabras no deberían haber resultado atractivas.
Y sin embargo.
—Eso es mucha confianza para alguien que acaba de conocerme.
—Leo a las personas.
—¿Ah, sí?
—Muy bien.
Olivia la observó mientras reunía los ingredientes.
—Eso suena inventado.
—Es una habilidad de camarera.
—Pensaba que la habilidad era preparar bebidas.
—Multitarea.
La coctelera brilló en las manos de Sofía.
Hielo.
Cítricos.
Algo verde brillante.
Olivia se dio cuenta de que estaba observando con mucha más atención de la necesaria.
Quizás la recepcionista había tenido razón después de todo.
Unos minutos después, Sofía colocó un vaso frente a ella.
La bebida brillaba con un dorado pálido bajo la luz del atardecer, con una rodaja de naranja apoyada en el borde. Tenía un aspecto irritantemente perfecto.
—Aquí tienes.
Olivia la examinó.
—¿Qué es?
Sofía sonrió.
—Una decisión mejor que el vino.
Olivia puso los ojos en blanco antes de levantar el vaso y dar un sorbo.
Oh.
Vaya.
Eso era irritante.
Porque estaba excelente.
Sofía lo vio de inmediato.
La sonrisa se ensanchó.
—¿Bueno?
Olivia dio otro sorbo.
Y otro.
Estrictamente con fines científicos.
—Quizás.
—¿Quizás?
—Sería irresponsable llegar a una conclusión tan rápido.
—Eres abogada, ¿verdad?
Olivia se quedó inmóvil.
La sonrisa de Sofía se volvió triunfante.
—Ahí está.
—¿El qué?
—Esa cara.
—¿Qué cara?
—La que pone la gente cuando se da cuenta de que la he calado.
Olivia la miró fijamente.
—¿Cómo lo supiste?
Sofía se encogió de hombros.
—Entraste cargando estrés como si fuera equipaje de diseñador.
Olivia abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
Por desgracia, Sofía no estaba del todo equivocada.
Olivia odiaba ser predecible.
Era una de las razones por las que disfrutaba de su trabajo. Los buenos abogados se fijaban en detalles que otros pasaban por alto. Anticipaban problemas. Se adaptaban.
Al menos, eso era lo que se decía a sí misma.
Al parecer, ninguna de esas habilidades le importaba a Sofía Reyes.
—Entraste arrastrando el estrés como si fuera equipaje de diseñador.
Olivia la miró por encima del borde de su copa.
—Eso es extrañamente específico.
Sofía se encogió de hombros.
—Recibo muchos turistas.
—¿Y la mayoría son abogados?
—No.
—Entonces tu muestra es bastante cuestionable.
Eso le valió otra carcajada.
Sofía tenía una risa agradable. Cálida, natural y extrañamente contagiosa.
Olivia dio otro sorbo a su bebida solo para tener algo en qué concentrarse.
—Entonces —dijo Sofía, cogiendo un puñado de hojas de menta—. ¿Abogada?
—¿Qué me delató?
—La postura.
—La postura.
—Las gafas de sol caras.
Olivia bajó la vista hacia ellas.
—Son gafas de sol.
—Son gafas de sol caras.
Odiaba que Sofía tuviera razón.
—¿Qué más?
—Que has mirado el móvil seis veces desde que te sentaste.
Olivia miró el móvil de inmediato.
Y entonces se dio cuenta de lo que había hecho.
La sonrisa de Sofía se volvió insoportable.
—Siete.
—Eso no cuenta.
—Claro que cuenta.
Olivia puso los ojos en blanco.
El gesto solo pareció divertir más a Sofía.
Esta mujer se divertía demasiado a su costa.
Lo preocupante era que Olivia no estaba segura de que le molestara.
A su alrededor, el bar seguía llenándose mientras el sol se hundía en el océano.
Varias personas saludaron a Sofía por su nombre. Una pareja con toallas de playa se detuvo a charlar con ella. Un hombre mayor la saludó desde una mesa cercana.
Todos parecían conocerla.
O quizá todos simplemente querían conocerla.
Sofía tenía ese efecto.
Navegaba las conversaciones como otros navegan el agua: con naturalidad, sin esfuerzo.
Mientras tanto, Olivia solía tratar las conversaciones triviales como un deporte de competición, con sus reglas, sus objetivos y, a ser posible, una estrategia de salida clara.
—Me estás mirando.
Las palabras la devolvieron a la realidad al instante.
—No es verdad.
—Sí lo estabas.
—Estaba observando.
—Eso es lo que dice una abogada cuando la pillan mirando.
Olivia dio otro trago.
El cóctel era realmente excelente.
Irritantemente excelente.
—¿Cómo se llama esto, por cierto?
Sofía se apoyó en la barra.
—No tiene nombre.
—Debería tenerlo.
—¿Por qué?
—Porque si decido que quiero otro, me gustaría saber qué pedir.
Sofía se lo pensó.
Luego sonrió despacio.
—Buen argumento.
Algo en esa sonrisa hizo que Olivia se pusiera en guardia.
