TRES
Trent
No puedo creer que haya dicho eso. Mi posesividad se había ido acumulando desde que vi sus tetas, pero no imaginé que fuera tan intensa como para no poder contenerla.
Rompí mi código de conducta y la penetré con los dedos en la mesa de exploración como un adolescente cachondo.
No pude contenerme cuando me miró con esos ojos vulnerables e indefensos.
Con la mirada nublada de placer, luchando por darse placer a sí misma, me suplicaba en silencio que un Daddy Dom como yo tomara el control y le diera a su cuerpo lo que necesitaba.
Y qué bien se sintió acariciar el interior de su coño, sabiendo que había guardado su virginidad para mí. Porque siempre había soñado con que yo la follara, igual que yo tantas veces había soñado con follarla.
Al principio, solo era su padrastro, pero cuando empezó a cocinar para mí, a pasar las noches conmigo y a dejarme ayudarla con los trabajos de la universidad, algo floreció entre nosotros. Me gustaba sentirme útil. Me gustaba ser la figura de autoridad a la que acudía cuando necesitaba ayuda.
Me encantaba que me nutriera con su naturaleza cariñosa, comer lo que preparaba con tanto amor mientras me contaba su día.
Eso derretía todo mi estrés. No sé precisar cuándo empecé a fantasear con tomarla sobre la mesa del comedor, lamer de sus pechos la cena que había preparado y acariciar los pliegues de su coño para agradecerle que cocinara para mí.
Probablemente fue en su último año de universidad.
Había cambiado de estilo y empezó a usar ropa más ajustada que resaltaba sus curvas de infarto.
Estaba tremendamente sexy y atractiva, delgada y perfectamente tonificada, con pechos firmes rematados por pezones duros que a veces se le marcaban a través de las camisetas cuando se olvidaba de ponerse sujetador.
Me gustaba echarle vistazos a sus pezones hinchados, imaginando lo preciosos que se verían llenos de leche, goteando para mí.
Siempre he adorado a las mujeres lactantes y embarazadas. Hay algo en la fertilidad y en la idea de una mujer alimentando a un niño en su vientre, y luego en sus tetas, que me pone muchísimo. Me atraen las mujeres que cuidan y nutren.
Y Aisha, que cocinaba para mí, me escuchaba y cuidaba de mí después de días duros en el trabajo, era exactamente el tipo de mujer de la que me enamoraría sin remedio. Pero me contuve porque no quería que las cosas se volvieran incómodas.
Pero su madre solo me estaba utilizando.
La oí presumir en una de las cenas de empresa de haberse pillado un marido rico que le pagaría todos sus caprichos, y me di cuenta de que había ido detrás de mi dinero desde el principio.
Debería haberlo visto antes, teniendo en cuenta lo poco que pasaba conmigo.
Tampoco tenía ningún interés en el sexo.
Lo único que quería era vestir ropa cara y presumir de su nueva riqueza ante los demás.
Su superficialidad contrastaba con la profundidad y la naturaleza cariñosa de Aisha. Y supe que no podía seguir viviendo con una mujer tan egoísta.
Después del divorcio, descubrí el club. Un colega me habló de él. Se convirtió en mi refugio, un lugar donde podía estar con mujeres lactantes, ordeñarlas y decirles lo hermosos que eran sus cuerpos nutricios.
Pero siempre quedaba un vacío. Porque al final del día, volvía a un hogar donde no había calidez ni cariño. Y esas mujeres solo me daban una ilusión. Alimentaban mi deseo sexual por mujeres que nutren, pero no lo que mi corazón necesitaba.
Suspiro mientras echo un vistazo al club esta noche.
Después de la cita de Aisha ayer, intenté ser lo más profesional posible.
Vino a buscarme, pero no sé si está bien follármela.
Si le quito la virginidad, querré más que sexo.
Soñaré con tenerla en mi casa, cocinando para mí, sonriéndome después de un día duro en el trabajo...
y con su vientre redondeado por el embarazo.
La polla se me agita ante la idea de su vientre hinchado con mi bebé mientras amamanta a otro en sus tetas. Joder, lo haría de maravilla.
Siempre he querido tener hijos propios, acariciar el enorme vientre de mi pareja y cuidarla mientras gesta a nuestro bebé. Claro que salí con la madre de Aisha aunque ya no podía tener hijos, porque quería una compañera más que una familia.
Pero con Aisha no tendría que elegir. No tendría que renunciar a nada. E incluso sin hijos, ella es exactamente el tipo de mujer que llenaría el vacío de mi alma y convertiría mi casa en un hogar.
El club me resulta insípido esta noche. Llevo una hora aquí, viendo escenas que antes me cautivaban, y no siento nada.
En la esquina, una mujer preciosa está siendo ordeñada por dos hombres, sus gemidos resonando suavemente, pero apenas le echo un vistazo.
Mi mente no para de volver a ayer: al coño virgen y estrecho de Aisha ciñéndose a mis dedos, a la leche brotando de sus pechos perfectos, a cómo me miraba como si yo fuera todo lo que siempre había deseado.
No debería haberla tocado. Debería haber mantenido mis límites intactos. Pero en cuanto vi lo mojada que estaba, en cuanto oí su necesidad desesperada, no pude contenerme.
Ahora todo lo demás me parece vacío en comparación.
