Chapter 19 #4
—Sí existía —interrumpió Claudia—, pero en ellos. En su miedo, en su avaricia, en su necesidad de controlar a todos. El dios era solo el reflejo de sus deseos. Marcus sonrió. —Quizá tengas razón. El dios del vino era su excusa para beber de la vida de los demás. Marcellus lo sabía.
Tiberius apoyó el cálamo. —Entonces, ¿Marcellus no era un fanático?
—Era un hombre cansado que quiso ponerle lógica a un rito irracional.
Pero en su intento de mantener el orden, se volvió esclavo del mismo fuego que intentó apagar sacrificando inocentes.
Lucanus, en cambio, era el fanático: creía en la pureza del sacrificio, en la sangre como lenguaje.
Marcellus creía en la política, en la estructura.
Ambos servían al mismo mito, pero desde extremos distintos.El resultado fue el mismo: destrucción.
—Y los sacrificios… ¿qué significaban realmente?
Marcus habló despacio, como si aún pensara en voz alta.
—El del magistrado Valerius, representaba el poder político, debían purificarlo.El segundo, el aprendiz Paulus, el nuevo maestro por venir, era la razón libre, la que amenaza los dogmas.
El tercero, el inocente, era el alma pura, la semilla del futuro.
Eran las tres columnas del orden antiguo.
Y con ellos querían sellar su poder eterno.
—¿Y si un día vuelven a inventarse otro dios? —preguntó Claudia. —Tiberius respondió: —Entonces alguien tendrá que recordarle que ya hubo uno, y ardió. Ella sonrió. —Tú serás ese alguien. —No —dijo Marcus—. Vosotros dos. Roma necesita hombres sabios, pero Nabrissa necesitará corazones valientes.
Al caer la noche, Marcus escribió la última línea del día:
“ El dios del vino fue un hombre. El sacrificio, una costumbre. El fuego, una lección.”
Guardó la tablilla y miró por la ventana. En el cielo, entre las nubes, una única estrella brillaba. El reflejo temblaba sobre el lago oscuro.
Tiberius, a su lado, murmuró: —Mira, Marcus. El dios se ha ido. —Quizá se ha vuelto luz fría y la luz no se adora, se entiende—dijo Marcus.
Esa noche, Nabrissa durmió sin cantos, sin copas, sin sangre.
Solo con el sonido del agua corriendo entre las calles.
Una ciudad que había aprendido el silencio.
Una ciudad nueva. El sol del atardecer, débil, atravesaba las nubes y hacía brillar los charcos sobre las losas.
El calor persistía bajo el suelo, como si la tierra siguiera guardando el aliento del dios.
Marcus caminaba despacio. Los pies le dolían, pero no quería sentarse.
Cada paso era una forma de tomar posesión de aquella ciudad distinta, muda, irreconocible.
A su lado, Claudia.Tiberius llevaba una tablilla bajo el brazo, sus ojos estaban despiertos, calculando, midiendo, comprendiendo.
El foro, cubierto de ceniza, parecía una maqueta abandonada.Los cuerpos habían sido retirados;
En una de las salas del fondo —la de las deliberaciones—, los guardias encontraron los cuerpos de casi veinte personas.
Habían muerto juntos, sin posibilidad de escapar: Hombres, mujeres y un par de jóvenes esclavos que seguramente habían intentado abrir las ventanas antes de morir asfixiados.
La mayor parte eran decuriones, Entre ellos estaba también Cornelia Fausta y Licinia, las matronas que habían hablado con Remilia y a un lado un hombre con una cicatriz, Decimus, el alfarero, todos ellos con sus máscaras entre su ropa, su rostro o en el suelo, la imagen del sacrificio que habían defendido había sido representada por ellos mismos, con una imagen grotesca de cuerpos muertos.
En el altar solo quedaba la copa ennegrecida de Lucanus. Marcus se acercó y la tomó entre las manos.
En el fondo, grabadas con precisión, se distinguían dos letras apenas visibles: L. V
Claudia lo observó. —Lucius Varro —susurró.
Marcus asintió. —El nombre del mito pero también el de su cadena.
El que cada siglo tomaba el poder creyendo renovar el pacto.
Lucanus no fue el primero. Marcellus tampoco.
Eran solo nombres distintos para el mismo vacío.El fuego los ha devuelto a su origen: nada.
Tiberius se arrodilló junto a los restos del pavimento, donde aún se veía el círculo negro grabado por el incendio.
—El sello —dijo—.Siempre se repite el mismo diseño: tres triángulos y un círculo.
—Es el símbolo del orden —explicó Marcus—, pero también de la obediencia.
Tres sacrificios, tres columnas del poder: autoridad, conocimiento e inocencia.
Los sacrificios anteriores los que abrían el camino para lo que estaba por venir.Y el círculo era el pacto: la sumisión de todos a una mentira útil.
El joven pasó la mano sobre la piedra tibia.
—Entonces esto era su religión. Marcus lo miró.
— Tiberius. El dios solo era la excusa. La sangre mantenía la obediencia, y la obediencia les daba riqueza .
Los ritos no eran fe, eran política. Lucanus creía servir al dios, pero en realidad servía a la ciudad, a sus propios miedos.
—Entonces el fuego los castigó. Marcus negó. —No. El fuego no castiga.El fuego enseña.Revela quién eres cuando ya no tienes símbolos donde esconderte.
Bajaron por la vía que conducía al puerto. Las columnas del mercado estaban partidas, y los mosaicos del suelo mostraban fragmentos de racimos, pámpanos y copas. Entre ellos, Tiberius halló una loseta aún intacta, con una inscripción:
“ VINUM EST SANGUIS TERRAE” (El vino es la sangre de la tierra.)
El joven la leyó en voz alta, y luego dijo: —Toda su teología estaba aquí.
Creían que la tierra sangraba para alimentarnos, y que había que devolverle la sangre.
Una ecuación simple. —Demasiado simple —replicó Marcus—.
El problema de los hombres es querer convertir la vida en una fórmula.
El vino no es sangre, es fruto. Y el fruto no se paga con muerte, sino con trabajo.
Claudia, mirándolos a ambos, preguntó: —¿Y qué haremos ahora? Marcus se detuvo. —Construir. Pero no templos. Escuelas, talleres, plazas.Tú enseñarás a hablar sin miedo, y él enseñará a pensar sin dioses. El fuego ha limpiado la tierra. Ahora toca sembrar.
El lago, al fondo, brillaba entre la neblina.
Los cuerpos de los peces muertos flotaban como hojas plateadas.
El agua arrastraba fragmentos de madera, y entre ellos, algo metálico relucía: Una hebilla con el sello del ordo.
Tiberius la recogió. —Mira. Marcus la tomó y la lanzó al lago.
—Deja que el lago se lleve lo que el fuego no quiso.
Claudia lo miró en silencio. —¿Y qué quedará aquí? —Lo que recordemos —respondió Marcus—.
El sol descendía. Los supervivientes habían levantado chozas con los restos de madera seca.
Nabrissa respiraba de nuevo, con un pulso lento, humano.
Marcus se volvió hacia los hermanos. —Hoy termina el tiempo de los ritos —dijo—.
A partir de ahora, que el vino sea solo vino, y la sangre, solo sangre.
Nada más. Tiberius sintió calma. —Y que la concordia no se compre con miedo.
Claudia miró al cielo, donde una bandada de aves cruzaba hacia el lago. —Ni con silencio.