Capítulo veintidós
Blue
Miré a mis alumnos estrella y, marcando el ritmo con las palmas, fui dando instrucciones. —Plié. Bien. Relevé. Una mano arriba. Sí, ¡buen trabajo, chicos!
Los últimos días me había ofrecido a cuidar de los niños por la tarde, mientras Lexi echaba la siesta y Emme se quedaba dentro, resguardada del sol.
Esa tarde, Apollo había ido a la casa de playa del equipo de seguridad. Rosario se encontraba mejor, tanto que había vuelto al trabajo. Pero Jackson estaba en cama con fiebre.
Se había hablado de sustituir a Rosario y Jackson, pero ellos insistían en que estaban bien y querían quedarse. Como las operaciones de Aruba y EchoSat ya estaban en marcha, Apollo no quería restar efectivos a los equipos de sus hermanos a menos que fuera imprescindible.
Los síntomas de los hombres parecían algún tipo de virus tropical. Apollo nos pidió a todos los de la casa principal que nos mantuviéramos alejados del equipo de seguridad. Solo era una precaución, había dicho, pero yo sabía que estaba preocupado.
Estaba ansioso por recibir los resultados, pero Marisol había dicho que la primera tanda de análisis no había arrojado nada concluyente y ahora estaba haciendo otra batería de pruebas más especializadas.
Me mantuve ocupada con los niños. Esa mañana habíamos jugado al escondite en los jardines. Joram ganó todas las rondas. Hasta que me puse en su lugar.
De niña, había pasado mucho tiempo escondiéndome de Ray y sus amigos turbios. Era experta en ocultarme a plena vista.
En cuanto empecé a mirar los jardines con ojos de niña, descubrí el escondite de Joram en sesenta segundos. Me abrí paso entre las gruesas enredaderas y lo encontré escondido dentro del viejo molino. El niño era tan bueno como yo a su edad.
Después, fuimos a nadar a la piscina hasta que se nos arrugaron los dedos como pasas. Ahora les estaba dando una mini clase de baile, pero solo porque ellos lo habían pedido.
La pequeña Maya aún no llegaba a la barra, así que se agarraba a una sillita de plástico que había encajado contra la pared. Con casi dos años, llevaba alas de hada sobre el bañador y sostenía una varita mágica con punta de estrella que agitaba sin parar, marchando al son de su propio tambor.
En cambio, su hermano Joram estaba pendiente de cada una de mis palabras.
Su mirada no se apartaba de mí mientras imitaba mis movimientos con asombrosa perfección.
A los ocho años, Joram era un niño serio y precoz, con ojos color chocolate y una bonita tez morena que compartía con su hermana.
Tenía la disciplina necesaria para destacar en todo lo que se propusiera.
En cuanto a Lulu, era una dulce niña de once años con ojos color caramelo, una versión en miniatura de Marisol, pero sin los reflejos. Tranquila y ratón de biblioteca por naturaleza, llevaba su tableta de lectura a todas partes. Al principio había sido tímida conmigo, pero ya éramos amigas.
Los tres niños eran brillantes, amables y se portaban bien. Llenaban mis días de diversión y risas, y me encantaba pasar tiempo con ellos. Estar con ellos había renovado mi interés por la enseñanza. El futuro que quería empezaba a tomar forma.
Por eso me llevé un chasco cuando Lexi apareció en el gimnasio, como hacía casi todos los días, poniendo fin a mi clase improvisada.
—La tía Lexi está aquí —anunció. Llevaba un sombrero de ala ancha y un diminuto bikini que dejaba ver su piel cobriza tirante sobre la barriga de embarazada. Agitó un flotador de flamenco en el aire y levantó la bolsa llena de juguetes de plástico—. Hora de ir a la playa, pequeños.
Los niños vitorearon al unísono y abandonaron la barra —y a mí— para recoger sus cosas. Sentí una punzada de celos, pero la sofoqué de inmediato. Lexi conocía a los niños desde mucho antes que yo, y era tan buena tía que no podía culparlos por quererla.
Era divertidísima y un encanto con todos los demás. Pero conmigo no. A mí se empeñaba en ignorarme.
—Hola, Lexi. —Me acerqué a ella—. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Como una piscina hinchable a rebosar —dijo sin quitar ojo a los niños—. O quizá como un melón a punto de reventar.
—Pues no pareces ninguna de esas cosas —dije, no para halagarla, sino porque era verdad—. Pareces una mujer delgada que se ha tragado un balón de baloncesto.
Se llevó la mano a la barriga y me miró. Por un momento temí haber ofendido su sensibilidad de chica de portada. Dios, era tan torpe con esta mujer. Pero entonces esbozó una sonrisa.
—Un balón de baloncesto, eso es. —Su sonrisa se ensanchó—. Y a juzgar por el estado de mis maltrechos órganos internos, al pequeño Max le encanta hacer como que es uno, botando por toda mi vejiga.
—Suena doloroso —dije, pero le devolví la sonrisa.
