Hielo y azúcar CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

«Prometemos la verdad para después de la victoria. El problema es que el marcador no firma las promesas de nadie.»

sadie brooks

Volver a Minneapolis un mes después era como releer una carta antigua con otra letra.

La primera vez, yo había venido en coche compartido, escondiendo un contacto guardado sin apellido, mandando mensajes de gasolinera en gasolinera a un hombre que respondía «ok» en dos letras.

Esta vez, vine en el vuelo chárter del programa —los clasificados para la final tienen avión, descubrí—, sentada entre Quinn, con acreditación y portátil, y Cami, con el kit de fisio en el regazo, y cuando el equipo embarcó, el capitán se detuvo en el pasillo junto a mi asiento, se quitó un auricular y dijo, delante de Dios y de la plantilla entera:

—¿Has traído los muffins?

—Media maleta es muffin. La otra media es gorro.

—Bien. —Siguió hacia el fondo con los defensas, y Mason, dos filas más atrás, gritó «TRAICIÓN, los muffins eran un secreto de FAMILIA», y el avión entero se rio, y yo me quedé mirando por la ventanilla con el corazón haciendo esa cosa tonta que hacía ahora que estaba permitido.

Dos meses. De contrabando a equipaje facturado.

La arena de la final no era el barn viejo de Minnesota —era el pabellón grande del centro, neutral sobre el papel, rojo de afición en la práctica, con un bloque valiente de maize and blue apretujado detrás de una de las porterías donde nosotros nos instalamos como una colonia: yo, Quinn, Cami, padres de jugadores, exalumnos, y Beau Carter, que cruzó medio estado con una bandera de Michigan y la convicción de que su presencia era «estadísticamente relevante para la defensa».

—Yo nunca he perdido un partido que haya visto de principio a fin —explicó, desplegando la bandera—. El dato es real. Podéis comprobarlo.

—Eso no es un dato, es una coincidencia con ego —dijo Quinn.

—Todos los datos son coincidencias con ego, Alvarez. Bienvenida al deporte.

Y entonces las luces bajaron, los equipos salieron, y yo busqué el número de siempre y encontré el ritual de siempre: Reed Calloway deslizándose hasta la línea azul, deteniéndose, cerrando los ojos.

Un segundo de más.

Danny primero. Siempre. Tranquilo, capitán. El asiento está ocupado y la grada también.

El partido empezó, y fue una guerra desde el primer disco.

Minnesota no había olvidado la costilla —vi el primer encontronazo dirigido antes de que el reloj marcara dos minutos—, pero el Reed de marzo no era el Reed de enero.

Donde antes plantaba el cuerpo y cobraba el dolor como intereses, ahora giraba, anticipaba, salía.

Doyle rotaba la defensa como había prometido, Cami a mi lado narraba cada aterrizaje suyo con ojos de rayos X —«ha caído bien…

ha rodado sobre el hombro sano… ese lo vendé yo, está aguantando»—, y al final del primer periodo estábamos vivos: uno a uno, un gol de Mason, el bloque azul ronco.

En el segundo periodo, el partido se hizo demasiado grande para caber en quienes estaban dentro de él.

Minnesota marcó. Nosotros empatamos —Knox, desde un ángulo imposible, celebrándolo con un rugido que hizo que a Cami se le cayera el refresco—.

Minnesota volvió a marcar, en un rechace que Luka paró dos veces y no consiguió parar tres.

Y a un minuto del descanso, Reed hizo la jugada que va a abrir todos sus vídeos de draft: robó un disco en la línea azul de ellos, resistió dos encontronazos seguidos —el segundo exactamente en la costilla, y la arena roja entera se levantó esperando verlo caer—, no cayó, y le sirvió el disco a Mason en la boca de la portería.

Tres a tres. El bloque azul se convirtió en un solo animal. Beau me levantó del suelo. Y yo grité tanto que al día siguiente Marnie iba a preguntarme si había fumado algo.

El tercer periodo fue la hora más larga de mi vida.

Nadie marcó. El partido entero se comprimió en un embudo de nervios: Luka se convirtió en una pared, su portero se convirtió en una pared, cada bajada al ataque era un infarto colectivo, y Reed —Reed jugó los veinte minutos enteros como si su cuerpo fuera público y el dolor fuera un rumor, bloqueando discos con la espinilla, con el guante, una vez con el pecho, levantándose siempre, señalando, organizando, capitán de cada centímetro del hielo.

Prórroga.

—Muerte súbita —dijo Quinn, pálida, con los dedos quietos sobre el teclado—. El primer gol se lleva el trofeo.

—Yo nunca he perdido un partido que haya visto de principio a fin —repitió Beau, bajito, ahora como una oración.

Duró seis minutos y doce segundos.

Y terminó de la manera en que termina el hockey cuando quiere partir corazones: una jugada de nada.

Un disco lanzado al área, un desvío de patín —de patín, ni siquiera de stick—, un cambio de dirección que ningún portero del planeta alcanzaría.

Luka se estiró entero y el disco entró a un dedo de su guante.

