Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 19 #2
86%

Chapter 19 #2

En los portales del foro, la multitud se desbordó.

Las madres gritaban los nombres de los hijos.

Los esclavos huían con las túnicas en llamas.

Los lictores trataban de contenerlos con las varas, pero el humo los cegaba.

Claudia empujó a una mujer hacia la fuente central, la cubrió con su propio manto y la arrastró al agua.

El vapor la envolvió al instante. A su lado, Tiberius observaba el patrón del fuego con una concentración dolorosa.

—Mira —dijo—, arde igual que el dibujo. —¿Qué dices? —gritó ella. —Que no es caos. Es una figura. —¡Sal de ahí, Tiberius! —No puedo. Si entiendo la figura, sabré dónde caerá.

Marcus corrió hasta ellos, tosiendo. —¡Al templo!

¡Por el pasadizo! El pasillo era estrecho y oscuro.

Marcus empujó a los dos hermanos delante.

El calor seguía sus pasos como un animal que respira en su nuca.

El mármol crujía.Cuando alcanzaron la salida posterior, el aire fresco les golpeó el rostro con una dulzura que dolía.

Al mirar atrás, el foro era un sol en miniatura.

Las llamas subían por las columnas y trepaban hasta las estatuas de mármol.

Una de ellas—la de Baco— cayó de rodillas antes de partirse en dos.

La cabeza rodó por las escaleras, sonando hueca como una copa vacía.

Marcus se detuvo un instante, miró la figura caída y señaló: —Hasta los dioses se cansan de ser dioses.

En las calles adyacentes, los ciudadanos corrían hacia el lago.

El agua, reflejando el resplandor del incendio, parecía también arder.

Los caballos relinchaban atados en las argollas; los perros huían sin rumbo.

El calor doblaba los metales y agrietaba los ladrillos.Tiberius, empapado en sudor, apoyó una mano en el muro de una casa.

—Si el viento cambia —dijo—, todo el barrio caerá.

Claudia lo miró con desesperación. —¿Y qué haremos?

—Nada —respondió él—. Esperar que el aire tenga compasión.

Marcus se volvió hacia el foro. Los tejados caían uno tras otro. En el centro del atrio, la copa de bronce que había sostenido Lucanus seguía en pie, resplandeciente entre el fuego. Parecía flotar, intacta, como si el dios quisiera conservar un solo objeto para recordar lo ocurrido.

El viento cambió. El humo se extendió hacia el lago, y el agua se volvió gris. Las aves que anidaban en la orilla alzaron el vuelo como si una sola voluntad las guiara.El sonido de las alas llegó hasta la ciudad: un suspiro, una súplica, un canto fúnebre.

El foro era una ruina incandescente. El fuego seguía respirando entre las columnas rotas, como si no quisiera morir aún. Las sombras se proyectaban largas sobre el suelo ennegrecido, deformadas por el calor. En el templo, una inscripción apenas visible seguía brillando entre la ceniza:

Vinum est sanguis terrae.

La frase sobrevivía al fuego. Como si quisiera recordarle al hombre lo que había olvidado.

Marcus se apoyó en una columna medio caída. Tiberius estaba junto a él, exhausto, con los ojos enrojecidos. Claudia lloraba en silencio, sin lágrimas, con el rostro manchado de polvo.

En ese momento, una viga del techo se desplomó cerca de ellos. El fuego rugió con un sonido grave, como un coro. Los tres retrocedieron, cubriéndose el rostro. El resplandor los envolvió y, durante un segundo, el mundo fue solo luz.

Cuando el humo bajó, el foro había desaparecido bajo una neblina dorada.Y, en medio del resplandor, se escuchó el último crujido del mármol al partirse.

El suelo, agrietado, dibujaba una forma exacta: tres triángulos que se unían en un círculo negro.

El calendario antiguo, el sello del error, el rostro del dios.

Tiberius se inclinó y tocó la piedra caliente. —Esto quedará —susurró—. Ni el fuego lo borra. Marcus lo miró. —Entonces el dios ha hablado.

El humo descendía ya como una sábana sobre la ciudad.

No subía: caía.Las corrientes del aire lo empujaban hacia las calles estrechas, enroscándose entre las columnas como si tuviera voluntad .

El sol, velado por la nube negra, seguía ahí arriba, pero su luz se había vuelto roja, casi líquida.

Nabrissa respiraba dentro de una copa encendida.

Avanzaban por la calle del mercado, cubriéndose el rostro con los mantos empapados. El aire sabía a cobre. Los tejados se abrían como bocas; los ánforas del almacén explotaban una tras otra, vomitando vino y fuego. La tierra parecía hervir bajo los pies.

—Por los dioses —jadeó Claudia—, todo el barrio va a caer.

Tiberius se detuvo al pie de la estatua de piedra que coronaba el cruce: otra vieja representación de Baco, el fundador.

El mármol se agrietaba, la sonrisa del dios se partía por la mitad.

—Él también arde —dijo el joven. Marcus lo miró.

—Él se disuelve. Los dioses no mueren, se evaporan cuando los hombres aprenden su nombre verdadero.

En el corazón del foro, la curia rugía como una bestia encerrada.

