Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Diez #3
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Capítulo Diez #3

Se encogió como si le hubiera dado una patada en los huevos.

Maldita sea. ¿Por qué siempre acababa haciéndole daño restregándole la verdad por la cara?

Lo hecho, hecho estaba. Así que sí, me había acostado con uno o dos tíos después de que lo dejamos. No era ninguna santa. Los sustitutos no habían satisfecho mi deseo constante de Kass. Al final, dejé de intentarlo.

Pero él no tenía por qué saber nada de eso.

Abrí la cremallera del bolso de viaje, saqué una bolsa de plástico del fondo y se la entregué.

—Aquí tienes —dije—. De mi parte.

Kass examinó la bolsa y observó las pequeñas cajas, cables y otros componentes electrónicos cuidadosamente empaquetados en su interior.

—¿Un kit de seguridad perimetral basado en láser?

—Kassius, Hijo de Battleson, te has ganado una estrella de oro. Y tienes que admitir que sé lo que te acelera el corazón.

Hice el gesto de una explosión con los dedos.

—Supuse que no te convencerían las garantías habituales. Así que traje esos bonitos juguetes especialmente para ti.

Intentó reprimir una sonrisa.

—Gracias, creo.

—Este lugar es seguro por esta noche.

Coloqué el portátil sobre el escritorio, lo encendí y tecleé mis contraseñas.

—Y tiene Wi-Fi potente y fiable. Así que podemos empezar a resolver el misterio del libro de contabilidad de inmediato.

Dejó la bolsa a un lado y me clavó la mirada.

—¿Cómo?

—Si me envías por correo las fotos que sacaste del libro de contabilidad de Arturo, puedo enviárselas a mi contacto para que las procesen con algunos de los mejores programas de decodificación que existen.

—No quiero darle esto a alguien que pueda traicionarme.

—¿Como Arturo, quieres decir? No.

Abrí una de mis cuentas de correo seguras y con encriptación de alto nivel.

—Este tío no está metido en el ajo.

Kass preguntó:

—¿Trabaja para la Agencia?

—A veces, pero no siempre.

Bastante cierto.

Kass aún no estaba satisfecho.

—¿Confías en él?

—Completamente.

Abrí mi correo en la pantalla.

—Es íntegro. Y rápido. Necesitamos rapidez. Y está deseando participar en esto.

Todo cierto.

—Es nuestra mejor opción en este momento, posiblemente la única.

—Buen punto.

Sacó el móvil, tecleó durante unos momentos y entonces, ding, un correo llegó a mi bandeja de entrada.

Lo recompensé con una sonrisa. Por dentro me sentía un poco eufórica. Había aceptado mi sugerencia y me había confiado sus hallazgos. Nada mal para unos pocos días de trabajo. Aun así, me observó atentamente mientras encriptaba las fotografías y las enviaba por canal seguro a mi contacto.

—Listo.

Cerré el portátil y me levanté del escritorio.

—Ahora solo tenemos que esperar respuesta, averiguar quién es este nuevo proveedor de servicios y seguir a Arturo hasta el escondite de Zero Tango.

Se puso serio y abrió los ojos un poco más.

—¿Nosotros?

Maldito hombre. Tenía la cabeza más dura que el hormigón.

—Sí, nosotros.

Me fulminó con la mirada.

—Nosotros es mucha gente, Tee.

Le sostuve la mirada.

—Nosotros somos tú y yo, Kass.

—No estoy tan seguro.

Deambuló por la habitación.

—Me mentiste otra vez.

—¿Mentí?

Se me cayó el alma a los pies, pero me puse de pie y le planté cara.

—¿Cómo?

—En el campamento de pesca, aceptaste quedarte atrás, a salvo y al margen.

—¿Yo?

No había dicho nada parecido.

—Uh-uh. No. Te falla la memoria. Yo no acepté nada de eso. El mandón obseso del control que eres tú decidió lo que yo iba a hacer y cómo.

—Tee…

Resopló y colgó el sombrero en un gancho de la pared.

—Estamos hablando de semántica.

—Semántica, mis narices.

Respiré hondo e hice un gran esfuerzo por contener mi terrible temperamento.

—Entiendo que no quieres que esté en peligro. Es un sentimiento dulce y no soy del todo inmune a su encanto. Yo tampoco quiero que estés en peligro. Pero mis decisiones son mías. Yo las tomo. Y tú tienes que vivir con ellas como diablos puedas.

—Pero...

—Nada de peros —lo interrumpí—. Solo acepté hablar la próxima vez que nos viéramos. Pues ya nos hemos visto. Hablemos.

—De acuerdo.

Se sentó en la cama. Parecía más asustado que nunca.

—¿Por dónde empezamos?

—¿Qué tal si empezamos por tus ideas equivocadas?

Frunció el ceño.

—¿Qué ideas equivocadas?

—Las que te hacen creer que de alguna manera te usé.

Me apoyé en el escritorio y respiré hondo para darme valor.

—¿Esas tres veces que aparecí después de que rompimos? No intentaba provocarte, ni usarte, ni nada por el estilo.

Sus cejas casi le llegaron al nacimiento del pelo. —¿No?

—No —dije con toda la calma que pude—. Aparecí porque no tenía otra opción.

—No te sigo. —Frunció el ceño, sus cejas rubias casi tocándose—. ¿Qué quieres decir?

—Tenía que verte —me tembló la voz. Reconocer cuánto lo necesitaba era difícil—. Tenía que estar contigo.

—Si eso es cierto —dijo con voz ronca—, ¿por qué te ibas siempre?

—Tenía obligaciones de trabajo —alcé la mirada y vi que estaba pendiente de cada palabra—. No creí que lo entendieras y no quería asustarte ni escucharte despotricar por haberme unido a la Agencia. Pero...

