Capítulo nueve #3
Eso significaba que, en cuarenta y dos horas, el propio Arturo estaría de camino a reunirse con su jefe. Así que ahora solo me quedaba descifrar qué y dónde, y seguir a Arturo hasta mi destino final.
—Quinto piso —escupió Seb en mi oído—. Tienes que largarte.
—Recibido.
A toda prisa, saqué varias fotos de la última página y de otras anteriores. Luego me guardé el móvil en el bolsillo, devolví el libro de contabilidad al compartimento secreto y coloqué la cubertería de nuevo en el cajón.
Lamenté no poder llevármelo conmigo. Una vez descifrado, podría hacer maravillas en un tribunal. Pero necesitaba que Arturo creyera que el intruso que había noqueado a su guardia no había logrado entrar en el apartamento ni había encontrado el libro.
Sin duda, un hombre como Arturo tenía muchos enemigos. Cualquiera de ellos podría haber intentado robarle su alijo de efectivo. Pero si quería lograr sorpresa táctica, lo fundamental era evitar que Arturo me relacionara con esta intrusión.
No podía permitirme que me vieran.
—Sexto piso —la voz de Seb se tensó con urgencia—. Tienes que salir de ahí cagando leches, tío.
—En camino.
Tras dejar el apartamento tal como lo encontré, salí por la puerta, la cerré con llave y bajé sigilosamente hacia el noveno piso, justo cuando los pasos de varios hombres que subían las escaleras llegaban al nivel de abajo.
Me metí en el umbral de una puerta al final del pasillo y les dejé subir el último tramo de escaleras antes de bajar en silencio.
Estaba en el rellano entre el sexto y el quinto piso cuando oí el chirrido de unos frenos. Un vistazo rápido por la ventana me mostró varios vehículos militares que convergían en el edificio.
—Algo está pasando —informó Seb.
No me digas. —Estoy al tanto.
—Las tropas están inundando la zona. Acordonan las calles. Están desplegando un operativo a gran escala. Definitivamente hemos tocado hueso.
—Deshazte de la radio —ordené en un susurro—. Trae el coche.
—Recibido. —La frecuencia se convirtió en pura estática.
Me quité el auricular, me lo guardé en el bolsillo y llegué al rellano entre el segundo y el primer piso.
Estaba a punto de bajar a la planta baja y salir tranquilamente por las puertas principales cuando las rejas se abrieron de golpe, vomitando un río de soldados uniformados hacia el interior del edificio.
Mierda. Esa buena idea se fue al carajo.
Di media vuelta, subí de nuevo al segundo piso y recorrí el pasillo probando los pomos de las puertas.
El tercero giró en mi mano. Mientras el suelo temblaba con los pasos de los soldados que subían las escaleras, me deslicé dentro de un pequeño vestíbulo oscuro y acerqué la puerta al marco hasta dejar solo una pequeña rendija.
Localicé los sonidos de un televisor que llegaban desde la habitación contigua y el golpeteo de ollas en la cocina, al fondo del apartamento. Miré por la rendija y conté doce soldados que subían las escaleras. El emblema que llevaban en el hombro me llamó la atención.
Un sol rojo.
Toqué la banda que sujetaba el fajo de dinero en mi bolsillo. Lo que veía confirmaba mis hallazgos y también la información de Tee.
Este lío era descomunal.
Si estos soldados estaban aquí, la guardia nacional estaba involucrada. Un simple tiroteo en las calles había movilizado un destacamento completo. Alguien en las altas esferas del gobierno daba las órdenes. Arturo andaba metido con gente muy peligrosa, y Zero Tango también.
Las escaleras resonaban con gritos mientras los soldados subían y bajaban. La salida estaba bloqueada. Con un clic silencioso, cerré la puerta, me di la vuelta y localicé las puertas correderas de cristal que daban al balcón. Eran mi vía de escape hacia el punto de extracción.
Desde detrás de la pared, eché un vistazo. Un niño de unos siete u ocho años estaba sentado en el sofá raído del salón, frente a un viejo televisor. Moreno y flacucho, me recordó a mi sobrino Joram. El crío no era tonto. Sabía que yo estaba allí. Tenía la boca abierta y los ojos como platos.
Joder. El protocolo para una misión tan delicada como esta era cero testigos.
Al diablo con el protocolo. No iba a matar a un crío. Punto.
Le sonreí al chico, me llevé un dedo a los labios y señalé hacia la cocina, donde alguien —probablemente su madre— estaba friendo algo que olía bien.
Sin quitarle los ojos de encima, hurgué en mi bolsillo y palpé mi equipo estándar de misión. Galleta para perros. No. Multiherramienta. No. Espray de pimienta. No.
Maldita sea, debería haber metido unos caramelos.
Se me encendió la bombilla. Apostemos por el capitalismo y hagámoslo bien.
Saqué el fajo del bolsillo y, tras quitarle la banda del sol rojo, dejé el dinero sobre la mesa de centro de camino al balcón.