El techo había caído casi por completo. Entre las ruinas, los últimos decuriones — intentaban escapar por la galería inferior.

El pasillo que daba al templo estaba cubierto de brasas y humo.

Una lengua de luz los alcanzó, y los nombres se convirtieron en susurros breves.

Los muros, al derrumbarse, liberaron una nube de polvo caliente que cubrió el cielo de pavesas pequeñas. Parecía nieve roja. El pueblo, desde las calles, miraba aquel resplandor sin saber si rezar o correr.

En la explanada, Marcellus seguía de pie. La viga que lo había golpeado le había abierto el hombro, pero el viejo magistrado no había caído. Su manto ardía en los bordes y devoraba todo su cuerpo. Miró alrededor y, por primera vez, sonrió con serenidad.

—He servido al orden —admitió—. Y el orden me devuelve al fuego. Se inclinó hacia el altar caído, donde la copa de bronce aún relucía entre el humo. —Lucanus —, ¿lo ves? Has hecho al dios demasiado humano.

El cuerpo de Lucanus yacía inmóvil, inclinado sobre sí, como si aún intentara protegerse del destino que lo alcanzó.

La piel, ennegrecida en zonas, mostraba grietas donde el fuego había besado la carne hasta fracturarla.

Algunas partes ardieron más que otras; el calor dibujó en su cuerpo un mapa oscuro de dolor, dejando brazas apagadas como cicatrices incandescentes.

Su túnica, ahora un tejido roto de ceniza y fibras chamuscadas, todavía desprendía ese olor amargo que deja la muerte cuando se mezcla con el humo. Alrededor, pequeños carbones seguían palpitando, como recordando que hacía apenas instantes allí hubo vida, movimiento, aliento.

El cabello de Marcellus había quedado reducido a mechones abrasados, dejaba ver el contorno rígido del rostro.

Sus rasgos se habían tensado en el último esfuerzo: ni grito ni alivio, solo la mueca detenida de quien sabe que no hay fuga posible.

Sobre su mejilla, el hollín se mezclaba con lo que quizá fue una lágrima o simplemente la huella del calor que retorció la piel.

Y lo humano siempre termina así: en ruina.

El fuego envolvió despacio a Marcellus. No gritó. Sus ojos quedaron abiertos hasta el final, mirando algo que nadie más podía ver.

En la casa del lago, Julia aguardaba. No se oían pájaros ni voces, solo un temblor lejano que venía del foro, como si la tierra estuviera respirando.

El olor a humo había entrado por las rendijas, y el agua de las ánforas vibraba levemente.

Se arrodilló ante el altar doméstico, donde estaba la figura de terracota de Vesta con una espiga. La tocó con dos dedos y susurró:

“ Que vuelvan. Que vuelvan y que recuerden.”

Cerró los ojos, pero no para rezar, sino para imaginar: vio a Marcus entre las llamas, a Claudia cubriéndole el rostro, a Tiberius buscando un patrón entre los destellos.

Sabía que si sobrevivían, lo primero que harían sería escribirlo, pero el fuego empezó a envolver todo, todos sus pensamientos desaparecieron en un intento desesperado por vivir.

En la calle de los curtidores, el humo era tan negro que el cielo desapareció.

Marcus se detuvo y buscó con la mirada el perfil del teatro, pero solo vio luces danzantes.

—Tenemos que ir al templo de Minerva —dijo—.

Allí hay una cisterna. Claudia lo recordaba aunque las palabras apenas se oían.

Tiberius los seguía de cerca, contando pasos, orientándose por la memoria.

Era su manera de luchar contra el miedo: ponerle números al caos.

El incendio seguía su curso con una lógica terrible. Las llamas se desplazaban hacia el norte, siguiendo el trazado del viento y de las calles, como si un arquitecto las guiara. Las tejas caían como lluvia de piedra. Los estandartes del foro, ya carbonizados, se desintegraban al menor contacto.

El grupo alcanzó el pórtico del templo de Minerva. Allí, el fuego aún no había llegado. Se refugiaron junto a la cisterna.Tiberius mojó un paño y lo pasó por el rostro de su hermana. El agua se volvió gris al instante.

—Esto no será el fin —dijo ella. —No —respondió Marcus—. Es el principio. —¿De qué? —De una ciudad sin dioses. —¿Y qué tendrá entonces? —Hombres con memoria —dijo él—. —Eso basta para empezar.

Mientras tanto, sobre las ruinas del foro, el fuego se elevaba en espiral, silencioso, casi hermoso.

Parecía respirar como un ser vivo, extendiéndose.Y en ese resplandor, durante un instante fugaz, los habitantes de Nabrissa vieron algo que no supieron explicar: Una luz blanca que atravesó el humo y se reflejó en el agua de todo el lago, sin consumirse.

No era llama, ni sol, ni estrella. Era la memoria del fuego.

No quedaban oraciones. No quedaban himnos.

Solo el crepitar lento de la madera que termina su obra.

Sobre las ruinas del foro, la copa de bronce seguía en pie.

Nadie la tocó. Nadie la reclamó .Era el último altar de una fe que ya no tenía nombre.Y entre las sombras que se disolvían, el viento llevó una voz leve, sin dueño: