Hombre de montaña herido (Serie Senderos de la Cumbre de la Seducción) 6. AXEL
86%

6. AXEL

Joder, joder, joder.

Tardé un segundo en darme cuenta de quién estaba en esa camioneta. No es que lo conociera personalmente. No llevaba aquí el tiempo suficiente como para conocer a todos los leñadores del pueblo. Pero lo había visto en el lodge y sabía de él.

Se llamaba Chaz y trabajaba en una de las otras cuadrillas de leñadores del pueblo. Rondaba los cuarenta, así que formaba parte del grupo de veteranos que se habían mudado aquí hacía un tiempo, cuando el pueblo todavía estaba en sus primeras fases de crecimiento.

La puerta del copiloto se abrió y respiré aliviado. No estaba solo. Una mujer salió y se dirigió al frente de la camioneta, donde se encontró con Chaz.

—Iré a buscar nuestra ropa —dijo Daisy.

Sin esperar mi respuesta, se bajó de encima de mí y oí sus pasos alejándose en la oscuridad. Eso me dejó solo aquí afuera, completamente desnudo.

Agarré la ropa interior a toda prisa y me la puse. Me la había quitado allí mismo justo antes de arrodillarme entre sus piernas. Al menos estaba lo suficientemente cerca como para alcanzarla.

Pero tampoco podía ir al aparcamiento y ponerme a hablar con ellos en ropa interior. Chaz y yo puede que no nos conociéramos personalmente, pero era un compañero leñador. En un pueblo pequeño, la gente habla.

Bah, ¿a quién quería engañar? Me felicitarían por haber ligado en el estanque. No era por mí por quien me preocupaba. Quería proteger a mi chica, así de simple.

—Iré a hablar con ellos —le dije a Daisy cuando regresó, tendiéndome los vaqueros y la camiseta.

Mis zapatos y calcetines andaban por ahí en algún sitio, pero iría descalzo hasta encontrarlos. Me puse los vaqueros a duras penas, luchando por pasarlos sobre las piernas aún mojadas, y eché a andar mientras me ponía la camiseta.

La pareja no miraba hacia aquí. Estaban el uno frente al otro, hablando de algo. Ella señaló la camioneta y volvió a subirse, mientras el tipo echaba a andar hacia mí.

—Lo siento, tío —dijo en voz alta cuando estuvimos lo bastante cerca para hablar—. No me di cuenta de que estabas ahí hasta que salimos del coche. Soy Chaz. No creo que nos conozcamos.

Todavía llevaba los vaqueros desabrochados, pero se mantenían firmes en su sitio mientras caminaba, y la camiseta por fuera lo tapaba todo. Era un poco raro tenderle la mano para saludarlo cuando técnicamente no estaba del todo vestido.

—Axel —dije—. Sí, soy bastante nuevo en el pueblo.

Se rio y retrocedió un paso, cruzándose de brazos.

—Mi mujer y yo hemos conseguido unas horas a solas, así que supongo que hemos tenido la misma idea que vosotros dos. Tengo que reconocer que me estás trayendo recuerdos.

Fruncí el ceño y miré por encima del hombro para comprobar cómo estaba Daisy.

No la vi, lo que significaba que probablemente se había escondido detrás de uno de los árboles para tener intimidad mientras se vestía.

Supuse que no saldría hasta que el camino estuviera libre, lo que me daba un buen motivo para quitarme al tipo de encima.

—¿Cómo es eso? —pregunté cuando por fin me volví hacia él.

—Conocí a mi mujer en este pueblo —dijo—. Yo trabajaba en la cuadrilla de leñadores y ella participaba en un concurso de repostería. Ahora tenemos una hija y una cabaña no muy lejos de aquí. ¿Supongo que vosotros dos acabáis de empezar a salir?

—Acabamos de conocernos —dije.

Se rio de eso, sacudiendo la cabeza.

—Sí, debe de ser algo que hay en el agua de aquí. La gente se conoce, se enamora y se casa en cuestión de semanas.

Abrí la boca para protestar. No íbamos a casarnos en cuestión de semanas. Pero la idea no me sonaba mal. De hecho, si había algo en el agua, estaba totalmente dispuesto a darme otro chapuzón.

—Os dejaremos solos a vosotros dos, tortolitos —dijo Chaz—. Hay muchos otros sitios para tener un rato de intimidad, si sabes a qué me refiero.

Sabía a qué se refería.

Me pregunté si, dentro de cinco años, Daisy y yo andaríamos buscando rincones privados por este pueblo. Eso esperaba. De hecho, pensaba mantener viva la chispa con más noches como esta, alternándolas con hacer el amor en nuestra propia cama, por supuesto.

—Un placer conocerte —dije—. Seguro que nos vemos por ahí.

Asintió.

—Seguro que sí. Que os divirtáis, vosotros dos.

Iba sonriendo mientras volvía con Daisy. Ese intercambio tampoco era propio de mí. No es que me molestara conocer gente nueva, pero normalmente era mucho más reservado. Quizá enamorarme de Daisy me estaba cambiando para mejor.

