Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

Kass

—Linette, querida —dijo mi padre—. Me has decepcionado mucho.

Yo estaba junto a la puerta del baño, tan cerca de mi madre que, si estiraba el brazo, podía tocarla. Tenía seis años y ella estaba hecha un ovillo en la esquina de su dormitorio, temblando, llorando, con la nariz hinchada y sangrando.

Atrapado en el flashback, no podía creer que mi mente de treinta y ocho años me hubiera traicionado así, forzándome a volver a aquel tiempo y lugar terribles que tanto me había esforzado por olvidar.

Intenté abrirme paso a zarpazos para salir de los vívidos recuerdos, pero me engulleron en un vórtice oscuro del que no podía escapar.

Al volver a mirar al niño pequeño en el centro de todos mis recuerdos, me pregunté: ¿de verdad era yo?

Lágrimas calientes le corrían por el rostro y los mocos le goteaban de la nariz. Acurrucado junto al umbral, era un pobre desgraciado: pálido, escuálido y demasiado pequeño para su edad. El pelo largo le rozaba el cuello y los rizos rubios le caían sobre los ojos acuosos.

Era guapo pero frágil, sensible pero ingenuo, dulce pero débil, tierno pero patético.

Una criatura indefensa y herida, ya había sido marcado como presa: un herbívoro traumatizado y ablandado, criado con el único propósito de absorber las enormes cantidades de sufrimiento que lo convertían en un manjar para su dueño carnívoro.

¿Este niño?

Era lo opuesto a todo en lo que me había convertido.

El niño estaba alterado. Odiaba que mamá llorara y que mi padre la golpeara. Pasaba casi todos los días y eso también lo odiaba. El olor empalagoso de la colonia de su padre inundaba la habitación. Me provocaba arcadas, tanto en el pasado como en el presente.

El recuerdo olfativo me golpeó en plena cara. Era difícil de creer, pero era verdad: yo era el niño patético y el niño patético era yo.

Mi padre se cernía sobre mamá, alto, fuerte e imponente, proyectando una sombra siniestra sobre ella. Estaba más que furioso. Todo su cuerpo temblaba de una rabia que me hacía temblar hasta en mis zapatillas con luces.

—¿Creíste que podías dejarme sin más? —preguntó con voz suave como el satén—. ¿Creíste que podías llevarte a mi hijo y largarte de aquí?

—Lo siento —gimió mamá, mirándome de reojo—. Por favor, Lars, perdóname.

Era joven, pero no estúpido. La mirada desesperada que me lanzó era una advertencia. Quería que corriera y me escondiera. Pero no podía dejarla sola con mi padre. Él era muy fuerte. Ella no.

La mirada de mi padre cayó sobre las maletas abiertas en la cama.

Una era para mamá, la otra para mí. Solo lo esencial, había dicho mamá momentos antes mientras metía frenéticamente nuestras cosas.

De niño, no sabía qué significaba la palabra «esencial», pero hice un pequeño nido en medio de mi ropa y acomodé allí a Conejito.

Conejito era mi mejor amigo. Mi único amigo. Mamá me lo había regalado cuando era un bebé. Siempre lo metía bajo las sábanas conmigo cuando me daba las buenas noches.

Conejito no le tenía miedo a nada, pero yo estaba aterrado de la oscuridad. Mamá lloraba más fuerte entonces. Me preocupaba que los monstruos que le hacían daño vinieran de noche. Bueno. Un monstruo. Mi padre.

—Linette, ¿adónde ibas? —exigió mi padre en ese tono clínico que me retorcía las tripas cada vez—. ¿Quién te está ayudando? Más te vale decírmelo ahora.

No levantaba la voz, pero los retumbos volcánicos que detecté detrás de sus palabras me asustaron tanto que me oriné un poco encima.

Eso añadió vergüenza a mi terror. El corazón me tronaba en los oídos.

Los sirvientes no estaban por ningún lado.

Los guardaespaldas de mi padre también habían desaparecido.

