Capítulo quince #2
Era hora de acabar con este puto juego del escondite. Zero Tango estaba ahí dentro. Podía sentir cómo se acobardaba detrás de esas puertas. Aunque se congelara el infierno, no iba a desviarme de mi plan ni a irme sin mi presa.
Avancé sigilosamente por el pasillo. Sin cámaras. Sin sensores de movimiento. Con sus mercenarios fuera de combate, Zero Tango no sabía que iba a por él.
Me detuve al final del pasillo y pegué la oreja a la puerta. La voz de Arturo me llegó desde el otro lado. Estaba discutiendo con alguien, presumiblemente Zero Tango. La voz grave y pausada de este no atravesaba las puertas con tanta claridad como el lloriqueo agudo de Arturo.
—Tenemos que ponernos a cubierto —decía con tono urgente—. Tenemos que llegar al búnker.
Búnker, y una mierda. No iba a permitir que nadie se encerrara en ningún puto búnker. Probé el pomo. Giró sin resistencia. Este hijo de puta estaba tan convencido de que su fortaleza era inexpugnable que ni siquiera se había molestado en echar la llave después de la explosión.
Mala suerte… para él.
Moviéndome como una onda en un estanque en calma, abrí la puerta unos centímetros.
Me agaché junto a ella y eché un vistazo.
Más allá de un vestíbulo de mármol, seis escalones ascendían hacia un estudio moderno.
Un escritorio elegante presidía el espacio al fondo de la habitación, enmarcado por un enorme ventanal que daba a una piscina iluminada.
Por alguna extraña razón, aquella disposición me recordó a un trono.
Dos muros bajos flanqueaban los escalones, cada uno con una rejilla de estanterías metálicas que exhibían una colección de cerámica negra.
No podía ver a los hombres, pero sus voces me llegaban desde las nueve.
El tintineo del hielo contra el cristal delataba que alguien se estaba sirviendo una copa.
Manteniéndome agachado, me colé en la habitación. En silencio, cerré la puerta y eché el pestillo por si acaso. El sonido de pasos acercándose al centro de la estancia me impulsó a cruzar el vestíbulo. Me puse a cubierto tras el muro bajo junto a los escalones y agucé el oído.
Una silla crujió bajo el peso de alguien. La voz de Arturo seguía acaparando la conversación. Perfecto. Mi presencia no había sido detectada.
Hora de echar un vistazo más de cerca.
Estiré el cuello y miré a través de las estanterías. Vestido con traje, Arturo se apoyaba contra la pared a la derecha del gran ventanal, sin parar de hablar como si tuviera diarrea verbal. Un vendaje cuadrado le cubría la herida de la cara. Por lo que podía ver, no iba armado.
Tenía sentido. Cualquier equipo de seguridad que se preciara lo habría desarmado antes de permitirle estar a solas con Zero Tango, alias Gustav Viklund, alias quién coño fuera en realidad.
El jefe de Arturo estaba sentado en una silla de cuero blanco, de espaldas al escritorio. Enmarcado por la ventana y la piscina reluciente que se extendía más allá, lo único que alcanzaba a ver de él era su mano cuidada, que sujetaba un vaso con un líquido acaramelado y un limón.
Un anillo negro brillaba en su dedo meñique, una baratija extrañamente familiar. También me resultaba familiar el hedor de una colonia de alta gama espantosa que me daba ganas de vomitar.
¿Qué demonios me pasaba?
Bloqueé las señales falsas que me nublaban la mente y me concentré.
Estudié la habitación. Las paredes estaban salpicadas de pinturas modernistas.
El orden y la geometría dominaban el espacio monocromático.
Incluso habían girado los libros en las estanterías para ocultar los lomos y mantener el estilo uniforme y la paleta de colores.
Sabía ese último detalle porque yo solía hacer lo mismo.
La habitación me recordaba a... ¿mi casa?
Sonó un móvil y desvió mi atención de aquella extraña comparación.
—Más vale que sea importante. —El hombre sentado en la silla ejecutiva dejó la bebida en el escritorio y activó el altavoz del móvil—. Informe.
—El barco ha explotado, señor —anunció una voz profesional al otro lado del teléfono—. Está ardiendo.
—Gracias por esa explicación tan técnica de una mierda que ya sé —el acento preciso del hombre amortiguaba sus palabras y añadía un tono gutural a su discurso que acentuaba el sarcasmo destilado en cada palabra—. Ahora me dirás que mi valiosa mercancía se ha convertido en humo y cenizas.
—Es muy probable, señor.
Conociendo el modus operandi de Zero Tango, reconocí el mérito del hombre al otro lado de la línea por arriesgar su vida con una respuesta honesta.
—Estamos intentando minimizar las pérdidas y reducir las bajas, pero por desgracia teníamos muchos efectivos custodiando los muelles, el barco es pérdida total y varios almacenes también han ardido.
Arturo se hundió la cara entre las manos, pálido y angustiado.
El silencio del otro hombre resonó en la habitación con más fuerza que una sarta de maldiciones.
Por alguna extraña razón, mi estómago reaccionó a su furia silenciosa de la misma forma extraña en que reaccionaba a su elegante acento escandinavo: con un vuelco feroz.