Sí, así era. Sin duda.

—Ya no hay moros en la costa —grité mientras me acercaba a la orilla.

Vi mis zapatos y calcetines cerca del agua. Los agarré y ya me los estaba poniendo cuando caí en que ella no había respondido.

Frunciendo el ceño, miré alrededor. Joder. ¿Le habría pasado algo?

—¿Daisy? —grité.

Ya me había puesto los dos calcetines, pero no me detuve a ponerme los zapatos. Estaba listo para salir corriendo entre los árboles a buscarla, aunque fuera en calcetines. Cada segundo podía marcar la diferencia.

Apareció justo antes de que el pánico me desbordara, saliendo de detrás de un grupo de árboles.

—¿Sabían lo que estábamos haciendo?

Estaba completamente vestida. El pelo, todavía mojado, le caía en ondas alrededor de la cara y se le pegaba a la piel. Estaba preciosa, más guapa que cuando llevaba la cara llena de maquillaje y el pelo cuidadosamente peinado.

—Qué va —dije—. Están buscando su propio sitio para tener un rato de intimidad.

Quizá no debería haber mencionado eso. ¿Estaba rompiendo el código entre tíos?

Pero daba igual. No le guardaría secretos a Daisy. Nuestra relación se basaría en la honestidad y la confianza. Y en que yo por fin me abriera con alguien por primera vez desde que volví de la misión.

Ella dio un par de pasos más hacia mí, mirando a la derecha para comprobar que el aparcamiento volvía a estar vacío, salvo por mi camioneta. Ni siquiera tuve que comprobarlo. Sabía que Chaz me echaría un cable y nos dejaría tranquilos.

Pensé en decirle que nos íbamos y cederle el lugar. Pero quería sacar a Daisy de allí sin que la vieran, ya que parecía bastante cohibida por haber sido descubierta.

—¿Están saliendo o están casados? —preguntó, volviéndose hacia mí.

—Casados —dije—. Dice que hay algo en el agua de aquí que hace que la gente se conozca, se enamore y se case en cuestión de semanas.

Esperé sin hablar, dejando que el silencio se extendiera entre nosotros mientras ella me miraba fijamente. Parecía estudiar mi rostro, pero no logré descifrar nada en su expresión. ¿Le había molestado que hablara así? Quizá no tenía intención de que esto continuara después de esta noche.

Pero no. Ella también tenía que sentir esto. Era imposible que fuera algo unilateral, no con una atracción tan poderosa como la que había entre nosotros.

—Creo que tienen razón —dijo Daisy al fin—. Me veo casándome contigo en unas semanas.

—¿Unas semanas? Más bien un par.

Le sonreí, y su sonrisa se ensanchó aún más. Entonces le tomé ambas manos y la atraje hacia mí.

—Esto es lo más increíble que me ha pasado en la vida —dije—. Y he vivido muchas vidas en mis treinta y cinco años.

Asintió.

—No he visto ni la mitad de las cosas que tú, pero sí, esta es la mayor aventura de mi vida. Aunque no tengo miedo.

—Porque sabes que cuidaré de ti, pase lo que pase. Te cubro las espaldas.

—Y yo las tuyas.

Entonces se acurrucó aún más contra mí, poniéndose de puntillas y rodeándome los hombros con los brazos. Posé las manos en la parte baja de su espalda.

—Para que conste, no estaba mirando a los niños esta mañana. Aunque sí estaba siendo un poco mirón. Te estaba mirando embobado. Admirando tu trasero. ¿Eso está mal?

Abrió mucho los ojos.

—¿Por qué iba a estar mal?

—Porque fue algo un poco pervertido.

—Puedes ser todo lo pervertido que quieras conmigo —dijo—. Pero si hubieras estado cortando leña sin camisa, yo habría hecho lo mismo.

—Ah, ¿así que tengo que quitarme la camisa para impresionarte?

—No viene mal.

Ladeó la cabeza y su expresión se suavizó.

—Nunca imaginé que conocería a alguien como tú cuando vine aquí. Jamás habría pensado que me enamoraría de un hombre de montaña.

—Ah, ¿así que te estás enamorando de mí, eh?

Mi pregunta hizo que pareciera horrorizada por un segundo. Tuve que apresurarme a tranquilizarla.

—Yo también me estoy enamorando de ti —dije—. Sé que ni siquiera hace veinticuatro horas que nos conocemos. Pero sé hacia dónde va esto, y estoy listo si tú lo estás.

Asintió con firmeza antes de bajar la mirada hacia mi boca.

—Nunca he estado más lista. Ahora bésame de verdad.

—Será un placer.

Posé mis labios sobre los suyos y el beso se profundizó. Me alegré de haber espantado a Chaz y a su esposa. Quizá quisiera volver a desnudar a esta mujer. Tal vez nos meteríamos en el agua y sellaríamos nuestro futuro juntos.