La experiencia le decía que esa mirada solía preceder problemas.
—¿Qué?
—¿Y si le pones tú el nombre?
—No creo que los cócteles funcionen así.
—¿Por qué no?
—Porque no sé nada de cócteles.
—Sabes si te gusta.
—Eso sí.
—Ahí lo tienes.
Olivia miró la copa. El líquido, de un dorado pálido, captó la última luz de la tarde, y los cubitos de hielo tintinearon suavemente cuando la inclinó.
—Vale.
Sofía esperó.
A la espera de una respuesta.
Olivia suspiró.
—La Abogada de Vacaciones.
Sofía se echó a reír.
—No.
—¿No?
—Ni de broma.
—Me dijiste que le pusiera nombre.
—No dije que tuviera que ser horrible.
Olivia se descubrió sonriendo otra vez.
Esto se estaba volviendo alarmantemente frecuente.
—¿Y tú cómo lo llamarías?
Sofía fingió pensárselo.
—La Controladora.
Olivia casi se atraganta con la bebida.
—No soy ninguna controladora.
—Claro.
—No lo soy.
—Vale.
El acuerdo era tan obviamente falso que, en cierto modo, empeoraba la acusación.
Olivia negó con la cabeza.
—Me conoces desde hace diez minutos.
—Doce.
—Doce minutos.
—¿Y?
—Y eso no es tiempo suficiente para diagnosticar mi personalidad.
—Lo es si eres buena.
Olivia se rio sin poder evitarlo.
Sofía parecía satisfecha.
Muy satisfecha.
Como si hacer reír a Olivia fuera todo un logro.
Quizá lo era.
No recordaba la última vez que se había reído tanto con una completa desconocida.
Ese pensamiento la pilló desprevenida.
Durante un instante, ya no estaba sentada en un bar de playa en México.
Estaba de vuelta en su apartamento tres meses atrás, escuchando a alguien explicarle que necesitaba algo diferente.
Algo más.
Algo distinto.
El recuerdo llegó con fuerza suficiente para doler.
Su sonrisa se desvaneció.
Solo un poco.
Pero Sofía lo notó.
Claro que sí.
Esa mujer parecía notarlo todo.
El tono burlón desapareció de su expresión.
—¿Qué ha pasado?
Olivia parpadeó.
—¿Qué?
—Acabas de irte a otro lugar.
La pregunta fue suave.
Nada intrusiva.
Y precisamente por eso era más difícil esquivarla.
Olivia bajó la mirada hacia su copa.
—Es largo de contar.
Sofía asintió.
—Esas suelen ser las interesantes.
Durante un momento, ninguna habló.
El océano rompía contra la orilla más allá de la terraza. La música llegaba flotando desde algún lugar a sus espaldas, y el atardecer lo teñía todo de dorado y naranja.
Precioso.
Ridículamente precioso.
Exactamente el tipo de tarde que la gente imaginaba al reservar vacaciones.
Finalmente, Olivia exhaló.
—Mi novia rompió conmigo.
Las palabras resultaban extrañamente más fáciles de pronunciar aquí.
A miles de kilómetros de casa.
A miles de kilómetros de todos los que ya lo sabían.
Sofía no respondió de inmediato.
Y Olivia se lo agradeció.
La gente siempre respondía.
Ofrecían consejos.
Compasión.
Preguntas.
Sofía simplemente esperó.
—Cuatro años —añadió Olivia.
Sofía hizo una mueca.
—Sí.
—Sí.
La camarera asintió lentamente.
—Eso es duro.
Era la respuesta más simple que nadie le había dado.
Y, sin embargo, la mejor.
Olivia miró hacia el océano.
—Dijo que queríamos cosas diferentes.
—Un clásico.
—¿Ya la habías oído?
—Creo que es obligatorio por ley en las rupturas.
Eso le arrancó una carcajada.
Sofía sonrió.
—Ahí está.
Olivia la miró.
—¿El qué?
—La sonrisa.
Algo se asentó inesperadamente en su pecho.
Nada dramático.
Nada que fuera a cambiarle la vida.
Solo una pequeña calidez que ya de por sí resultaba bastante peligrosa.
Porque de pronto se dio cuenta de algo.
En algún momento de la última hora, había dejado de pensar en Boston, en el trabajo y en aquella conversación de la ruptura que llevaba meses repitiendo en su cabeza.
En su lugar, había pasado la mayor parte del tiempo hablando con una camarera a la que había conocido hacía menos de sesenta minutos.
Una camarera que en ese momento la observaba con una expresión demasiado atenta.
Sofía miró el reloj que colgaba detrás de la barra.
Luego volvió a mirar a Olivia.
—Bueno.
Olivia arqueó una ceja.
—¿Bueno?
—¿Vas a volver mañana?
La pregunta llegó con tanta naturalidad que tardó un segundo en procesarla.
Y otro más en responder.
Porque la verdad era vergonzosamente obvia.
Ya sabía la respuesta.
El problema era que Sofía probablemente también.