Con la misma cautela que yo, el niño alargó la mano, cogió los billetes y se los apretó contra el pecho flaco antes de despedirse con la mano, con una sonrisa de oreja a oreja.
Diez mil dólares darían para mucho a la hora de llenar su despensa. No me importaba darle buen uso al dinero sucio. Esta gente necesitaba ayuda.
Le levanté el pulgar al niño y llegué al balcón. Daba a un callejón cubierto de maleza que desembocaba en la calle principal, frente al edificio. Estaba a unos cuatro metros y medio del suelo.
Cualquier idiota podía con cuatro metros y medio.
Saludé al niño una última vez antes de pasar por encima de la barandilla lateral.
Me agarré a la parte inferior de los barrotes, flexioné los brazos y me descolgué poco a poco, dejando que mi cuerpo se estirara hasta su metro ochenta y ocho completo.
Luego solté la barandilla y caí los últimos dos metros y medio.
Aterricé de pie y avancé de inmediato por el callejón. Alcancé a ver a mucha gente que se dispersaba y a los soldados que los intimidaban.
Hora de volver a convertirme en el empresario ruso.
Saqué el sombrero doblado de la funda, lo sacudí para darle forma y me lo puse con el ala inclinada sobre las cejas.
Después de quitarme los guantes de látex, los tiré por un desagüe pluvial junto con el auricular y el receptor.
Hecho esto, busqué a tientas las gafas de sol y listo, estaba preparado.
Eché un vistazo a ambos lados de la calle: había muchos soldados con el emblema del sol en los hombros que acosaban a la gente y exigían ver sus cédulas, los documentos de identidad.
Yo no tenía cédula y mi tapadera de extranjero solo agudizaría las sospechas de los soldados.
Hora de desaparecer.
Me uní a la multitud alarmada que se dispersaba por la calle principal. Caminé deprisa entre el gentío y miré hacia atrás. Más soldados salían de todas partes, se metían por las calles laterales, buscaban algo. O a alguien.
Alguien como yo.
Con la cabeza gacha y manteniéndome por delante de los soldados, giré en la siguiente calle y recorrí dos manzanas hasta la parte trasera de la iglesia. Seb no estaba allí, ni tampoco el coche.
La operación estaba a punto de ponerse interesante.
Sabía muy bien lo que pasaría si alguno de esos soldados me ponía la vista encima.
También sabía, por la reacción masiva ante una posible intrusión en la guarida de Arturo, que este asunto era gordo, posiblemente más gordo que cualquier otro marrón en el que hubiera trabajado en esta parte del mundo.
Convertirme en el enemigo público número uno no entraba en el plan.
Había un cagadero monumental que quería evitar como la peste.
Di la espalda a los soldados que venían por el lado sur de la calle y pasé junto a la iglesia, bordeando el garaje y el patio trasero del hogar de ancianos.
Las monjas vieron venir a los soldados y con ellos un buen montón de problemas.
Con los hábitos negros ondeando al viento, iban de un lado a otro empujando sillas de ruedas y apremiando a los residentes para que entraran.
Avancé aproximadamente una manzana hacia el norte antes de divisar otro contingente que venía hacia mí.
Me encasqueté el sombrero hasta las cejas, me di la vuelta y caminé con aire despreocupado en la dirección de la que venía.
Para cuando llegué de vuelta a la iglesia, más soldados subían por la calle lateral, con los AK-47 acunados como bebés agarrados a la teta.
La cosa se estaba poniendo fea.
Probé la puerta trasera de la iglesia. Cerrada.
No había tiempo de forzar la cerradura ni lugar donde esconderse.
De pie en la acera, estaba atrapado sin ningún sitio adonde ir.
En el mejor de los casos, se tragarían mi pasaporte ruso falso y me dejarían marchar.
Pero yo no contaba con el mejor de los casos. Contaba con lo más probable.
Con un tirón discreto, saqué el arma de la sobaquera y la mantuve oculta bajo la solapa de la chaqueta. Observé a los soldados bien armados que acosaban a la gente en las calles mientras calculaba qué contingente sería más fácil de eliminar.
Un chirrido metálico me taladró los oídos. Junto a la iglesia, una puerta de garaje decrépita traqueteó y chilló al levantarse. Una furgoneta antigua salió acelerando de las sombras y giró hacia la calle. Las letras en el costado de la furgoneta decían Hermanas de la Caridad, Casa de Ancianos.
Los frenos de la furgoneta chirriaron al detenerse en seco frente a mí. La ventanilla bajó.
—Sube. —La monja al volante me hizo un gesto para que entrara.
—¿Perdona? —Apoyé una mano en la ventanilla y mantuve el arma oculta mientras vigilaba a los soldados, que estaban a media manzana y se acercaban desde ambos lados.
—He dicho que subas de una puñetera vez. —La monja se bajó las gafas de sol y me fulminó con su espectacular mirada dorada.
El corazón se me paró en seco.
Joder.
Tee estaba al volante.