Capítulo treinta y dos
Apollo
El sol estaba a punto de ponerse cuando terminé de correr en la playa. Me metí en el océano para refrescarme, cogí una toalla del montón, me sequé y me puse la camiseta.
Eché un vistazo al reloj y volví hacia la casa. Había pasado más de una hora desde que Max vino a nuestra suite a pedirle a Blue hablar a solas. Les di el espacio que necesitaban para hablar de Leo y cerrar ese capítulo juntos.
Tres días después del ataque, Blue se estaba recuperando bien, igual que todos los miembros de mi equipo de seguridad.
Los había evacuado a todos a Denver. Rosario y Jackson estuvieron en el hospital cuarenta y dos horas, pero ya estaban en casa. Los especialistas me aseguraron que, con el seguimiento adecuado, se recuperarían del todo.
De eso me iba a encargar yo.
Blue se había negado a que la evacuaran con los demás. Insistió en quedarse con nosotros, conmigo, aquí en Isla Tovar.
La herida le respetó el fémur y la arteria femoral, gracias a Dios. Pude cuidarla sin problema.
Todavía la tenía con suero intravenoso y un tratamiento completo de antibióticos, pero ayer dejó los analgésicos. Dijo que no los necesitaba. Mientras seguía el camino hacia la terraza de la piscina, sonreí. Mi Blue era dura de pelar.
De camino, saludé a un par de operativos que patrullaban la isla. Habíamos reforzado las defensas de Isla Tovar con el equipo que trajimos de Aruba. Nos ayudaron a encargarnos de los cadáveres.
Zero Tango había perdido a Margret y a todos los mercenarios que envió a Isla Tovar. Estábamos identificando los cadáveres, lo que nos daría más pistas sobre Zero Tango.
El hijo de puta no iba a estar nada contento.
Se acercaba un ajuste de cuentas, el definitivo. Lo sentía en las tripas. Estábamos así de cerca de encontrarlo. Yo no podía esperar, y mis hermanos tampoco.
Todavía quedaban preguntas importantes sin responder. ¿Cómo se había enterado Zero Tango de nuestros planes? ¿Qué relación tenía con Viklund? Y quizás lo más importante: ¿por qué iba Zero Tango a por nosotros? ¿Qué quería de nosotros?
Las respuestas tendrían que esperar. Por ahora, nuestra familia estaba a salvo. Nos habíamos reunido en Isla Tovar para planear el siguiente paso y considerar otro intento con EchoSat. Todos los Battlesons originales estábamos aquí, menos uno.
Kass había desaparecido y su ausencia me pesaba. ¿Dónde coño se había metido nuestro Delta Force?
Al llegar a la terraza de la piscina, me recibió el sonido de las risas. Qué bien sonaba después de la angustia de los últimos días.
Se me escapó una sonrisa al ver a los niños chapoteando en la piscina. Todo parecía normal, como si no hubiéramos estado en el tiroteo de nuestras vidas hacía solo setenta y dos horas.
El grandullón de Troy y la menuda Marisol estaban sentados en el borde de la piscina, con las manos entrelazadas y los pies en el agua. Marisol me saludó con la mano. Le devolví el gesto. Le estaba muy agradecido por su ayuda y se lo había dicho muchas veces.
Troy, sonriente, sostenía a la inquieta Maya en su regazo mientras Lulu lucía sus nuevas habilidades de ballet en el agua. Jax y Joram estaban enfrascados en un animado concurso de panzazos.
—Eso es un diez —grité al pasar cuando Jax salió a la superficie tras su último y espectacular intento—. Te has reventado el bazo y la piscina está medio vacía, pero joder, lo has clavado, Mayhem.
Me gritó algo, pero al entrar en la casa me distraje con la animada conversación de Emme y Lexi, que llegaba desde el sótano.
Me asomé por las escaleras y vi a las mujeres tumbadas en el sofá rinconera, debatiendo sobre el nuevo color que Lexi iba a añadir a su línea de tintes: si debería llamarse Azul de Blue o Azul Ardiente.
Sonreí con suficiencia. Yo apostaba por Azul Ardiente.
Lexi y su bebé estaban genial. Ella se había recuperado rápidamente del parto y el bebé gozaba de perfecta salud.
Como Blue, Lexi había elegido quedarse en la isla, y como se estaba recuperando bien, no la presioné para que fuera al hospital.
Ahora mismo, estar juntos era lo que importaba. Todos necesitábamos un respiro antes de ir a por Zero Tango.
Esto era lo importante.
Lexi y Max parecían flotar estos días. Todos compartíamos su felicidad. Tenía un nuevo sobrino, un pequeño revoltoso sano que siempre sería querido y deseado.
Hablando de revoltosos, lo oía gimotear abajo, en brazos de su madre. Iría a verlo un poco más tarde. Ahora mismo, necesitaba mi dosis de Blue.
Mi Blue.
Me detuve en el segundo balcón de la fachada y contemplé el océano en calma.
Gracias, hermano.
Subí las escaleras, entré en nuestra habitación y fui a nuestra terraza privada. El sol salpicaba el cielo de manchas rosas y naranjas mientras descendía hacia el horizonte. Blue y Max estaban sentados en el sofá, abrazados, con la cara hundida en el hombro del otro.
Al notar mi presencia, Max le dio a Blue un último apretón y la soltó. Los dos tenían la cara manchada de lágrimas, pero también sonreían.
Habían hablado.
Max había cumplido su última obligación con Leo. Le había contado a Blue cómo murió Leo, y ella había escuchado. Aunque debió de ser una conversación muy difícil, por sus sonrisas y la serenidad de sus miradas se veía que ambos estaban en paz.
Y así estaba bien. Así debía ser.
