Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Trece #2
67%

Capítulo Trece #2

Pillados por sorpresa y convencidos de que los Imperiales de Ray estaban intentando hacerse con el control, los mercenarios formaron una línea defensiva a la derecha de la sala y dispararon a cualquiera que entrara en su línea de fuego.

Como reacción, los hombres de Ray agarraron sus armas y se apiñaron a la izquierda de la sala como un coágulo de plaquetas.

Parapetados tras las gradas, dispararon a los mercenarios y a los francotiradores que había sobre mí.

Unos pocos desgraciados intentaron huir escaleras arriba, pero la carnicería campeaba y el caos reinaba.

Durante esos primeros segundos, los tiradores camuflados de arriba fueron la única razón por la que Blue y yo seguíamos con vida. A su cobertura le debía ese milagro nada pequeño. Atrajeron todo el fuego de la sala hacia sus posiciones, acaparando la atención del enemigo.

Lo estaban haciendo de puta madre.

Al mismo tiempo, Kass se puso en movimiento. Sacó su Sig Sauer con monograma y, barriendo las gradas con la mirada, disparó a cualquiera que apuntara un arma hacia la arena.

A la vez, metió la otra mano por el lateral del abrigo, tiró de una especie de pestillo y sacó un escudo. Y no uno cualquiera, sino un escudo antibalas táctico, de alta tecnología, de última generación, expandible, que lo protegió mientras cruzaba el ring a toda velocidad.

Joder. Qué idea tan brillante. Por eso Kass llevaba un abrigo una talla más grande.

Protegido tras el escudo y moviéndose con la fluidez del operador de Delta Force que era, Kass esquivó las balas que volaban por todas partes, cruzó el foso y llegó hasta nosotros. Se dejó caer de rodillas, clavó la base del escudo en la arena y se agazapó a mi lado.

—Saludos, inspector de pollas —dijo Kass.

Ajustó el ángulo del pesado escudo para cubrirnos a los tres, sacó su Sig Sauer de reserva de la tobillera y me la pasó.

—Que yo supiera, ibas a charlar tranquilamente con una señora, no a enfrentarte a toda la Nación Aria y acabar hecho polvo.

—Créeme, eso no estaba en el plan —dije.

Solté a Blue y cogí el arma.

Íbamos apretados detrás del escudo, pero era mejor que la alternativa. Quité el seguro, monté el arma, me asomé por un lado del escudo, elegí mi objetivo y disparé.

—Para ser un matasanos que siempre gana el Premio al Hermano Battleson Más Pacífico del Año, te has metido en la cloaca más asquerosa del planeta —dijo Kass.

—Gracias por esa observación tan iluminadora —murmuré entre disparos, fingiendo que no estaba eufórico de verlo.

—¿Qué está pasando? —preguntó Blue.

Me tiró del brazo, mirando boquiabierta de Kass a mí, con un millón de preguntas en los ojos.

—¿Y quién es este?

Tenía todo el derecho a estar confundida y muchas razones para querer saber qué pasaba. Pero no es que tuviera mucho tiempo para explicaciones.

—Este es Kass, hermano número uno —solté a toda prisa sin dejar de disparar—. Es el director ejecutivo de Battle Brothers.

—Las circunstancias son una mierda —dijo Kass por encima del hombro—. Pero me alegro de haberte encontrado, River.

—Blue —dijo ella—. Llámame Blue.

—Blue, pues —dijo Kass.

Se asomó por un lado del escudo y disparó varias veces antes de agacharse a mi lado y arquear una ceja.

—Eso es jodidamente raro. ¿No es el azul tu color favorito?

—Cállate, Delta Farsa —dije.

Disparé dos veces, impidiendo que los mercenarios de refuerzo bajaran las escaleras para unirse a la pelea.

—¿Por qué coño habéis tardado tanto?

—Primero tenía que encontrarte el culo —dijo Kass mientras cambiaba el cargador—. La señal de tu chip es casi inútil aquí abajo. Nos ha costado un huevo.

—¿Chip? —preguntó Blue boquiabierta—. ¿Llevas un chip? ¿Es así como nos encontraron?

Asentí. No había tiempo para explicar que todos llevábamos geolocalizadores intradérmicos para poder rastrearnos en circunstancias especiales, como ahora mismo.

A mi derecha, un par de Imperiales irrumpieron en la arena por la misma puerta por la que había entrado Kass. Reconocí al imbécil que había estado fumando en el almacén y a sus colegas. Con unos cuantos disparos certeros, los dejé fuera de combate.

Sentía la mirada de Blue clavada en mi nuca.

—¿Por qué no me dijiste que tus hermanos venían?

—No sabía cuándo llegarían y no quería ilusionarte —dije—. Durante un rato, pensé que tendríamos que apañárnoslas solos.

—¡Ja! —se mofó Kass, lanzándole una mirada a Blue por encima del hombro—. El Doctor Google aquí presente sabía que veníamos. Lo sabía al cien por cien.

—Ya, claro —dije—. A paso de puta tortuga.

—Bueno, tuvimos un par de contratiempos —admitió Kass—. La llegada de Margret complicó las cosas y tuvimos que buscar la manera de rodear su pequeño ejército. También tuvimos que esperar a esto —añadió, pellizcándose la solapa del abrigo.

