Capítulo 32
Pat durmió unas pocas horas y luego se levantó para consultar su teléfono. Seguía sin haber nada sobre el niño.
Mierda.
Habló con Thorn, que estaba en casa recuperándose de una conmoción cerebral leve.
—Lo siento mucho, jefe —dijo ella, con la voz tensa por la frustración—. Me pillaron desprevenida. Pensé que ya estábamos a salvo.
—Lo recuperaremos —dijo él con semblante sombrío. Quizá, si lo repetía las suficientes veces, acabaría siendo verdad—. Descansa. Necesito que vuelvas en cuanto estés lista.
—Recibido —dijo ella, y colgó.
Pat suspiró y miró hacia el sofá. Jasmine estaba acurrucada de lado, con su cabello rubio desparramado sobre el cojín. Al dormir, parecía en paz; algo que no había estado desde que empezó esta pesadilla.
La dejó descansando y caminó descalzo hasta los vestuarios comunes.
Los había hecho instalar poco después de mudarse al edificio, dadas las horas intempestivas que solían trabajar.
Una ducha de agua abrasadora le ayudó a aliviar la tensión de los músculos.
El aroma de Jasmine aún permanecía en su piel, una mezcla de calidez y desenfreno, y se obligó a sí mismo a quitárselo de encima frotando con fuerza.
La noche anterior había sido una locura.
Sin preámbulos, sin vacilaciones, solo una necesidad pura, hecha de dientes, uñas y calor.
Había reconocido esa mirada en los ojos de ella.
La misma que había visto en su propio reflejo después de que una misión saliera mal, después de demasiada sangre y demasiados fantasmas.
En aquel entonces, él lo había enterrado en alcohol y aventuras de una noche.
Ella lo había enterrado en él.
Y, maldita sea, no se arrepentía.
Cogió una camisa limpia de su taquilla y se la puso; después se subió los mismos vaqueros que llevaba antes. Tenía la cuchilla de afeitar en casa, por lo que no había forma de domar esa barba de varios días que ya empezaba a ser más que una sombra de madrugada.
Tras pasarse una toalla por el pelo, Pat entró sigilosamente en su oficina, cogió su portátil y se dirigió a la zona de trabajo de planta abierta. En ese momento, había un montón de escritorios libres.
La oficial de comunicaciones del turno de noche levantó la vista de su pantalla.
—Todavía nada sobre el chico.
Pat apretó la mandíbula.
—¿Y sobre Al-Jabiri?
—Inquieto toda la noche. Dando vueltas como un loco. En un momento dado encendió la tele, pero luego se quedó ahí sentado, mirando a la pared.
¿Otro ataque de pánico, tal vez?
Solo que esta vez no estaba Jasmine para calmarlo.
Pat sonrió con sorna. Se lo tenía merecido, el muy bastardo.
Habló con el equipo de vigilancia que vigilaba a Gemini.
Al parecer, los hermanos Waheed se habían quedado despiertos hasta tarde jugando al Call of Duty, según el operativo de campo apostado frente a su casa.
Ni siquiera se habían molestado en bajar las persianas, una señal de que querían que los agentes que los vigilaban supieran que estaban en casa.
—Son malísimos jugando —añadió el agente con una mueca.
Pat soltó una carcajada.
—Era de esperar.
Mientras el sol anaranjado asomaba con pereza tras los cristales tintados, Pat repasó los planes antiterroristas para el ataque al estadio, contactó con Garretson y Mercer, y volvió a hablar con Ed Hollis, quien, a pesar de haber trabajado toda la noche, no tenía ninguna pista sobre los secuestradores.
Poco antes de las siete, mientras la oficina empezaba a cobrar vida, Jasmine salió de su despacho. Estaba vestida, aunque tenía el pelo revuelto, los botones mal abrochados y una ligera mancha de rímel bajo los ojos.
—Hola —dijo ella, acercándose a donde él estaba sentado en uno de los puestos de trabajo.
—Hola, he pensado que era mejor dejarte dormir.
Ella sacudió la cabeza.
—Me he despertado y durante un momento he creído que todo era una pesadilla terrible, pero luego me he dado cuenta de que no.
Él alargó la mano y le apretó la de ella.
—Lo siento. Sigue sin haber noticias.
Ella asintió con cansancio.
—Creo que me gustaría volver a tu casa, Patrick. ¿Crees que alguien podría llevarme?
Él frunció el ceño. Ayer se había empeñado tanto en quedarse.
—¿Estás bien?
—Sí, es solo que me encantaría ducharme y asearme un poco. Además, aquí solo estorbo. No he servido de ayuda para averiguar quién era esa mujer.
—Aún tienes que revisar algunas fotos policiales —le recordó él, sintiendo de pronto que no quería perderla de vista. Por supuesto, podía asignar a alguien para que la custodiara, pero no era lo mismo que saber que estaba a salvo, con él.
—Me pasaré más tarde —dijo ella con una débil sonrisa—. Lo prometo.
Quizá fuera lo mejor. Iba a ser un día estresante en cualquier caso, y probablemente ella estaría mejor fuera de allí. —Si Al-Jabiri se pone en contacto contigo, avisa al agente que te acompañe. Estamos en comunicación constante.
—Por supuesto.
Él asintió, sintiendo una extraña sensación de inquietud, como si estuviera haciendo algo incorrecto al dejarla marchar. Quizá solo fuera su paranoia. Llevaba unos días muy largos y sin apenas dormir.
—Haré que alguien te lleve a casa —dijo él secamente.
—Solo voy a despedirme de Anna. Veo que acaba de llegar.
—¿Lista? —preguntó él poco después.
Jasmine asintió levemente.
—Sí.
