Capítulo catorce
Tee
Me desperté cuando el rugido de los motores cesó. Apoyé las manos en la cama y me incorporé de golpe, parpadeando para quitarme el sueño de los ojos. El recuerdo de un táser y un clavo hizo que el corazón se me rebelara contra las costillas. Por un momento, no supe dónde estaba.
¿Atrapada otra vez?
Sin aliento, extendí la mano hacia la mesita de noche y accioné un interruptor. La lámpara se encendió. No estaba atrapada de nuevo en el campamento de Arturo, aterrorizada. Estaba a salvo en la cubierta inferior del Bravo, tumbada en el camarote que Kass y yo nos habíamos apropiado.
Vamos, Titan, estás siendo una cobarde.
Me obligué a tomar varias respiraciones profundas para calmarme. Poco a poco, el olor a barco nuevo ahogó el sabor agrio del miedo que me quedaba en la boca.
Llevábamos tres días en el mar, y aún persistían los recuerdos de mi cautiverio. Pero no iba a desmoronarme. No pensaba hacerlo. Con un resoplido decidido, aparté el miedo de mi cabeza y me levanté.
El barco se mecía suavemente bajo mis pies mientras subía el corto tramo de escaleras.
Una cálida brisa tropical me acarició el rostro y me dio la bienvenida a la cubierta superior.
El cielo exhibía la Vía Láctea en todo su esplendor.
Podría haber aprovechado la ausencia de contaminación lumínica para contemplar las estrellas, pero en lugar de eso, me quedé mirando los ojos luminosos de Kass.
—¿Despierta tan pronto? —De pie bajo la capota, junto al timón, echó un vistazo al reloj—. Has dormido menos de tres horas.
—Estoy bien —me acerqué a él, le rodeé la cintura con los brazos y, apoyando la mejilla contra su pecho, cerré los ojos.
Mucho mejor.
Sus brazos me rodearon, infundiéndome fuerza. Me plantó un beso en la frente, apoyó la barbilla en mi coronilla y dejó escapar un largo suspiro que olía a… ¿fruta fresca?
Aferrada a él, olfateé el aire.
—¿Eso es melón?
—Así es —sin soltarme, añadió—: También hay piña, sandía y plátanos. Me preparé una ensalada de frutas para picar a medianoche. ¿Quieres un poco?
—Dame un minuto —lo abracé más fuerte e inhalé de nuevo, llenándome del aroma reconfortante que desprendía, fruta incluida—. Qué bien se está así.
—Ya lo creo —me acarició el pelo y dejó pasar un momento antes de aventurarse a preguntar—: ¿Titan? ¿Has vuelto a tener pesadillas?
—Estoy bien. No tienes que preocuparte por mí —me aparté y lo miré con los ojos entrecerrados—. ¿Y cómo sabes lo de mis pesadillas?
—Te oí llorar y gemir mientras dormías.
Adiós a mantener en secreto mi último trastorno emocional.
Me estrechó contra su pecho.
—Sabes que tarde o temprano tendremos que hacer algo al respecto, ¿verdad?
—¿Qué te parece esto? —alcé la vista hacia él—. Yo haré algo con mis pesadillas cuando tú hagas algo con las tuyas.
—Trato hecho —respondió demasiado deprisa—. Entonces tendrás que hablar con mi persona.
—¿Tu persona? —fruncí el ceño—. ¿Tienes una persona con la que hablas? ¿Por eso ya no tienes pesadillas?
—¿Sorprendida? —me dedicó una sonrisa, cogió un trozo de fruta y me lo metió en la boca antes de que pudiera balbucear lo impactada que estaba—. Toma, melón.
—Mmm —los sabores frescos y fríos me humedecieron la garganta y se asentaron agradablemente en el estómago—. ¿Más, por favor?
Cogió el cuenco, pinchó un trozo de piña con el tenedor y me lo llevó directamente a la boca. Era un trozo grande y jugoso, y algo del jugo me resbaló por la barbilla. Con los ojos brillantes de un hambre repentina, Kass se inclinó y succionó el dulce néctar de mis labios.
—Mmm —murmuró contra mis labios—. Esto me ha dado sed de tu jugo privado.
Arqueé una ceja.
—¿Así que ahora me estás llamando piña?
—Completa, con hojas espinosas y pulpa suave y dulce —con una sonrisa, cogió otro trozo de fruta y me lo ofreció.
—En un momento —lo solté y di un paso atrás, alejándome del único hombre en el mundo capaz de borrarme cualquier pensamiento de la cabeza con una simple referencia, a una piña, nada menos—. Ahora mismo, quiero saber más sobre esa persona tuya.
Dejó el cuenco sobre la consola y puso los ojos en blanco.
—Cómo no.
—¿Y bien?
—Es una de las amigas loqueras de Apollo —dijo a regañadientes—. Es buena. Si es capaz de lidiar con mis mierdas, te pondrá la cabeza en su sitio en un santiamén.
—Vaya, Kass —me quedé mirando a este hombre nuevo que apenas reconocía—. Estoy impresionada. Esas pesadillas sobre tu pasado solían atormentarte cada noche.
—He trabajado duro para dejarlas atrás —dijo, como si el agotador trabajo emocional que eso conllevaba hubiera sido fácil para un hombre que detestaba hablar de su pasado—. Seguro que tú puedes hacer lo mismo.
—¿Le hablaste de tu madre?
—No —murmuró—. Todavía no estoy preparado para eso.
Lo abracé de nuevo, sabiendo que solo había podido compartir unas pocas pinceladas de esa terrible historia dos veces: una con sus hermanos y otra conmigo.