¿A qué venía eso?
Controlé mis reacciones exageradas y me centré en escuchar con atención y recopilar información.
—¿Han violado el perímetro? —exigió el hombre con una furia que me sacudió las entrañas—. ¿Hay informes de intrusos?
—Señor, el perímetro parece intacto y no se han detectado intrusos —informó el subordinado—. Los radares también están limpios. Las cámaras y los detectores de movimiento no se han activado. Tenemos informes de disparos, pero nadie ha identificado un objetivo creíble hasta el momento.
—Caleb —escupió el hombre—. ¿Vas a tenerme en vilo o eres capaz de contarme qué ha pasado?
—El Quijote estaba cargado con sacos de gránulos de nitrato de amonio —explicó el hombre llamado Caleb—.
Sabemos que pueden volverse inestables si no se almacenan correctamente o si se exponen a temperaturas superiores a las normales.
Además, hay informes de soldadores que estaban reparando un almacén cercano.
Cualquiera de esos escenarios podría explicar la explosión, pero no lo sabremos hasta que podamos llevar a cabo una investigación en condiciones.
—Controla la situación, ya —ordenó el hombre—. Impide que esos idiotas se vuelen las pollas entre ellos. Llámame cuando tengas algo concreto que contarme. Sácate los dedos del culo, deja de lamerte la mierda y haz tu puto trabajo, joder.
El hombre cortó la llamada y estampó el móvil contra el escritorio. Giró ligeramente la silla para encarar a Arturo. Pero desde donde yo estaba oculta, aún no podía verle la cara.
Y sin embargo, algo se activó dentro de mí y una ráfaga de aire ártico me golpeó como si alguien hubiera derribado de una patada una vieja puerta cerrada con candado en algún lugar del Polo Norte.
El anillo que llevaba. La colonia que apestaba el lugar. El acento. El sarcasmo. La malicia que emanaba de él y me envolvía en aquella tormenta polar.
Sabía quién era aquel hijo de puta.
Aquella extraña sensación de presagio se coaguló en un nudo que me retorcía las tripas. La certeza me golpeó como una ola. Por un instante, solo vi la luz blanca al final del túnel. Cada fibra de mi ser se convirtió en cable de acero.
Ni de coña. Im-puto-posible. No puede ser.
Estás perdiendo la cabeza, Ice. Te estás derritiendo más rápido que un glaciar suizo. Estás alucinando.
La única explicación lógica que se me ocurría era que en algún momento del camino había sufrido una conmoción cerebral y mi cerebro estaba funcionando de puta pena.
Sí, tenía que ser eso.
Parpadeé dos veces. El hombre seguía allí y su malevolencia llenaba la habitación con el hedor podrido que solo yo podía detectar. Mi entrenamiento me obligó a pensar pese a la conmoción. Confía en tus instintos. Necesitaba información concreta en tiempo real.
Solo había una forma de saberlo con certeza.
Luché por imponer la lógica a mis emociones. El hombre estaba reprendiendo a Arturo, que balbuceaba como un idiota. El intercambio me dio la oportunidad que necesitaba.
Me moví rápido y en silencio, deslizándome a lo largo del muro bajo mientras pegaba el M4 al centro del cuerpo. Agarré la carabina alta en la empuñadura trasera, apoyé la mejilla contra el lateral de la culata y encaré los escalones.
Arriba, planté los pies escalonados y alineé los hombros con el objetivo. Con el dedo en el gatillo, mantuve a Arturo como amenaza en mi visión periférica, pero apuntaba al hombre sentado tras el escritorio.
Cuando Arturo me vio, jadeó. El hombre giró en su silla y se volvió hacia mí con una pistola automática en la mano.
La cara cuadrada no hizo sino aumentar mi confusión.
También sus ojos, que se entornaron al mirarme, brillando con una chispa de reconocimiento.
Su Smith & Wesson M&P seguía apuntándome.
La tierra tembló bajo mis pies. Una hoja fría se me hundió en el pecho. Un terror visceral emergió de mi pasado y me golpeó en el estómago. Pero mi entrenamiento acudió en mi auxilio. Bloqueé todo lo demás y centré el láser en su pecho, sabiendo lo que tenía que hacer.
Si el diablo había escapado de su guarida en llamas, era mi trabajo devolverlo al fuego. Un mal como el suyo debía estar confinado en las entrañas del infierno. Sin dudas. Sin vacilación. El nudillo tocó el gatillo mientras empezaba a apretar.
—Espera. —Se puso de pie con las manos en alto, sin soltar el arma—. No dispares.
Gruñí.
—Dame una maldita razón para no dispararte aquí mismo.
—Te daré dos. —Una sonrisa fría y calculadora le cruzó el rostro—. No me matarás porque soy Zero Tango y necesitas saber más sobre mí. Mucho más.
Obligué a mi cara a permanecer impasible, pero me enfurecía sobremanera que tuviera razón.
—En cuanto a la segunda razón, ya sabes cuál es. —Bajó los brazos y los abrió de par en par—. Bienvenido, hijo. Te estaba esperando.