—Voy a preparar la cena —murmuró Max mientras se levantaba—. Ya sabes, dado que el mayordomo y el chef resultaron ser unos mierdas.
—Y que lo digas —dijo Blue—. Gracias, Max. Me alegro de que estuvieras con Leo cuando se fue.
Le lanzó un beso a Max.
—Soy yo quien va a pasarse el resto de la vida agradeciéndote que estuvieras ahí para Lexi y para mi hijo —dijo Max, con la voz tensa de emoción.
Mi duro marine de hermano hizo entonces algo insólito: le devolvió el beso a Blue.
Si los Battlesons andaban lanzándose besos, habíamos evolucionado a un nuevo nivel de existencia. Uno que importaba. Uno que construía futuros. Un futuro por el que merecía la pena luchar.
Me dolía la cara de tanto sonreír.
—Vuelvo enseguida —le dije a Blue, y me giré hacia Max—. Te acompaño a la puerta.
—Te has buscado una buena —dijo Max mientras íbamos hacia las escaleras.
—Sí, en eso he tenido suerte.
Nos detuvimos en lo alto de la escalera.
—¿Alguna novedad sobre Kass?
—No.
Max frunció el ceño.
—No hay manera de encontrar al listillo de G.I. Joe. Nos mandó a la mierda y se esfumó.
—Le dijo a Jax que las acciones de Battle Brothers se estaban desplomando y que volvía a Denver para frenar una OPA hostil —dije—. ¿Y luego el imbécil va y hace esta mierda y desaparece de la faz de la tierra sin avisar?
—Es una mierda —dijo Max—. O se ha tomado un descanso o...
—¿O qué?
Max soltó un suspiro.
—Está ahí fuera, cazando solo.
No me gustaba nada cómo sonaba eso.
—¿Crees que Zero Tango ha vuelto a las andadas?
—Seguro que el hijo de puta ya está planeando su próximo movimiento —dijo Max—. Pero no creo que tenga a Kass. Si lo tuviera, ya lo sabríamos.
—Cierto —dije—. A Zero Tango le gusta presumir de sus victorias. La única conclusión lógica es que Kass ha decidido actuar por libre.
—No es la primera vez que desaparece —señaló Max—. ¿Te acuerdas de cuando fue a cazar a aquel narcotraficante en África él solo?
—Tenemos que encontrarlo —dije.
—Lo encontraremos —dijo Max—. Lo estamos rastreando por todos los medios. Los de Delta Force creerán que puede ocultarnos cosas. Pero no. No a mí. No por mucho tiempo.
—Cuando lo encontremos, le voy a soltar el sermón del equipo —dije—. Mejor juntos que solos. Nunca solos cuando estamos juntos.
—Hazlo —dijo Max—. Troy le va a retorcer el pescuezo y luego lo va a demandar por dejación de funciones. Jax le va a partir la cara. Y no pienso impedirlo. El idiota se lo merece.
—Se lo merece —asentí—. ¿Y Tee? ¿Sabemos algo de ella?
—Ni una palabra.
Max negó con la cabeza y se ajustó el parche del ojo.
—Por eso lo más probable es que Kass perdiera los nervios y fuera a buscarla.
—Si encontramos a Tee, encontramos a Kass.
—Exacto.
Max empezó a bajar las escaleras al trote.
—¿Te veo abajo para cenar?
—Quizás.
Me lanzó una sonrisa cómplice mientras desaparecía escaleras abajo.
Dándole vueltas a todo, volví a la terraza. Blue estaba sentada con la pierna apoyada en el otomano, bebiendo una copa de vino. Verla alivió la presión que sentía en el pecho, me dio esperanza de que encontraríamos a Kass pronto y me despejó la mente.
—Señorita Niles.
Me senté a su lado y la atraje hacia mí.
—¿Tu médico te ha dado permiso para beber alcohol?
—No, el tirano de mi médico.
Torció la boca.
—De él no puedo esperar piedad alguna.
—Entonces, ¿por qué estás bebiendo vino?
—Porque no soy de las que obedecen.
Me sonrió.
—Y porque estoy celebrando seguir viva. Tú también deberías, Dr. Battleson.
Se inclinó hacia delante, sirvió una copa y me la ofreció.
—Vale, pero tú solo unos sorbitos.
Cogí la copa y la choqué con la suya.
—Por vivir la vida al máximo.
—Brindo por eso.
Volvió a chocar su copa.
—Por amar la vida al máximo.
—Me gusta cómo suena eso.
Di un sorbo, dejé la copa a un lado y examiné el vendaje que envolvía el muslo de Blue por debajo del dobladillo de sus pantalones cortos.
—¿Qué tal la pierna?
—Mucho mejor.
Me dedicó su sonrisa traviesa.
—Volveré a bailar en un abrir y cerrar de ojos.
—Estoy deseándolo.
Me incliné para revisar su vía intravenosa en un intento inútil de contrarrestar la reacción de mi cuerpo a sus provocaciones. Hacía solo tres días que le habían disparado y aquí estaba yo, resistiendo el impulso de desnudarla hasta dejarla solo con el vendaje.
—Sabes, hay formas creativas de cuidarte yo a ti.
Me cogió la mano y, uno a uno, besó la punta de mis dedos, enviando oleadas de placer que me recorrieron entero.
—Soy flexible. Seguro que encontramos la manera de sortear este vendaje.
—Te abstendrás de provocar a tu médico —ordené—. Y seguirás sus instrucciones.
Con los ojos brillando de picardía, apretó los labios y luego se pasó lentamente la punta de la lengua por los labios hasta que casi me corro en los bóxers.
—¿Y si lo dejamos para luego?
Solté el aire con fuerza.
—Quizás.