Capítulo treinta
Kass
La primavera dio paso al verano y el tiempo siguió su curso, ignorando mis preocupaciones y desdeñando mi sufrimiento.
Tuve que echar mano de todo lo que tenía para negociar con la vida y la muerte hasta llegar al otoño.
El otoño siempre había sido la estación favorita de Tee, así que lo elegí y, junto con mis hermanos, subí una montaña y luego trepé por una pared de roca para llegar al pintoresco cementerio.
Resoplando y jadeando, fui el primero en izarme sobre la cornisa y alcanzar la cima. Con los músculos doloridos y boqueando en busca de aire, me desplomé en lo alto del acantilado un momento antes de incorporarme sobre los codos y contemplar el espectacular paisaje.
El sol se ponía, bañando el paisaje con un resplandor cálido que me recordaba los extraordinarios ojos de Tee. Valles y picos se extendían ante mí, oleadas de colinas imponentes que se sucedían hasta el horizonte, un mar hecho de montañas.
Me senté allí, esperando a los demás, de espaldas a la tumba, muy consciente de la única lápida que dominaba tanto el paisaje como a mí.
Un día, todas nuestras lápidas se alzarían en este lugar elevado. Quizás desde lejos, el círculo de piedras parecería una tiara coronando el alto acantilado. Al menos tendría unas vistas estupendas cuando palmara.
Pero ahora no había mucho descanso para nosotros.
Todos estábamos metidos en un sinfín de proyectos que llevarían a Battle Brothers al siguiente nivel.
Estábamos comprometidos. Con nuestra gente.
Con nuestra familia. Con nuestras vidas.
Y eso era mucho más de lo que había esperado del universo aquel día fatídico en que conocí a mis hermanos y me reí de la extraña sugerencia de Leo de formar una hermandad estúpida.
El brazo musculoso de Jax asomó por el borde. Sus dedos arañaron la roca hasta encontrar un asidero. Su rostro apareció a continuación, sudoroso y manchado de polvo rojo, pero iluminado por la emoción que brillaba en sus ojos verdes.
—Joder.
Se arrastró hasta donde yo estaba y se desplomó en el suelo.
—Cada año es más difícil.
—Escalar el acantilado no se vuelve más difícil cada año —dije, todavía sin aliento—. Es cada año que pasa el que hace más difícil escalar el acantilado.
—Bueno, gracias por esa deprimente mierda filosófica.
Jax levantó la cabeza del suelo.
—¿Estás insinuando que nos estamos haciendo demasiado viejos para esta mierda?
—No hace falta insinuarlo —dije—. Es la pura verdad.
—Hashtag que le den a esta colina.
Max resopló mientras se izaba sobre la repisa de roca.
—Dinamitemos el acantilado y acabemos con esto.
—Típico del marine buscabombas que eres.
Se me crisparon los labios.
—¿Los explosivos son siempre tu mejor solución?
—Yo voto por designar un nuevo cementerio en algún lugar por debajo de los tres mil seiscientos metros.
La voz profunda de Troy llegó tres segundos antes de que su cabeza morena asomara por el borde.
—Entiendo que tengamos que guardar luto, pero ¿por qué no hacerlo a ras de suelo?
—Podríamos subir por la carretera forestal que lleva al prado, que está en perfecto estado, y luego coger las escaleras.
La cabeza de Apollo se materializó junto a la de Troy.
—Pero no, qué va. Eso sería demasiado fácil. En lugar de eso, escalamos una jodida pared de roca. Somos el ejemplo clásico de la involución. Cavernícolas que involucionan hasta convertirse en monos.
Jadeó.
—Eh, tú, sí, tú, gorila pálido. ¿Una ayudita?
Me levanté del suelo, agarré la cuerda y, después de tirar de ella, subí a Apollo hasta arriba, y luego a Troy.
—Gracias.
Apollo se secó el sudor de la cara.
—Me fastidia admitirlo, pero creo que este médico está a punto de sufrir un ictus.
—¿Ves? —Jax levantó las manos en el aire—. Y es más joven que nosotros.
—No tiene nada que ver con la edad.
Troy gruñó mientras se ponía de pie.
—Es cuestión de fuerza de voluntad, ya sabes.
Me miró.
—Las ganas de vivir y toda esa mierda.
—Terapia de grupo, qué amables sois todos.
Solté una risita burlona.
—Paso, muchas gracias.
—Has pasado por mucho.
Max se rascó la cicatriz bajo el parche.
—Y lo has llevado bien —añadió Apollo, siempre dispuesto a hacer de enfermero emocional.
—Estamos orgullosos de ti.
Jax se metió una barrita energética entera en la boca y siguió hablando mientras le caían migas por todas partes.
—Has salido de esto mucho mejor de lo que todos pensábamos.
—¿Puedo repetir que paso de esta reunión de Hermandad Anónima?
—Solo queremos decir... —Troy hizo una pausa para beber de su cantimplora— que no tienes que apresurarte a volver a la oficina. Tómatelo con calma. Todos estos años te has dejado la piel como director ejecutivo. Te has ganado un descanso.
—Sí —dijo Max—. Vete a Europa o algo así.
Puse los ojos en blanco.
—He estado en Europa.
—Entonces vuelve y diviértete o algo así.
—O algo así.
Resoplé.
—Entiendo de qué va esta reunión. ¿Queréis hablar de ello o qué?
Los payasos intercambiaron miradas y se callaron como muertos.
—Es por toda la mierda que dijo Larson, ¿verdad?
Desafié a cada uno con la mirada.