—Toda mi vida quise quedarme embarazada —dijo, sorprendiéndome con su disposición a hablar conmigo—. Ahora solo quiero soltar a este bebé y pasar a lo de ser madre. Vamos, pequeños. —Agarró la manita de Maya y les hizo señas a los otros para que la siguieran.
—¿Quieres que vaya contigo a la playa y te ayude con los niños? —pregunté, por si acaso habíamos avanzado algo.
—Oh, no, no hace falta —se dirigió a la puerta con los niños detrás—. Puedo apañármelas yo sola con ellos.
Al final, ningún progreso.
En fin.
Suspiré. Lexi y yo nunca íbamos a ser amigas.
Tenía buenas razones para que yo no le cayera bien.
Había herido los sentimientos de Max. Pero albergaba otro temor.
¿Acaso ella y quizá algunos de los otros también me rechazaban porque era mercancía dañada, una simple stripper que no tenía derecho a estar con Apollo?
Me sonó el móvil. La pantalla se iluminó con el nombre de Emme. Descolgué y puse voz alegre. —Hola, Emme.
—Estoy despierta —anunció—, y todos se han ido a la playa.
Ya lo sabía.
—¿Qué te parece si tú y yo nos divertimos un poco?
—¿Ah, sí? —Miré el móvil un segundo. ¿La había oído bien?—. ¿Qué tipo de diversión?
—Del tipo que convertirá a Jax en un marido muy feliz y ufano cuando vuelva de su misión.
—Vale —dije con cautela—. ¿Qué necesitas de mí?
—Una lección —dijo ella.
—¿Una lección?
—No pongas esa cara de sorpresa —dijo Emme—. Quiero ser tan elegante, segura y sexy como tú.
¿Emme pensaba que yo era elegante, segura y sexy?
Una pequeña sonrisa me asomó a los labios.
Quizá tenía razón. Quizá yo era todas esas cosas.
—Traje una barra —añadió.
—¿Una barra?
—Sí, una de esas barras ajustables que podemos instalar aquí mismo en el sótano. —Pude percibir su sonrisa a través del móvil—. Quiero volver loco a Jax. ¿Me darías una lección de baile en barra?
Sonreí y solté una risita. A Emme le importaba un comino que yo fuera stripper. Y a mí tampoco. De hecho, era una bailarina condenadamente buena, una profesora decente y la mejor bailarina de barra de Nebraska.
—Voy para allá —dije—. Y te enseñaré a volver loco a tu hombre.
***
Apollo
Mi móvil sonó después de la cena. Acabábamos de disfrutar una de las comidas de siete platos de Jeffrey en la terraza con vistas al océano.
Había disfrutado pasar tiempo con Blue, Lexi, Emme y los niños.
Joram se había deleitado con los macarrones con queso de Jeffrey y los había declarado los mejores de todos.
Jeffrey había admitido que eran de sobre. Todos nos habíamos reído.
Mis pensamientos fueron hacia Jackson, que no se sentía mejor. Rosario también había vuelto a la cama. Los síntomas intermitentes de los hombres podían resultar ser cualquier cosa, desde algo grave hasta nada en absoluto. Necesitaba esos resultados de laboratorio.
Pero toda esa buena comida que había comido empezó a revolverse en mi estómago cuando vi el nombre de Steven en la pantalla.
—Disculpadme. —Me levanté de la silla y me dirigí al borde de la piscina antes de contestar—. Adelante, Steven.
—Tenemos un problema —dijo mi jefe de seguridad.
Cuando hombres como Steven usaban la palabra «problema», payasos como yo prestaban atención.
—¿Qué pasa?
—Rosario está vomitando y Jackson acaba de tener una convulsión. Ho y Patel tampoco tienen buen aspecto.
Mierda. —Estaré allí de inmediato.
—Y otra cosa —dijo Steven—. Lewis y Kowalski acaban de presentar febrícula.
Me di la vuelta y fui directo a la biblioteca, con el estómago aún más revuelto que antes.
Había tomado las máximas precauciones. Había llevado equipo de protección todo el tiempo que había estado con Rosario y Jackson, y no había permitido que nadie aparte de Steven y yo entrara en sus habitaciones. Rosario incluso había mejorado antes de empeorar.
Nada de esto tenía sentido.
El error humano era uno de los principales factores de transmisión de enfermedades. El malestar en mi estómago se volvió doloroso. Si algo había salido mal, era mi responsabilidad, mi culpa.
¿Había cometido un error? ¿Se me había pasado algo por alto?
—¿Los chicos van a estar bien? —preguntó Steven.
—No lo sé. —Nunca mentía a mi equipo ni a mis pacientes—. Pero voy a hacer todo lo posible por ellos. Voy de camino.
—Recibido. Steven, cambio y fuera.
En la biblioteca, me colgué la mochila médica al hombro, agarré el kit de medicamentos y me dirigí a la puerta.
Iba a la guerra, a mi manera.