La acompañó al aparcamiento subterráneo junto con uno de sus mejores agentes encubiertos, que acababa de regresar de Colombia. —Ghost cuidará bien de ti —dijo, dándole una palmada en el hombro al joven—. Ya ha sido informado de la situación, así que sabrá qué hacer si tienes noticias de Al-Jabiri.
—¿Ghost? —preguntó ella, mirando al último recluta.
—Puede llamarme Dom si lo prefiere, señora.
—Ghost está bien.
Había tantas cosas que él quería decirle, pero no podía. No con Ghost allí esperando con la puerta del coche abierta. El teléfono de Pat vibró y él le dedicó una sonrisa forzada.
—Tengo que irme. Cuídate, te llamaré luego.
No volvería a casa hasta que esto terminara, ambos lo sabían.
Ella parecía extrañamente serena, y él esperó que no se hubiera rendido. —Lo recuperaremos —dijo una vez más.
Todo lo que obtuvo fue un leve asentimiento.
—Adiós, Patrick.
Y la puerta se cerró.
Cuando Pat regresó a la oficina, sentía una pesadez en el pecho. Ni siquiera iba a contemplar la posibilidad de que no encontraran a Ryan. Todavía no. Aún quedaba tiempo.
El mensaje del teléfono era del oficial táctico jefe del CTD, el coronel Brett Farrow, que quería que Pat le llamara para discutir el procedimiento operativo conjunto en el estadio. Anna le saludó con la mano, pero él pasó de largo señalando su teléfono.
Ella asintió y volvió a centrarse en su ordenador.
Pat convocó una sesión informativa en la sala de juntas, y todos los que no estaban de servicio en vigilancia estaban presentes, a excepción de Anna, que estaba movilizando a todos los operativos disponibles para la operación dirigida de mañana.
—El CTD tendrá a veinte agentes infiltrados entre la multitud —explicó Pat, clavando la mirada en ellos—. Todos agentes encubiertos experimentados. No sabréis que están ahí a menos que identifiquen una amenaza. Si lo hacen, la neutralizarán o pedirán refuerzos.
—¿Qué hay de la Fuerza de Tarea Conjunta contra el Terrorismo de Garretson? —preguntó Blade, refiriéndose al comandante que había llegado con el secretario de Seguridad Nacional.
—Estarán posicionados en puntos críticos de control —confirmó Pat—. Cuatro equipos cubriendo cada entrada. Irán totalmente equipados: Kevlar, visores nocturnos, carabinas con silenciador, armas cortas. Si un terrorista hace un movimiento, tienen autorización para disparar a matar.
—¿Y la seguridad del estadio? —preguntó Viper.
Había llegado anoche en avión, agotado pero tan agudo como siempre.
Aparte de un rasguño en carne viva en el cuello —un souvenir de su última misión en Centroamérica—, estaba listo para la acción.
Pat le había ofrecido el día libre, pero él se había negado.
—Me necesita, jefe.
No había discutido.
—Ya han sido informados —les dijo—. Cada entrada tendrá detectores de metales, registro de bolsos y cacheos completos. Habrá agentes hombres y mujeres de servicio.
—¿Qué pasa con los puntos de acceso alternativos? —preguntó Viper—. Ni de coña esos tipos van a entrar por la puerta principal con un artefacto explosivo. Buscarán otra forma.
Pat asintió con gravedad.
—De acuerdo. Siempre hay puntos ciegos: túneles de mantenimiento, muelles de carga, tramos del perímetro sin asegurar. Cubriremos cada punto débil. Se está llamando a cada operativo disponible mientras hablamos. Cualquiera que intente colarse será abatido.
—Entendido —dijo Viper.
—¿Retiramos a Phoenix y Cole de la vigilancia? —preguntó Blade, refiriéndose al equipo que monitorizaba a Falcon, su primo, y a los jugadores de videojuegos, Gemini.
—Sí —confirmó Pat—. El servicio antiterrorista se encarga. Intentarán atrapar a los hermanos Waheed antes incluso de que se acerquen al estadio. Al-Jabiri y Riad son objetivos prioritarios. Si se mueven, los pillamos.
La sala se quedó en silencio un instante. El plan era todo lo sólido que podían hacerlo, pero Pat sabía mejor que nadie que ninguna operación es perfecta. Debían estar preparados para cualquier cosa.
De vuelta a la tranquilidad de su despacho, Pat dejó que su mente regresara a Jasmine. Había estado tan ocupado que no había tenido ocasión de hablar con ella como le había prometido.
Cogió su teléfono, buscó su nombre en la agenda y llamó. El teléfono saltó directamente al buzón de voz. Eso era extraño. Ella debería tenerlo encendido por si Al-Jabiri llamaba con exigencias de rescate.
Quizá se había quedado sin batería. Preocupado, llamó a Ghost, quien, como era de esperar, respondió al primer tono. —Soy Pat —dijo sin preámbulos—. ¿Está Jasmine contigo?
—Está durmiendo, jefe —respondió—. Dijo que necesitaba echarse una siesta.
Comprensible.
—Su teléfono desvía las llamadas al buzón de voz.
—¿Ah, sí? Dijo que iba a tenerlo a su lado por si llamaba Falcon.
—Sí, eso pensaba yo. Ve a ver cómo está, ¿quieres? —Un mal presentimiento le roía las entrañas—. No cuelgues.
—Recibido.
Oyó los pasos pesados de Ghost subiendo las escaleras, y después unos golpes en la puerta.
—¿Jasmine? —llamó el agente.
Sin respuesta.
Oyó a Ghost llamar de nuevo. —Disculpe, señora. ¿Me permite entrar?
La puerta chirrió al abrirse y entonces—
—¡Joder! Se ha ido.
Pat se levantó de un salto de su silla. —¿Qué?
—Se ha marchado, jefe. Aquí no hay nadie.