Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

Apollo

La furia tiñó mi visión de manchas rojas brillantes. Los nudillos se me tensaron por la fuerza con que agarraba la carabina. Me costaba asimilar lo que había pasado. Lexi, Emme y los niños. Desaparecidos. Secuestrados. Bajo mi vigilancia.

—¿Apollo? —la voz temblorosa de Blue me arrancó de las profundidades del infierno—. Tienes que ver esto.

Me di la vuelta. Mis ojos se posaron en el sobre pegado en el centro de la pantalla grande que presidía la sala de juegos, un destello blanco contra los colores que parpadeaban de fondo. Un único nombre escrito en mayúsculas en el sobre.

Mi nombre.

Fui hacia la televisión con paso decidido, arranqué el sobre de la pantalla y saqué la única página doblada en su interior.

Apollo,

Ha llegado el momento de un ajuste de cuentas definitivo. ¿De verdad pensasteis, idiotas, que podríais pillarme desprevenido?

Contactarás con tus hermanos y les informarás de que tengo en mi poder a sus esposas e hijos. Los rehenes estarán bien en la medida en que cumplan mis instrucciones. Si no son capaces de hacerlo, no garantizo sus vidas.

Intercambié una mirada cómplice con Blue. El horror que vi en sus ojos confirmó lo que yo pensaba. Emme y Lexi no eran de las que se dejaban mangonear. Mi enemigo había dejado claro qué sería de ellas si intentaban resistirse.

Volví la atención a la pulcra caligrafía que se extendía por la página de lino.

Dispondrás que todos tus hermanos se reúnan en tu ubicación actual de inmediato. Depondréis las armas y esperaréis mis instrucciones. Si incumplís mis normas, los rehenes serán ejecutados.

Zero Tango.

Arrugué la carta del hijo de puta en el puño. En el fondo sabía que, aunque era una prueba, Zero Tango era demasiado feroz y meticuloso como para delatarse. No podía contar con que cometiera un error por descuido.

¿Con qué podía contar?

Con mis habilidades, mi entrenamiento, mi ingenio y mis instintos.

Pues ponlos en práctica.

Y con Blue. Sabía que también podía contar con ella. Se había mantenido firme durante todo este desastre.

Pero no podía poner a Blue en más peligro del que ya la había puesto. El día que intenté rescatarla de Ray, le había servido la vida de ella en bandeja de plata a Zero Tango.

Sin comunicaciones ni refuerzos, solo tenía una forma de protegerla y vencer a Zero Tango. Tenía que poner fin a esta fase del juego antes de que empezara.

Me planté con firmeza y observé la sala de juegos una vez más, esta vez con frialdad, con ojos de operador especial.

Un vaso escarchado de refresco descansaba sobre la mesa auxiliar. Cubitos de hielo sólidos flotaban en él, aún intactos. Me acerqué al microondas y abrí la puerta de un tirón. Una bocanada de vapor se elevó del cuenco de palomitas.

—Estaban aquí hace un momento —Blue, a mi espalda, convirtió mis pensamientos en palabras—. No hace mucho que se fueron.

—No vimos a nadie fuera, ni huellas, ni señales de un grupo de asalto atravesando los jardines —mi cerebro procesaba los hechos a toda velocidad—. ¿Cómo salieron de la casa? ¿Y adónde fueron?

Salí al pasillo y detecté unas gotas de líquido en el suelo. Las seguí hasta el cuarto de servicio y encontré el típico brick de zumo de Maya tirado en el suelo.

—¿Callejón sin salida?

—No, no es un callejón sin salida —Blue corrió hacia el congelador, abrió la puerta de golpe y entró, buscando algo frenéticamente—. Charles. Lo vi aquí antes, hoy mismo. Los bajos de los pantalones los tenía mojados…

Se me encendió la bombilla. Me uní a su búsqueda frenética y palpé las paredes aisladas de color plateado en busca de una trampilla. Si los bajos de los pantalones de Charles estaban mojados, ¿podría haber una entrada secreta que llevara desde el mar hasta la casa?

Mis dedos dieron con una esquina afilada. Presioné hacia abajo y el panel se abrió de golpe. Una cueva oscura se abrió ante mí y el aliento lejano del océano me llenó los oídos.

Todo encajó. Una entrada secreta. Con acceso al mar. Charles en el congelador con los pantalones mojados. Barcos en camino hacia la isla.

—¿Adónde lleva? —preguntó Blue a mi espalda.

—Supongo que la salida está en algún lugar cerca de los muelles, pero estamos a punto de averiguarlo.

La mirada de Blue se encontró con la mía.

—Vamos tras ellos.

—Parece lo más sensato —dije, porque nunca mentía—. Necesito que subas a buscar mi bolsa negra.

