Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintiocho #2
98%

Capítulo veintiocho #2

A la señal, la música llenó la sala y las cortinas se abrieron.

La silueta de una mujer hermosa adoptó una pose sensual en el centro del escenario mientras se inclinaba a besar la barra.

Los contornos oscuros de otras tres mujeres ligeras de ropa aparecieron en el escenario a contraluz.

Ellas también coqueteaban con las barras.

Sus cuerpos eran sombras sinuosas balanceándose al fondo.

La violencia en la sala creció al mismo ritmo que la lujuria que se apoderaba de los rostros de aquellas bestias. No eran hombres que vivieran bajo ningún código que no fuera la violencia. Larson les había dado carta blanca para hacer lo que quisieran con las bailarinas.

¿Sabían esas mujeres el peligro que corrían?

—Venga —Larson me agarró del brazo y me sacó del invernadero—. Si quiere echar un polvo, puede hacerlo más tarde. Es la hora.

Atravesamos el salón contiguo al invernadero, donde los guardaespaldas de los magnates holgazaneaban a la espera de sus jefes: una concesión que Larson había hecho al negociar la reunión.

Lo malo era que los guardaespaldas sumaban más enemigos entrenados y armados a mi lista. Lo bueno, que Larson había tenido que desplegar mercenarios adicionales para vigilar a los equipos de seguridad de sus invitados. No había confianza entre aquellos enemigos asociados.

Eso significaba que mi escolta se había reducido de ocho a cinco guardias, Caleb incluido. Quizá eso me daba alguna ventaja. Quizá no.

—¿Hacia dónde? —exigió Larson cuando llegamos al vestíbulo.

—Por aquí —me solté de su agarre y aminoré el paso, obligando a Larson y a sus guardaespaldas a reducir la marcha mientras avanzaba por el pasillo.

—Solo cuatro —señalé mientras cruzábamos las cocinas.

Larson me lanzó una mirada perpleja.

—¿Qué?

—Solo trajo cuatro mujeres para doce hombres, trece contándolo a usted —dije—. ¿Por qué?

—Haga cuentas —gruñó—. Cada una tiene tres agujeros. Y…

—¿Y?

—Deshacerse de cuatro putas es fácil —dijo—. A nadie le importará una mierda ni hará preguntas. Es más difícil hacerlas desaparecer en mayor número. Siempre aparece algún pariente afligido que presiona a la policía para obtener respuestas.

Hijo de puta. Pensaba matar a esas mujeres cuando sus asociados terminaran con ellas.

Como si no tuviera ya bastantes problemas, tampoco podía permitir que hiciera eso.

***

Tee

Desde mi puesto en la parte trasera del escenario, vislumbré a Kass en el lado opuesto del invernadero. Estaba muy guapo con el esmoquin, tranquilo y sereno como siempre.

Solo yo conocía el significado de su rostro impasible y su mirada glacial. La furia brillaba en sus ojos, apagando el azul hasta convertir sus iris en un par de láseres translúcidos.

Cuando Larson se reunió con Kass junto a la puerta, la atención de este se desvió hacia él y los guardaespaldas que los rodearon de inmediato. Parpadeé y Kass ya había desaparecido, mucho antes de que los focos se encendieran para iluminar nuestras siluetas en la oscuridad.

Adiós a mis esperanzas de contactar rápidamente con él.

¿Adónde se había llevado Larson a Kass?

La música subió de volumen, anunciando que había llegado el momento de que Blue desplegara su superpoder. Emme, Lexi y yo nos apresuramos hacia el lado izquierdo del escenario, donde Marisol, en su papel de conductora, manejaba el sistema de sonido.

Blue permaneció en el escenario, cautivando al público con los movimientos sensuales de su baile. Era poesía en movimiento, provocación elegante y sexo sin contacto.

Pero al asomarme desde detrás de la cortina y ver el ambiente lascivo que se apoderaba de la sala, supe que el tiempo se nos acababa. Este público no se conformaría con mirar sin tocar por mucho más tiempo.

—Preparaos —dije—. No creo que tengamos más de unos minutos antes de que estos chacales se nos echen encima con las pollas fuera de los pantalones. Ya sabéis qué hacer. Os alcanzaré en cuanto pueda.

Nos movimos al unísono: todas sacamos los tapones que habíamos escondido en nuestros tops diminutos y nos los colocamos. También sacamos los pequeños bolsos de debajo de la mesa y nos los colgamos en bandolera.

Abrí la puerta oculta detrás del escenario portátil y, protegida por las sombras, eché un vistazo. Un movimiento me alertó de que algo pasaba en la parte trasera de la casa. Divisé a Kass, Larson y el equipo de seguridad atravesando los jardines.

Maldición. Eso era un problema. Cualquier desviación del plan podía ser letal.

—Aquí tienes. —Marisol hizo rodar el tercer altavoz que habíamos traído, el de respaldo, según les habíamos dicho a los guardias de la entrada.

Me moví con sigilo, saqué el altavoz por la puerta, lo orienté hacia los jardines y me aseguré de que estuviera conectado al sistema principal.

Mientras tanto, conté los guardias que patrullaban los terrenos. Eran muchos y estaban por todas partes. Tragué saliva.

Dios, espero que esto funcione.

***

Kass

—Aquí estamos. —Me giré y me encaré con Larson en el jardín de rosas.

—¿Aquí? —Entrecerró los ojos y me clavó su mirada fría—. Pero... buscamos aquí. Buscamos por todas partes. Trajimos detectores de metales y georradares.