Siempre que se ponía así, todos se largaban.

Ojalá mamá y yo también pudiéramos largarnos. Si fuera invisible, no tendría problemas para sacarnos de allí. Cerré los ojos, apreté los dientes y cerré los puños, deseando que mi cuerpo desapareciera.

Pero cuando abrí los ojos, mi imagen se reflejaba en el espejo dorado de mi madre. Era pequeño y débil, y por mucho que lo intentara, no era invisible.

Los pensamientos se filtraron en mi mente, tan frescos y poderosos ahora como cuando tenía seis años.

Si fuera invisible, nadie me vería ir ni venir.

Me llevaría a mamá a mi escondite. Construiría una gran fortaleza con muros gruesos, muchas armas y una patrulla de dragones feroces que me ayudarían a defender el lugar.

Mamá estaría a salvo allí y mi padre no podría hacernos daño.

Mi mamá necesitaba un protector.

Yo necesitaba protegerla.

Para eso, crecería más alto que mi padre, más fuerte, más listo también. Sería más rico, mucho más rico que él. Tendría mucho dinero para defender mi fortaleza, a mi mamá y a mí. No le tendría miedo a la noche. Ni a los monstruos.

Pero mi problema aquella noche fatídica era que aún no había crecido.

—Conspiraste con él —acusó mi padre a mamá en un tono bajo, suave, casi agradable al oído.

Pero lo único que oí fue la ira que hacía más graves las inflexiones guturales de su garganta y convertía su voz en una hoja afilada—.

Y ahora está muerto. Así que dime, Linette. ¿Dónde está el código? ¿Dónde está?

El código. No tenía ni idea de qué era eso.

—Perra —mi padre le dio un golpe a mamá en la cabeza—. Respóndeme. ¿Dónde está el código?

—No lo sé —sollozó mamá—. ¡Te lo juro!

—No te creo —la agarró del pelo, la levantó del suelo y la dejó caer de rodillas—. Registré su habitación. No está allí. Eres la única otra persona con la que hablaba aquí. Lo que significa que te lo dio a ti. ¿Crees que soy idiota?

—Lars —hundió el rostro en las manos y sollozó—. No puedo seguir contigo.

Él ladró:

—¿Por qué no?

—Porque... —dejó caer las manos en el regazo y alzó la vista para encontrar la mirada fría de mi padre, el rostro pálido, los ojos huecos y desprovistos de esperanza—. Matas gente para ganarte la vida. Ganas dinero haciendo daño a gente inocente. Mataste al noruego. ¡Lo mataste en esta misma casa!

El noruego. Llevaba alojado con nosotros las últimas semanas. Era un hombre agradable. Había sido amable conmigo y con Mamá.

—¿Por qué te pones de su lado? —exigió mi padre—. Le pagué bien y aun así el bastardo me traicionó.

—Tú lo traicionaste a él —sollozó ella—. Eres malo y cruel, y no quiero que mi hijo se convierta en alguien como tú. Lo siento, Lars. Lo intenté, pero ya no puedo seguir aquí.

—¿No puedes, eh?

Pateó a Mamá con fuerza en el vientre. Ella se dobló sobre sí misma y emitió un sonido extraño, un graznido que era también gorgoteo y llanto. La pateó una y otra vez como si no fuera más que un balón de fútbol. Ella se encogió aún más mientras los golpes caían por todo su cuerpo.

La ira martilleaba en mi pecho. Ya no podía soportarlo más.

—¡Basta! —estrellé mi pequeño cuerpo contra las enormes piernas de mi padre, rebotando como si él estuviera hecho de goma—. ¡Le estás haciendo daño!

Mi padre se detuvo un instante y me miró a los ojos.

—Hacerle daño es precisamente el objetivo.

La pateó una y otra vez.

—¿Dónde está el código? ¿Dónde está?

Le di puñetazos en las rodillas, en las espinillas.

—¡Deja en paz a Mamá!