Cuatro a tres Minnesota.

El pabellón rojo explotó. Nuestro bloque azul hizo el sonido que hace la afición cuando pierde —ese «ah» corto, colectivo, y después el silencio, que es peor. A mi lado, Beau dobló la bandera despacio, sin una palabra: el funeral de una estadística.

Yo no miré el marcador. Miré el hielo.

Luka se quedó de rodillas en el área, inmóvil, con la cabeza gacha, mientras el otro equipo se convertía en una pila de celebración en la esquina.

Mason fue hasta él primero. Después Knox.

Y entonces Reed cruzó el hielo —no patinó: lo cruzó, con la autoridad de quien todavía era capitán de algo aunque el trofeo se marchara—, se arrodilló delante del portero, le sujetó la máscara con los dos guantes y apoyó la frente contra la rejilla, diciéndole algo que nadie sabrá nunca, hasta que Luka asintió y aceptó levantarse.

A mi lado, Cami tenía la mano en la boca. Quinn no escribía.

—Hoy ha hecho tres paradas imposibles —dijo, al final, con la rabia de quien iba a tener que resumir una injusticia en ochocientas palabras—. Tres. Y se va a dormir creyendo que ha perdido el partido él solo.

En la fila de los saludos, Reed estrechó la mano de cada jugador de Minnesota con la cara de piedra de siempre. Recibió la medalla de subcampeón sin soltarla de la mano —ninguno de ellos se la puso al cuello.

Y cuando los altavoces anunciaron, entre los aplausos rojos, que Michigan, por el conjunto de la temporada, estaba clasificado para el torneo nacional de la NCAA —que la temporada, al final, no había terminado—, el bloque azul encontró aliento para un último «Go Blue», y yo vi a Doyle reunir al equipo en el centro del hielo y hablar durante treinta segundos, y vi veinte cabezas asentir, y supe que la frase había sido alguna versión de: esto todavía no ha terminado.

Lo acordado era que el equipo volviera en el vuelo de la noche y nosotras tres volviéramos por la mañana, en el vuelo comercial. Pero a las once y media, en el lobby del hotel donde se hospedaba nuestra colonia azul, mi móvil vibró.

Reed: el vuelo del equipo se ha retrasado. 1h en la terminal.

Reed: ¿sigues despierta?

Sadie: Sí. ¿Cómo estás?

La respuesta tardó tres minutos, lo que, en su idioma, era un discurso siendo redactado y borrado.

Reed: de pie.

Reed: ¿me llamas?

Llamé antes de terminar de leer. Contestó al primer tono, y durante un segundo solo oí el ruido de aeropuerto —avisos, maletas, el murmullo del equipo al fondo— y su respiración.

—Eh —dije.

—Eh.

—Has jugado el mejor partido que te he visto jugar.

—Hemos perdido.

—Lo sé. Yo estaba allí. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo. —Me senté en el brazo del sofá del lobby, bajando la voz—: ¿Cómo está Luka?

—Sentado entre Mason y Knox, siendo ignorado de la manera correcta. —Una pausa—. Va a pensar que fue culpa suya. Va a entrenar el doble toda la semana. Me conozco el guion. Yo escribí el guion.

El altavoz del aeropuerto dijo algo. Alguien se rio a lo lejos. Y entonces Reed dijo la frase por la que, me di cuenta después, me había pedido que llamara:

—Sadie. Iba a aplazarlo otra vez.

El corazón se me detuvo medio latido.

—¿Aplazar el qué?

—Tú sabes el qué. —Su voz estaba cansada y limpia, sin ninguna pared, la voz del motel, la voz de la oscuridad—.

«Después del trofeo», dijimos. Y el trofeo no llegó.

Y en el autobús hacia aquí me sorprendí pensando «pues queda para después del torneo nacional».

Y después del torneo iba a ser «después del combine».

Y después… —Soltó el aire—. Danny hacía eso, ¿sabes?

«Después de la temporada me cojo vacaciones».

«El año que viene viajo». Tenía una lista entera de despueses. Yo ayudé a cargar el ataúd de la lista.

—Reed…

—No quiero que estemos en la lista de los despueses.

—El ruido del aeropuerto disminuyó; debía de haberse alejado del equipo, buscado un rincón—.

Así que: mañana. Llegas a mediodía. Yo no tengo entrenamiento.

Hay un sitio al que quería llevarte desde hace tiempo y nunca tuve el valor.

Vamos allí, y hablamos de junio. Todo. Los números, los equipos, los miedos, lo que no te he contado y lo que tú no me has contado. Sin marcador antes. Sin después.

Cerré los ojos en medio del lobby de un hotel de Minneapolis, con el corazón latiéndome en todos los sitios equivocados.

—¿Qué sitio? —pregunté, porque era más fácil que preguntar el resto.

Y Reed Calloway, al otro lado de la línea, en la noche de la mayor derrota de su temporada, respondió con la voz de quien por fin abre la última puerta de la casa:

—Cedar Hollow. —Una pausa—. Quiero presentarte a mi madre. Y al lago.