—Olvidadlo. Esa era su forma retorcida de meter cizaña entre nosotros. Le seguimos el juego delante del cabrón, pero nunca fue lo que yo pensaba, y si no lo sabéis, sois un hatajo de imbéciles. Soy uno más de este equipo. Tengo derecho a currar tan duro como el resto.
Jax silbó en voz alta.
—Vaya discurso.
—Han sido más de tres palabras —dijo Apollo—, desde luego.
—Solo decimos...
Troy se encogió de hombros.
—Que si quieres tiempo libre, lo tienes.
—No es mala idea.
Quizás fuera algo a lo que aferrarme.
Los demás se animaron al oírme.
—Trev no lo está haciendo nada mal asumiendo parte de tu carga —dijo Apollo—. Es un buen fichaje.
—Seb nos ha venido muy bien —dijo Troy—. No está contento, pero es útil.
Sí. Todavía tenía que ocuparme de Seb. Quizás en el próximo capítulo de mi vida, intentaría meterle algo de sentido común en la cabeza. Después de todo, había demostrado su valía. Él me había casado con Tee.
—Me pensaré lo de las vacaciones —dije—. Bueno, ¿lo hacemos o qué?
—Vamos allá —Max se levantó de un salto y fue hacia la cabecera de la tumba.
Encendió el mechero que había traído para la ocasión y prendió las dos antorchas clavadas en el suelo a ambos lados de la tumba. Las llamas proyectaron una luz temblorosa, tomando poco a poco el relevo mientras el sol se hundía tras el horizonte y abandonaba su puesto de guardia.
No me gustaban las tumbas en general, no quería pensar demasiado en esto, ni en la persona que yacía allí. Era fuerte, pero joder, esto siempre era difícil.
—Nube de polvo —anunció Troy, mirando hacia el cañón, donde los azules mortecinos del crepúsculo contrastaban con las nubes de tierra que dejaba a su paso una fila de vehículos—. Tenemos compañía.
—La queramos o no —murmuré.
—Yo sí la quiero —dijo Apollo.
—Yo también —coincidieron los demás.
Yo también la quería, pero no lo dije en voz alta porque ya lo sabían.
Jax sacó las latas de cerveza de su mochila y me lanzó una. La atrapé, la abrí y me uní a los demás alrededor de la tumba. Año tras año hacíamos esto.
¿Dejaría de doler alguna vez?
—Por Leo —Max alzó su cerveza y pronunció su brindis anual—. Que siembre el caos en el Valhalla.
—Por la llama que nos forjó —Jax alzó su lata.
—Por el acero que nos construyó —Apollo también levantó la suya.
—Por el hombre que supo formar un buen equipo —Troy levantó sus doce onzas.
—Eh, hermano —di un paso adelante y choqué mi lata contra las demás—. Si todavía estás buscando reclutas allá arriba, cuenta conmigo. Lo que hiciste por nosotros, por mí... —se me quebró la voz—. Me salvaste.
Respiré hondo y grité:
—¡Por Leo!
—¡Por Leo! —respondieron todos.
Di un largo trago a mi cerveza y los demás hicieron lo mismo.
—Puaj —gemí y me limpié la boca con la manga—. Sabe a mierda.
—El tipo era una joya —Troy dio otro sorbo e hizo una mueca—. Pero seamos sinceros, tenía un gusto pésimo para la cerveza.
—Y él lo sabía —dijo Apollo—. Seguro que compraba esta porquería barata a propósito, para torturarnos.
—Y lo sigue haciendo —Jax sonrió.
—Seguro que nos está mirando ahora mismo, descojonándose —apuré la lata de un trago y miré al cielo, donde asomaba la primera estrella—. Feliz cumpleaños, hermano.
El rugido de los motores resonó bajo nosotros. El chirrido de los frenos, los portazos al abrir y cerrar, y los haces de las linternas desafiando la noche que caía sobre nosotros anunciaron la llegada del resto de la familia al prado bajo la cumbre.
Años atrás, cuando enterramos a Leo en este lugar que tanto amaba, habíamos excavado una larga escalinata en la ladera este de la colina.
Eran sobre todo tierra compactada y tablones de madera.
También eran muy empinadas, pero bueno, cumplían su función, conectando el prado con la cumbre, y desde luego eran mejor que escalar trescientos metros de pared rocosa cada vez.
Los primeros en subir la colina fueron Emme, con la princesa Maya en la cadera, trotando tras Joram, que levantaba los puños en el aire como Rocky Balboa. Los ojos grises de Emme me sonrieron mientras le pasaba a Maya a Jax antes de agacharse y dejar un ramo de girasoles junto a la lápida.
—Hola, Leo —dijo simplemente antes de empezar con los abrazos.
Lexi subió la colina a continuación, con el bebé Max en un portabebés azul cruzado sobre el pecho. El pequeño me gorjeó mientras Lexi dejaba una exuberante orquídea blanca junto a los girasoles de Emme.
Más abrazos.
Marisol y Lulu aparecieron poco después y dejaron un ramo de claveles rosas y margaritas. También hicieron la ronda de abrazos antes de acudir a los brazos abiertos de Troy y acomodarse a cada lado de él, sus niñas adoradas.
La melena índigo de Blue asomó por el borde de la montaña cuando ella también se unió a nosotros. Tomó la mano de Apollo y colgó una guirnalda de campanillas tan azules como sus ojos sobre la lápida. Durante unos momentos, posó una mano posesiva sobre la curva de la piedra y cerró los ojos.