Hielo y azúcar CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

«Toda mi vida me he despertado preparada para lo peor. Nadie nos entrena para la mañana en que todo sale bien.»

sadie brooks

Despertar en el sofá horrible de Marnie con un jugador de hockey de dos metros era un problema de física que resolvimos mal y con mucha buena voluntad.

Me desperté primero, con su brazo de ancla en mi cintura y la manta de punto enrollada alrededor de los dos como una segunda masa de hojaldre, y me quedé un minuto entero sin moverme —no por la táctica del motel, esta vez.

Esta vez fue solo para mirar.

La luz de la mañana entraba por la ventanita estrecha por encima de la planta moribunda y le caía en la cara, y el Reed dormido seguía siendo la persona de la foto de la nevera, solo que ahora esa persona se había pasado la noche llamándome cosas que yo iba a guardar para siempre en un bote hermético dentro del pecho.

—Me estás mirando —dijo, ronco, sin abrir los ojos.

—Estoy haciendo inventario. Es una costumbre profesional.

—¿Y cuál es el saldo?

—Positivo. —Le pasé el dedo por la ceja, por la línea de la nariz, bajando—. Un capitán levemente dañado, una tarta consumida en circunstancias trágicas, una manta de abuela que nunca volverá a ser la misma. Y son… —espié el móvil en el suelo y me congelé— Reed. Son las seis y diez.

Él abrió un ojo.

—¿Y?

—¿Y? ¡Los sábados yo no entro hasta las siete, pero Marnie llega a las seis y media!

—Yo ya me estaba desenrollando de la manta en pánico, recogiendo ropa por el suelo del despacho en el orden equivocado—.

¡Estoy medio desnuda en el despacho de mi jefa con un atleta!

¡Esto es un despido! Esto es peor que un despido, esto es una decepción, ella me dio la llave, Reed, la llave es un voto de confianza…

Él se levantó del sofá con una calma criminal, se vistió en una cuarta parte de mi tiempo —años de vestuario—, y cuando Marnie abrió la puerta principal a las seis y veintiocho, se encontró la panadería impecable, el horno encendido, dos hornadas de cruasanes en marcha —bendita sea la masa laminada la víspera— y un cliente madrugador con chaqueta del equipo sentado en el taburete de siempre, tomando café solo con la cara más lisa del hemisferio norte.

—Capitán —saludó Marnie, colgando el abrigo.

—Señora.

Lo miró a él. Me miró a mí. Miró la rejilla donde a la segunda tarta de manzana le faltaba una porción que ninguno de los dos había recordado disimular, y la manta de punto del despacho, que por la puerta entreabierta estaba doblada con un esmero que ninguna manta tiene espontáneamente a las seis de la mañana.

—Sadie —dijo, atándose el delantal, sin prisa—. La masa de la segunda tarta.

—Fermentación más larga —respondí, en un hilo de voz profesional.

—Hum. —Cogió su propia taza—. Sí. Algunas cosas mejoran cuando dejamos de tener prisa. —Y se fue al mostrador de la parte delantera sin una palabra más, y yo viví, morí y renací en tres segundos, y Reed escondió el casi-sonrisa en la taza, y ese fue el primer día de la burbuja.