—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó Blue, y luego—: Espera. Armas. ¿A que sí?

—Nunca salgo de casa sin ellas —se me escapó una sonrisa—. Necesito más potencia de fuego. Vigila tu espalda. No sabemos a qué nos enfrentamos.

Asintió y se giró hacia la puerta, pero la agarré del brazo, la hice volverse y le planté un beso rápido en los labios.

—Ten cuidado.

—Tú también —me apretó la mano antes de soltarla—. Vuelvo enseguida.

Esperé hasta que sus pasos resonaron escaleras arriba. Luego pasé el brazo por encima de un estante metálico, tiré todo lo que había apilado y, con un par de tirones, lo arranqué del bastidor.

Entré en la cueva y cerré la puerta metálica tras de mí. Con un empujón brutal, encajé el estante en el tirador, bloqueando la puerta.

De ninguna manera iba a poner a Blue en peligro metiéndola en esta pelea.

De ninguna puta manera.

Asenté la postura con una respiración profunda, levanté el arma y, con el M4 por delante, empecé a avanzar.

***

Blue

La bolsa pesaba lo suyo, veinticinco kilos o más. Pero con el equipo de seguridad enfermo, Apollo necesitaba todo el apoyo posible.

La subí a la cama, la puse vertical sobre un extremo y metí los brazos por las asas. Con un gruñido, enderecé las rodillas y me la eché a los hombros.

Las rodillas me flaquearon bajo el peso. Por lo que sabía, había metido un tanque ahí dentro. Pero podía cargarla así, al menos la corta distancia hasta el sótano. Agarré la pistola y bajé las escaleras resoplando y jadeando.

Para cuando regresé a la cámara frigorífica, mis nervios estaban a punto de estallar y mi columna parecía a punto de partirse en dos. Encajé los dedos en la parte superior del panel trasero y lo abrí con un clic, pero cuando empujé hacia fuera, el panel no cedió.

Fruncí el ceño y empujé de nuevo.

Nada.

Pateé el panel con todas mis fuerzas.

No se movió ni un centímetro.

Mi aliento se condensaba en nubes de vapor mientras observaba el congelador a mi alrededor: las cosas derramadas en el suelo, el estante que faltaba en el bastidor.

Me golpeó como un rayo.

Apollo había bloqueado la puerta desde el otro lado. Para evitar que lo siguiera. Para mantenerme a salvo.

Maldito idiota.

Me desplomé contra la pared y solté todos los improperios que conocía. Al diablo con su estúpido complejo de héroe. ¿Es que quería suicidarse saliendo ahí fuera sin refuerzos?

No iba a sobrevivir a esto sin mí.

Apreté los dientes, me enderecé y, doblada bajo el peso del petate, corrí hacia las escaleras.

¿El muy tonto quería arriesgar su vida?

Bien.

No iba a hacerlo solo.

***

Apollo

A menos de quince metros dentro de la cueva, escuché voces. Una niña pequeña, llorando. Maya. Un niño pequeño, amenazando con patearle el trasero a alguien. Joram. Una mujer, suplicándole a alguien, explicando con voz firme y serena por qué no debería hacer esto. Emme.

El pecho se me encogió de desesperación.

Estaba mal equipado para la batalla que se avecinaba y, sin embargo, no podía permitir que nadie le hiciera daño a mi familia.

De ninguna manera podía enfrentarme a Jax y Max y decirles que sus mujeres e hijos habían sido tomados como rehenes, o heridos, o algo peor…

Basta de emociones. La última vez que caíste en esa trampa recibiste un batazo en la cabeza. Céntrate en el objetivo. Concéntrate en la misión.

Obligué a mi corazón a calmarse y a mi cerebro a ponerse las pilas o largarse de mi camino.

El olor a salmuera y algas marinas me llenó las fosas nasales, pero la arena estaba seca.

Escudriñando la oscuridad con la mirada, el dedo en el gatillo, avancé por el corredor de piedra caliza irregular, esquivando alguna que otra estalactita mientras trazaba un mapa tridimensional del espacio en mi cabeza.

Delante de mí, la cueva se curvaba y se estrechaba, formando un embudo. Una pared de barrotes de acero de suelo a techo bloqueaba mi avance. La puerta era la única forma de pasar.

Tanteando en la oscuridad, recorrí la puerta con los dedos. La reja era vieja, probablemente de cuando cerró el ingenio azucarero, pero también era sólida.

Ni la cueva ni la reja habían aparecido en ninguno de los mapas de la propiedad que había estudiado. La entrada debía de estar bien oculta si mi equipo de seguridad no la había encontrado durante su inspección del terreno.

Mis dedos tropezaron con el candado que colgaba entre los barrotes. Mierda. Como si tuviera tiempo que perder.