Hizo un gesto circular con la mano. —¿Pero qué?

—Pero mirando atrás, puede que todo eso fueran excusas, ya sabes, lo que me decía para justificar mis actos. Me fui porque no creí que aceptaras a la persona en la que quería convertirme, y eso significaba que no estábamos preparados para estar juntos.

Apretó los labios. —Ya veo.

Me aparté del escritorio y caminé hacia la ventana, contemplando el lago. —¿Entiendes lo que quiero decir?

—Creo que sí.

La cama crujió bajo su peso al moverse y me lanzó una mirada sombría.

—Te fuiste porque soy un idiota posesivo que nunca te ha dado el espacio que necesitas.

Te fuiste porque soy un hijo de puta celoso que le parte la cara a cualquier imbécil que intente meterse contigo delante de mí.

Soy demasiado dominante y sobreprotector, y no suelo decir lo que siento.

Te fuiste porque era un maniático del control y te estaba asfixiando.

Joder. Toda esa lucidez de Kass me cayó encima como un alud. Me pilló desprevenida. O sea, sabía que era un hombre extremadamente inteligente con un instinto increíble. ¿Pero esta apertura? ¿Esta disposición a enfrentar nuestros problemas? ¿Esta honestidad brutal ofrecida con tanta humildad?

Todo eso era nuevo y bastante impactante, un verdadero hito.

—¿Y bien?

Me miró expectante.

—¿Tengo razón?

—Sí.

Dolía decirlo, pero si alguna vez íbamos a tener una oportunidad, tenía que hacerme valer.

Se le hundió el pecho.

—También me fui porque me dijiste que lo hiciera —aventuré con extrema cautela—. ¿Por qué rompiste conmigo?

—No sabía qué más hacer —frunció más el ceño—. Amenazabas con hacer cosas peligrosas. Pensé que si rompía contigo, cambiarías de opinión y me elegirías a mí por encima de toda esa mierda. Pero no lo hiciste. Saliste de mi vida con la cabeza bien alta y no miraste atrás.

—Podrías haber venido a buscarme —dije, recordando el dolor de que no lo hiciera—. Tenías recursos de sobra para traerme de vuelta a rastras.

—Sí —murmuró—. Los tenía.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Oh, quería hacerlo. Créeme, Tee, lo pensé un millón de veces. Pero sabía que eso no arreglaría nada. Éramos una pelea constante y no conseguía averiguar cómo cambiar eso.

Todo era cierto, y yo no era una espectadora inocente.

—Pero hay más.

Sus ojos brillaron con una tristeza infinita.

—No querías estar conmigo. Lo sabía en lo más hondo. No eras feliz conmigo y yo no era lo bastante bueno para ti. Nunca quise que fueras infeliz, aunque eso significara perderte. Así que te dejé marchar aquella primera vez y, después, todas las demás.

Madre mía. La revelación me dejó sin palabras. Todos estos años se había mantenido alejado, ¿por mi bien?

Era difícil asimilar esta conversación. El hombre que tenía delante estaba tan callado, tan apagado. Parecía una versión diferente del Kass que había conocido, menos combativo y a la defensiva, más abierto, mejor escuchando.

—También creo que te fuiste por quien soy —dijo—. ¿Cómo iba a culparte por hacer lo sensato?

Ahora fui yo quien frunció el ceño. —¿Qué quieres decir?

—Tengo los genes violentos, Tee, pero eso ya lo sabes.

Se encogió de hombros con impotencia.

—Soy un hijo de puta, como dijiste, un troglodita disfrazado con traje. Sé que fue difícil para ti estar conmigo.

—Vale, para. ¿Ves? Nada de eso es verdad.

A un Kass reflexivo podía manejarlo. ¿A un Kass derrotado? Ni hablar.

—Tus genes no determinan quién eres —dije—. Has tomado tus propias decisiones, has forjado tu propio camino. Y para que lo sepas, no me fui porque fuera difícil estar contigo. Me fui porque era demasiado fácil.

—¿Demasiado fácil? —Parpadeó varias veces—. No te sigo.

—Kass, eres la persona más formidable que conozco. Decidido, exigente, brillante. Eres pura fuerza arrolladora, poder en movimiento.

—Estoy confundido.

Me miró fijamente.

—¿Eso es malo?

—No, en realidad no, pero eras tan increíble que me eclipsabas por completo.

—No lo entiendo —dijo—. Por favor, explícamelo.

—Lo intentaré —respondí, aunque ni siquiera estaba segura de entenderme a mí misma—.

Cuando estábamos juntos, me dabas todo lo que quería.

Me protegías y me aislabas del mundo, igual que habían hecho mis padres antes que tú.

Salías ahí fuera y asumías todos los riesgos.

Mientras tanto, yo no asumía ninguno. No crecía.

Era como si estuviera congelada en el tiempo.

Te lo juro, algunos días sentía cómo mi cerebro se atrofiaba y mi espíritu se apagaba.

—Por el amor de Dios, Tee —el asombro le brilló en los ojos—. No tenía ni idea de que te sintieras así. ¿Por qué no me dijiste nada de esto antes de que las cosas se pusieran tan mal?

—Lo hice, Kass. Te lo dije de mil maneras diferentes. Pero no me escuchabas. Estabas lanzado en tu ascenso meteórico, empeñado en consolidar tus éxitos. Empezó cuando terminamos el instituto. Entraste en West Point. O sea, ¡West Point!

—Oye, Titan —la comisura de la boca se le elevó—, tú tampoco te quedaste atrás. Entraste en Georgetown. ¿Te acuerdas?

—Eso no fue nada comparado con lo que hiciste tú.

—Nunca fue una competición.