Hielo y azúcar CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

«Todo jugador se sabe de memoria el día en que empezó. Nadie se cree, hasta que ocurre, que el de terminar también tiene fecha.»

reed calloway

El torneo nacional nos dio tres semanas más de temporada, un viaje a Massachusetts, dos victorias que nadie esperaba —y entonces, un jueves de abril, en un pabellón neutral de Boston, la temporada terminó de la manera en que terminan el noventa y nueve por ciento de las temporadas en cualquier deporte del planeta: con el otro equipo celebrando.

Semifinal del Frozen Four. Boston College, dos a uno. Sin prórroga esta vez, sin desvío de patín, sin injusticia a la que culpar —fueron mejores por dos centímetros durante sesenta minutos, y en el hockey dos centímetros son un continente.

Cuando sonó la sirena final, yo estaba en el hielo, e hice lo que hace un capitán: me mantuve de pie, alineé al equipo, estreché la mano de cada uno de ellos, y guardé para después la información que estaba parada en mi garganta como un disco tragado.

Se acabó. No la temporada. La palabra más grande.

Fue en el vestuario donde bajó.

El vestuario de una derrota tiene su propia liturgia —el silencio, la cinta arrancándose despacio, alguien llorando sin esconderse porque en el hockey llorar después de abril está permitido por ley.

Pero el vestuario de la última derrota del último año era otra cosa.

Miré alrededor y vi a los novatos destrozados de esa manera recuperable de quien tiene tres años más por delante, y vi a los veteranos —yo, Pereira, otros dos— quitándonos el uniforme de Michigan por última vez en la vida, y no existe entrenamiento para eso.

Cuatro años. Ciento sesenta y pico partidos. El Yost, los Children of Yost, los viajes en autobús, el olor de este equipamiento del que me pasé la vida quejándome y que ahora estaba doblando como quien dobla una cosa de difunto.

Doyle entró, mandó salir a los asistentes, y se quedó un rato solo mirándonos, con la carpeta colgando de la mano, sin usarla.

—Llevo treinta y un años entrenando —dijo, al final—.

Y voy a decir una cosa que digo poco, así que grabadla.

Un equipo se mide en abril, pero no por el marcador de abril.

Se mide por lo siguiente: si en septiembre yo os hubiera enseñado todo lo que esta temporada iba a tener —la ventisca, las lesiones, el circo, la final perdida por un patín, esta noche—, ¿cuántos de vosotros habríais firmado otra vez?

—Recorrió el vestuario con los ojos de cuero—. Quien habría firmado, que se levante.

El vestuario entero se levantó. Los que lloraban, llorando. Luka el primero de todos, lo cual significaba algo que solo nuestro equipo sabía leer.

—Entonces habéis ganado —dijo Doyle—. El resto son trofeos, y los trofeos son para las estanterías, y las estanterías cogen polvo. —Colgó la carpeta en el gancho—. Veteranos, en mi despacho el lunes, de uno en uno. Los demás: nos vemos en septiembre. Estad grandes.

Y salió, porque Doyle no se queda para que lo abracen.

Mason se desplomó en el banco a mi lado, todavía con las medias puestas, con los ojos rojos que ni siquiera intentó justificar.

—Cuatro años —dijo.

—Cuatro años.

—¿Te acuerdas de mi primer entrenamiento? Me derribaste en el primer ejercicio y pediste perdón tan serio que el vestuario se rio una semana entera.

—Yo me acuerdo de que el novato rubio al que derribé me adoptó a la fuerza ese mismo día y no me devolvió nunca.

—El mejor fichaje de mi carrera. —Golpeó su hombro contra el mío, y nos quedamos los dos mirando a la nada, al uniforme doblado, a la palabra enorme parada en medio del vestuario. Después sorbió por la nariz, enderezó la espalda y encontró su propia manera de sobrevivir al momento—: ¿Vas a llorar?

—No.

—Yo sí. De hecho, ya estoy. Es liberador. Te lo recomiendo, cuñado.

Al otro lado del vestuario, Knox se sonó la nariz con un sonido de bocina de barco y amenazó con romperle la cara al primero que comentara algo. Luka pasó a mi lado camino de la ducha, se detuvo, me puso la mano en el hombro —lo que, viniendo de él, era un discurso de graduación— y dijo:

—Septiembre va a ser raro sin ti gritándome.

—Ahora el veterano vas a ser tú. Grita tú.

—Yo no grito. —Lo pensó—. Yo miraré con decepción. Es más eficiente.

Y en el pasillo, fuera, cuando por fin salí con la mochila y el resto de mi vida al hombro, ella estaba allí —con el gorro azul en pleno abril, porque la tradición es la tradición, con Quinn y Cami dos pasos por detrás, y Beau apoyado en la pared con la bandera doblada y la cara de quien iba a pasarse meses sin aceptar que su estadística había muerto dos veces en el mismo semestre.

Sadie no dijo «lo siento». No dijo «habéis jugado bien». Abrió la mochila, sacó una bolsita de papel de estraza con un pósit amarillo, y me la entregó en medio del pasillo.

Reed, decía la letra redonda. Y debajo: el marcador no cambia la receta.