—¿Te refieres al escudo de alta tecnología? —pregunté.

—No, Doctor Capullo, tuvimos que esperar al abrigo más grande para poder montar el escudo debajo —dijo mientras las balas repiqueteaban en el metal—. No quería llevaros a casa convertidos en un par de puñeteros coladores.

Kass hizo una pausa y consultó su reloj táctico.

—Hora de mover el culo de aquí. Blue, necesito que sueltes los barrotes.

Blue soltó los barrotes y, ni diez segundos después, las puertas delantera y trasera de la jaula se levantaron a la vez.

Max descendió del cielo como el Marine Raider que era.

Completamente equipado con chaleco táctico, casco y uniforme de camuflaje boscoso, aterrizó junto a la entrada trasera de la jaula.

—Ahí está nuestro proctólogo jefe —dijo.

Esbozó una media sonrisa y, con el M4 pegado al pecho, señaló con la cabeza.

—Seguidme, . Pegaos a mis talones.

Blue me miró con los ojos como platos.

—Hermano número dos, Max, jefe de ciberseguridad de BB y hacker extraordinario —dije—. Vete. Voy justo detrás.

Agazapados tras el escudo, Kass y yo cubrimos la retirada de Blue. En cuanto estuvo fuera del alcance del fuego enemigo, la seguimos, retrocediendo por la jaula mientras los chorros de arena delataban las balas que nos pisaban los talones.

Mantuvimos el escudo en alto hasta alcanzar a Max y Blue, que se habían agazapado tras los muros de hormigón que separaban las jaulas.

Max pulsó un botón y los barrotes bajaron.

Para asegurarse, metió una bala en el mecanismo, y los cuatro nos retiramos al pasillo trasero antes de ponernos a cubierto en el pasillo principal.

Max se ajustó el parche de cuero sobre la cara pintada de camuflaje y clavó en mí su único ojo gris.

—¿En qué coño estabas pensando quedándote en esta cloaca, hermano?

—Tenía una misión que cumplir —dije—. Tú habrías hecho lo mismo.

—O quizá tienes mierda por cerebro —Max se asomó por la esquina y barrió el pasillo con su carabina—. Hablamos luego. Ahora, en marcha.

Nos pusimos en formación cerrada, con Max en punta, Kass protegiendo a Blue y guiándola por el codo, y yo cubriendo la retaguardia. Avanzamos, cubriendo el pasillo en todas direcciones en cada cruce.

Max activó el comunicador.

—Rogue, aquí Raider, ¿me copias?

Hizo una pausa y esperó una respuesta que no llegó.

—Rogue, aquí Raider. Si me copias, tenemos la mercancía y estamos listos para salir.

Nada.

—Mierda.

Me lanzó una mirada por encima del hombro.

—Sin comunicaciones, mala suerte.

—Es este maldito búnker de acero y hormigón —murmuró Kass mientras sacaba el móvil del bolsillo y trasteaba con él—. Jode las comunicaciones. Mi móvil tampoco funciona.

—También es cosa de Ray —añadió Blue—. Es un paranoico. Tiene varios inhibidores activos en el complejo para bloquear las señales de móvil y de radio.

—Bueno, eso explica este puto caos con las comunicaciones —Max se arrancó el auricular de la oreja y volvió a moverse—. Vamos a tener que hacerlo a la antigua. Jax tampoco responde. Lo recogemos de camino a la salida de este apestoso agujero.

Avanzamos por el corredor. Al girar la esquina, Max cerró el puño en el aire indicando alto. Con el arma en alto y lista, miré hacia arriba y localicé a Jax en posición de vigilancia.

Estaba encaramado en una viga en lo alto, disparando hacia la arena a través de un agujero que había abierto en las placas acústicas del techo bajo él.

La luz se filtraba en haces tubulares alrededor de su posición a través de cientos de agujeros que perforaban las placas: fuego de respuesta desde abajo.

Max se llevó las manos a la boca a modo de bocina y gritó:

—¡Mayhem! ¡Hora de largarse de aquí!

Voy para allá, señaló Jax con los dedos, antes de coger un par de granadas de humo del chaleco táctico, quitar los pasadores y dejarlas caer en la sala.

Bang, bang.

Nubes de humo blanco se elevaron desde la arena. Eso debería sembrar más confusión y frenar a esos mierdas.

Jax se colgó el rifle al hombro. Se puso en pie de un impulso, encontró el equilibrio y caminó por la alta viga metálica como si fuera una especie de acróbata de circo musculoso, vestido de camuflaje y cargado con un rifle.

—Presumido —murmuró Max, pero también sonrió, invadido por ese subidón único de adrenalina que comparten los Marines, los SEAL y los Delta Force cuando entran en acción.

—¿Estás bien? —le pregunté a Blue.

—Yo... no puedo creerlo —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Están aquí. Están haciendo lo que dijiste que podían hacer.

—No miento —dije—. ¿Recuerdas?

Asintió, pero sus ojos seguían abiertos de par en par, llenos de incredulidad.

Tras cruzar la viga, Jax descendió rápidamente por una cuerda y aterrizó a menos de un metro de nosotros.

—Hola, hermanito.