Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) La huella en el agua
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La huella en el agua

De todo lo que fueron los hijos del Guadalquivir, lo que más duró no fue el anillo bajo el olivo, ni la piedra que pasaba de mano en mano, ni siquiera la historia contada junto al fuego.

Esas cosas, tarde o temprano, se pierden.

Lo que más duró fue lo más humilde: el queso, y el ganado, y la manera de vivir en las marismas.

Se transmitió de padres a hijos durante tantas generaciones que llegó a parecer que siempre había estado allí, sin principio, como el río mismo.

Porque los pueblos olvidan los nombres pero conservan los oficios.

Olvidan a sus fundadores pero repiten sus gestos.

La gente de las islas del Guadalquivir, siglos después de que el último de los lobos descansara bajo el olivo, seguía haciendo el queso como lo habían hecho ellos, con la leche de las vacas que pastaban en los prados salados de la marisma.

Lo curaban de aquella manera que cruzaba las dos tradiciones, la del norte y la del sur, sin que ya nadie supiera que era un cruce.

Seguía criando el ganado en aquellos esteros que solo ellos sabían aprovechar.

Seguía viviendo en aquella tierra de fango que nadie más quería, y que ellos, los descendientes de los que aprendieron a pedirle en vez de arrancarle, hacían dar lo que daba.

El oficio había sobrevivido a los nombres.

La manera de vivir había sobrevivido a la memoria de quién la había traído.

Y esa era, comprendería cualquiera que mirara hondo, la huella más verdadera de los lobos que se quedaron: no un monumento, no una crónica, sino una forma de ganarse la vida junto a un río, transmitida tan fielmente y durante tanto tiempo que se había vuelto, simplemente, lo que aquella gente era.

Hubo quien, mucho después, recordó vagamente el origen.

Quedó, en las tradiciones de las marismas, en los dichos de los viejos, en alguna copla, el rumor de que los ganaderos de aquellas islas descendían de unos extranjeros venidos del mar en tiempos remotos.

Gente del norte, paganos que se convirtieron y se quedaron a hacer queso.

Unos lo creían; otros se reían. Pero el rumor persistía, terco, como persisten las verdades enterradas.

Asomaba de cuando en cuando a la superficie de la memoria colectiva, igual que el anillo de Bjorn asomaba, cada pocas generaciones, al filo del azadón de algún muchacho cavando bajo el olivo.

La huella no se borraba del todo. El agua del río se la llevaba, año tras año, siglo tras siglo, pero algo quedaba siempre en la orilla: un sedimento, un poso, la forma de un oficio, el eco de una historia, un pelo claro inesperado en un niño moreno, el rumor de unos barcos de dragón.

El río lo sabía. El Guadalquivir, el wadi al-kabir, el río grande, que había visto pasar tantas cosas en sus orillas, lo sabía como solo lo saben los ríos, que es no sabiéndolo, corriendo sin más, indiferente y enorme.

Había sido camino de los romanos y de los fenicios antes que de los lobos.

Había llevado el comercio y la guerra, los barcos de dragón y los barcos de guerra del emir, las flotas que subían a quemar y las que bajaban a comerciar.

Había visto fundarse ciudades en sus orillas y caer otras.

Y a todas las había sobrevivido, corriendo igual, llevándose los siglos al mar como se llevaba el limo y las hojas.

Dejaba en las orillas a los que se atrevían a quedarse y a plantar y a hacer de un sitio de paso un sitio de raíz.

El río no recordaba a Hrafn, ni a Bjorn, ni a Leifa, ni a ninguno de ellos.

Pero los había guardado, a su manera, en la gente que dejó en sus orillas, en el queso que aquella gente hacía, en los olivos que plantaron, en la sangre que mezclaron.

La huella de los lobos no estaba escrita en el agua, que no guarda huellas.

Estaba en la orilla. El agua se lo había llevado todo: los barcos, el oro, los nombres, hasta la memoria de los nombres.

Y sin embargo allí seguían las vacas en los prados salados, y el olivo grande del altozano, y la forma exacta de cuajar la leche, pasada de mano en mano hasta que dejó de tener dueño.

Eso no se lo llevó la corriente. Eso había echado raíz, y lo que echa raíz no se va con el río.

Y así, generación tras generación, la huella de los hijos del Guadalquivir siguió en la orilla.

Cada vez más tenue, cada vez más mezclada con todo lo demás que aquella tierra antigua había recibido y digerido, pero nunca del todo borrada.

Porque las cosas que se plantan no se borran, solo se vuelven parte del paisaje, hasta que un día parece que siempre estuvieron allí.

Como los olivos que alguien plantó sabiendo que no vería su sombra.

Como el queso que se hace porque siempre se ha hecho.

Como la gente de una tierra que es de esa tierra desde tan atrás que ya nadie pregunta de dónde vino, porque ha dejado de venir de ninguna parte para ser, simplemente, de allí.

De allí. Del río. Hijos del Guadalquivir.