Hielo y azúcar CAPÍTULO 43 #2
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CAPÍTULO 43 #2

—Esto era lo que estaba acordado que iba a decir.

—Miró hacia el banquillo, donde Doyle puso de inmediato la cara de quien ha olfateado un desvío de guion—.

Hay una parte más que no está en lo acordado, y le pido disculpas por adelantado al coach, porque él me enseñó a no improvisar nunca —pero también me enseñó que los partidos importantes se deciden en los detalles, y yo estoy en mitad del partido más importante que he jugado en mi vida, y voy perdiendo por uno.

—Giró el cuerpo, los patines rayando despacio, hasta quedar de frente a nuestra zona.

Al cristal. A mí. Y levantó el micrófono otra vez—: Sadie Brooks.

Seis mil cabezas se volvieron hacia mí.

La pantalla gigante —la pantalla, Dios mío— me encontró en dos segundos, porque los operadores de cámara de las arenas olfatean las historias mejor que los periodistas, y de pronto mi cara medía seis metros de alto encima del hielo, con la mano de Ellen aplastando la mía y el corazón latiéndome en el cuello, en las orejas, en las rodillas.

—Una vez te dije que no sé hacer discursos.

—Su voz llenó la arena, y estaba firme, y estaba entera, y no había un solo ladrillo en ella—.

Así que voy a hacer un marcador, que es el idioma que tengo.

—Respiró—. En junio, en un salón de Los Ángeles, treinta y dos equipos pasaron de largo ante mí en televisión nacional.

Dolió. Pero el marcador verdadero de aquella noche no lo retransmitió nadie: en mitad de la peor hora de mi vida, una persona en mi mesa me eligió por escrito, en primera ronda, sin ceremonia y sin cámaras.

Y yo —el Yost en silencio absoluto ahora, el hielo crujiendo, mi vida entera detenida dentro de un segundo—, yo rechacé el contrato, porque soy el idiota mejor entrenado de este estado.

Le dije que le estaba devolviendo su vida.

Descubrí tarde que esa frase es de otro hombre, que estaba en mi sangre y no en mi boca, y que la única vida que devolví en aquella habitación de hotel fue la mía, a la caja fuerte de donde ella me había sacado.

—Dio un paso de cuchilla hacia el cristal.

Otro—. Así que, ante seis mil testigos, ante mi madre, que la estoy viendo ahí y que me va a emboscar después, ante mi equipo, mi entrenador y mi hermano, que ahora tiene dirección en esta ciudad: Sadie.

He venido a firmar. Tarde, en público, con ruido —como te merecías desde el principio.

Si la puerta sigue abierta. —Y su mano enguantada subió al pecho del uniforme blanco, al lugar exacto, y sacó de dentro —pegado ahí, viajando ahí, claro que ahí— un post-it amarillo, que levantó hacia el cristal como quien levanta un documento—: He traído mi respuesta por escrito. Pero solo vale entregada en mano.

El Yost estalló.

No sé describir el sonido. Sé que la pantalla alternaba entre mi cara y la suya, que los Children of Yost empezaron a cantar algo con mi nombre que nunca sabré cómo aprendieron tan rápido, que Cami chillaba, que Beau chillaba más, que Quinn lo grababa todo llorando y maldiciendo a su propia mano por temblar, y que Ellen Calloway —la columna de acero, la artillería de Cedar Hollow— se volvió hacia mí con la cara mojada y la voz firme y me dio la orden más innecesaria de la historia de las órdenes:

—Ve, niña. Emboscada afectuosa. Así es como funciona esta familia.

No me acuerdo de bajar la grada. Me acuerdo de Mason —de uniforme, riendo y llorando a la vez—, abriendo la portezuela del banquillo desde dentro, me acuerdo de Doyle fingiendo protestar y señalando el camino de la alfombra con el silbato, me acuerdo de pisar la alfombra azul sobre el hielo con las piernas de gelatina y seis mil personas de pie.

Y me acuerdo de él.

Viniendo hacia mí con los patines, despacio, enorme, blanco, con el post-it en la mano y el rostro —el rostro sin ningún muro, ningún ladrillo, ninguna línea azul, el rostro del lago, el de la foto de la nevera, el que conocí una vez durante medio segundo en la oscuridad de una cocina y me pasé un año entero excavando de vuelta hacia la luz.

Se detuvo delante de mí. La arena entera desapareció.

—¿Has hecho muffins? —preguntó, bajo, solo para mí, ronco.

—Dos cajas. Marnie dice que los sábados de partido vacían la vitrina.

—¿Aceptó el trofeo?

—Estante del medio. Lo limpió con el trapo bueno. Dijo que era una petición de asilo.

—Lo era. —Tragó saliva; vi el gesto bajar—. ¿Y la otra petición?

Me tendió el post-it. Lo cogí con las dos manos, porque las dos me temblaban, y lo desdoblé, y leí, en la letra cuadrada de marcador, mojada en los bordes por un partido entero junto al pecho, su respuesta al papel que atravesó un verano cerrado:

Acepto el contrato. Todos los términos. Cláusula única: la primera ronda es para siempre. — R.

P. D.: abrimos a las seis.

Levanté los ojos, desbordada, e hice la última pregunta del marcador, la que faltaba, con un hilo de voz que solo él oyó:

—¿Y la corriente de aire, capitán? Porque la puerta está abierta, pero tú vives a tres mil setecientos kiló...

—Después. —Dio el último paso, y las manos enguantadas subieron a mi cara con el cuidado de quien sostiene algo recién salido del horno—.

Hay plan, hay fechas, hay de todo —lo revisarás cláusula por cláusula, conozco a la socia.

Pero ahora, Sadie Brooks, delante de mi madre, de tu hermano y de seis mil personas: quédate.

Mi palabra. Devuelta con intereses, con ruido, con pantalla gigante.

Y me besó en el círculo central del Yost Ice Arena, levantándome de la alfombra azul hacia el interior del mayor rugido que esa madera vieja ha sostenido jamás, con los Children of Yost cantando, Mason aullando en el banquillo, Knox golpeando el hielo con el stick, Luka —me lo contaron después, yo estaba ocupada— sonriendo de verdad, en público, por segunda vez en la década, y una mujer de abrigo gris en la grada tomando nota mental, con la puntería de siempre, de que sus nietos iban a nacer con olor a canela.

Los martes deberían estar prohibidos, pensé, en mitad del beso, con el post-it arrugado en el puño cerrado contra su pecho. Pero los sábados... los sábados podían durar para siempre.