Saqué la navaja multiusos del bolsillo trasero y extraje la ganzúa. Palpé el candado, guiándome solo por el tacto, y me puse manos a la obra.

La puerta podía ser vieja, pero el candado era completamente nuevo. Casi podía ver a Charles entrar en la ferretería y comprarlo, digamos, la semana pasada.

Habíamos investigado a todo el personal de la casa antes de nuestra llegada.

Todos habían pasado exhaustivas verificaciones de antecedentes.

Esto significaba que, si Charles trabajaba para Zero Tango, estos habían esperado a acercarse a él hasta después de que lo investigáramos, y entonces le habían hecho una oferta que no pudo rechazar.

Sin poder ver lo que hacía, forzar el candado me llevó tres minutos extra que se me hicieron eternos.

Mis instructores SEAL se habrían horrorizado.

Por fin, el mecanismo de cierre hizo clic y el grillete se soltó. Me llevó otro minuto o dos empujar lentamente la puerta oxidada. Esas bisagras estaban deseando chirriar.

Dejé la puerta entreabierta detrás de mí, me deslicé hasta la siguiente curva y me agaché. Apoyé la espalda contra la áspera piedra caliza y asomé la cabeza para echar un vistazo rápido.

En la boca de la cueva, la figura baja y enjuta de Charles se recortaba contra la luz.

Su silueta oscura se perfilaba contra el fondo más claro de la lluvia torrencial que caía como una cortina sobre la entrada de la cueva.

Otro vistazo reveló el motivo de la lluvia iluminada.

Unos reflectores peinaban el acantilado, reflejándose en ángulo.

Los barcos que Blue había avistado estaban en aproximación final al muelle de la isla. Estaba seguro de que iban tripulados por los mercenarios de Zero Tango. El temporal había ralentizado el ataque, pero pronto estarían aquí. La sorpresa y la velocidad eran las únicas ventajas que tenía.

Un haz de luz rebotó en las paredes delante de mí. Me dejé caer al suelo, me tumbé boca abajo y, arrastrándome con los codos, eché un tercer vistazo.

La luz de una linterna iluminaba a las personas alineadas contra la pared. Emme sostenía a Maya en un brazo y con el otro abrazaba a Joram contra su costado. Junto a ellos, Lexi protegía a Lulu con su cuerpo, plantándoles cara a los dos imbéciles que las encañonaban.

Dos imbéciles. Mierda. Tanto Charles como Jeffrey estaban en la nómina de Zero Tango.

—Estamos a cinco minutos —crepitó una voz de mujer en la cueva, llegando por radio—. Repito. Listos para el traspaso en T menos cinco minutos.

Traspaso, mis cojones. Reconocí el acento de Margret. Había sobrevivido a la destrucción del complejo de Ray.

Maldición.

Su voz reavivó mi furia. De ninguna manera iba a salir de esta isla con rehenes. No si yo tenía algo que decir al respecto.

Charles se llevó la radio a la boca y pulsó el botón. —Estamos listos para recibirlos. Necesitaremos el saldo de nuestro pago por adelantado, por supuesto.

—Por supuesto —la voz de Margret sonó risueña a través de la radio—. Yo misma se lo entregaré.

Si conocía bien el modus operandi de Margret, a estos dos idiotas les iban a pagar con balas.

Jeffrey le arrebató la radio a Charles y pulsó el botón, sin dejar de apuntar con su arma a Emme y a los demás.

—Hicimos lo que nos pidieron —dijo—. Envenenamos al equipo de seguridad con la sustancia que nos proporcionaron. A estas alturas ya están todos muertos o agonizando, y el médico está hasta arriba de preguntas. ¿Han añadido la bonificación?

—El doble de la cantidad, todo en efectivo y libre de impuestos —ronroneó Margret por la radio.

Estos imbéciles habían vendido sus almas por dinero. Apreté la mandíbula. Habían enfermado a mi equipo de seguridad por un sucio fajo de billetes.

Una cosa estaba clara. Estos cretinos no iban a cobrar. Era hora de acabar con la carrera de secuestradores de estos cabrones.

Según mi percepción del terreno, la cueva de piedra caliza tenía forma de S, con dos curvas cerradas en el medio. Desde donde estaba, el ángulo era malo. Podía disparar a un imbécil, pero no al otro. Lo que dejaba un arma libre para matar o herir a la gente que me importaba.

No era un riesgo que estuviera dispuesto a correr.

Los reflectores del exterior se volvían más estables y brillantes a cada momento. Solo me quedaban unos minutos antes de quedarme sin opciones. Era un tirador excelente, pero ¿cómo podía acabar con estos dos cabrones sin poner en peligro las vidas de las mujeres y los niños?

Estaba calculando cómo disparar cuando Blue irrumpió.