—Mocoso desagradecido hijo de puta —me agarró por el cuello y me lanzó al otro lado de la habitación—. ¡Quítate de mi puto camino!

Volé como un proyectil por el aire. Me estrellé contra la pared, arrastrando una lámpara de cristal, y terminé desparramado en el suelo.

El mundo giraba a mi alrededor: paredes azules, techos artesonados, el retrato de Mamá colgado sobre su escritorio. Me dolía la espalda. La mano me sangraba por un corte. Rodeada de fragmentos de cristal, la lámpara yacía junto a mí sobre la elegante alfombra, retorcida y destrozada.

Estaba tan rota como me sentía yo.

—Lars, por favor —dijo Mamá—. No le hagas daño. Es solo un niño pequeño.

—Un niño pequeño conspirando con su puta de madre para traicionarme.

Mi padre fue hasta la cama dando pisotones y revolvió nuestras maletas.

—¿Dónde está?

Cuando no encontró lo que buscaba, agarró una de las maletas y la lanzó al otro lado de la habitación, igual que había hecho conmigo. Era mi maleta, y Conejito salió volando y aterrizó cerca, con sus ojos negros reflejando mis lágrimas y el miedo que me arrugaba la cara.

Recogí a Conejito del suelo. Pobre Conejito. Lo acuné en mis brazos, lo besé, lo consolé. ¿Estaría asustado y dolorido como yo?

—¿Por qué lloras? —mi padre me miró desde arriba, con la boca retorcida y la nariz arrugada de asco—.

Eres un niño de Mamá. ¿Sabes qué les pasa a los niños como tú?

Se les marchita la polla y se les cae. Se convierten en niñas asquerosas con tetas grandes y coños sucios. No puedo permitir que eso te pase.

No entendía nada de lo que decía, pero estaba aterrorizado, temblando tanto que ya no podía articular palabra. Me aferré a Conejito. Intenté contener las lágrimas que me corrían por la cara, pero no pude. Seguían cayendo, calientes y rápidas.

—Jodiste a mi hijo —mi padre atravesó a Mamá con su terrible mirada—. Lo convertiste en un debilucho llorón. Sois una decepción para mí, los dos.

Volvió sus ojos ardientes hacia mí y me señaló con un dedo rígido.

—Voy a enderezarte.

Se agachó y arrancó a Conejito de mis manos.

Lo agarró del cuello y lo retorció. Rasgó.

La cabeza de Conejito se desprendió entre sus garras.

Mi padre la arrojó al suelo. Grité, pero no me salió ningún sonido.

La pelusa blanca flotaba en el aire mientras mi padre desgarraba el resto del cuerpo de Conejito.

Sentí como si me estuviera desgarrando a mí al mismo tiempo, haciéndome pedazos que nunca podrían volver a coserse.

—¡Para ya! —magullada y sangrando, Mamá se puso de pie y se tambaleó hacia mi padre, con la bata ondeando tras ella. Agarró el brazo de mi padre y no lo soltó—. Para, hijo de puta.

—Última oportunidad, Linette, o le haré esto al niño.

Mi padre pisoteó los restos del maltrecho cuerpo de Conejito.

—¿Dónde está el código?

—Es tu hijo, por el amor de Dios —Mamá empujó a mi padre, alejándolo de Conejito, de mí—. No permitiré que lastimes a nuestro hijo.

—¿Nuestro hijo? —resopló y la agarró por el cuello con la mano izquierda—. Ya no, perra entrometida. De ahora en adelante, es solo mi hijo.

Metió la mano bajo la chaqueta, sacó la pistola de la funda y le presionó el cañón contra la frente.

—El código —exigió.

Mamá estalló.

—Arde en el infierno.

—Adiós, perra.

Apretó el gatillo.

Una niebla rojiza se elevó de la frente de Mamá antes de que le estallara la nuca. La sangre llovió sobre mí, junto con pedazos de cráneo y masas grises. Solo cuando cayó al suelo junto a mí me di cuenta de que se había ido. Como su cara. Desaparecida.

