Capítulo Once #3
—Seguí esperando a que Leo o las autoridades aparecieran —tragué las lágrimas que me amargaban la garganta y me aferré al movimiento hipnótico de la cuchilla sobre el nailon—. Pero a nadie le importó una mierda.
—A Leo sí le importabas —dijo Apollo—. Eras su tesoro. Por eso nos encargó encontrarte. A nosotros nos importas. A mí me importas.
Fue esa última parte lo que me hizo seguir cortando el plástico, luchando por liberarlo.
—¿Qué pasó después de que Ray te trajera aquí? —preguntó Apollo.
—Resistí varias semanas —dije, impulsada por un extraño deseo de que Apollo conociera a la persona que fui alguna vez—. Estaba atrapada aquí, tratada como un animal. Quizá habría aguantado más tiempo, pero entonces Ray me destrozó el pie con un martillo.
—Voy a matar a ese bastardo —escupió Apollo, y sus hombros se tensaron de rabia—. Te lo juro, Blue, va a pagar por lo que te hizo.
—No puedes ni imaginar cuántas veces he fantaseado con librarme de Ray, libre para siempre —dije—. Pero atrapada en la perrera, con el pie roto, febril y muerta de dolor, perdí la esperanza. Ray era…es…invencible.
—No es invencible —replicó Apollo con una vehemencia que me sorprendió—. Es un hombre, un gilipollas retorcido y malvado que no va a ganar.
—Pero ¿no lo ves? —murmuré con tristeza—. Ya ha ganado. Me destrozó el pie. Ya no puedo bailar. Me arrebató el futuro.
—Siento mucho que te haya pasado esto —dijo Apollo—. Pero todavía tienes un futuro. Puede que no sea el que imaginaste en un principio, pero lo tendrás, ya lo verás.
Me encogí de hombros. No estaba tan segura.
—¿Cómo conseguiste que Ray te sacara de las perreras? —preguntó Apollo.
—Ah, eso —suspiré, recordando mi derrota final—. Nadie venía a ayudarme y el pie se me infectó. El dolor era insoportable. La verdad, pensé en suicidarme, pero Ray había ligado la vida de Robby a la mía. Así que…
—¿Así que? —me animó Apollo con suavidad.
—Semanas después de empezar mi pesadilla, Ray dijo que me conseguiría un médico y mantendría a Robby con vida si hacía lo que él decía. Así que cedí. Le firmé la custodia de Robby y ese fue el fin de mi resistencia.
—Hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir —dijo Apollo—. No hay vergüenza en eso.
—Claro que la hay —clavé la cuchilla en las ataduras—. Llevo un año entero viviendo bajo el yugo de Ray.
—Para un momento —se giró y apoyó la frente contra la valla—. Ven aquí.
—No he terminado —miré la cuchilla que tenía en la mano.
—Ya es suficiente —dijo—. Acércate, por favor.
Apoyé la frente contra la suya. Los sollozos sacudieron mi cuerpo, subieron por la garganta y escaparon de mis labios apretados. Lloré con fuerza, más que nunca en mi vida. Lloré por Leo y por mí, por la vida que podríamos haber tenido. Lloré por Apollo y por la muerte que nos aguardaba.
—Cuando salgamos de aquí, estaré a tu lado —dijo Apollo—. Haré todo lo que pueda para ayudarte a superar los horrores que has vivido.
—¿Y si no puedo? —sollocé sin control, sabiendo en lo más hondo que no había forma de recomponer a alguien tan rota como yo.
—Puedes —dijo Apollo con voz firme—. Eres valiente. Has sobrevivido, has mantenido a tu hermano a salvo y has conservado la cordura cuando cualquier otra persona en tu lugar se habría derrumbado. Se puede salir de esto. Créeme. Lo sé.
Levanté la mirada hacia él y por alguna extraña razón le creí, creí en el dolor que brillaba en sus ojos, tan líquido y terrible como el mío; en la pena y la vergüenza que cargaba, y en la historia que no me estaba contando.
—Te lo prometo, Blue —me acarició con la mirada—. Mientras yo viva, nadie volverá a traicionarte.
Seguí llorando, con la esperanza de que alguna parte de mí pudiera creerle.
—Ahora necesito que escuches con atención —su voz se redujo a un susurro—. No quiero asustarte, pero vienen.
—Dios mío —jadeé, ahogada por el pánico—. ¿Los oyes?
—Sí —dijo—. Sé que la cosa pinta mal. Y lo está.
Al menos era lo bastante honesto como para decirme la verdad, y sus promesas no incluían garantías de que lo que se avecinaba fuera a ser fácil. Ni de que fuéramos a sobrevivir.
—Pero lo intentaremos con todo —dijo—. Confiaremos en nuestras fortalezas y en que cada uno cumplirá con su parte...
La puerta metálica de un extremo de la perrera se abrió de golpe con un estruendo metálico.
Mierda.
—Quédate con la cuchilla, escóndela, rápido —ordenó Apollo por encima del escándalo de los perros—. Mantén las manos juntas. Que crean que las bridas siguen intactas y estate atenta para escapar.
Se movió rápido, se giró de lado y se tumbó en el suelo dándome la espalda. Se quedó inmóvil como un muerto.
Se oyeron voces por encima de los ladridos y gruñidos. Quienquiera que bajara por el pasillo golpeaba la valla y provocaba a los animales enfurecidos, aumentando la violencia en las perreras hasta límites insospechados.
Con el corazón golpeándome las costillas, escondí la pequeña cuchilla en la parte trasera de los vaqueros, puse los puños a la espalda y cubrí con los dedos los extremos cortados de las bridas. Respirando entrecortadamente por el pánico, me pegué a la pared.
Quería creer que podíamos salir de esta, pero Ray había llegado.
Estábamos muertos.