Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1)
© inepub.com
Domingo, 28 de octubre de 2012. 1929 h
Me levanto y observo la cama sin atreverme a respirar por miedo a los sonidos que amenazan con escapar de mi garganta.
«No voy a llorar».
«No voy a llorar».
Me arrodillo despacio y acaricio las estrellas amarillas que parecen salpicar el edredón azul oscuro, con la vista fija en ellas hasta que empiezan a desdibujarse por culpa de las lágrimas.
Cierro los ojos con fuerza y hundo la cara en la cama mientras me aferro al edredón.
Me tiemblan los hombros cuando pierdo la partida ante los sollozos que trataba de contener.
Se abren camino con furia y yo los sigo.
Me levanto y grito mientras arranco el nórdico y lo hago volar hasta la otra punta de la habitación.
Con los puños apretados, miro a mi alrededor en busca de cualquier cosa que pueda lanzar.
Cojo los almohadones y se los tiro a la chica que se refleja en el espejo, esa a la que ya no reconozco.
Ella me devuelve la mirada sin dejar de sollozar de manera patética.
La debilidad que demuestra al llorar me enfurece.
Echamos a correr la una hacia la otra hasta que alcanzamos el espejo a la vez y lo hacemos añicos con los puños.
La observo mientras cae rota en un millón de pedacitos relucientes y va a parar a la moqueta.
Agarro la cómoda por los bordes y la empujo de lado mientras suelto otro grito de los que llevaba demasiado tiempo reprimiendo.
Cuando el mueble queda tumbado en el suelo, arranco los cajones y lanzo su contenido tan lejos como puedo.
Doy vueltas, arrojo y pateo todo lo que se cruza en mi camino.
Me dirijo a la ventana y tiro de las finas cortinas de color azul hasta que la barra se quiebra y la tela cae a mi alrededor.
Luego me acerco a las cajas que hay apiladas en el rincón y, sin molestarme en mirar qué hay dentro, agarro la que está en lo alto del montón y la lanzo contra la pared con toda la fuerza que me permite mi metro sesenta de estatura.
—¡Te odio! —exclamo—. ¡Te odio, te odio, te odio!
Sigo arrojando todo lo que encuentro hacia cualquier cosa que se me ponga por delante. Cada vez que abro la boca para gritar, noto la sal de las lágrimas que me caen por las mejillas.
Holder me sorprende por detrás y me inmoviliza con un abrazo implacable. No paro de gritar y revolverme hasta que dejo de ser consciente de lo que hago y me limito a reaccionar por instinto.
—Para —me dice al oído en tono calmado sin ninguna intención de soltarme.
Finjo no haberlo oído o, al menos, que no me importa, y sigo resistiéndome, aunque lo único que consigo es que apriete más.
—¡No me toques! —me desgañito mientras le araño los brazos, pero él no se inmuta.
«No me toques. Por favor, por favor, por favor».
Cuando la vocecita empieza a retumbar en mi mente, me asalta una debilidad tan absoluta que me deja colgando entre sus brazos como un monigote. A medida que el llanto gana fuerza, yo la pierdo y me consumo hasta que no soy más que una vasija que recoge las lágrimas que no cesan de brotar.
Soy débil, estoy permitiendo que gane.
Holder me suelta, me apoya las manos en los hombros y me da la vuelta para mirarme a la cara, pero yo no puedo devolverle la mirada.
Incapaz de enfrentarme a él, me dejo caer sobre su pecho, exhausta y derrotada.
Me aferro a su camiseta y sigo llorando con la mejilla apoyada sobre su corazón.
Él me sujeta con delicadeza por la nuca para hablarme al oído.
—Sky, tienes que salir de aquí. —Su tono es calmado, impasible—. Ahora mismo.