Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 15. Mansión #3
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15. Mansión #3

—Somos hechiceros, Pranish —dijo mi madre.

Mi padre asintió.

—Los hechiceros sabemos cuidarnos solos. No necesitamos líneas wey ni palabras de conjuro rimbombantes para protegernos de un académico engreído que cree que le hemos hecho una injusticia.

Retrocedí un paso involuntariamente. Atónito.

—¡¿Cómo podéis no daros cuenta de lo que está pasando?! —solté, notando que mis emociones empezaban a dominarme.

—Cálmate, Pranish —dijo mi padre.

Cálmate . Odiaba aquello. Que intentara controlarme. Que intentara sofocar mis emociones. Que intentara destruir quién era yo.

—¡¿De verdad no entendéis de qué es capaz la magia de magos?

! —señalé en la dirección aproximada de la montaña y grité con tanta fuerza que mi voz resonó por toda la mansión—.

¡La magia de magos sumió al Titán en el sueño!

La magia de magos protege nuestra maldita frontera del Imperio.

La magia de magos impide que las tormentas y los terremotos se traguen esta ciudad.

La magia de magos mantiene a raya a los monstruos.

¡Construyó vuestra empresa! No los hechiceros.

No una jodida chispa mezquina. ¡Los magos!

Con intelecto y mezquinas palabras de conjuro.

¿Creéis que podéis luchar contra Drez Condor?

¡Convertirá toda esta mansión en papilla!

Jadeé, intentando recuperar el aliento después de mi estallido. Mis padres parecían imperturbables. No los había convencido ni un ápice.

Apreté los puños. Quería gritar. Otra vez. Soltar tacos. Maldecir. Pero no serviría de nada. Nunca escucharían. Nunca lo hacían.

—Vete. No vuelvas. Nuestra seguridad no es asunto tuyo —dijo mi padre, y se volvió de nuevo hacia el ordenador.

Me di la vuelta y pasé junto a mi madre a grandes zancadas. No necesitaba que me guiara. ¡Sabía salir solo! Aquella también había sido mi casa.

Había sido una estupidez ir allí. Debería haber dejado las cosas como estaban. Haber dejado que Drez Condor hiciera lo que quisiera.

Arjun estaba en el vestíbulo, apoyado contra la pared con los brazos cruzados. Me detuve.

La última vez que había visto a mi hermano, me había congelado los pies contra el suelo. ¡A su propio hermano! Me había congelado contra el suelo para que ni siquiera pudiera intentar salvarle la vida a Colin.

Me había impedido salvarle la vida a mi mejor amigo.

No pude evitar una oleada de miedo e ira. Pero ¿por qué? ¡Me había enfrentado a monstruos mucho más aterradores que él! No era nada para mí.

Me armé de valor y pasé junto a él a grandes zancadas. Se volvió hacia mí con una leve sonrisa burlona.

—¿Sigues haciendo trucos de salón baratos, hermanito? Tengo una fiesta de cumpleaños infantil que podrías amenizar, si quieres.

Era un comentario muy infantil. Un comentario diminuto y estúpido. Sin embargo, rompió algo dentro de mí. Quizá fuera la gota que colmó el vaso. O quizá quisiera hacerle daño.

Me volví hacia él y lo miré a los ojos.

—Cuando desperté después de que me congelaras en aquella fiesta, pensé que los vampiros te habían matado. ¿Y sabes qué sentí?

Arjun no respondió.

—Alegría —dije, y me marché sin más.

Prácticamente corrí hasta el coche. Por miedo a las represalias o, sencillamente, porque quería salir de aquel lugar espantoso.

El coche se me caló las dos primeras veces, pero por fin conseguí ponerlo en marcha y bajé por la colina.

Todd se despidió con la mano. No estaba de humor para devolverle el gesto.

Un coche tocó el claxon justo cuando evité por poco chocar con él. Respondí aporreando el mío. Golpeé con la frente la parte superior del volante y grité.

No estaba en condiciones de conducir.

Con los últimos vestigios de cordura que me quedaban, me desvié hacia el arcén y aparqué junto a la repugnante fachada de hormigón de mis padres. Los fynbos y los árboles muertos apenas ocultaban sus cimientos.

No debería haber ido. Ya no eran mi familia. No deberían importarme.

Pero me importaban. Y eso hacía que todo lo que decían doliera mucho más.

Lloré, con las lágrimas cayéndome sobre el regazo mientras me aferraba al volante y apoyaba la frente en él. Sollocé, primero en voz baja y después a gritos.

¿Qué habría hecho Trudie de haber estado allí? ¿Consolarme? ¿O matar a mis padres?

No sabía qué habría deseado más.

Yo estaba muerto para ellos. Bien podían estar muertos para mí.

¡No los necesitaba! Tenía una familia. Trudie y sus padres. Kat, cuando por fin regresara. Tenía una familia.

Pero no la de verdad…

Alcé la vista y contemplé cómo el sol poniente pintaba de un espléndido naranja el muro exterior de hormigón de la casa de la familia Ahuja.

Por mucho que odiara aquel lugar, las puestas de sol eran preciosas…

Algo centelleó.

¿Lágrimas en los ojos?

No…

Me froté los ojos y miré fijamente el muro vertical de la Mansión Ahuja. Justo detrás de un arbusto reseco. Un símbolo que centelleaba en la luz menguante.

Un símbolo que reconocí.

Una protección de observación. No miraba hacia el océano ni hacia la calle. Sino hacia dentro. Vigilaba a mi familia. Mi hogar.

Drez Condor…