Una de las pantallas emitió un pitido, captando la atención de ambos. Kass se inclinó sobre la consola y estudió la pantalla.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Es el Quijote —dijo—. Estoy siguiendo su trayectoria.
—¿Seguimos por delante de él?
—Sí. —Señaló el icono del barco, que se movía lentamente en la pantalla, y luego deslizó el dedo hasta el pequeño globo que indicaba nuestra ubicación en el mapa—.
Van a una media de doce nudos. Nosotros podemos ir mucho más rápido.
Y como el Bravo fue diseñado para eludir la detección por radar, ellos no pueden vernos, pero nosotros a ellos sí.
Observé la ensenada costera aislada donde Kass había anclado la lancha.
—¿Por qué nos hemos detenido?
—Esta cala es un punto de partida excelente hacia la isla de EchoSat —dijo—.
No hay ningún asentamiento a la vista, el agua es poco profunda y el oleaje está en calma.
Necesitamos mantener un perfil bajo y ahorrar combustible por si tenemos que salir de aquí a toda prisa. Además, echa un vistazo a esa colina.
Seguí la dirección que señalaba hasta el continente cercano, donde una colina densamente arbolada dominaba una pequeña playa.
—¿Qué tiene de especial?
—Es el puesto de observación perfecto —dijo—. Cuando el Quijote se acerque a la isla, estaremos allí arriba, vigilando la zona con mis prismáticos de largo alcance. En cuanto Arturo haga contacto, entramos en acción.
—¿Sigues pensando que el intercambio será mañana?
—Afirmativo —dijo Kass—. El Quijote hizo una ligera corrección de rumbo hace un par de horas. Su destino está claro.
—¿Y ahora qué?
—Esperamos a que Arturo confirme nuestras teorías.
—¿Y si lo hace?
Los iris de Kass se convirtieron en diamantes relucientes.
—Hola, Zero Tango.
***
Kass
El radar mostraba que éramos los únicos en kilómetros a la redonda. La noche era cálida y el mar se mostraba apacible. Mecía la lancha con olas suaves, como si quisiera arrullarnos hasta dormirnos.
Pero Tee seguía alterada por sus pesadillas y yo estaba demasiado acelerado para echar una siesta. Mañana, Zero Tango tendría su ajuste de cuentas.
Mi equipo estaba listo y yo también. Había limpiado mis armas, preparado y vuelto a preparar la versión ligera de mi mochila, y revisado y vuelto a revisar mi plan de ataque.
Para garantizar nuestra seguridad durante las próximas veinticuatro horas aproximadamente, había programado los sistemas de la lancha rápida para alertarme de cualquier cosa que se moviera en un radio de treinta kilómetros.
Ya no quedaba nada más que hacer salvo esperar.
Los Battleson odiábamos esperar.
Mi mirada se posó en Tee. Con una sonrisa atrevida, se apropió de mi bol de fruta y se dirigió hacia la proa, regalándome una vista tentadora de su trasero.
Joder, no llevaba nada más debajo de la camiseta.
Si hubiera sido un dibujo animado, cierta parte de mí habría hecho boing. Tenía toda la atención de mi polla. Apreté los labios y me humedecí la boca mientras ella se sentaba en la colchoneta de proa, picoteando mi ensalada de frutas.
Podía probar lo que quisiera de lo mío cuando y donde quisiera, pero esta era una oportunidad que no podía dejar pasar.
La seguí hasta la proa y me planté delante de ella.
—Me has robado el bol.
—Pues sí —con una sonrisa de suficiencia, dejó caer una rodaja de plátano en la boca, la masticó lentamente y luego tragó de forma ostentosa, con los ojos clavados en los míos.
—Y ahora te estás comiendo toda mi fruta —me crucé de brazos.
—Culpable —agarró el dobladillo de la camiseta, se la quitó por la cabeza y la dejó a un lado. La exquisita vista de su cuerpo desnudo me puso la polla dura como una piedra—. Pero quiero comer algo más que tu ensalada de frutas.
Una sonrisa lenta y lasciva se extendió por su rostro mientras se recostaba sobre un codo y cogía un trozo de melón del bol. Con movimientos lentos y deliberados, trazó los bordes de su areola y humedeció el pezón erguido hasta que brilló.
Se me hizo la boca agua.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Tú qué crees? —deslizó el trozo de fruta por el pecho y, presionando la pulpa alrededor del otro pezón, dejó que el jugo le corriera por el seno—. Qué bien sienta esto.
—¿Estás intentando provocarme? —exigí saber.
—Pues sí, eso mismo —dejó caer lo que quedaba del melón en la boca y se lamió el jugo de los dedos, uno por uno—. ¿Funciona?
Me miré la entrepierna y chasqueé la lengua.
—Que si funciona, pregunta.
—Tengo necesidades, ¿sabes? —se lamió el jugo de los labios—. Tengo hambre.
Bajé la barbilla y la miré fijamente.
—Yo también tengo hambre.
—Nunca querría que pasaras hambre —se encogió de hombros en un intento descarado de tentarme, haciendo que sus hermosos pechos se balancearan—. Ven a por ello, soldado.
Como si necesitara que me tentaran.
Llegué hasta ella en dos zancadas. Me recosté a su lado en la colchoneta, me incliné sobre su cuerpo, tomé uno de sus pechos y me deleité con el jugo que goteaba de su suculento pezón.
Le lamí la piel hasta que solo quedó mi sabor, y luego succioné el otro pezón, saboreando cómo se estiraba ese botón flexible en mi boca.