Dentro, un muffin de canela. Todavía templado, a saber por qué brujería de termo.

Me lo comí allí mismo, apoyado en la pared de un pabellón de Boston, con mi carrera universitaria a diez minutos de edad en el pasado, y ella se quedó a mi lado sin decir nada, en el silencio correcto, el silencio de panadería a las cinco y cuarenta —y fue así como la mayor derrota de mi abril se convirtió en algo que yo era capaz de tragar.

El resto de abril y mayo pasó como pasan las primaveras en Ann Arbor: de golpe, con prisa, llenas de cosas.

Me gradué. La palabra todavía me sonaba extraña —yo, graduado, con toga, con mi madre en el público del Michigan Stadium apretándole el brazo a Sadie a cada nombre anunciado, las dos ya con una intimidad de cartas y recetas que me excluía por completo y me dejaba idiota de contento.

Danny estuvo allí de la manera en que estaba en todo: en mi bolsillo interior, en un pósit que nadie vio, donde una letra redonda había escrito él estaría orgulloso y tú lo sabes.

Firmé con un agente —un hombre serio de Toronto que Doyle aprobó con un gesto de cabeza, lo cual vale más que un contrato.

Fui al combine de Buffalo, a principios de junio, e hice lo que se hace en un combine: correr, saltar, levantar, responder entrevista tras entrevista con diecisiete equipos, siempre las mismas preguntas con corbatas distintas.

Cómo manejas la presión. Háblanos del liderazgo. Háblanos de tu hermano —esa vino tres veces, y tres veces respondí entero, sin trabarme, y en algún lugar de Cedar Hollow una mujer de moño práctico habría dicho has tardado.

Detroit me entrevistó dos veces. La segunda duró el doble de lo acordado.

El director de scouting —el mismo de la cena— terminó estrechándome la mano con las dos suyas, y mi agente salió de la sala poniendo esa cara de póker que ponen los agentes cuando no quieren soltar la palabra «seguro» antes de tiempo.

—Tienen la undécima elección —dijo en el pasillo, bajo—. Por el interés, por la posición, por la conversación de hoy… si sigues en la mesa cuando llegue su turno, me sorprendería que no fueras tú.

Si sigues en la mesa.

Diez equipos eligen antes. Mi agente juraba que yo no pasaba del vigésimo en ninguna proyección y no subía del octavo en ninguna.

La undécima era el centro exacto de mi ventana. La matemática rimaba tan bien que parecía escrita.

Cuarenta minutos de la Honey & Rye. El equipo del póster de los dos cuartos de Cedar Hollow. La camiseta del ataúd.

Dejé —despacio, con la desconfianza de quien abre un cerrojo— que la esperanza entrara.

Fue mi error de lectura de la temporada entera. Peor que el disco de Minnesota.

Porque el martes antes del draft, diecisiete días después del combine, yo estaba en la cocina de casa picando manzanas bajo supervisión técnica —Sadie tenía una prueba nueva de tarta y yo había sido ascendido a auxiliar con reservas— cuando el teléfono de mi agente sonó sobre la mesa, y él estaba en Ann Arbor precisamente para los últimos ajustes, y contestó allí mismo, y yo lo vi.

Vi su cara cambiar de la manera en que cambia el cielo del Medio Oeste antes de una ventisca.

Escuchó durante un minuto y medio, dijo media docena de palabras profesionales, colgó, y se quedó un segundo mirando el teléfono antes de mirarme a mí.

Sadie detuvo la batidora. La cocina entera se quedó con olor a manzana y a silencio.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Se ha filtrado una negociación. Va a salir en la prensa en una hora, así que es mejor que lo sepas por mí.

—Puso el teléfono sobre la mesa, boca abajo, como quien cubre un cuerpo—.

Detroit ha traspasado la undécima elección.

La han mandado a San José, en un paquete por un defensa consolidado.

Han salido de la primera ronda, Reed. —Una pausa—.

No van a elegir a nadie el día veintiséis.

El cuchillo se quedó quieto sobre la manzana.

Detrás de mí, muy lejos, en otro país, la batidora de Sadie volvió a girar y se detuvo otra vez, y su mano se apoyó en mi espalda, y oí su voz preguntarle algo al agente —práctica, tranquila, las preguntas correctas, y ahora qué, quién tiene elecciones en esa franja, qué cambia— mientras dentro de mí, en un pasillo que yo conocía bien, una puerta que me había pasado meses abriendo empezaba, muy despacio, a cerrarse de nuevo.

El agente respondía. Nombres de equipos. Seattle tenía dos elecciones en la franja. Vancouver había subido. Anaheim, Utah, equipos de mapa grande, equipos de huso horario, equipos a cuatro mil kilómetros de un toldo verde de Kerrytown.

El precipicio tiene cuarenta minutos de altura, había dicho yo en un pontón de madera, presumido, enamorado, idiota.

Miré por la ventana de la cocina, hacia el patio donde Knox había colgado una red de entrenamiento, e hice lo único que tres años de entrenamiento saben hacer solos, sin pedirle permiso a nadie:

Empecé a contar lo que tenía que perder.