Estoy tomando una copa en la barra cuando la oigo: una vocecita familiar que me tensa cada músculo del cuerpo.
—Disculpe, ¿podría indicarme dónde están las salas privadas?
Me giro y el corazón se me para.
Aisha.
Está de pie cerca de la entrada al piso principal, hablando con uno de los empleados del club, y está...
joder, está increíble. Lleva un vestido diminuto, de un burdeos intenso que se le ciñe a cada curva, con un corpiño palabra de honor que le realza los enormes pechos hasta que prácticamente se desbordan por arriba.
El encaje le abraza la cintura antes de abrirse ligeramente en las caderas, y bajo el dobladillo corto, distingo unas ligas sujetas a medias transparentes que le envuelven los muslos gruesos y apetecibles.
El cabello oscuro le cae en ondas sueltas sobre los hombros desnudos. Lleva los labios pintados de un rojo pecaminoso y los ojos ahumados, sensuales, lo que la hace parecer mayor, segura, peligrosa.
Parece una hucow en celo. Una fantasía sexual hecha carne, diseñada específicamente para destruir mi autocontrol.
La polla se me pone dura al instante, tensa contra los pantalones con una urgencia dolorosa.
No debería estar aquí. No vestida así. No con ese aspecto.
Veo que otros hombres también se fijan en ella. Las miradas siguen sus movimientos, hambrientas e interesadas. Un tipo cerca del salón empieza a levantarse con los ojos clavados en su pecho, y algo primitivo despierta rugiendo dentro de mí.
Ni de coña.
Me muevo antes de poder pensar y cruzo la distancia entre nosotros en segundos.
Le agarro la muñeca con firmeza pero sin hacerle daño y la aparto antes de que nadie más pueda acercarse.
Jadea sorprendida mientras la guío por un pasillo lateral, lejos de miradas indiscretas, y la empujo contra la pared con suavidad pero con firmeza.
La acorralo con mi cuerpo, una mano apoyada junto a su cabeza, la otra aún sujetándole la muñeca. Es tan pequeña comparada conmigo, tan delicada y suave, y su aroma —dulce y femenino, con un toque de algo cálido y lechoso— me marea.
—¿Qué demonios haces aquí? —exijo, con la voz más áspera de lo que pretendía.
Me mira con esos ojos ahumados, los labios entreabiertos.
—Estoy aquí para jugar —dice, con la voz entrecortada pero segura—. Para estrenar mis nuevas tetas de vaca lechera.
Aprieto la mandíbula. Bajo la mirada a sus pechos, y Dios mío, son incluso más grandes que ayer. Tensan el corpiño del vestido, pesados y llenos, con el borde superior de las areolas apenas visible sobre la tela. Puedo ver lo hinchados que están los pezones, cómo presionan contra la fina tela.
—¿Están llenos? —La pregunta me sale grave, casi como un gruñido.
Se muerde el labio inferior y asiente.
—Me duelen de lo llenos que están. Necesito... necesito que un hombre lama la nata de mis tetas. Que beba mi leche. Que me convierta en su vaca personal.
Joder.
Una oleada de calor me recorre, la polla me palpita tan fuerte que resulta casi doloroso.
Estamos tan cerca que siento su aliento en mi piel, veo cómo el pecho le sube y baja rápidamente.
Podría inclinarme ahora mismo y morder esos labios carnosos y jugosos.
Podría besarla hasta hacerla gemir mi nombre.
—Este lugar es para adultos —logro decir, intentando aferrarme a algún vestigio de control.
Ladea la cabeza, con mirada desafiante.
—Ya soy adulta, Trent. Tengo veinticuatro años. Sé lo que quiero.
—¿Y qué quieres?
Su sonrisa es puro pecado.
—Quiero que me ordeñen. Que me preñen como a una vaca. Me encanta ser sumisa, que me follen hasta perder la cabeza. Quiero sentir la polla de un hombre dentro de mí mientras bebe de mis tetas.
La imagen que pinta —su vientre hinchado con mi hijo, los pechos goteándole leche mientras la follo— me golpea como un mazazo. Se me entrecorta la respiración.
Pero la ira aflora junto a la lujuria.
—No deberías dejar que los hombres te hagan eso. No tomas anticonceptivos.
Me guiña un ojo y ensancha la sonrisa.
—Eso es lo que lo hace divertido.
Le aprieto la muñeca con más fuerza mientras mi otra mano se desliza hacia su cadera.
—Aisha...
—Supuse que estarías aquí —me interrumpe con suavidad, la voz tornándose más vulnerable—. Como sabes, soy nueva en esto. Pero confío en ti. Quiero que me guíes en mi primera experiencia.
Las palabras me golpean como un puñetazo en el estómago. Se está ofreciendo a mí. Por completo. Me confía su cuerpo, su virginidad, su primera vez en un lugar como este.
Pero no puedo. No debería.
—Fui tu padrastro —digo con la voz tensa.
Me sostiene la mirada sin pestañear.
—Ya no lo eres.
Vacilo, dividido entre lo que debería hacer y lo que deseo desesperadamente. Si cruzo esta línea, no hay vuelta atrás. Nunca podré apartarme de ella.
Debe de percibir mi vacilación porque su expresión cambia, se vuelve más fría, más decidida.
—Soy libre de hacer lo que quiera con mi cuerpo, Trent. Y si no te interesa, apártate. Encontraré a alguien compatible.