—No necesitabas nada de esa mierda —dije—. Solo me necesitabas a mí.

—¿Dónde está? —Giró lentamente sobre sí mismo, evaluando todos los posibles escondites—. ¡Dímelo!

—Lo haré. En cuanto liberes a mis hermanos. Tráelos aquí. Hasta entonces, estamos en un punto muerto.

—No soy de los que aceptan puntos muertos. —El frío en el tono de Larson anunció que estaba desplegando su poder—. Juego para ganar. Siempre. Y para que sepas que no voy de farol, tengo una pequeña confesión que hacerte.

Hizo una pausa, como saboreando el momento.

—¿Tu hermano Leo? Fui yo quien pagó a los hombres que colocaron ese artefacto explosivo improvisado que acabó con él. Fui yo quien sobornó al artificiero encargado de despejar su ruta. Yo lo maté.

La verdad de sus palabras me atravesó y me sacudió hasta los huesos. Larson era responsable de la muerte de Leo. Había matado a Leo. Eso ya era bastante demoledor.

Pero ¿por qué me lo contaba ahora?

Para hacerme perder pie. Para asegurarse de que entendiera que tenía el poder de matar a mis hermanos y destruir mi vida. Para reducirme a mi estado emocional más vulnerable.

Pero Ice acudió en mi ayuda y mi entrenamiento Delta impidió que mi ira estallara.

—¿Por qué mataste a Leo?

—Pensé que, sin él, vuestra pequeña hermandad se derrumbaría —dijo, disfrutando del dolor que percibía en mí—. Pero no funcionó. Si acaso, su muerte os unió en un equipo aún más fuerte. Tuve que seguir adelante, probar algo diferente.

Algo como cazarnos a mis hermanos, a mi mujer y a mí como si fuéramos animales destinados al matadero en su coto privado.

—Así que ya ves —continuó Larson—. Leo fue mi primera víctima y ni siquiera lo sabías. Pero ahora que lo sabes, entenderás que no me detendré hasta que me des el código. Si me lo das ahora mismo, perdonaré a tus hermanos.

Sí, claro. Apreté los dientes y luché contra la rabia.

La sonrisa de suficiencia de Larson era prueba de que estaba disfrutando de lo lindo.

Esto formaba parte de su modus operandi, de su necesidad de causar confusión, dolor y angustia en su víctima.

Su revelación estaba diseñada para desestabilizarme.

Casi lo consiguió, pero Ice estaba al mando, procesando, calculando, anticipando.

Larson mató a Leo para dispersar nuestro equipo y dejarme solo y vulnerable ante él. Todo tenía sentido ahora. Leo lo había hecho todo bien. Max, que había estado con Leo cuando murió, lo había confirmado. Y aun así, lo habían matado. No matado. Asesinado a sangre fría.

La rabia que me recorrió el cuerpo tiñó mi visión de destellos rojos.

—El código —ladró Larson.

—Mis hermanos. —Me mordí hasta saborear sangre.

—¿Crees que puedes jugar conmigo? —se burló Larson—. ¿Crees que puedes doblegarme a tu voluntad? Te equivocas. Yo no me doblego.

Sacó lo que parecía un mando a distancia de su bolsillo y posó el dedo sobre el botón superior.

—Leo fue la víctima número uno —dijo—. Ahí va el hermano número dos.

El dispositivo en mi bolsillo vibró. Lo saqué y observé horrorizado cómo una mampara translúcida descendía en la parte delantera de las celdas de los chicos.

Jax frunció el ceño y empezó a toser, llevándose la mano a la garganta antes de dejarse caer a cuatro patas y cubrirse la boca y la nariz. Un siseo distante captó mi atención: gas que salía de las rejillas de ventilación.

—El código —repitió Larson—. Ahora. O...

Pulsó el segundo botón.

—Hermano número tres.

Se me retorcieron las tripas cuando Max intentó salir de su celda a patadas antes de caer también al suelo, en un intento de evitar el aire que no tenía más remedio que respirar.

El corazón me rugía en los oídos mientras Apollo llamaba a los demás y Troy se quitaba la chaqueta, se subía a la cama y la encajaba en una de las rejillas.

Mis hermanos. Estaban muriendo. Por mi culpa. Por culpa de mi padre lunático. El terror me agarró por la garganta.

«Mantén la calma, Ice. No pierdas el control».

—Hicimos un trato —planté los pies y clavé la mirada en Larson—. Detén esto.

—El código —gruñó Larson—. Es demasiado tarde para Leo. Pero puedes salvar a los demás si actúas rápido.

Joder.

Larson había querido tener a todos mis hermanos entre sus garras para asegurarse de que no pudiera negarle su victoria final. No podía darle el código a Larson, pero tampoco podía dejar morir a mis hermanos. Mentiras dentro de mentiras, trampas dentro de trampas.

Todo se reducía al plan Z.

***

Tee

Pulsé el pendiente.

—Atención. Estamos listos. Pero Ice no está en la sala.

—Recibido —la voz de Trev atravesó el crepitar de una fuerte interferencia electrónica—. Transmitiendo información. Todo listo.

El número musical de Blue estaba llegando a su fin. Algunos de los pervertidos del público ya estaban de pie gritando obscenidades. Blue hizo un último giro de helicóptero alrededor de la barra, aterrizó con gracia y pirueteó hacia nuestro lado del escenario.