Asesinada por el monstruo que me engendró.

Miré fijamente a mi madre sin rostro, vi cómo su sangre empapaba la alfombra y formaba un charco en el suelo. Abrí la boca, pero de mi garganta no salió ningún sonido. Su sangre me manchaba la camisa y me goteaba de los rizos rubios. No podía respirar. Me estaba ahogando en su sangre.

Levanté la vista y encontré a mi padre mirándome desde arriba. La sangre le salpicaba la cara. La sangre de Mamá. La tormenta aún rugía en sus ojos, pero una sonrisa plácida le floreció en los labios.

—Esto es lo que les pasa a quienes se cruzan en mi camino —dijo como si me estuviera enseñando el abecedario—. Tu puta de madre me traicionó. Ahora está muerta. No lo olvides.

Miré de él a mamá. La mató. La mató.

Era un niño. No sabía mucho. Pero sabía que mi mamá estaba muerta y que los muertos no vuelven.

—No hablarás de esto con nadie —ordenó papá—. No pensarás en esta mujer ni en este día nunca más. Si pronuncias su nombre, te cortaré los labios y la lengua y te los haré tragar.

El almuerzo me subió por la garganta. Tuve arcadas y casi vomité. En el último momento, tragué un buche amargo. Si vomitaba, me mataría.

—A partir de ahora, las lágrimas están prohibidas en esta casa —dijo—. Serás duro, como yo. No le tendrás miedo a nada. Tampoco permitiré sollozos, balbuceos ni lloriqueos. Lo único que quiero oír de ti es «Sí, señor». ¿Entendido?

Logré asentir. Entendía. Si lloraba, me mataría. Si hablaba, me mataría. Si era blando, me mataría. Si admitía mis miedos, me mataría.

Nunca volvería a hacer ninguna de esas cosas.

Las lágrimas se me secaron en las cuencas y los lagrimales me ardieron como si mi cerebro hubiera ordenado la destrucción permanente de mi capacidad de llorar.

Con ella desapareció mi capacidad de hacer el duelo, y también mi voz.

Nunca había sido un niño parlanchín ni llorón, pero desde ese momento, solo hablaría si era necesario.

Mi mirada se detuvo en mi madre muerta. La quería tanto. En ese momento, eso parecía algo malo. Dolía demasiado. Si quería sobrevivir a esa agonía, tendría que enseñarme a no sentir ese dolor horrible que me robaba el aliento.

Papá tenía razón. Lo blando era malo. Lo patético era malo. Lo débil era malo.

Lo duro era mejor.

Metí todos mis pensamientos y emociones en una maleta idéntica a la que mamá había preparado para mí. En mi cabeza, la cerré con llave y la tiré.

Y aun así, sabía que papá me mataría igual que había matado a mamá.

Solo era cuestión de cuándo.

—Seguirás mis pasos —papá me dio palmaditas en la cabeza como si fuera su rottweiler—. Para eso naciste. Para perpetuar mi legado. Te convertirás en el hijo que creé, en el hombre que estás destinado a ser.

No era un hombre. Era un niño. Un niño flaco, estúpido e inútil que no podía hacer nada, ni siquiera salvar a su mamá.

Pero me hice una promesa. Un día me volvería invisible, construiría mi fortaleza y la defendería con todas las armas increíbles que tendría.

Trabajaría duro y de mayor sería fuerte, poderoso y rico.

Sería valiente y no le tendría miedo a la oscuridad.

Lucharía para proteger a los débiles y acabaría con todos los monstruos del mundo.

Y como papá era el monstruo que mató a mamá, yo lo mataría.

Hasta entonces, tenía que sobrevivir.

Tras terminar su discurso, mi padre enfundó el arma y me dejó en la habitación, solo con el cadáver de mi madre. También me dejó con una imagen clara de la criatura feroz, gélida y peligrosa en la que tenía que convertirme para vencerlo si quería cumplir mi juramento.